04 octubre 2026

Freddy Krueger: el nacimiento de un mito moderno


En el orwelliano año 84 llegó a la gran pantalla un personaje destinado a convertirse en un icono del terror: Freddy Krueger. Hoy prácticamente todas las personas lo reconocen al instante y algunas se disfrazan de él en determinadas fechas. Por un módico precio puedes adquirir réplicas de su célebre guante con cuchillas, su sombrero o el característico jersey de rayas rojas y oscuras. 

Recuerdo que me daba muchísimo miedo en mi infancia, tanto que hasta tenía pesadillas con él. Era lógico, ya que recoge el testigo de algunos siniestros seres que pueblan el folklore europeo: la Mara, los íncubos, los súcubos, el Alp... Asimismo, tiene similitudes con las criaturas tradicionales que se usan para asustar a los niños díscolos, como el hombre del saco o el coco. El propio director, Wes Craven, dijo que una de sus inspiraciones fue algo que le sucedió cuando era pequeño: vio a un hombre con sombrero que se detuvo y le devolvió una mirada amenazadora. Seguro que esa imagen lo acompañó durante toda su vida hasta que germinó en Pesadilla en Elm Street.

La primera película es, en principio, un slasher que sigue la fórmula convencional: asesino que acosa y elimina adolescentes. Sin embargo, la personalidad, el misterio y las originales formas de asesinato elevan el filme por encima de otros análogos. Freddy es aquí más siniestro, con voz grave y apariciones umbrosas; pero ya pueden verse retazos de un humor negro que será su marca personal en el futuro. «Ahora yo soy tu novio», le dice a la protagonista mientras su lengua emerge de un teléfono desenchufado. Ese tipo de detalles logran algo muy difícil: que un personaje diseñado para aterrorizar tenga cierto carisma. No se limita a ser una máquina imparable de matar; juega y se divierte con sus víctimas. 

Además de la fascinación que transmite ese villano, el filme cuenta con detalles interesantes que incrementan su atractivo. El marcado escepticismo de los adultos, el cual es similar al mostrado en IT, puede leerse como el distanciamiento entre el mundo juvenil y el maduro. Los mayores viven en un sistema ordenado, material, que no puede permitirse creer en leyendas urbanas; son avatares del marchitamiento imaginativo. Hay un nexo sutil entre eso y la sala de calderas abandonada donde Freddy lleva a sus víctimas: es un lugar que simboliza el trabajo duro, opresivo, una temible promesa de realidad futura, un infierno construido. 

La estética contribuye a provocar una sensación de caos, de mezcla entre realidad y sueño. La fuente de letras usada en los créditos iniciales es desorganizada, con diferentes alturas; y la música es lenta, susurrante. Esa mezcla estalla en el final, pues contiene una ambigüedad deliberada para abrir varias interpretaciones. Debido a estos recursos, Pesadilla en Elm Street me parece uno de los mejores filmes del personaje. 


El marcado éxito de la primera película hizo que la segunda no tardase en aparecer, así que al año siguiente Jack Sholder se encargó de darle vida otra vez a nuestro temible y carismático amigo. Diferente director, diferente visión. Ahora Freddy necesita poseer a un joven para cometer sus crímenes, lo cual es un cambio considerable. Esto no le gustó a una parte del público y La venganza de Freddy suele tener bajas puntuaciones. Posee virtudes: un inicio potente y un llamativo subtexto homoerótico, pero no está al nivel de las demás. El inicio con el autobús genera unas expectativas que tardan demasiado en cumplirse; los diálogos son flojos; la banda sonora, olvidable; y las muertes, uno de los puntos donde se supone que la saga debería dar más juego, resultan algo típicas. 

Las pinceladas de humor negro que definían al Freddy de la primera se pierden en la segunda, desdibujando al personaje hasta arrebatarle su esencia. Este batacazo pudo haber acabado con el nacimiento del mito, pero tuvo una buena recaudación y permitió la llegada de Pesadilla en Elm Street 3: los guerreros del sueño. Para muchos —me incluyo— una de las mejores películas de la saga. Lo cierto es que tiene un encanto especial; sólo el inicio, con la tipografía Benguiat y el tema de Dokken, ya ofrece una nostálgica conexión con los ochenta. Y también establece un lazo con las anteriores: la canción de las niñas que saltan a la comba. ¿Sabes cómo era? «Uno, dos, Freddy viene a por ti. Tres, cuatro, cierra la puerta. Cinco, seis, coge un crucifijo. Siete, ocho, mantente despierta. Nueve, diez, nunca más dormirás». Lo del crucifijo tendrá su relevancia. 

Nancy Thompson regresa para ayudar a un grupo de jóvenes, los cuales intentan dormir lo menos posible porque son acosados por el tipo de las cuchillas. Gran parte de la trama transcurre en un hospital psiquiátrico. En él, cuando sucumben al sueño, los últimos hijos de los que quemaron a Freddy van siendo asesinados de maneras muy diversas: uno es controlado como un títere hasta que se arroja al vacío, y una chica acaba con la cabeza dentro de un televisor. «Esta es tu gran oportunidad en la tele. Bienvenida al éxito». La personalidad de Freddy queda aquí totalmente definida; se consigue un buen equilibrio entre humor negro y terror. El mito acaba de nacer en toda su plenitud.  

Hay algo muy curioso: el bar donde la protagonista se reencuentra con su padre se llama Little Nemo's. No creo que el nombre sea fortuito. Diría que es una referencia al cómic clásico de Winsor McCay. Si es así, me parece un buen homenaje. Pero lo más relevante, a mi parecer, es la nueva información sobre Freddy: gracias a la ayuda de su madre fallecida, una monja, sabemos que puede ser dañado mediante objetos sacros cristianos. Y Freddy es derrotado con una buena dosis de agua bendita y el crucifijo. Eso le da sentido a la famosa canción. Cabe preguntarse, por ende, si se trata de un demonio; pero aún no queda claro. Me parece importante no revelar todo sobre este tipo de personajes para mantener un terreno ignoto a su alrededor. 

Los guerreros del sueño es una obra sobresaliente: tiene buen ritmo, atmósfera, ingenio y un desenlace que está a la altura. Eso desembocó en una taquilla muy exitosa, así que la siguiente entrega no tardaría en salir. En este momento ya estamos hablando de un icono que comienza a ir más allá de las películas. Pruebas de ello son Las pesadillas de Freddy, una serie que se emitió entre el 88 y el 90, las grandes ventas de artículos o los robos de figuras de cartón y carteles. 


Pesadilla en Elm Street 4: El señor de los sueños emplea a tres protagonistas de la anterior. Como el que tenía mutismo por un trauma ahora puede hablar con normalidad, es deducible que superó su problema; pero no habría estado mal explicarlo porque choca un poco. De todos modos, se entiende de manera implícita que se recupera cuando usa su poder en Los guerreros del sueño, la voz ensordecedora. Después de presentar a los personajes, la resurrección de Freddy y la primera muerte no tarda en desarrollarse. En ella escuchamos un diálogo que merece la pena tener en consideración: «Te veré en el infierno». «Diles que te envía Freddy». El icono ya es consciente de su fama; se presenta como una marca. Los guionistas tenían muy claro lo que el público anhelaba ver y se lo dieron. 

Aquí tenemos un intento de añadir un trasfondo mitológico: se mencionan dos puertas, una positiva y otra negativa, que pertenecen al mundo de los sueños y están custodiadas por guardianes. Por supuesto, Freddy es el que se encarga de la negativa; él mismo dice que lleva mucho tiempo haciéndolo. El concepto sale en Homero: «Son, no obstante, mi huésped, los sueños ambiguos y oscuros. Y lo en ellos mostrado no todo se cumple en la vida, pues sus tenues visiones se escapan por puertas diversas. De marfil es una, de cuerno la otra...». Siguiendo la idea fantástica, ahora Freddy es vencido cuando ve su reflejo en el fragmento de una vidriera. Esto se asemeja a la manera de acabar con una gorgona. Me parece una manera excelente de incrementar el universo del asesino, pero se quedó en algo superficial que no terminó de cuajar. 

La cuarta es una película que sabe lo que tiene entre manos e intenta evolucionarlo para seguir exprimiéndolo. Es disfrutable, funcional; pero se queda un peldaño por debajo de la primera y la tercera. Aun así, es un muy buen punto de partida para seguir dándole riqueza a este universo. ¿Lo aprovecharon en la siguiente, The Dream Child? 

Pues me temo que no. A partir de aquí, la saga empieza a decaer. Era el momento de reinventarse o amplificar el universo de Freddy; sin embargo, optaron por innovar lo justo. Sabían que la popularidad del personaje bastaría para llevar al espectador al cine, ya que es una época donde no había tanta información al alcance de un clic. La quinta tiene cosas a su favor: la vuelta a un tono lúgubre, algunas imágenes poderosas —hay incluso un guiño al superhéroe clásico— e influencias de Cronenberg. Pero, lamento decirlo, me huele a kitsch. Es como si el filme buscase ser más de lo que es y no supiese por dónde llevar a Freddy. Encontrar la tecla correcta para este personaje no es fácil, sobre todo tras varias entregas que obligan a añadir cambios que atenúen el cansancio del público. 

Si vuelves a hacer lo mismo que la anterior, vas a desgastar al ahora icónico Freddy; si introduces cambios sustanciales, te arriesgas a un rechazo general. Continuar eficazmente la franquicia es posible, pero con guionistas que sean capaces de enriquecer el trasfondo sin pretenciosidades. Esto no se dio, así que el resultado es un filme que desagrada a la mayoría. Algunas personas ven en él cualidades innegables, como un simbolismo sugestivo y demás; con todo, falla en lo esencial: entender el mito que se venía construyendo desde hace años.  


Los ochenta ya han quedado atrás y nos metemos de lleno en el inicio de los noventa. Llega La muerte de Freddy. La leyenda aún sigue con vida... aunque quieren matarla. 

En la segunda película cometieron la equivocación de aumentar el factor tétrico y reducir la jocosidad; aquí, de hacer lo contrario. Podría decirse que es una especie de comedia para jóvenes. El equilibrio está roto de nuevo. Dejando eso a un lado, es divertida y puede gustar a algunas personas. Freddy sobre una escoba en la escena de la casa —Mago de Oz—, o cuando lleva el «Power Glove», son instantes memorables. Ahora bien, el final del personaje se siente apresurado e indigno. Me parece noble pretender ponerle un punto final, pero había mejores maneras de hacerlo. Si el objetivo era sólo atraer público con el título, lo consiguieron. 

Contra todo pronóstico, Freddy regresa tres años después y lo hace de una manera muy sorprendente. Wes Craven trae La nueva pesadilla de Wes Craven, un filme metaficcional donde el director y los actores se interpretan a sí mismos. La cautivadora propuesta me parece una manera legítima de recuperar al personaje tras su muerte. Se trata, nada menos, de una exploración del mito, de cómo ha trascendido para instalarse en el imaginario colectivo. «Los niños saben quién es Freddy; es como Santa Claus, King Kong...». El monstruo abandona la ficción para acechar a personas de la realidad. Esto es cierto en un sentido literal, porque miles de humanos tuvieron pesadillas con él. 

Pienso que Craven también toca un asunto muy peliagudo que atañe a los actores: un personaje que se vuelve celebérrimo puede fagocitar a quien lo encarna, perseguirlo incluso. El público deja de ver al actor y sólo ve al rol que encarnó. Una posible lectura simbólica de esto se halla en la acechanza de Freddy a la actriz principal, que desde el comienzo quiere desmarcarse del terror. Sin embargo, Freddy no se lo permite: la mujer siempre será vista como la chica que protagonizó las mejores películas de la saga. La parte positiva, representada por Robert Englund, es la de quien goza y se enorgullece de ese éxito. 

Personalmente, disfruté con esta película y la posicionaría muy alto en una clasificación; pero sé que no existiría sin las anteriores. Me llamó la atención, sobre todo, el tono apagado y serio. También que Freddy no sea el mismo de siempre, sino una versión más terrorífica porque simboliza el miedo que transmitió al público durante lustros. Su poder es diferente a lo acostumbrado, así que es vencido con las llamas de un sueño. Un final cíclico que entronca con el primer filme: el asesino onírico muere como el vivo. Lo que no me agradó es la ruptura grotesca del tono cuando su cabeza se transforma. Una nimiedad que no daña al conjunto. 


Después de esa magnífica obra que le devolvió la dignidad al mito, parecía que ya estaba acabado, al menos en el cine; pero regresó casi una década después para enfrentarse a otro gigante del género en Freddy contra Jason. Algo así era un evento raro que muchos deseaban ver y garantizaba una buena taquilla. Desgraciadamente, es un título muy comercial, muy enfocado a cubrir una demanda masiva. Divertido pero somero. Dependiendo de lo que busques, puede funcionar o ser decepcionante. Por supuesto, sucede lo de siempre cuando dos leyendas se enfrentan: no hay un claro vencedor para evitar enfados de los seguidores. Para mí, es una de las propuestas más flojas, genéricas y olvidables de Freddy... si es que consideramos esto una película de Freddy, ya que más bien es una donde aparece. Jason protagoniza bastantes minutos. 

Por último, está el remake del 2010. Un uso libre y más oscuro de la marca para recaudar dinero. Personalmente, no me interesó demasiado porque se desvía de la esencia del personaje; pero el actor que interpreta a Freddy, Jackie Earle Haley, no lo hace nada mal. Y hay instantes destacables, como la escena de la biblioteca con los fondos lejanos a lo Kubrick —estropeada, eso sí, por un burdo screamer—. En líneas generales se trata de un producto fallido, insulso e innecesario. Me costó trabajo verlo hasta el final. Lo pongo incluso por debajo de Freddy contra Jason, ya que ahí por lo menos hay un combate divertido. 

Hay indicios de que se prepara una nueva película, pero aún se sabe poco. Yo creo que este personaje sería capaz de funcionar en el cine actual. El problema es que se necesita un buen presupuesto y guionistas que recuperen el equilibrio de Los guerreros del sueño, donde los diferentes aspectos de la trama van de la mano. Ahora bien, el escollo de no contar con Englund es grande: las reconocibles facciones de su rostro están muy ligadas al personaje. Además, tal vez la avanzada edad del actor ya no le permitiría encarnar a su alter ego con la misma eficacia. 


¿Era consciente Wes Craven del alcance que iba a tener su personaje? Lo dudo. Al parecer, ni siquiera deseaba continuar la historia porque el final que concibió para la primera era autoconclusivo. Fue el fundador de New Line Cinema quien lo cambió para abrir la posibilidad de seguir filmando. Creo que estamos en uno de esos casos donde lo creado supera al creador. Lo que queda claro, supongo, es que a Craven no le hizo ninguna gracia que estirasen el chicle hasta romperlo. Tiene su parte de razón, porque el desarrollo de Freddy es muy irregular. Eso es lo más destacable de su trayectoria, como hemos visto. 

Sin embargo, el mito sigue con vida y no deja de aparecer en otros lugares. Recuerdo a Englund en un episodio de Babylon 5, haciendo un gesto con la mano como si llevase el guante. Asimismo, hay referencias a Freddy o apariciones suyas en Los Simpson, South Park, The Goldbergs, Padre de familia, Rick y Morty... Incluso en Ebenezer tenemos un nostálgico homenaje a aquella escena del 84 donde un jovencísimo Depp es absorbido por la cama. 

Y una película actual podría ser de las más impactantes de todo el género. Una pista de esto la tenemos en el inicio de la sexta, en la espectacular caída en picado desde el avión y la casa. Imagina las escenas que podrían hacerse con los medios de hoy, donde los superhéroes al fin fueron fielmente representados. Sería posible, por ejemplo, usar la talasofobia o la acrofobia en su máxima plenitud, o mostrar lugares imposibles y sórdidos como nunca antes se habían visto. Las posibilidades son infinitas. Y sin olvidar, por supuesto, un incremento del universo onírico, con más escenarios recurrentes y personajes.

Pase lo que pase, Freddy es sempiterno. Intentaron matarlo varias veces, pero fue en vano: él se refugia en las mentes del colectivo. Como decía Heather en La nueva pesadilla, hasta los niños lo conocen. 

15 septiembre 2026

La carta más valiosa

 


Alguna vez mencioné que me dieron una lección inestimable en mi infancia, pero no la detallé. Lo haré ahora porque considero que es una anécdota interesante y le traerá recuerdos a más de uno. 

Cuando tenía doce años, el juego de cartas Magic: The Gathering comenzó a hacerse muy popular y fue habitual verlo en los colegios, entre los llamados «frikis» que también jugaban a rol, leían cómics o movían ejércitos de miniaturas. A mí me fascinó de inmediato, así que comencé a coleccionarlo sin tener demasiada idea: me atraían las ilustraciones y el diseño, pero ni siquiera sabía cómo se jugaba. Siempre me gustaron los cromos y al principio vi Magic como algo similar. Me llamaba la atención, sobre todo, el tamaño de las criaturas. Por eso me ilusionó conseguir mi primer 6/6, un imponente Personal Incarnation. 

La combinación de inocencia e ignorancia era peligrosa, un reclamo para cierta clase de personas, y una de ellas no tardó en aparecer. Se trataba de alguien mayor que estaba en el último curso y poseía las criaturas más raras de la facción negra: Horror cósmico, Señor del abismo, Pesadilla... Aquellas cartas impresionaban y las mostraba con orgullo. Yo, que aún no tenía muchas, alucinaba con los altos números e imágenes de esos seres demoníacos. ¿Adivinas cuál de las mías le interesó? Sí, el Personal Incarnation. Explicó que lo necesitaba, que estaba dispuesto a darme un buen número de cartas porque le hacía falta para completar un mazo. Me resultó convincente; pensé que debía ser una costumbre heredada de los coleccionistas de cromos. 

Seguro que los jugadores veteranos habrán levantado una ceja o sonreído pensando en la situación. 

Yo, agradecido por el favor que se me estaba haciendo, le entregué el Personal Incarnation a cambio de un taco enorme, unas doscientas cartas: un montón de tierras y comunes, por supuesto. Pero yo no sabía nada; pensaba que hasta el maná me vendría bien. El timo ya estaba hecho. Más adelante descubrí que esa clase de estafa solía ocurrirle al jugador que acababa de empezar. Ya lo dijo Aristóteles en la Retórica: es fácil cometer una injusticia contra el que no sufrió muchas antes y carece de experiencia.

Lo gracioso es que esa carta era mediocre a pesar de su rareza: lo que se buscaba era la abrumadora velocidad y daño de los Leones de la sabana. Al timador le salió el tiro por la culata porque él también se dejaba engatusar por las fuerzas y resistencias elevadas. Es posible, incluso, que entre aquellas comunes hubiese cartas muy buenas, como un Ritual oscuro o un Relámpago. La realidad es que éramos críos y ninguno sabía qué se jugaba en las competiciones; pero la necesidad de mentir y quedar por encima, de ser superior, estaba muy presente en algunos chavales. Había que ser precavido. 

Recuerdo que un año después, cuando ya conocía bien el juego y la rareza de las cartas, volví a hacer un trato con esa persona: un Paladín del norte por una Cocatriz. No recuerdo cuál de las dos di, pero me pareció un cambio justo. Sin embargo, el tipo tuvo la necesidad de pregonarlo como otro timo, lo cual nos dice bastante de su naturaleza. Tal vez hoy se dedique a la política o sea un vendedor de crecepelo. 

El caso es que estos recuerdos negativos son oro para mí. No querría eliminarlos porque gracias a ellos aprendí que la generosidad puede ser aparente. Para que te hagas una idea, allá por el dos mil nueve mandé un manuscrito a Ediciones Atlantis, una editorial que acabó ganándose una reputación cuestionable. Su respuesta llegó rápido en forma de un gran sobre pardo y urgente, un envío que irradiaba importancia. Y el mensaje me decía lo buenísimo que era el manuscrito —la primera novela que escribí, un texto lleno de taras y sin corregir—. Al leer aquello, la imagen de ese chaval tan interesado en el Personal Incarnation se mostró en mi mente, la cabeza ladeada y una media sonrisa mientras me hacía un enorme favor. Y arrojé el sobre en un rincón. No sólo eso: ignoré todas las editoriales semejantes. 

Es posible que juzgase mal a algunos editores que parecían bienintencionados, pero no me desespera publicar y valoro más la tranquilidad, la ataraxia. No me preocupa en exceso lo que no depende de mí: mi felicidad estriba en leer un libro, un cómic, ver una serie, escribir, jugar un videojuego... Aunque agradezco lo positivo que está fuera de mi alcance, no lo espero. El universo no me debe nada.

30 agosto 2026

Bola de dragón: de la Tierra a las estrellas

¿Por qué un anime atestado de entrenamientos y peleas se convirtió en un fenómeno intergeneracional? ¿Por qué Bola de dragón y no otro? En él se usa una fórmula simple: un enemigo poderoso aparece, los héroes entrenan para vencerlo y vuelta a empezar. Visto así, no debería haber alcanzado una popularidad tan vasta; pero contiene elementos que explican sobradamente su ascenso.  

Considero que el carisma descomunal de los personajes es decisivo. Todos ellos, hasta los más secundarios, son carismáticos hasta la médula. Toriyama tiene una gran habilidad para construir personalidades sencillas pero muy atrayentes. Las diferentes estéticas se conjugan con caracteres que se quedan grabados a fuego en la mente del espectador. Krillin, Muten Roshi, Yajirobe o incluso el solitario gato de la torre son fascinantes. Y los antagonistas también me parecen especiales, sobre todo cuando se juega la carta de hacer que colaboren con los héroes o cambien de bando. 

Piccolo, la reencarnación del temible rey demonio, es un paladín de la maldad que casi logra acabar con la vida del protagonista. Sin embargo, se ata sentimentalmente al hijo de Goku y acaba fusionándose con el bondadoso dios de la Tierra, la otra mitad de la que se separó antaño, para formar un nuevo ser que ayudará al bando heroico. Aunque esa idea maniquea de separación entre el bien y el mal es un cliché, sirve para desarrollar a alguien que conquistará al público y proporcionará un contrapeso a la bondad e inocencia de Goku. También se hará algo similar con Vegeta, que pasará de la malicia a la ambigüedad. Y el temible Freezer, sin abandonar nunca su malevolencia, le echará una mano a los héroes en el torneo del poder convocado por Zeno-sama. 

Aunque Vegeta no despertaba mucha simpatía en su creador, el cariño que le profesaron los lectores acabó convirtiéndolo en una pieza fundamental. Si Toriyama hubiese reducido su presencia, nos habríamos perdido a uno de los personajes más amados del anime. Pocas cosas suscitan más emoción que un poderoso villano reformado. Por eso algunas personas prefieren a Vegeta antes que a Goku. Ahora ambos son inseparables; mantienen una curiosa relación de amistad y rivalidad que los ayuda a crecer.

Conseguir que los personajes sean tan queridos es un logro, pero no explica por sí solo ese éxito inconmensurable. El segundo elemento que me parece relevante es la estética al servicio de un mundo rico en detalles. Toriyama tiene un estilo muy reconocible y atrayente. Queda perfecto para presentar esa otra Tierra donde se mezcla lo tecnológico de las urbes con lo fantástico del exterior, donde pululan dinosaurios, seres metamorfos o demonios. Asimismo, pueden hallarse objetos mágicos y las codiciadas siete esferas del dragón, las cuales otorgan un deseo en cuanto son reunidas. 

Personalmente, me gustaba más la serie durante el comienzo, cuando Goku era un niño y exploraba los alrededores bajo la influencia del clásico Viaje al oeste. Luego la construcción del mundo queda supeditada a ofrecer combates desmesurados, a enfrentar poderes masivos. Aunque el universo se sigue ampliando con el conocimiento divino —los dioses y sus propios universos entran en juego—, el objetivo pasa de la exploración y la aventura a buscar el combate definitivo. Para ser justos, hay que añadir que ese espíritu aventurero se recupera en GT y Daima. Es significativo que Goku vuelva a ser un niño en ambas. 

Y llegamos al tercer elemento que cocinó esa fama: el mensaje. Toriyama le da a Goku un inicio similar al de Superman, ya que sus padres alienígenas lo envían a la Tierra. En ella, un golpe en la cabeza cambia su naturaleza violenta y se deja cuidar por Gohan, su abuelo adoptivo. Se supone que Goku era un guerrero de clase baja que debía conquistar el planeta, pero pasa a formar parte de él y su gente. No tarda en convertirse en un luchador extraordinario que participa en el célebre torneo de las artes marciales junto a su compañero Krillin. Más adelante, esa competición será testigo del paso de Goku a la edad adulta: descubrimos en ella el crecimiento de su cuerpo después de una larga ausencia, y poco después se enfrenta a la que será su futura esposa. El cambio físico se suma así a un rito de madurez, el cual también contempla la dura prueba de enfrentarse a Piccolo.  

El punto de inflexión, el momento que realmente hace inmensa a esta serie, que la lanza hasta el infinito, es cuando Raditz llega a la Tierra para encontrarse con Goku, su hermano perdido. Ahí la trama se expande hacia las estrellas, Goku descubre su procedencia y decide permanecer en el único hogar que ha conocido en su vida. Lucha con Raditz, con su verdadero origen, y gracias a Piccolo logra derrotarlo a costa de su propia vida. Sin embargo, ni siquiera la muerte lo detiene: entrenará en el otro lado hasta resucitar más adelante para enfrentarse a Nappa y Vegeta, dos saiyajines que invaden la Tierra. Se deshace del primero con suma facilidad; pero Vegeta es un guerrero de clase alta, un tipo que forma parte de la élite, y se lo pone difícil. Aun así, Goku no sabe nada de clases y talentos: él está ahí para defender el planeta; está más allá de la estructura social construida por los saiyajin; ni la conoce ni le interesa. Y logra herir el orgullo del príncipe Vegeta con la nueva técnica que le enseñó el Kaio del norte. 

El origen de una persona no determina su valía.  

Esa idea volverá a mostrarse de manera obvia mucho más tarde, al finalizar un digno enfrentamiento entre Goku y el dios de la destrucción Bills: «Solo porque es un dios, no tiene el derecho de decidir el límite de una persona», dice un Goku vencido que hizo todo lo posible por estar a la altura. Y lo estuvo, porque muy pocos mortales habrían resistido tanto. 

Lo que caracteriza a Goku es la perseverancia y el progreso constantes; no deja de evolucionar durante todo el anime. Hay una promesa implícita de mejora que produce una explosión catártica cuando llega. El público desea que Goku, ese amigo humilde que nos acompañó desde la infancia, vuelva a romper los límites; desea que un guerrero anónimo de clase baja ascienda al cielo de los dioses y se codee con ellos. Hay una grandeza innegable en la trama. Por eso la última serie, Dragon Ball Super, acaparó las miradas de internet durante sus últimos capítulos. La baja calidad de animación que tuvieron algunas partes no supuso un fracaso porque este universo, estos personajes, son nuestro hogar y nuestros amigos. ¿Quién no soñó alguna vez con viajar sobre la nube Kinton para hacerle una visita al maestro Roshi en su pequeña casa? 

Tras más de cuatro décadas desde su nacimiento, Bola de dragón es un auténtico hito cultural: videojuegos, películas, series, cómics, fanfics con millones de visitas. Incontables humanos comparten las aventuras de Goku y han sido inspirados por él. Pregunta a cualquiera que haya crecido con estos personajes y verás cómo se dibuja una sonrisa en su rostro. 

Akira Toriyama no murió. No morirá nunca. 

08 agosto 2026

El mundo de Rocannon

Se nota que El mundo de Rocannon es la primera novela publicada de Ursula, porque el prólogo tiene algunas descripciones áridas y nombres en exceso. Debe tenerse en cuenta que primero se publicó como un relato independiente y luego se usó para dar comienzo a esta historia. Por suerte, no es grave y la trama tarda muy poco en enderezarse. Aunque no está a la altura de Un mago de Terramar, es una obra notable que contiene un gran ingenio. A mí me gustó más que la del mago: la mezcla de ciencia ficción y fantasía, fórmula que se usó en La corona mágica, es mi debilidad. 

Voy a hacer lo posible por ser equilibrado, ya que esta novela me entusiasma profundamente. Ursula y Moorcock son mis dos autores favoritos del fantástico. En este caso, por cierto, es más bien ciencia fantástica; pero está mucho más cerca de la espada que de la pistola láser. 

Tenemos un universo con innumerables sistemas habitados y una «Liga de los Mundos». A ella pertenece Rocannon, un etnógrafo que investiga el planeta Fomalhaut II. En él conviven varias especies menos avanzadas, pueblos monárquicos que se asemejan a los que suelen aparecer en la fantasía. Yo veo conexiones entre los humanoides que usan monturas aladas y los heroicos caballeros; y entre los que viven en las profundidades y los enanos. También hay unos seres menudos llamados Fiia que recuerdan al clásico mundo feérico. Son transformaciones de los tópicos. Asimismo, la magia está atenuada; se presenta en forma de telepatía y fenómenos extraños propios de estas culturas. 

He de añadir que esos humanoides orgullosos y aristocráticos me traen reminiscencias del típico elfo que manifiesta esos rasgos. Serían, por ende, una curiosa mezcla de arquetipos. Y funciona muy bien, al menos para mí. 

Las diferentes especies son atacadas por unos visitantes desconocidos que vienen del espacio. Éstos eliminan a los compañeros de Rocannon e invaden Fomalhaut II. La amenaza no es pequeña, así que el protagonista inicia un viaje acompañado por el «caballero» o «elfo» Mogien, amén de otros compañeros, para solucionar el asunto. Por lo tanto, librar al planeta del enemigo es el objetivo, lo que incita a los personajes a emprender el peligroso camino. ¿Lo lograrán? Es complicado porque se trata de un invasor que, gracias a su tecnología, se estableció velozmente y eliminó pueblos enteros. 

El viaje de Rocannon y sus compañeros hasta la distante base del enemigo está, como debe ser, lleno de riesgos, los cuales se narran entre párrafos extensos pero ágiles. Pasan muchas cosas en poco tiempo y la lectura es amena, veloz. Yo me sorprendí al percatarme de que la novela sólo me duró un par de días a pesar de dedicarle una hora y pico en cada uno; es decir, unas tres horas en total. Podemos considerar que es breve si estás acostumbrado a leer. Muy buena para tomarse un respiro de algún mamotreto plúmbeo. 

No todas las amenazas a las que se enfrenta Rocannon son combates sencillos; también aparecen seres fascinantes e incomprensibles que lo pondrán en verdaderos apuros. Detrás de esos encuentros hay una reflexión interesante sobre lo diferentes que podrían llegar a ser otras especies del cosmos, idea que se desarolla de manera magistral en Solaris. En El mundo de Rocannon algunas criaturas parecen temibles, pero sus actos son correctos desde su perspectiva. Cualquier intento de imponer la ética ligada a nosotros desembocaría en incomprensión mutua. No existen la maldad o la bondad en sí mismas —son conceptos que se evaporarían si desaparecieran quienes los sustentan—, sino diferentes maneras de entenderlas según la especie. Por eso sería mejor, en ciertos casos, un sano distanciamiento. 

Terminado el viaje, se llega a un final que encaja con todo lo anterior. No decepciona. Quizá un aspecto que puede molestar es el nivel de acción: no va in crescendo; no vas a encontrar la clásica cadena de escenas épicas tan habitual en estas obras. A cambio, Ursula opta por introducir un momento que tiñe esa épica con una profunda melancolía. A mí me parece una elección igual de válida, aunque habrá a quien le guste menos. 

No se trata de una obra cumbre, pero no la dejes escapar si te gusta esa mezcla de fantasía y ciencia ficción. 

01 agosto 2026

Babylon 5

 


Voy a hacer algunos destripes leves. Son instantes que pueden producir un impacto negativo en el espectador —a mí me pasó—, y creo que su conocimiento reduce las posibilidades de que abandone la serie prematuramente. Por supuesto, eres libre de dejar la lectura. Te basta con saber que conviene aguantar hasta el final de la segunda temporada. Si para ese momento no te enganchó, no es tu tipo de ficción. No pasa nada. 

Babylon 5 es una estación espacial donde diferentes especies establecen relaciones diplomáticas, entre ellas la nuestra. Aquí no hay una nave explorando las estrellas; hay, sobre todo, política. Vemos a individuos intentando sobrevivir a la psicología colectiva, al peso dramático que pueden tener ciertas decisiones. 

La primera vez que entré en contacto con la serie fue hace unos diez años: intenté verla, pero abandoné durante los primeros episodios de la segunda temporada. No soporté que cambiasen al comandante de la estación porque tenía mucho carisma y un aura melancólica muy interesante. Su sustituto, además, me resultó genérico, el típico militar elocuente que llega para imponer orden. Tampoco me entusiasmó la promesa incumplida que se hizo con Delenn, la embajadora de una especie llamada minbari. Ésta pasa varios episodios en una crisálida porque va a transformarse, lo cual inyecta una gran expectativa. Es un buen gancho que, por desgracia, se convierte en decepción ante un simple cambio de peinado. Ni siquiera su personalidad evoluciona mucho. Yo esperaba algo más significativo. 

Sé que hay explicaciones de peso para ambos casos, pero no evitan que sean lastres. Ahora bien, el nuevo comandante termina ganándose al espectador y la metamorfosis de Delenn no está tan mal porque conecta con lo que vendrá. No todos los espectadores se molestan con eso. Aun así, es posible afirmar que la serie tiene un momento crítico en el que algunas personas pueden decidir dejarla. Y es una lástima porque luego la calidad sube como la espuma. A mí me hubiese gustado saberlo y por eso lo pongo aquí. 

La primera temporada es buena pero engañosa: da la impresión de que la serie es ligera, episódica, con personajes sencillos. Los dos más llamativos, G'kar y Londo, transmiten poca profundidad. El primero tiene aspecto de villano astuto; el segundo, de recurso cómico para mofarse del imaginario castrense y aristocrático. Ninguno es lo que parece, lo cual irá quedando claro en momentos donde se entreven otras facetas de su personalidad. Para que te hagas una idea, yo empecé teniéndole tirria a G'kar y Londo me resultaba simpático; sin embargo, eso cambió por completo. No sólo dejé de sentir rechazo por G'kar: se convirtió en uno de mis personajes favoritos del género. Hay una escena suya que me parece sublime porque muestra una fortaleza ética extraordinaria: la maldad del otro no justifica la nuestra. 

Pienso que ese par de alienígenas son el alma de Babylon 5; ambos tienen una excelente historia compartida y contradicciones internas que les llevarán por sendas tortuosas. 


Londo y G'kar


Moviéndose entre bambalinas tras esos y otros diplomáticos, se halla el representante de una especie antigua: los vorlon. Su embajador, Kosh, habla de forma críptica y está envuelto en enigmas. Usa un traje orgánico para ocultar su verdadero aspecto. Es una promesa del guión que se revelará en el momento adecuado y será muy satisfactoria, a diferencia de lo que ocurre con Delenn. Los vorlon son mi especie favorita: se alejan bastante de lo humano y el diseño de sus naves me parece genial.

Como no podía ser de otra forma, hay un villano recurrente: Alfred Bester, un telépata que pertenece a una organización con rasgos fascistas. El actor interpretaba a Chekov en la serie original de Star Trek y aquí hace un papel extraordinario. Es uno de esos personajes que se quedan insertados en la memoria para siempre. Tiene diálogos ingeniosos y es capaz de sorprender, amén de ser alguien malvado. Está muy bien construido; es lo contrario de un personaje plano. Sus fortalezas, debilidades e intereses se irán mostrando de manera progresiva. 

Bester no es la única dificultad: además de los inevitables conflictos fronterizos y raciales, las diferentes especies de Babylon 5 se enfrentan a una amenaza grave que podría acabar con todos: las sombras. Son un enemigo común taimado y complejo porque se infiltra y manipula. Eso da pie a uno de los mejores guiones que he visto en una serie. No hablo de ciencia ficción, ojo, sino en general. Y soy un seriéfilo. Sin revelar mucho, diré que en ese capítulo descubrirás la diferencia fundamental entre G'kar y Londo, por qué en ese instante hay una barrera entre ellos. Es un detalle sutil, filosófico e ingenioso. A veces los detalles pequeños son los que marcan los mayores abismos. 

Diría que las mejores temporadas de Babylon 5 son la tercera y la cuarta, donde culmina la guerra contra las sombras. Lo único que no me gusta de esos enemigos es la estética de sus naves: simplemente, usaron un concepto oscuro y arácnido que provoca rechazo en nosotros. Habría preferido algo más ignoto, extraño. Incluso lovecraftiano. Sin embargo, cumple con su función de desagradar. 

La quinta temporada es más tranquila, con menos giros; pero se deja ver y cierra muy bien los diferentes arcos. El guion es magnífico y tiene continuidad. Detalles que se mencionan en los primeros episodios se resuelven bastante más tarde. Eso da cohesión, una armonía intensa que no se percibe tanto en otras producciones similares porque acaban perdiendo el rumbo antes de llegar al final. 

Me parece lógico que siga contando con un buen número de seguidores. Es una de las mejores del género y la recomiendo desde aquí. Muchos de sus conflictos diplomáticos son un reflejo de nuestras tensiones políticas, las cuales se mueven en terrenos complejos, grises; aunque se intente vender algo más simple al ciudadano.  

18 julio 2026

Endymion

 


Si alguien me preguntase cuáles son las tres mejores novelas de ciencia ficción, Los cantos de Hyperion sería el primer nombre que diría sin dudar, a diferencia de otros que no sabría si poner o no en el podio. Siempre vi a Dan Simmons un poco como el Tolkien de ese género, alguien que ha construido un universo vastísimo con una prosa excelsa. 

La primera vez que leí Hyperion y La caída de Hyperion, los dos primeros títulos de la tetralogía, era un joven de unos ventisiete años. Fue una lectura que me impresionó hondamente, pero no continué con las dos obras faltantes y no la retomé hasta este mismo año. El motivo es simple: escoger es desechar. Cada vez que optamos por invertir tiempo en una obra determinada, debemos dejar otras en el limbo. Y el número de ellas que merecen la pena es extraordinario a estas alturas. Ya di por sentado, años atrás, que nunca podré leer todo lo que me gustaría; pero sabía que iba a regresar a Hyperion antes o después para terminar lo empezado. 

El momento llegó: tras releer de nuevo esos maravillosos cantos, donde un grupo variopinto de peregrinos debe encontrarse con el peligroso Alcaudón —la máquina cubierta de púas que aparece en la cubierta superior—, empecé al fin Endymion. La edición de Nova llevaba un montón de años esperando en la estantería, oculta tras libros de historia. 

Hay quien considera que Endymion es claramente inferior a las dos primeras, porque pasa a ser una novela de aventuras con buenas dosis de acción. Para mí es un cambio de enfoque que mantiene fresca la historia. Además, está  muy conectada con lo anterior; enseña lo que le sucedió a la humanidad tras La caída de Hyperion y reaparecen algunos de los objetos que usaban los peregrinos, lo cual impregna la trama de nostalgia. Y la prolepsis inicial, donde se muestra al protagonista en una prisión, es una manera brillante de comenzar porque introduce un elemento de suspense desde las primeras páginas. Simmons usará mucho estos momentos, cliffhangers, a lo largo de toda la novela. Son buenos, pero quizá abuse de ellos en algunas partes. 

El argumento es sencillo y fácil de seguir: la iglesia ha crecido hasta dominar a la mayor parte de la humanidad. Consigue eso gracias a los cruciformes, ya que pocos rechazarían uno de los anhelos más profundos: la inmortalidad. Esto crea una tensión muy interesante: ¿por qué un creyente necesita ser inmortal? ¿No hay cierta hipocresía o autoengaño detrás? La crítica es demoledora. 

Dentro de ese contexto, alguien llamado Raúl Endymion recibe el encargo de salvar a una niña —la hija de Lamia y el cíbrido que encarnaba al poeta John Keats— para evitar que caiga en manos de la iglesia. No estará solo, pues le acompañará un androide que se llama Bettik. La novela se encarga, sobre todo, de narrar las vicisitudes del viaje que realizan estos personajes; pero también tiene una segunda línea argumental protagonizada por un sacerdote capitán cuya meta es capturar a Aenea, la niña. 

Aquí es donde debo poner un párrafo muy curioso que está en el prólogo de mi ejemplar. Pertenece a un crítico que sólo veía en la novela un cliché de Star Wars: «Raul Endymion, un joven poco sofisticado de un planeta atrasado —Hyperion—, es enviado por un anciano sabio y en cierta forma místico a la imposible misión de rescatar una princesa —bueno, no precisamente una princesa, pero se trata de la hija de Keats, que es muy parecido. Y debe rescatarla de una fortaleza del imperio galáctico —que aquí se llama Pax, una especie de teocracia católica reconstruida. Toda la ayuda de que dispone es un talismán mágico —en este caso una alfombra voladora—, y un tímido y leal androide —en realidad hay dos robots si se tiene en cuenta la malhumorada y locuaz nave del espacio en la que escapan—. Encuentra a la chica, que resulta ser tan valiente y precoz que, desde ese momento, es ella quien toma todas las decisiones, y ambos son perseguidos de planeta en planeta por un obsesionado capitán sacerdote que nunca ceja en su empeño, aunque siempre fracasa estrepitosamente en su intento de capturarles». 

Entiendo la analogía, pero me parece falaz y simplista: ni ese anciano es exactamente sabio, ni el rescate sucede en algo que se asemeje a una fortaleza del imperio, ni la chica toma todas las decisiones. Es inevitable que las historias se parezcan porque están limitadas por nuestra visión de las cosas, pero eso no significa que sean lo mismo. Esa persona no entendió la obra, me temo. Quizá hasta se molestó con la feroz crítica a la iglesia y de ahí el desprecio. Lo del talismán me hace gracia; me recuerda a Propp, el autor de la Morfología del cuento. De hecho, Propp menciona la alfombra voladora como un objeto específico que lleva al héroe a su destino. Aunque habrá quien vea eso como un tópico, en el universo futurista planteado por Simmons es más bien un guiño delicioso a los cuentos clásicos. Y ya aparecía en las primeras obras. 

El motivo que me llevó a poner aquí el párrafo es que sirve para ilustrar esa sencillez de la que hablaba. Endymion es emocionante y muy digerible, un remanso que aligera la densidad anterior. Si nunca fuiste más allá de las dos primeras novelas, como yo, te animo a darle una oportunidad a la siguiente. Lo único que me disgustó fue la línea argumental del sacerdote; algunos fragmentos se me hicieron más pesados. Lo demás es una space opera espectacular: naves espaciales, asaltos, monstruos descomunales... Es complicado aburrirse con una mezcla así. 

Un detalle que molesta a algunas personas es la idea de que el amor esté entrelazado con el universo. Yo no lo veo mal porque un autor es libre de hacer eso en su ficción si quiere. Es decir, el amor —o el odio, o lo que sea— puede ser una fuerza cósmica siempre y cuando esté justificado en la trama. La literatura es un juego narrativo caracterizado por la libertad: puedes hacer que Dios sea una zapatilla, que la Tierra cobre vida, que un grupo de gnomos haga un partido anarcocapitalista y gane las elecciones... Lo que quieras. Las tendencias del mercado son una limitación para el que desee tener más posibilidades de publicar o seguir publicando, claro. Pero eso es otra historia. 

No digo nada de El ascenso de Endymion porque no la leí aún y no lo haré hasta que termine otros textos antes. Pero Endymion merece la pena por sí sola. 

08 julio 2026

Supergirl

 


Como sabrás, esta película cosechó un buen número de críticas negativas. Algunas personas ven en ella un desastre de proporciones épicas, el fin del género de superhéroes, los cuatro jinetes del apocalipsis saliendo de la pantalla para segar las vidas de los espectadores. Mi opinión es diferente: se trata de una propuesta disfrutable con altibajos. Creo que hay varios factores que inclinaron la balanza hacia una recepción injusta. 

Es evidente que Supergirl no está a la altura de Superman. Eso es axiomático. Cualquiera se percatará de las taras y levantará una ceja en determinados momentos. Sin embargo, hay que valorar una obra en su conjunto, no condenarla por cuatro o cinco aspectos mejorables. Y ahí sí funciona: sirve para pasar un buen rato entretenido con un puñado de palomitas. Por supuesto, es legítimo que alguien prefiera Supergirl: se puede conectar más o menos con una obra independientemente de su calidad. 

Voy a destriparla, así que no te recomiendo seguir si aún no la has visto. Y lo que vas a leer son mis impresiones; no estoy aquí para ponerme unos laureles en la cabeza y sentar cátedra. Puedo equivocarme en algún aspecto porque no la vi más de una vez. 

Empezaré por el instante más controvertido: el final. La protagonista mata al villano, se venga por todos los crímenes que se mostraron antes. La muerte está justificada porque el guion se ocupa de ello. Es un recurso clásico: haz que un personaje sea terrible para provocar una catarsis en el espectador cuando fallezca de una forma espantosa. Yo no veo nada de malo en la acción a pesar de que plantee debates morales —eso es positivo, en realidad—, pero sí que hay un simbolismo que provoca rechazo. 

Kara mata al villano mientras lleva el traje de superheroína, lo cual desagrada a algunos espectadores. Diría que el problema, por lo tanto, está en el símbolo, no en el acto. Hacer eso después de mostrar un Superman que irradia nobleza resulta disonante. Dudo que hubiese generado las mismas sensaciones si Kara no tuviese puesto el traje. Pienso que el guión subiría mucho de nivel si Kara matase a alguien en el inicio o el nudo... y se abstuviese de hacerlo en el desenlace. Elección y evolución. Además, la compañera de Kara también se habría visto marcada por el momento. 

Esa compañera, Ruthye, me resultó algo pasiva. Incluso su arco termina con languidez. De nuevo, ¿cómo podríamos mejorarla? Fácil: añadiendo algún objetivo importante que se cumpla y tenga algo de peso. Es decir, que su presencia sirva para algo más que esconderse bajo una mesa. Y luego está Lobo. A mí no me disgustó, pero sí pienso que su última aparición sobra por completo. Debería ser alguien que pasase por ahí y luego se marchase sin importarle lo más mínimo qué suceda luego. Eso transmitiría bien su personalidad. 

Tampoco me gustó demasiado cómo está repartida la acción: al haber tanta a lo largo de la trama y ser intensa, las escenas culminantes del final pierden un poco de fuelle. El guion tiene problemas, vaya. Doy por hecho que lo sabían y, por el motivo que sea, decidieron seguir adelante. 

Después de todo lo que expuse, ¿por qué afirmo que es disfrutable? Porque me mantuvo entretenido las dos horas que duró, ni más ni menos. Y eso, la capacidad de captar la atención y divertir, basta para que le dé un aprobado. No todos los filmes van a mantenerte pegado al asiento desde el inicio hasta los créditos finales. Además, puedo ver la intencionalidad detrás y me parece sugerente. Ten en cuenta que no leí el cómic, así que no sé qué concomitancias tendrá con él. Me limito a la película porque debe sostenerse sola. 

La estética me parece buena: el vestuario de los personajes y el aspecto de las naves —muy western espacial— comunican una excelente atmósfera de entornos decadentes, lugares donde el pillaje es el pan de cada día. Las canciones escogidas para los momentos de acción también acompañan adecuadamente, y el ritmo no te permite aburrirte. En medio de eso está Kara, un personaje emblemático que está lastrado por la melancolía, lo cual la lleva a arriesgarse y ser vulnerable. El espectador sabe que resolverá la situación, pero con una pátina de ebria desidia. Eso la separa un poco de otras heroínas del género. Y los actores no lo hacen nada mal. 

Cumple su objetivo. ¿Podría haber sido mejor? Sí, mucho. ¿Podría haber sido peor? Sí, mucho. Si tuviese que valorarla cuantitativamente, le daría un seis. 

Lo que me apena es que veo en ella una oportunidad perdida para hacer algo memorable; un personaje desencantado porque su mundo se destruyó da mucho juego, amén de que conecta con la desesperanza de una generación que vio frustrados sus sueños. Creo que habría sido fascinante comenzar con una Kara taciturna que no ve sentido en nada y, poco a poco, ir dándole un objetivo por el que vivir: tomar la bondad como elección consciente. Esta película sería, así, la historia de cómo Kara llegó a comprender a Superman antes de reunirse con él. Es lo que ha hecho, realmente; pero no de la mejor manera. 

No creo que este batacazo suponga un escollo muy grande para DC, pero varios seguidos sí que representarían un obstáculo. Me gustaría mucho ver a Superman y Batman juntos, colaborando; juntarlos es un movimiento lógico que debería darse en el futuro. Espero que eso no se diluya. 

21 junio 2026

Por qué Tolkien importa

 


En la entrada anterior intenté aclarar por qué el fantástico es valioso; sin embargo, sólo toqué la punta del iceberg y seguiré tocándola por muchas otras que escriba. Sería necesario un extenso ensayo para hacerle justicia. Aportaré un último grano de arena aquí. Voy a ceñirme a Tolkien porque me percaté de algo: debido a su popularidad, El señor de los anillos molesta mucho a ciertos críticos. 

No soy fan de Tolkien. De hecho, me influenció más Moorcock y eso se nota en algunos de mis textos; sin embargo, pienso que su obra es útil para servir de contrapeso a la corriente sombría representada por autores como Martin o Abercrombie. Ahora más que nunca me parece necesario tenerla en cuenta para no perder de vista un horizonte esperanzador. Lo único que consigue el nihilismo es el anquilosamiento. «Soy el espíritu que siempre niega». Cuidado: no digo que esos autores o su estilo sean malos; yo mismo publiqué una novela que entra sin problemas en la fantasía oscura. 

Creo que El señor de los anillos enseña valores importantes en una época donde impera el cinismo y el pesimismo. No se trata de autoayuda —eso lo escriben otros—, sino de una cosmovisión que engrandece a la humanidad. 

Desde Gilgamesh, el primer relato conocido, la figura central suele estar apoyada por amistades; es bueno afrontar los peligros acompañado. Esto se ve a lo largo de toda la fantasía en diferentes formas. Harry Potter no lo habría logrado sin sus amigos, y tampoco Frodo Bolsón. Somos criaturas sociales, un zoon politikón, y eso se ve reflejado en estas historias. 

Es evidente que un dragón, un názgul o un fantasma no son reales; pero el valor de los personajes que se enfrentan a ellos sí lo es, y también el resto de sus emociones y sentimientos. A mi juicio, una de las imágenes más trascendentes es Sam en el río decidiendo no abandonar a Frodo: pone la amistad por encima de su propia vida. Y eso sucede porque una amistad bien entendida, bien construida, es inestimable. Un amigo de verdad estará al lado en los peores momentos, ofreciendo apoyo y comprensión. No son fáciles de encontrar y hay quien cree que son tan ilusorios como un duende, pero existen. Esto no es un idealismo ingenuo. 

La amistad entre Frodo y Sam es una de las más hermosas de toda la literatura. No sólo por las escenas emotivas, sino por cómo se pone a prueba durante los instantes más duros. La fidelidad de Sam es tan extrema que para rescatar a su amigo se enfrenta a un monstruo salido de las peores pesadillas. Alguien que viva encerrado en una burbuja, como el personaje de La vida es sueño, quizá piense que se trata de una relación idealizada. No es así: no es algo ajeno a la experiencia humana. Basta con echar un vistazo en las guerras, donde florece lo peor y lo mejor del ser humano. 

Esto bastaría para colocar la obra de Tolkien en una posición digna, pero va mucho más lejos de mostrar el valor de la amistad con un imaginario potente. No voy a hacer un recorrido exhaustivo por todo lo que ofrece, ya que me llevaría una eternidad. Usaré lo que considero más significativo. 

Un elemento central es el anillo único. El concepto quizá fue inspirado por el anillo de Giges que sale en La república de Platón, pero en Tolkien es una magia perversa que corrompe. No sólo tiene la capacidad de invisibilizar a quien lo porte; puede servir, en determinados personajes, como amplificador de poder. Por supuesto, algo así es una fuente de tentaciones. Boromir quiere emplearlo porque considera que el fin justifica los medios y cae bajo su influjo; sin embargo, al final logra redimirse. Este personaje no es maniqueo; no todos los que aparecen en la obra lo son. Su redención es posible porque antes cometió un error. 

Puedes cometer errores, todos los humanos lo hacen, y también sobreponerte y cambiar antes de que llegue el final. El mensaje es clásico, pero aquí cobra una belleza arrolladora. Tiene más impacto que en muchas obras costumbristas. Boromir es cuestionado en vida, pero honrado en la muerte.

Gollum, otro personaje ajeno al maniqueísmo —no considero un error que otros sí estén cerca de eso, sino una elección—, no tiene la misma suerte: la corrupción es tan intensa en él que mutó su cuerpo. Es un esclavo del poder, una criatura patética que casi perdió la capacidad de labrar su destino. Su historia es especialmente trágica porque Tolkien da unos pocos atisbos sobre su posible redención; mantiene viva la llama de la esperanza para apagarla de golpe al final. Eso es una sonora bofetada de... sí, realidad: el escorpión que no puede dejar de seguir su naturaleza y pica a la rana. Pero lo que hay debajo es impresionante: incertidumbre. Lo que ha sucedido podría haber sido muy diferente. Eso denota una comprensión profunda de cómo se entrelazan nuestras experiencias y los fenómenos multicausales que las influyen. 

Aunque tuvo ocasiones para hacerlo, Frodo no acaba con Gollum porque en su mente quedaron impresas las palabras de Gandalf: «Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos». Este diálogo espectacular marca el destino de ambos. 

La antítesis de Gollum es Tom Bombadil, alguien que no es afectado por el anillo porque ya tiene todo lo que necesita. Es decir, aunque hay un evidente conflicto que afecta a la Tierra Media, Bombadil no toma partido. Podría interpretarse como el avatar de las personas desapegadas, de la indiferencia; aunque Tolkien lo convierte en un misterio. Vemos, una vez más, un entendimiento intenso y holístico de lo real, de las diferentes filosofías que se hallan en la heterogeneidad humana. Y ésta en concreto es muy interesante y debatible. 

Hay bastantes más escenas, símbolos, instantes que merecerían una entrada entera por sí solos. Tolkien es inmenso: pérdida, nostalgia, imposibilidad de restauración... Empero, iré a algo que me parece particularmente especial para terminar. 

La maldad es deficiente. Puede ser muy artera, inteligente incluso; pero se enfoca en sobrevivir y acumular a costa de los demás: Ungoliant y su hambre insaciable. Eso provoca que cometa errores antes o después, como Sauron ignorando a los hobbits igual que un clasista despreciando al que considera inferior. Gracias a esa miopía, el anillo acaba destruido. 

Y así toda una civilización termina inclinándose por deferencia ante unos diminutos y humildes hobbits. 

Es un desenlace memorable. La historia no siempre la hacen los poderosos. ¿Qué es el poder? Como dije al inicio, no soy fan, incluso pasé muchos años saturado tras la moda de las películas; pero eso no me impide apreciar la indiscutible calidad de El señor de los anillos. Sólo soy un tipo al que le pareció injusto que algunas personas lo menoscaben sin tomarse el tiempo de conocerlo y analizarlo, porque se nota que sólo dicen generalidades. No necesitas despreciar un arte para ensalzar otro. El pensamiento dicotómico y compartimentado lleva a callejones sin salida. 

El fantástico no es simplemente un género de evasión, sino un medio que la literatura usa para reflexionar sobre el poder, la moral y la fragilidad humana, entre otras cosas. De todos modos, no hay que olvidar que toda obra literaria necesita suscitar interés a su manera; el Quijote o Los hermanos Karamázov no fueron escritos para aburrir. No hay nada de malo en leer para evadirse. 

Lee y juzga por ti mismo. Hay obras que merecen la pena en todas las culturas y épocas. No hagas caso de lo que algunos intelectuales apergaminados digan desde su torre de marfil. 

19 junio 2026

El héroe contra lo imposible

 


Hay un concepto que se repite a lo largo de los siglos: un individuo se enfrenta a algo que lo supera ampliamente. Puede ser el típico dragón, un ejército o incluso un dios. En My Name is Nobody, un conocido spaghetti western, vemos a Henry Fonda oponerse a una horda de jinetes. En One Piece, uno de los mangas de mayor peso actualmente, es común que el protagonista se enfrente a auténticos titanes, rivales con un poder extraordinario. 

Por lo tanto, uno de los aspectos que encumbran al héroe es su valor a la hora de mantenerse erguido frente a lo imposible: el samurái luchando aun sabiendo que va a perder o el caballero cargando contra una hidra. La idea es recurrente porque la vida es recurrente. No es posible huir por completo de los tropos narrativos. 

Cervantes tocó el concepto en la escena de los molinos. Nos reímos de Alonso porque creía que eran gigantes, pero... ¿y si fuesen gigantes realmente? En ese caso, incluso si fuese aniquilado, se habría ganado nuestro respeto. Por cierto, no creo que el Quijote sea simplemente una burla de los libros de caballerías. Quizá algún día me atreva a reseñarlo, pero necesitaré tiempo para explicar lo que esa obra me dice. Creo que me resultará complicado transmitir la verdadera grandeza que subyace en ella. 

Independientemente de qué personaje o situación sea, la imagen del héroe irguiéndose ante un tsunami ofrece varias lecturas y puede tomarse como una alegoría. Es difícil evitar que las obras sean interpretadas alegóricamente. Éowyn luchando contra el rey brujo o Gandalf colocándose ante el balrog para que los demás puedan retirarse, igual que Leónidas en la antigüedad, se asemejan a cualquiera de los peligros que debemos afrontar cada día, desde un matón hasta una enfermedad. 

Y eso es así porque nadie crea desde el vacío: las obras nacen en la realidad y se nutren de ella. Afirmar, por lo tanto, que algunos libros se mueven sólo en el universo de los sueños es absurdo. Ninguno lo hace. De hecho, pocos géneros han sido más ácidos con las sociedades que el fantástico y la ciencia ficción. Se me vienen ahora a la cabeza Los viajes de Gulliver, La ciudad de los libros soñadores o Rebelión en la granja. Son novelas con críticas que considero importantes. 

Esta idea del héroe que avanza hacia oponentes formidables también tiene su trascendencia. Pondré un ejemplo: Dragon Ball. Su protagonista, Goku, debe estamparse contra sólidos muros de maldad, y uno de sus ataques especiales, la Genkidama, requiere la ayuda de los demás, del colectivo: todos deben alzar las manos para aportarle energía. Es un juego que interactúa con el espectador. Pues bien, quizá hayas visto la foto del niño enfermo que alza sus brazos en un hospital mientras ve Dragon Ball en el televisor. No se trata solo de apoyo al héroe; Goku jamás se rinde y va más allá de sus límites, lo cual se transmite a quien lo sigue. Ahí observamos cómo una ficción despreciada por algunos académicos tiene una consecuencia real. Los fans que toman a ese personaje como ejemplo intentan superarse a sí mismos para vencer una dificultad. 

Hay varios motivos que generan placer cuando vemos al héroe en esas encrucijadas. Infiero que uno de los más comunes es ponernos en su lugar y así cumplir anhelos profundos, acciones que nos resultarían inalcanzables porque nuestro cerebro está programado para la supervivencia. Si un cíclope apareciese en plena calle, el instinto nos haría escapar. Es lo que hace un animal cuando se cruza con su depredador. Admiramos al héroe, entre otras cosas, porque va más allá de ese instinto, logra dominarlo y realizar algo que llamamos «valiente». El objetivo suele ser altruista, salvar a otro; pero no tiene por qué ser ése: tras un acto heroico puede haber ambición, como en Los violentos de Kelly. Aun así, no deja de ser catártico descubrir cómo se sortearán las diferentes amenazas hasta alcanzar la recompensa. 

Un héroe es, en definitiva, una idea antropológica que se mueve entre dos mundos: el real y el ficcional. Conocer a los héroes es conocernos a nosotros mismos, porque todo humano tiene el potencial de ser uno en un momento dado, incluso el más avieso y medroso. Quizá eso de llevar armadura y un mandoble para luchar contra un ogro te quede grande, pero hasta el acto más pequeño te aproxima un poco a los héroes. Charlar un rato con alguien que vive en la calle o ayudar a una persona que acaba de caerse son acciones al alcance de cualquiera. Por otro lado, quizá no consigas nada material si decides tomar el camino difícil y enfrentarte a lo imposible; pero seguro que algo ganarás por el camino si no te devora el ogro. 

Tampoco hay que olvidar, si nos ceñimos a lo real, que a veces el valor y la locura están separados por una línea difusa. Hay que saber cuándo conviene retirarse. Incluso los héroes de la ficción, en algunas ocasiones, demuestran coraje al aceptar una derrota para ir a otras batallas. 

Pondré otra muestra del extenso repertorio que ofrece el fantástico: la prueba de valía. A veces el héroe debe demostrar que es digno para conseguir algo a cambio. Goku debía tener un corazón puro para subirse en la nube que usaba para viajar; Atreyu, protagonista de La historia interminable, no se detuvo tras ver cómo un caballero fracasaba cuando intentaba cruzar entre las esfinges. ¿Podemos aplicar esto a nuestro día a día? 

Desde que llegamos a este mundo preconstruido, somos sometidos a constantes pruebas: exámenes, decisiones morales, entrevistas de trabajo. Todos debemos demostrar, en un momento dado, que somos capaces de realizar algo. La fantasía no te va a enseñar conocimientos técnicos, pero sí una actitud digna frente a los «monstruos». El héroe avanza con la cabeza alta y acepta tanto la posibilidad de fracasar como el fracaso mismo. Luego, en caso de ser herido, se recupera y sigue con su lucha. Y si la derrota es absoluta, al menos habrá tenido las riendas de su vida. Por eso el capitán Roger —One Piece— ríe antes de su ejecución: la muerte es inevitable, pero fue dueño de su destino y cumplió su meta. 

Queda claro, espero, que estas ficciones contienen muchas enseñanzas y es un error calificarlas como simples obras de evasión para menospreciarlas. No es muy probable que debas vértelas con una mantícora, pero sí con situaciones similares donde te vendrán bien la templanza y la perseverancia. Un personaje que posee esas cualidades y me agrada especialmente es Samsagaz, de El señor de los anillos, porque es alguien que no se rinde a pesar de toda la oscuridad que envuelve su viaje. «Para que el bien reine en este mundo, señor Frodo. Se puede luchar por eso». 

No se trata de derrotar lo imposible; se trata de enfrentarse a ello con dignidad. 

10 junio 2026

Ambiente

 


Encontré la novela en una librería de viejo por ochenta céntimos, así que fue prácticamente un regalo. La adquirí sin pensarlo mucho porque la sinopsis despertó mi curiosidad: Norteamérica perdió el juicio y se sumió en la decadencia más absoluta. Los protagonistas —un guardaespaldas, una prostituta-esclava y un magnate— son la consecuencia de un entorno retorcido. No es casualidad que el título sea Ambiente; aunque tiene un significado más siniestro, como se verá. 

«El titular del Times decía: Madre devora a su bebé; los restos de éste aparecían fotografiados en la página dos. Secretos sexuales psíquicos de los senadores, decía el segundo titular. La sección local no era nada nuevo. Dos bombas habían estallado en las torres Trade; ninguna de las plantas de Dryco sufrió daños. El brazo de la estatua de la libertad había sido volado; había una foto de la amputación. [...] El río Harlem estaba en llamas. El destripador de Hackensack había perpetrado su crimen número mil...». 

La imagen de la estatua de la libertad amputada es clave: el mayor icono de una sociedad ha sido mancillado; representa el colapso civilizatorio. Parece que la intención de Womack es ir más allá de La naranja mecánica, una de las obras que inspiraron a ésta: las instituciones se han deformado por completo, las reglas se han degenerado hasta ser un cúmulo de violencia donde la vida carece de valor. Cada individuo se vuelve un auténtico superviviente, porque en cualquier momento puede ser asesinado en plena calle. Lo que tenemos aquí, por lo tanto, es un escenario dantesco bajo el que opera una trama sencilla. 

El objetivo de los protagonistas es eliminar al jefazo de la empresa para quedarse con todo el pastel. No hay subtramas y el estilo es directo, pero eso no quiere decir que se trate de una lectura fácil, ya que el idioma se subvirtió —incluso hay colectivos que desarrollaron un dialecto propio— y eso provoca que varios diálogos sean confusos. Las abundantes descripciones enumerativas, encargadas de generar una atmósfera caótica, también contribuyen a la dificultad. Intuyo que eso asfixiará a algunos lectores. Yo me acostumbré y no tuve problemas, pero quiero dejarlo claro: en Ambiente predomina... el ambiente, la exposición de un pueblo sumido en una decadencia absoluta. El foco está más en eso que en la trama. 

Los límites son tan forzados que se percibe una cierta irrealidad: aunque una civilización se arruine, es muy complicado que llegue a esa situación tan exagerada. Hablamos de una ficción donde militares disparan alegremente por las calles hasta que son liquidados y saqueados; donde el protagonista se encuentra un esqueleto tirado por ahí y se dedica a patear el cráneo sin darle importancia alguna, como si fuese la lata de un refresco. Hay ejemplos más extremos, imágenes que el autor usa para impactar. Casi podría tomarse como una sátira de las distopías.

El título de la novela, sin ir más lejos, tiene doble significado: además del obvio, se refiere a un grupo de humanos llamados «ambientes» porque tienen deformaciones y mutaciones. En principio, surgieron por un accidente en una planta nuclear; pero luego se sumaron personas que escogieron ser ambientes por voluntad propia. Es decir, individuos que deciden automutilarse o modificarse, como la mujer de la cubierta que tiene clavos en la cabeza, porque han adoptado esos rasgos como una identidad cultural. La construcción de este universo distópico es muy detallada e interesante... de ahí que pesen tanto las continuas exposiciones del entorno. 

La trama sabe entretener y cuenta con giros emocionantes. La segunda mitad del libro es mucho más ágil que la primera. Hay acción, descubrimientos, brutalidad. Womack no se contiene por nada ni por nadie: aunque resulte ofensiva para algunos lectores, usará cualquier idea que armonice con el relato. La parte problemática, a mí parecer, es el final: está bien construido, pero quizá no satisfaga a todos porque deja algunas incógnitas sin responder. ¿Es un mal final? No, y a mí me gusta así; pero comprendo que exaspere a algunos. 

Ambiente es una obra con altibajos: tarda en arrancar, pero luego cumple; tiene varias partes confusas, pero también otras brillantes. No está mal para darle una lectura si te gustan las distopías. Al parecer, Womack escribió más novelas sobre el mismo universo. Yo de momento tuve suficiente. No creo que siga leyendo. 

23 mayo 2026

El Mercenario

 


El cómic de Segrelles me llamaba la atención desde hace bastantes años, así que decidí aprovechar la salida del magnífico integral que acaba de ponerse a la venta. Uno de los motivos que me llevó a hacerlo fue económico —es complicado decirle que no a cinco tomos por el precio de dos—, pero pesó más la potencia visual: como suelo leer textos densos, me da una inmensa paz introducirme rápido en un mundo de imágenes tan portentosas. Es decir, yo en estos casos le doy más importancia al dibujo que al guion. Y El Mercenario descuella por lo primero. Y mucho. 

Cada página está pintada al óleo con un mimo y perfeccionismo absolutos. Es fácil pasarse unos cuantos minutos admirando las composiciones, la belleza que se despliega en cada escena. Además, algunos detalles me llenan de nostalgia, porque me recuerdan a un juego de cartas que conocí en la juventud: La ira del dragón. Era un remedo de Magic que usaba ilustraciones de Segrelles y terminó siendo acusado por plagio y retirado del mercado. Aún hoy puede adquirirse en páginas de segunda mano. 

El talón de Aquiles de El Mercenario es la narrativa. Se nota que detrás hay, sobre todo, un ilustrador, alguien que no se complica demasiado a la hora de crear tramas o profundizar en psicologías. Me da la sensación de que primero piensa en el objeto que quiere plasmar y luego introduce al protagonista —el clásico héroe duro e inveterado— en él; por lo tanto, la historia está supeditada a la imagen. Si quiere meter una chica ligera de ropa, o una fortaleza de diseño fascinante, buscará cualquier excusa sencilla para hacerlo. Para escapar de una cárcel, por ejemplo, usa el recurso de la atracción femenina para engañar al guardián. 

Con todo, el guion se mantiene en pie gracias a los espectaculares momentos de acción y a la atmósfera única, reconocible, que solo vas a encontrar en estos tomos. Bastan unos segundos para percatarse de que esa página expuesta es de Segrelles. Asimismo, no puedo evitar preguntarme si El Mercenario hubiese funcionado igual de bien con una mayor complejidad. Quizá no. Parte de su encanto está en ser el representante de una época y conceptos particulares. Aunque hay tropos que se repiten, cada aventura despliega combates que se resuelven con ingenio. Eso consigue que la historia no se vuelva redundante. Segrelles no es, desde luego, Alan Moore; pero tiene una imaginación fértil y sabe darle el suficiente atractivo a las situaciones. Y los que admiran esta obra no necesitan una trama muy elaborada, imagino. Por otro lado, es bueno tener diferentes opciones según lo que apetezca a cada momento: algunos días son para escuchar Pink Floyd; otros, Queen. 


Un aspecto muy positivo es el cautivador mundo del protagonista: jinetes de dragón combatiendo entre montañas; inmensos monstruos acuáticos; ciudades misteriosas. El imaginario de Segrelles me parece espectacular. En todo momento transmite la sensación de que hay lugares secretos llenos de posibilidades aventureras. Se trata de un entorno sublime, fascinante y aterrador a la vez; aun así, el mercenario se mueve por él con la imperturbabilidad del héroe curtido que hace lo necesario, como todo buen personaje emblemático. 

Leí un comentario crítico en YouTube: «Los personajes se ven muy rígidos». Esto sucede porque usan armadura durante muchas viñetas. Cuando no la llevan, los cuerpos tienen más dinamismo. De todas formas, no se puede negar que hay cierta rigidez. A mí no me molesta; ni siquiera la percibo tanto como el autor del comentario. Lo que sí noto es un intento de generar épica y grandiosidad en cada viñeta. Hay una ambición notable. El protagonista se enfrenta a enemigos tan estéticamente memorables que se quedan grabados en la retina. 

Por ende, debo recomendar aquí este cómic a todo aquel que tenga dudas, que esté sepultado bajo la avalancha de novedades y no sepa qué camino tomar. El Mercenario es impresionante, un auténtico hito del género. Será difícil que te arrepientas si optas por él. Y viene con una buena cantidad de contenido extra. Si mi exigua economía me lo permite, también adquiriré el siguiente tomo. Este tipo de obras embellecen la realidad. Es de agradecer que existan. 

14 mayo 2026

Y se hizo la luz

 


Tal vez hayas tenido la impresión de que soy un pesimista, lo cual es algo común y entendible en este momento histórico; pero eso no es cierto del todo: a pesar de que la humanidad deberá superar muchos obstáculos, pienso que alcanzará una meta luminosa. Como dije anteriormente, nuestra historia acaba de comenzar. Sería genial tener una máquina del tiempo e ir al distante futuro, hacerle una visita al año... diez mil, por ejemplo. Apuesto a que en esa época nuestras sociedades actuales se verán con una mezcla de comprensión y rechazo. ¿Y qué pasará con los humanos de un futuro aún más lejano? 

Por supuesto, no será fácil: la humanidad deberá perdonarse un gran número de injusticias, aceptar con resignación un pasado umbrío para construir lo que más valora. Además, tendrá que lograr adaptarse a todas las nuevas tecnologías, porque los cambios sociales que producen son muy profundos. Dos adelantos cercanos, internet y los móviles, son la muestra perfecta. Estos elementos no tienen nada de malo en sí mismos, pero necesitamos tiempo para domesticarlos. 

Cuando era joven, casi nadie tenía un ordenador en casa y menos aún internet. Los pocos que lo usaban se metían en foros, chateaban e imagino que usaban programas para descargar diferentes contenidos; es decir, para ser un artero y orgulloso pirata. Quien esté libre de haber hecho eso alguna vez, que tire la primera jarra de grog. Internet debía de costar lo suyo; así que existía un anhelo, supongo, de sacarle el máximo provecho. Causa y efecto. Poco a poco, este universo virtual se fue popularizando, entraron en escena los influencers, youtubers y otros nuevos roles sociales que se sumaron a los ya existentes. Yo mismo formo parte de uno que está prácticamente extinguido: los blogueros. Si no fuese por internet, no estarías leyéndome ahora.  

El cambio que produjo esto en nuestras vidas es profundo: los videoclubs desaparecen; se pierde interés en los formatos físicos —videojuegos, cedés, periódicos—; se democratiza el conocimiento; se generan nuevos modelos de negocio; llega la ciberdelincuencia... Por si no bastase, a alguien se le ocurrió traernos la inteligencia artificial, un adelanto que vive en internet y va a causar otros cambios pronunciados. 

Allá por inicios de los dos mil, momento en el que yo me metí en este mundo virtual, tenía la impresión de hallarme en el salvaje oeste: en los foros había normas estrictas —era común prohibir hablar de política y religión— y administradores que hacían las veces de sheriff; sin embargo, los troles se las ingeniaban para forzar los límites. Algunos eran graciosos, pero otros estaban decididos a sacar de quicio al mayor número posible de personas. Y en algunos lugares se formaban ambientes muy extraños donde se mantenía al trol con vida para que sirviese de entretenimiento. El trol se convertía así en una especie de bufón sin ser consciente de ello, como Sancho y Alonso sobre el caballo de madera. Estarás de acuerdo conmigo, espero, en que eso no era un entorno sano. 

Aquellos escenarios insalubres han cambiado: de los límites impuestos en foros pasamos a las turbas en redes sociales, humanos con antorchas quemando vivos a quienes dicen algo incómodo o especialmente grosero. El aumento de libertad y exposición tiene un precio. Debes ser previsor, asumir que aquí estás hablando en público y atenerte a las consecuencias. Muchas reacciones son más predecibles de lo que parece. Por supuesto, «predecible» no quiere decir «justo». Un grupo puede enfurecerse contra un individuo que martillea los cimientos de una cosmovisión. Es una posibilidad. De todos modos, lo que he visto en la mayoría de ocasiones es a un grupo aplastando un comentario tabernario. Y luego al autor del mismo quejándose de una censura inexistente, ya que puede seguir hablando en público y el texto sigue en la red.  

Cuidado: esto no quiere decir que la censura no exista. Hay personas que han sufrido un ostracismo extremo, una expulsión definitiva del colectivo. No puedo extenderme mucho en esto porque, sinceramente, es una ramificación del asunto que no conozco en profundidad. Imagino que habrá casos donde esa censura fue justificable y otros donde no. 

En suma, internet trajo un nuevo escenario donde los humanos pueden representar sus papeles. También se convirtió, para algunos, en un espejo que refleja imágenes inesperadas. Eso puede usarse para el aprendizaje y el crecimiento... o para enrocarse con puerilidad. Yo espero, a pesar de mis defectos, haber hecho una aportación positiva. 

Ahora, gracias a los móviles modernos, internet se ha expandido como nunca. Cualquiera puede tenerlo disponible en todo momento; se convirtió en la realidad tras la realidad. Los móviles ya eran un avance trascendente antes de eso porque la comunicación estaba más limitada: si querías quedar con un amigo, debías hacerlo de viva voz o por un teléfono fijo. Los móviles permitieron el contacto desde muchos espacios nuevos, en consecuencia, cohesionaron más a la humanidad. Esto es beneficioso, pero también trajo algunas desventajas: ansiedad por mensajes, expectativa de respuesta rápida, distracciones. Lo peor, en mi opinión, es la dependencia: hay personas que pueden entrar en una crisis severa si no disponen del móvil. 

Creo que ya dejé claro mi punto: los avances tecnológicos generan cambios acentuados en nuestras sociedades, y éstos son una amalgama de beneficios y desventajas. Hay que aprovecharse de las primeras y solventar las últimas. Es un error tomar una postura extrema —esto es herético o mirífico—, porque ofrece una visión reduccionista.

Si algo como la fusión entre los móviles e internet ha logrado tanto, ¿qué causará la llegada de un avance más extremo? A la humanidad le esperan grandes retos y es posible que tropiece mientras domestica las tecnologías; pero al final, cuando la tormenta pase, pienso que prevalecerá el deseo de aspirar a algo mejor. Incluso con todos sus problemas, el presente ofrece posibilidades que antes eran inexistentes. Y aunque parezca que las sociedades contemporáneas se hallan anquilosadas, no es así. Los cambios son ineludibles. El leviatán sigue su curso hacia un futuro esperanzador.