15 septiembre 2026

La carta más valiosa

 


Alguna vez mencioné que me dieron una lección inestimable en mi infancia, pero no la detallé. Lo haré ahora porque considero que es una anécdota interesante y le traerá recuerdos a más de uno. 

Cuando tenía doce años, el juego de cartas Magic: The Gathering comenzó a hacerse muy popular y fue habitual verlo en los colegios, entre los llamados «frikis» que también jugaban a rol, leían cómics o movían ejércitos de miniaturas. A mí me fascinó de inmediato, así que comencé a coleccionarlo sin tener demasiada idea: me atraían las ilustraciones y el diseño, pero ni siquiera sabía cómo se jugaba. Siempre me gustaron los cromos y al principio vi Magic como algo similar. Me llamaba la atención, sobre todo, el tamaño de las criaturas. Por eso me ilusionó conseguir mi primer 6/6, un imponente Personal Incarnation

La combinación de inocencia e ignorancia era peligrosa, un reclamo para cierta clase de personas, y una de ellas no tardó en aparecer. Se trataba de alguien mayor que estaba en el último curso y poseía las criaturas más raras de la facción negra: Horror cósmico, Señor del abismo, Pesadilla... Aquellas cartas impresionaban y las mostraba con orgullo. Yo, que aún no tenía muchas, alucinaba con los altos números e ilustraciones de esos seres demoníacos. ¿Adivinas cuál de las mías le llamó la atención? Sí, el Personal Incarnation. Explicó que lo necesitaba, que estaba dispuesto a darme un buen número de cartas porque le hacía falta para completar un mazo. Me resultó convincente; pensé que debía ser una costumbre heredada de los coleccionistas de cromos. 

Estoy convencido de que los jugadores veteranos que lean esto habrán levantado una ceja o sonreído pensando en la situación. 

Yo, agradecido por el favor que se me estaba haciendo, le entregué el Personal Incarnation a cambio de un taco enorme, unas doscientas cartas: un montón de tierras y comunes, por supuesto. Pero yo no sabía nada; pensaba que hasta el maná me vendría bien. El timo ya estaba hecho. Más adelante descubrí que esa clase de estafa solía ocurrirle al jugador que acababa de empezar. Ya lo dijo Aristóteles en la Retórica: es fácil cometer una injusticia contra el que no sufrió muchas antes y carece de experiencia.

Lo gracioso es que esa carta era mediocre a pesar de su rareza: lo que se buscaba era la abrumadora velocidad y daño de los Leones de la sabana. Al timador le salió el tiro por la culata porque él también se dejaba engatusar por las fuerzas y resistencias elevadas. La realidad es que éramos críos y ninguno sabía qué se jugaba en las competiciones; pero la necesidad de timar y quedar por encima, de ser superior, estaba muy presente en algunos chavales. Había que ser precavido. 

Recuerdo que un año después, cuando yo ya conocía bien el juego y la rareza de las cartas, volví a hacer un trato con esa persona: un Paladín del norte por una Cocatriz. No recuerdo cuál de las dos di, pero me pareció un trato justo. Sin embargo, el tipo tuvo la necesidad de pregonarlo como otro timo, lo cual nos dice bastante de su naturaleza. Tal vez hoy se dedique a la política o sea un vendedor de crecepelo. 

El caso es que estos recuerdos negativos son oro para mí. No querría eliminarlos porque gracias a ellos aprendí que la generosidad puede ser aparente. Para que te hagas una idea, allá por el dos mil nueve mandé un manuscrito a Ediciones Atlantis, una editorial que acabó ganándose una reputación cuestionable. Su respuesta llegó rápido en forma de un gran sobre pardo y urgente, un envío que irradiaba importancia. Y el mensaje me decía lo buenísimo que era el manuscrito —mi primera novela, un texto lleno de taras y sin corregir—. Al leer aquello, la imagen de aquel chaval tan interesado en el Personal Incarnation se mostró en mi mente, la cabeza ladeada y una media sonrisa mientras me hacía un enorme favor. Y arrojé el sobre en un rincón. No sólo eso: ignoré todas las editoriales semejantes. 

Es posible que juzgase mal a algunos editores bienintencionados, pero no me desespera publicar y valoro más la tranquilidad, la ataraxia. No me preocupa en exceso lo que no depende de mí: mi felicidad estriba en leer un libro, un cómic, ver una serie, escribir, jugar un videojuego... Aunque agradezco lo positivo que está fuera de mi alcance, no lo espero. El universo no me debe nada.