Reseñas literarias y artículos culturales

domingo, 26 de abril de 2026

Y se hizo la oscuridad

 


En la entrada anterior, Homo fabulans, dejé una sugerencia al final: «Seamos, pues, los mejores fabuladores posibles». Lo cierto es que se trata de una advertencia, porque los humanos somos capaces de construir nuestra propia jaula. Es la clásica distopía. A pesar de que la realidad es moldeable y las posibilidades son infinitas, no todas son positivas. En ese artículo fui alguien descriptivo y comprensivo, un observador que intenta estudiar el entorno; pero ahora sacaré el martillo. Voy a quitarme el disfraz de Visnú y me pondré el de Shiva. 

Comenzaré por el elefante en la habitación: las religiones. Éstas dan un sentido y le ponen una tirita al abismo. Eso es bueno, porque no todos los humanos tienen la misma resistencia a la sensación de vacío. Quizá tú te atreves a mirar detrás del escenario y a sacar pecho, a abrazar la materia y olvidarte de todo lo demás; sin embargo, conozco personas que se derrumbaron al hacerlo. Y jamás se recuperaron, te lo aseguro. A mí, en cambio, no me preocupa especialmente: jamás creí en lo divino, ni siquiera cuando era niño e iba a un colegio estrictamente religioso. Es decir, soy como Obélix, que no necesita la poción mágica porque se cayó en la marmita. Aun así, el nihilismo me gruñe de vez en cuando. Por eso entiendo al creyente. 

Con todo, sé que la heteronomía es peligrosa: puede ser una de esas jaulas de las que hablaba. Pero no hay que meter a todas las religiones en el mismo saco —no es igual el cristianismo que el sintoísmo—, y ya no tienen la misma intensidad que antaño. De hecho, yo creo que están muriendo lentamente, que sólo existirán durante una fase extensa de la historia humana. Son uno de los grandes relatos devorados por el tiempo. En mi opinión, irán volviéndose cada vez más personales y menos invasivas. Ni siquiera hoy tienen una presencia desmedida en algunos lugares. Ahora bien, el bosque del materialismo es duro, amoral; hay que tener una voluntad férrea para vivir en él. En consecuencia, infiero que siempre habrá quien desee tener un dios a su lado. Yo no lo veo mal siempre y cuando no haya ni fanatismo ni proselitismo. 

Porque ahí está el problema: muchos de los que creen en un dios necesitan que los demás también lo hagan, pues para ellos es una verdad incuestionable. «Si tú no crees en él, él sí creerá en ti». Y de esa necesidad sale el reclutamiento para la salvación. Es decir, si Dios existe, es mi deber moral acercarte a él. Esto es peliagudo, sobre todo si se trata de una neoreligión perjudicial. Nunca faltarán charlatanes que quieran conseguir adeptos para beneficiarse. 

En resumen, un caos; así es la realidad humana. Pero ese caos se empequeñece desde la distancia. Y mucho más desde el trono del tiempo. Asimismo, hay que tener en cuenta que la ética no necesita a las religiones, y quizá la mayoría de los humanos llenen el vacío con otros elementos, como el arte o los juegos. El hombre sólo es completo cuando juega. 

Pasemos ahora al dios de los codiciosos: el dinero. Alguien me dijo, en privado, que le parece difícil que haya futuros cambios ahí. Pues los habrá. Ten en cuenta que el futuro no es ahora; ahora es el pasado. Estamos en la salida y ni siquiera hemos llegado a la mitad de la carrera. Nuestra historia acaba de comenzar. Tuvimos suerte, porque hemos podido conocer internet y toda la maraña cultural que ha traído consigo. Lo que quiero decir es que no veo posible que nuestro sistema económico permanezca inmutable por los siglos de los siglos. Llegará un momento en el que, debido a un motivo u otro, deberá transformarse. Supón que los androides se encargan de todo el trabajo. ¿Qué le queda al humano? Recibir una renta que le permita adquirir productos y que sirva de límite para que no se lleve una tienda entera. 

Dicho esto, toca usar ese martillo: el capitalismo, que tiene sus sombras innegables, puede torcerse y crecer hasta convertirse en otra jaula. Humanos henchidos de billetes explotando a otros y dirigiendo estados o corporaciones desde las sombras. Estos tipos hasta podrían, gracias al transhumanismo, ser semidioses entre mortales. ¡Hágase su voluntad! 

Personalmente, lo que más me preocupa es la inteligencia artificial, ya que también se nos puede ir de las manos. Está claro que muchos van a permitir que piense por ellos: abandonarán su cerebro biológico para sustituirlo por el artificial. ¿Para qué escribir un artículo si la IA puede hacerlo por mí? ¿Para qué escribir un ensayo? Es importante educar a los niños para que usen correctamente este nuevo elemento: deben emplearlo como una red de seguridad sin permitir que les robe su criterio, no como un sirviente que se lo haga todo. Hay un episodio de Star Trek, El mejor ordenador, que ya criticaba esta posible amenaza. 

Imagina un mundo donde los humanos son esclavos de un sistema que ni siquiera comprenden, porque la IA es un dios panteísta que no les deja avanzar. 

Esta nueva tecnología no va a desaparecer, así que no queda más remedio que usarla en nuestro beneficio. Igual que todo lo demás. Nosotros somos los responsables de nuestro futuro. De nosotros depende que estas construcciones no sean barrotes o se rebelen como la criatura de Víctor Frankenstein. 

Somos libres para construir algo que nos arrebate esa libertad.  

miércoles, 15 de abril de 2026

Homo fabulans

 


Alguien me preguntó, años atrás, quién había escrito la Odisea. Yo me quedé en silencio porque era evidente que la respuesta no podía ser lo obvio: me percaté de que, en realidad, no conocemos al autor de ese poema épico; pero hemos aceptado que un aedo llamado Homero está detrás. Esa hipótesis facilita las cosas, enfatiza la leyenda y nos brinda un personaje interesante. Además, lo que importa es la obra que nos ha llegado, su riqueza. 

Lo anterior es, por ende, una posible ficción inocua asimilada por el colectivo. Y lo que sigue es mi forma particular de ver el entorno. Distingo entre varios tipos de construcciones ficcionales: diseños estéticos, narraciones explícitas, convenciones sociales y estructuras de sentido. No considero que sean ilusorias, sino una hibridación entre lo real y lo ficticio. Imagina un hermoso jardín. Los elementos que lo constituyen son reales: una fuente, unos árboles formando un círculo, un seto. También lo es su organización, pero ahí entra una intencionalidad estética, una manera de buscar la armonía, la belleza subjetiva. 

Los humanos tejen sistemas que se entrelazan con lo natural. Muchos ignoran un gran número de ellos; los aceptan sin examinarlos como si fuesen algo que siempre estuvo ahí. Desde luego, eso es así desde un punto de vista individual, ya que nacemos en un mundo preconstruido donde muchas costumbres ya existían antes que nosotros. En consecuencia, se adoptan e imitan. Los antiguos homininos, en cambio, nacían en un mundo preestablecido por la naturaleza y fueron moldeándolo durante el Pleistoceno. Estos desarrollos primigenios tienen una carga simbólica incipiente, ligada a la supervivencia: herramientas, fuego, comunicación rudimentaria. Algo muy distinto, por ejemplo, es una pirámide. La pirámide es un objeto real, sin duda; pero tiene un trasfondo metafísico. 

Por supuesto, estas construcciones semificcionales tienen consecuencias en la realidad. Y sus significados pueden variar. La esvástica, un símbolo milenario que representa la buena fortuna, fue mancillada por el nazismo. Muy pocas personas piensan hoy en la suerte cuando la ven. 

Recuerdo que durante mi infancia había una obsesión mayúscula por el fútbol. Si encendías el televisor, era muy probable que apareciese uno de los múltiples programas que hablaban del llamado «deporte rey». Esa afición de los adultos se transmitía a los niños, que intercambiaban cromos de sus jugadores favoritos, vestían sus camisetas y debatían sobre cuál era el mejor. Las conversaciones sobre fútbol imperaban en el ambiente, y el breve descanso entre clases se empleaba para practicarlo. Eso para mí supuso un calvario porque nunca me atrajo. Puedes creerme si te digo que jamás he jugado un partido; yo me dedicaba a otros entretenimientos con un grupo de amigos: Heroquest, Cruzada Estelar, etcSin embargo, comprendo por qué había tanto interés en el fútbol. 

En principio, se trata de una convención social donde un grupo de humanos adultos se dividen en dos equipos sobre un terreno delimitado. En él, entre faltas y pitidos, se desarrollan estrategias y unos pocos destacan sobre otros gracias a su habilidad, lo cual los convierte en una especie de héroes contemporáneos, en el caballero que logra matar al dragón. Son admirados por ello y premiados con otra convención de suma importancia: dinero. En consecuencia, tenemos una mezcla de heroísmo, fama y recompensa. ¿Cómo no soñar con ser la siguiente estrella internacional? Asimismo, sirve para integrarse en el grupo: un niño aficionado al fútbol se entiende de inmediato con el resto, funciona socialmente, hace amistades. 

Si un aficionado conoce a otro, le preguntará de qué equipo es y habrá una apasionada conversación. Esto le pone algo de sabor a la realidad, la hace más interesante. También puede decirse lo mismo de algunas tradiciones: están ahí para enriquecer la vida. 

Dejando a un lado esas convenciones, hay narrativas más evidentes. En la antigua Grecia se hacían representaciones teatrales. Las obras de Esquilo, Sófocles o Eurípides eran el equivalente a nuestras películas, un protocine. Gracias a los hermanos Lumière, ese añejo teatro alcanzó a una inmensa cantidad de población. Y el número de obras visuales es ahora abrumador. Alguien al que le interese el cine tiene la posibilidad de pasarse la vida disfrutando de infinitud de filmes. 

Las ficciones contenidas en una pantalla son explícitas; se separan con claridad del mundo real. Ocurre lo mismo con las series y ciertos programas televisivos. Este longevo espectáculo y su alcance masivo fueron, desde mi punto de vista, lo que facilitó que triunfasen los primeros YouTubers: se conservó el hábito de aceptar como famoso, relevante, a quien sale en una pantalla. No importaba que fuese más pequeña. 

Pero no todas estas construcciones son tan fáciles de percibir; algunas se camuflan durante determinadas fases históricas y se asumen como inevitables. Es complicado, por ejemplo, imaginarse hoy un mundo donde no exista el dinero; aunque no siempre existiese. O uno donde no haya poderes que organicen las sociedades. Sin embargo, también son una construcción, igual que el lenguaje. La diferencia está en su importancia de cara a la convivencia: sin ellas, el humano actual, que vive en sociedades complejas y masivas, se sumiría en el desorden. Un gran número de estudiosos debaten sobre cuál sería el mejor sistema; pero no existen reglas que consigan un cambio rápido y profundo: al progreso le gusta tomarse su tiempo. Quizá haya que cambiar el foco: los rearmes del edificio no son tan eficaces como el ascenso ético del constructor, porque él es el auténtico ladrillo del sistema. 

Si quieres conocer cómo es una especie en un momento concreto de su historia, basta con analizar sus construcciones y averiguar cuáles considera más trascendentes: ¿usa dinero?, ¿qué rituales emplea y en qué situaciones?, ¿cómo es el arte de sus ciudades? Porque las nuestras tienen colores y formas que van más allá de lo útil. Sería deprimente vivir en una ciudad donde todos los edificios fuesen grises e idénticos. Los humanos no son, desde luego, seres estrictamente pragmáticos: emplean muchas herramientas estéticas y símbolos para embellecer y organizar el entorno... o para transmitir sensaciones concretas que sirvan a un propósito. Pienso, por ejemplo, en la grandeza de una catedral. 

Sí, una reflexión sobre armazones ficcionales no podía dejar de lado al ámbito religioso. Pero cuidado: las religiones no son una simple superstición, sino una manera de satisfacer la búsqueda de sentido. Envidio la paz que destilan las personas que poseen las respuestas. Como yo no las tengo, a veces el nihilismo se convierte en un monstruo al que debo domesticar. Intuyo que las religiones no desaparecerán del todo con los siglos, aunque pierdan vigor. Seguro que evolucionarán de alguna forma, porque esa necesidad de respuestas seguirá en nosotros. Es posible que incluso surjan nuevas creencias. 

Hubo un tiempo donde los poderosos estaban legitimados por el universo divino. Hoy el poder ya no es un dios entre mortales; es una trajeada hidra antropomorfa que vende ideologías. El líder político es un falso mesías, un héroe de las mil caras en apariencia, pues al final del día sólo se trata de un servidor público que intenta hacerlo lo mejor que puede. ¿Por qué seguimos necesitando esa aura hierática en nuestros líderes? Se trata, infiero, de una ficción heredada de tiempos pretéritos. Ahora bien, es posible que el político actual, acicateado por el imaginario de internet, se esté devorando a sí mismo: ¿es imprescindible el respeto para quien encarna el poder, para quien representa ese papel? 

Hay que añadir algo importante: estas construcciones de las que hablo no seguirán fijas siempre; cambiarán con el paso de los milenios a medida que progresen nuestras formas de ver el mundo. Y algunos roles sociales variarán. ¿Cómo serán los humanos del distante futuro? ¿Qué ficciones conservarán y cuáles crearán? ¿Qué efectos causará la reciente inteligencia artificial en ese entramado? Sería fascinante verlo, pero sólo podemos imaginarlo. 

Shakespeare dijo que el mundo es un escenario. Eso es cierto en parte. Sí, hemos moldeado la naturaleza y construido un teatro ciclópeo; pero esas representaciones son importantes de una u otra manera: el arte entretiene y embellece; la moneda limita y organiza; la religión da sentido y justicia. Somos, desde luego, un homo fabulans, los narradores de nuestro viaje, constructores de mundos. Seamos, pues, los mejores fabuladores posibles. 

jueves, 2 de abril de 2026

Dororo

 


Aunque Dororo no es la obra más conocida de Osamu Tezuka, cuenta con algunos elementos que la hacen especial; hay más profundidad en ella de lo que parece a simple vista. Intentaré mostrar por qué afirmo esto al tiempo que evito los peligrosos destripes. Puedes, por lo tanto, leer con tranquilidad lo que sigue. Y te recomiendo este manga ya en el primer párrafo. 

Para empezar, Dororo no es el nombre del protagonista, sino de su acompañante, un pequeño bribón que no deja de meterse en problemas. El héroe de esta historia, uno brutalmente trágico, se llama Hyakkimaru. Sin embargo, Dororo se dirige a él como Aniki, un apelativo que significa «hermano mayor». Esto es muy emotivo porque Dororo carece de familia, así que encuentra un apoyo inestimable en Hyakkimaru. Ambos se conocen de casualidad y su camino termina entrelazándose. 

El contexto en el que esos personajes se mueven es el periodo Sengoku, es decir, la época de las guerras constantes. No te dejes engañar por el estilo juvenil de Tezuka, porque habrá momentos muy luctuosos. Esto queda claro desde el inicio: Hyakkimaru tiene uno de los comienzos más duros que he visto en una historia de ficción. Su padre, un daimio ambicioso, lo entrega a los demonios a cambio de poder. Éstos no lo matan, pero se quedan con diferentes partes del cuerpo. En consecuencia, Hyakkimaru nace sin brazos, piel, ojos, piernas... Es sólo un bulto que apenas se mueve y respira. Debería estar muerto, realmente. Pero es interesante que siga vivo. Además, puede percibir las auras demoníacas de forma instintiva. 

Tras nacer, Hyakkimaru es abandonado en un río, igual que Moisés, y es recogido por un médico que hace prótesis. Aquí podemos acusar a Tezuka de que eso es demasiada casualidad, pero a mí no me parece grave: no creo que sea muy coherente exigir mucho realismo a algo que tiene un tono de mito. 

El médico le construye un cuerpo artificial para que pueda desenvolverse. Todo parece ir bien al principio, pero acaba descubriendo que Hyakkimaru atrae a los peligrosos yokais. Eso hace que deban separarse. Así el protagonista emprende una aventura para recuperar su cuerpo: cada demonio que destruye le otorga algo perdido. ¿Conseguirá lo que le falta? ¿Se reencontrará con su padre? Ésas y otras preguntas son las que envuelven la trama y sirven de acicate para el lector. 

Expuesto el argumento, vamos a lo que considero importante: ¿por qué afirmo que hay más profundidad de la que puedes ver en muchas otras historias? Porque habla de lucha y recuperación, de lo injusta que puede ser la realidad. Algunas personas tienen suerte y comienzan con una buena mano de cartas, pero otras deben arreglárselas con una simple pareja de doses. En el caso de Hyakkimaru, ni siquiera hay mano: su destino está decidido antes de llegar. Muchos en su situación querrían, con razón, rendirse; pero él opta por combatir hasta el final. Curiosamente, eso debería ser la filosofía del auténtico samurái, luchar aun sabiendo que se va a perder; pero los samuráis que aparecen en la obra no son muy bondadosos. La mayoría son monstruos sin escrúpulos en medio del horror. 

Lo que logra que Hyakkimaru salga adelante es el afecto: el médico se convierte en un padre para él, y Dororo, en su hermano menor. Desde luego, Dororo no deja de ser un imán para los embrollos; sin embargo, Aniki lo salva reiteradas veces. También, de vez en cuando, aparece un monje ciego que capta la verdadera naturaleza de Hyakkimaru y le echa una mano. El protagonista estaría condenado en un pozo de soledad si no fuese por ellos, pues son los únicos que lo ven como un humano a pesar de sus carencias. 

Este manga contiene buenas dosis de acción, escenas emotivas y diálogos graciosos. Todo, eso sí, bajo la pátina de un mundo miserable. Donde flojea un poco es en el final, que es un poco apresurado. Supongo que hubo condiciones duras de publicación que le impidieron al autor desarrollarlo a su gusto. Ese desenlace impide que la obra brille más, pero aún sigue siendo muy destacable. 

En Dororo subyace una luz mortecina bajo el barro y la sangre: con la compañía adecuada, es posible superar un buen número de adversidades.