Escribí este relato corto hace más de una década. No es de mis favoritos, pero tiene su interés y decidí dejarlo aquí. El único cambio que he hecho es eliminar algo de paja. Dejé lo demás igual, aunque ahora puedo ver con claridad dónde flojea —necesita un cierre más fluido, entre otras cosas—. Supongo que equivale al boceto primerizo de un dibujante que aún está en fase de aprender y experimentar. Podría retocarlo, pero prefiero conservarlo como un recuerdo. Además, me consta que a algunas personas les gusta bastante.
Un enjambre de mariposas iridiscentes revolaba sobre los
junquillos, humedecidos por el rocío. Eran las primeras visitantes del calvero
sagrado. Pronto serían acompañadas por el canto de los jilgueros y la danza de
las pequeñas hadas, cuya ciudad se hallaba en el árbol milenario; pero antes se
esperaba la visita de Arlas, rey de los unicornios, magnífico ejemplar níveo,
elegante y fibroso, tan veloz como la brisa del norte. Cuando se adentró en el
calvero, las hojas de los árboles acariciaron su hermosa crin. Buscó un lugar
apropiado e inclinó la cabeza para alimentarse mientras el sol calentaba sus
músculos.
El ambiente se
llenó de vida y música. Sentado en una rama, el viejo fauno amenizaba el
festejo con su siringa; lo acompañaban las panderetas de los elfos, seres
menudos que sólo vivían para divertirse. Esos instrumentos insuflaban felicidad
a cualquiera que los escuchase, ya que estaban imbuidos de ese poder. No en
vano se trataban de dádivas divinas.
Nadie ajeno al
reino de Arlas tenía permiso para entrar en el calvero, ni siquiera los
habitantes del bosque más cercano; y ningún intruso había entrado jamás, porque
se extraviaban persiguiendo fuegos fatuos o acababan destrozados por las
garras nudosas de las dríades, maestras de la emboscada. Esas damas arbóreas desconocían
la derrota: los territorios sagrados se mantenían intactos, sin la mácula que
dejan las hachas del humano. Por eso Arlas se turbó al intuir que una presencia
malévola se acercaba; sus súbditos vieron cómo estiró el cuello y olisqueó,
preocupado, hacia el este, y percibieron la zozobra que lo invadía; un sólido
marasmo se apoderó de ellos. El alborozo se desvaneció.
Lentamente,
atravesando la densa maleza, se adentró en el calvero una figura negruzca, encorvada
y harapienta. Apoyaba sus puños en el suelo, como un simio. Irradiaba maldad,
tanta que una lluvia de melancolía cayó sobre Arlas y los suyos. Asustados por
ser la primera vez que experimentaban ese sentimiento, los elfos se abrazaron
entre sí, y las hadas se refugiaron tras el fauno, que dejó caer su siringa.
Arlas se alzó
sobre sus patas delanteras, desafiante, y ordenó a todos que se retirasen.
Conocía a su enemigo, el precio de una derrota frente a él; mas quizá fuese
capaz de vencerlo, de salvaguardar la dulce melodía de las ninfas, la bondad de
los gnomos, el estanque de los kappas.
Alrededor del
monstruo, que seguía avanzando despacio, deleitándose, la vida vegetal se
marchitaba. Los ojos de su semblante porcino brillaban con intensidad; ojos perversos,
rojizos; ojos sin alma que habían contemplado el auge y descenso de varias
civilizaciones. Una vez que tuvo cerca al unicornio, éste pateó el suelo y
mostró sus dientes, asqueado por el hedor. Incluso los árboles parecían estar
inquietos ante aquella presencia inusitada.
Dos dríades aparecieron
de improviso y atravesaron el calvero en dirección al monstruo, que al verlas
sonrió mostrando sus largos colmillos amarillentos. El unicornio quiso
acompañarlas en el ataque, embestir con su cuerno. No fue posible: cuatro
tentáculos oscuros emergieron del suelo, inmovilizándolo. Tuvo que resignarse y
contemplar, impotente, un combate desigual. Aquellas dríades no duraron mucho
tiempo antes de ser destrozadas por los fuertes brazos del monstruo; las
desgajó poco a poco, saboreando su miedo, sus gritos. Arlas pensó que otras
debieron sufrir el mismo destino, y las lágrimas emborronaron su visión. Con la
esperanza de ser escuchado, imploró ayuda a Naranna, la diosa de los bosques;
su cuerno brilló intensamente y los tentáculos desaparecieron. El monstruo,
cegado por el resplandor, se protegió la cara con los brazos.
Arlas supo que
era una oportunidad inigualable y cargó hacia su antagonista. Si lograse
herirlo con el cuerno, quizá…
Sintió las manos
del monstruo en su cuerno, aferrándose a él, frenándolo. Sintió los colmillos
hincándose en su cuello. Le succionaron la esencia; y con ella, la del reino. Una conexión primigenia unía a todo rey con su
reino, y la de Arlas se inundó de hiel. Los lamentos de sus súbditos, que sintieron
un profundo estremecimiento, se escucharon más allá del bosque. Sabían cuál iba
a ser su destino.
El monstruo,
satisfecho con su obra, dejó atrás el cuerpo exangüe del unicornio y continuó
su camino.
Un enjambre de murciélagos revolaba sobre los hongos luminosos, mordisqueados por las ratas. Eran los primeros visitantes del calvero maldito. Pronto serían acompañados por el graznido de los cuervos y la danza de los crueles trasgos, cuya ciudad se hallaba en el árbol muerto; pero antes se esperaba la visita de Arlas, cacique de los unicornios, magnífico ejemplar negro, poderoso y terrible, tan veloz como las ánimas del pantano. Cuando se adentró en el calvero, las ramas secas de los árboles arañaron su cuerpo. Buscó un trasgo y le succionó la sangre mientras la luna se escondía entre las nubes.









