01 agosto 2026

Babylon 5

 


Voy a hacer algunos destripes leves. Son instantes que pueden producir un impacto negativo en el espectador —a mí me pasó—, y creo que su conocimiento reduce las posibilidades de que abandone la serie prematuramente. Por supuesto, eres libre de dejar la lectura. Te basta con saber que conviene aguantar hasta el final de la segunda temporada. Si para ese momento no te enganchó, no es tu tipo de ficción. No pasa nada. 

Babylon 5 es una estación espacial donde diferentes especies establecen relaciones diplomáticas, entre ellas la nuestra. Aquí no hay una nave explorando las estrellas; hay, sobre todo, política. Vemos a individuos intentando sobrevivir a la psicología colectiva, al peso dramático que pueden tener ciertas decisiones. 

La primera vez que entré en contacto con la serie fue hace unos diez años: intenté verla, pero abandoné durante los primeros episodios de la segunda temporada. No soporté que cambiasen al comandante de la estación porque tenía mucho carisma y un aura melancólica muy interesante. Su sustituto, además, me resultó genérico, el típico militar elocuente que llega para imponer orden. Tampoco me entusiasmó la promesa incumplida que se hizo con Delenn, la embajadora de una especie llamada minbari. Ésta pasa varios episodios en una crisálida porque va a transformarse, lo cual inyecta una gran expectativa. Es un buen gancho que, por desgracia, se convierte en decepción ante un simple cambio de peinado. Ni siquiera su personalidad evoluciona mucho. Yo esperaba algo más significativo. 

Sé que hay explicaciones de peso para ambos casos, pero no evitan que sean lastres. Ahora bien, el nuevo comandante termina ganándose al espectador y la metamorfosis de Delenn no está tan mal porque conecta con lo que vendrá. No todos los espectadores se molestan con eso. Aun así, es posible afirmar que la serie tiene un momento crítico en el que algunas personas pueden decidir dejarla. Y es una lástima porque luego la calidad sube como la espuma. A mí me hubiese gustado saberlo y por eso lo pongo aquí. 

La primera temporada es buena pero engañosa: da la impresión de que la serie es ligera, episódica, con personajes sencillos. Los dos más llamativos, G'kar y Londo, transmiten poca profundidad. El primero tiene aspecto de villano astuto; el segundo, de recurso cómico para mofarse del imaginario castrense y aristocrático. Ninguno es lo que parece, lo cual irá quedando claro en momentos donde se entreven otras facetas de su personalidad. Para que te hagas una idea, yo empecé teniéndole tirria a G'kar y Londo me resultaba simpático; sin embargo, eso cambió por completo. No sólo dejé de sentir rechazo por G'kar: se convirtió en uno de mis personajes favoritos del género. Hay una escena suya que me parece sublime porque muestra una fortaleza ética extraordinaria: la maldad del otro no justifica la nuestra. 

Pienso que ese par de alienígenas son el alma de Babylon 5; ambos tienen una excelente historia compartida y contradicciones internas que les llevarán por sendas tortuosas. 


Londo y G'kar. 


Moviéndose entre bambalinas tras esos y otros diplomáticos, se halla el representante de una especie antigua: los vorlon. Su embajador, Kosh, habla de forma críptica y está envuelto en enigmas. Usa un traje orgánico para ocultar su verdadero aspecto. Es una promesa del guión que se revelará en el momento adecuado y será muy satisfactoria, a diferencia de lo que ocurre con Delenn. Los vorlon son mi especie favorita: se alejan bastante de lo humano y el diseño de sus naves me parece genial.

Como no podía ser de otra forma, hay un villano recurrente: Alfred Bester, un telépata que pertenece a una organización con rasgos fascistas. El actor interpretaba a Chekov en la serie original de Star Trek y aquí hace un papel extraordinario. Es uno de esos personajes que se quedan insertados en la memoria para siempre. Tiene diálogos ingeniosos y es capaz de sorprender, amén de ser alguien malvado. Está muy bien construido; es lo contrario de un personaje plano. Sus fortalezas, debilidades e intereses se irán mostrando de manera progresiva. 

Bester no es la única dificultad: además de los inevitables conflictos fronterizos y raciales, las diferentes especies de Babylon 5 se enfrentan a una amenaza grave que podría acabar con todos: las sombras. Son un enemigo común taimado y complejo porque se infiltra y manipula. Eso da pie a uno de los mejores guiones que he visto en una serie. No hablo de ciencia ficción, ojo, sino en general. Y soy un seriéfilo. Sin revelar mucho, diré que en ese capítulo descubrirás la diferencia fundamental entre G'kar y Londo, por qué en ese instante hay una barrera entre ellos. Es un detalle sutil, filosófico e ingenioso. A veces los detalles pequeños son los que marcan los mayores abismos. 

Diría que las mejores temporadas de Babylon 5 son la tercera y la cuarta, donde culmina la guerra contra las sombras. Lo único que no me gusta de esos enemigos es la estética de sus naves: simplemente, usaron un concepto oscuro y arácnido que provoca rechazo en nosotros. Habría preferido algo más ignoto, extraño. Incluso lovecraftiano. Sin embargo, cumple con su función de desagradar. 

La quinta temporada es más tranquila, con menos giros; pero se deja ver y cierra muy bien los diferentes arcos. El guion es magnífico y tiene continuidad. Detalles que se mencionan en los primeros episodios se resuelven bastante más tarde. Eso da cohesión, una armonía intensa que no se percibe tanto en otras producciones similares porque acaban perdiendo el rumbo antes de llegar al final. 

Me parece lógico que siga contando con un buen número de seguidores. Es una de las mejores del género y la recomiendo desde aquí. Muchos de sus conflictos diplomáticos son un reflejo de nuestras tensiones políticas, las cuales se mueven en terrenos complejos, grises; aunque se intente vender algo más simple al ciudadano.  

18 julio 2026

Endymion

 


Si alguien me preguntase cuáles son las tres mejores novelas de ciencia ficción, Los cantos de Hyperion sería el primer nombre que diría sin dudar, a diferencia de otros que no sabría si poner o no en el podio. Siempre vi a Dan Simmons un poco como el Tolkien de ese género, alguien que ha construido un universo vastísimo con una prosa excelsa. 

La primera vez que leí Hyperion y La caída de Hyperion, los dos primeros títulos de la tetralogía, era un joven de unos ventisiete años. Fue una lectura que me impresionó hondamente, pero no continué con las dos obras faltantes y no la retomé hasta este mismo año. El motivo es simple: escoger es desechar. Cada vez que optamos por invertir tiempo en una obra determinada, debemos dejar otras en el limbo. Y el número de ellas que merecen la pena es extraordinario a estas alturas. Ya di por sentado, años atrás, que nunca podré leer todo lo que me gustaría; pero sabía que iba a regresar a Hyperion antes o después para terminar lo empezado. 

El momento llegó: tras releer de nuevo esos maravillosos cantos, donde un grupo variopinto de peregrinos debe encontrarse con el peligroso Alcaudón —la máquina cubierta de púas que aparece en la cubierta superior—, empecé al fin Endymion. La edición de Nova llevaba un montón de años esperando en la estantería, oculta tras libros de historia. 

Hay quien considera que Endymion es claramente inferior a las dos primeras, porque pasa a ser una novela de aventuras con buenas dosis de acción. Para mí es un cambio de enfoque que mantiene fresca la historia. Además, está  muy conectada con lo anterior; enseña lo que le sucedió a la humanidad tras La caída de Hyperion y reaparecen algunos de los objetos que usaban los peregrinos, lo cual impregna la trama de nostalgia. Y la prolepsis inicial, donde se muestra al protagonista en una prisión, es una manera brillante de comenzar porque introduce un elemento de suspense desde las primeras páginas. Simmons usará mucho estos momentos, cliffhangers, a lo largo de toda la novela. Son buenos, pero quizá abuse de ellos en algunas partes. 

El argumento es sencillo y fácil de seguir: la iglesia ha crecido hasta dominar a la mayor parte de la humanidad. Consigue eso gracias a los cruciformes, ya que pocos rechazarían uno de los anhelos más profundos: la inmortalidad. Esto crea una tensión muy interesante: ¿por qué un creyente necesita ser inmortal? ¿No hay cierta hipocresía o autoengaño detrás? La crítica es demoledora. 

Dentro de ese contexto, alguien llamado Raúl Endymion recibe el encargo de salvar a una niña —la hija de Lamia y el cíbrido que encarnaba al poeta John Keats— para evitar que caiga en manos de la iglesia. No estará solo, pues le acompañará un androide que se llama Bettik. La novela se encarga, sobre todo, de narrar las vicisitudes del viaje que realizan estos personajes; pero también tiene una segunda línea argumental protagonizada por un sacerdote capitán cuya meta es capturar a Aenea, la niña. 

Aquí es donde debo poner un párrafo muy curioso que está en el prólogo de mi ejemplar. Pertenece a un crítico que sólo veía en la novela un cliché de Star Wars: «Raul Endymion, un joven poco sofisticado de un planeta atrasado —Hyperion—, es enviado por un anciano sabio y en cierta forma místico a la imposible misión de rescatar una princesa —bueno, no precisamente una princesa, pero se trata de la hija de Keats, que es muy parecido. Y debe rescatarla de una fortaleza del imperio galáctico —que aquí se llama Pax, una especie de teocracia católica reconstruida. Toda la ayuda de que dispone es un talismán mágico —en este caso una alfombra voladora—, y un tímido y leal androide —en realidad hay dos robots si se tiene en cuenta la malhumorada y locuaz nave del espacio en la que escapan—. Encuentra a la chica, que resulta ser tan valiente y precoz que, desde ese momento, es ella quien toma todas las decisiones, y ambos son perseguidos de planeta en planeta por un obsesionado capitán sacerdote que nunca ceja en su empeño, aunque siempre fracasa estrepitosamente en su intento de capturarles». 

Entiendo la analogía, pero me parece falaz y simplista: ni ese anciano es exactamente sabio, ni el rescate sucede en algo que se asemeje a una fortaleza del imperio, ni la chica toma todas las decisiones. Es inevitable que las historias se parezcan porque están limitadas por nuestra visión de las cosas, pero eso no significa que sean lo mismo. Esa persona no entendió la obra, me temo. Quizá hasta se molestó con la feroz crítica a la iglesia y de ahí el desprecio. Lo del talismán me hace gracia; me recuerda a Propp, el autor de la Morfología del cuento. De hecho, Propp menciona la alfombra voladora como un objeto específico que lleva al héroe a su destino. Aunque habrá quien vea eso como un tópico, en el universo futurista planteado por Simmons es más bien un guiño delicioso a los cuentos clásicos. Y ya aparecía en las primeras obras. 

El motivo que me llevó a poner aquí el párrafo es que sirve para ilustrar esa sencillez de la que hablaba. Endymion es emocionante y muy digerible, un remanso que aligera la densidad anterior. Si nunca fuiste más allá de las dos primeras novelas, como yo, te animo a darle una oportunidad a la siguiente. Lo único que me disgustó fue la línea argumental del sacerdote; algunos fragmentos se me hicieron más pesados. Lo demás es una space opera espectacular: naves espaciales, asaltos, monstruos descomunales... Es complicado aburrirse con una mezcla así. 

Un detalle que molesta a algunas personas es la idea de que el amor esté entrelazado con el universo. Yo no lo veo mal porque un autor es libre de hacer eso en su ficción si quiere. Es decir, el amor —o el odio, o lo que sea— puede ser una fuerza cósmica siempre y cuando esté justificado en la trama. La literatura es un juego narrativo caracterizado por la libertad: puedes hacer que Dios sea una zapatilla, que la Tierra cobre vida, que un grupo de gnomos haga un partido anarcocapitalista y gane las elecciones... Lo que quieras. Las tendencias del mercado son una limitación para el que desee tener más posibilidades de publicar o seguir publicando, claro. Pero eso es otra historia. 

No digo nada de El ascenso de Endymion porque no la leí aún y no lo haré hasta que termine otros textos antes. Pero Endymion merece la pena por sí sola. 

08 julio 2026

Supergirl

 


Como sabrás, esta película cosechó un buen número de críticas negativas. Algunas personas ven en ella un desastre de proporciones épicas, el fin del género de superhéroes, los cuatro jinetes del apocalipsis saliendo de la pantalla para segar las vidas de los espectadores. Mi opinión es diferente: se trata de una propuesta disfrutable con altibajos. Creo que hay varios factores que inclinaron la balanza hacia una recepción injusta. 

Es evidente que Supergirl no está a la altura de Superman. Eso es axiomático. Cualquiera se percatará de las taras y levantará una ceja en determinados momentos. Sin embargo, hay que valorar una obra en su conjunto, no condenarla por cuatro o cinco aspectos mejorables. Y ahí sí funciona: sirve para pasar un buen rato entretenido con un puñado de palomitas. Por supuesto, es legítimo que a alguien le guste más Supergirl a pesar de todo: se puede conectar más o menos con una obra independientemente de su calidad. 

Voy a destriparla, así que no te recomiendo seguir si aún no la has visto. Y lo que vas a leer son mis impresiones; no estoy aquí para ponerme unos laureles en la cabeza y sentar cátedra. Puedo equivocarme en algún aspecto porque no la vi más de una vez. 

Empezaré por el instante más controvertido: el final. La protagonista mata al villano, se venga por todos los crímenes que se mostraron antes. La muerte está justificada porque el guion se ocupa de ello. Es un recurso clásico: haz que un personaje sea terrible para provocar una catarsis en el espectador cuando fallezca de una forma espantosa. Yo no veo nada de malo en la acción a pesar de que plantee debates morales —eso es positivo, en realidad—, pero sí que hay un simbolismo subyacente que provoca rechazo. 

Kara mata al villano mientras lleva el traje de superheroína, lo cual desagrada con razón a algunos espectadores. Creo que el problema, por lo tanto, está en el símbolo, no en el acto. Hacer eso después de mostrar un Superman que irradia nobleza resulta disonante. Dudo que hubiese generado las mismas sensaciones si Kara no tuviese puesto el traje. En consecuencia, creo que el guión subiría mucho de nivel si Kara matase a alguien en el inicio o el nudo... y se abstuviese de hacerlo en el desenlace. Elección y evolución. Además, la compañera de Kara también se habría visto marcada por el momento. 

Esa compañera, Ruthye, me resultó algo pasiva. Incluso su arco termina con languidez. De nuevo, ¿cómo podríamos mejorarla? Fácil: añadiendo algún objetivo importante que se cumpla y tenga algo de peso. Es decir, que su presencia sirva para algo más que esconderse bajo una mesa. Y luego está Lobo. A mí no me disgustó, pero sí pienso que su última aparición sobra por completo. Debería ser alguien que pasase por ahí y luego se marchase sin importarle lo más mínimo qué suceda luego. Eso transmitiría bien su personalidad. 

Tampoco me gustó demasiado cómo está repartida la acción: al haber tanta a lo largo de la trama y ser intensa, las escenas culminantes del final pierden un poco de fuelle a pesar de ser más épicas. El guion tiene problemas, vaya. Doy por hecho que lo sabían y, por el motivo que sea, decidieron seguir adelante. 

Después de todo lo que expuse, ¿por qué afirmo que es disfrutable? Porque me mantuvo entretenido las dos horas que duró, ni más ni menos. Y eso, la capacidad de captar la atención y divertir, basta para que le dé un aprobado. No todos los filmes van a mantenerte pegado a la silla desde el inicio hasta los créditos finales. Además, puedo ver la intencionalidad detrás y me parece sugerente. Ten en cuenta que no leí el cómic, así que no sé qué concomitancias tendrá con él. Me limito a la película porque debe sostenerse sola. 

La estética me parece buena: el vestuario de los personajes y el aspecto de las naves —muy western espacial— comunican una excelente atmósfera de entornos decadentes, lugares donde el pillaje es el pan de cada día. Las canciones escogidas para los momentos de acción también acompañan adecuadamente, y el ritmo no te permite aburrirte. En medio de eso está Kara, un personaje emblemático que está lastrado por la melancolía, lo cual la lleva a arriesgarse y ser vulnerable. El espectador sabe que resolverá la situación, pero con una pátina de ebria desidia. Eso la separa un poco de otras heroínas del género. Y los actores no lo hacen nada mal. 

Cumple su objetivo. ¿Podría haber sido mejor? Sí, mucho. ¿Podría haber sido peor? Sí, mucho. Si tuviese que valorarla cuantitativamente, le daría un seis. 

Lo que me apena es que veo en ella una oportunidad perdida para hacer algo memorable; un personaje desencantado porque su mundo se destruyó da mucho juego, amén de que conecta con la desesperanza de una generación que vio frustrados sus sueños. Creo que habría sido fascinante comenzar con una Kara taciturna que no ve sentido en nada y, poco a poco, ir dándole un objetivo por el que vivir: tomar la bondad como elección consciente. Esta película sería, así, la historia de cómo Kara llegó a comprender a Superman antes de reunirse con él. Es lo que ha hecho, realmente; pero no de la mejor manera. 

No creo que este batacazo suponga un escollo muy grande para DC, pero varios seguidos sí que representarían un obstáculo. Me gustaría mucho ver a Superman y Batman juntos, colaborando; juntarlos es un movimiento lógico que debería darse en el futuro. Espero que eso no se diluya. 

21 junio 2026

Por qué Tolkien importa

 


En la entrada anterior intenté aclarar por qué el fantástico es valioso; sin embargo, sólo toqué la punta del iceberg y seguiré tocándola por muchas otras que escriba. Sería necesario un extenso ensayo para hacerle justicia. Aportaré un último grano de arena aquí. Voy a ceñirme a Tolkien porque me percaté de algo: debido a su popularidad, El señor de los anillos molesta mucho a ciertos críticos. 

No soy fan de Tolkien. De hecho, me influenció más Moorcock y eso se nota en algunos de mis textos; sin embargo, pienso que su obra es útil para servir de contrapeso a la corriente sombría representada por autores como Martin o Abercrombie. Ahora más que nunca me parece necesario tenerla en cuenta para no perder de vista un horizonte esperanzador. Lo único que consigue el nihilismo es el anquilosamiento. «Soy el espíritu que siempre niega». Cuidado: no digo que esos autores o su estilo sean malos; yo mismo publiqué una novela que entra sin problemas en la fantasía oscura. 

Creo que El señor de los anillos enseña valores importantes en una época donde impera el cinismo y el pesimismo. No se trata de autoayuda —eso lo escriben otros—, sino de una cosmovisión que engrandece a la humanidad. 

Desde Gilgamesh, el primer relato conocido, la figura central suele estar apoyada por amistades; es bueno afrontar los peligros acompañado. Esto se ve a lo largo de toda la fantasía en diferentes formas. Harry Potter no lo habría logrado sin sus amigos, y tampoco Frodo Bolsón. Somos criaturas sociales, un zoon politikón, y eso se ve reflejado en estas historias. 

Es evidente que un dragón, un názgul o un fantasma no son reales; pero el valor de los personajes que se enfrentan a ellos sí lo es, y también el resto de sus emociones y sentimientos. A mi juicio, una de las imágenes más trascendentes es Sam en el río decidiendo no abandonar a Frodo: pone la amistad por encima de su propia vida. Y eso sucede porque una amistad bien entendida, bien construida, es inestimable. Un amigo de verdad estará al lado en los peores momentos, ofreciendo apoyo y comprensión. No son fáciles de encontrar y hay quien cree que son tan ilusorios como un duende, pero existen. Esto no es un idealismo ingenuo. 

La amistad entre Frodo y Sam es una de las más hermosas de toda la literatura. No sólo por las escenas emotivas, sino por cómo se pone a prueba durante los instantes más duros. La fidelidad de Sam es tan extrema que para rescatar a su amigo se enfrenta a un monstruo salido de las peores pesadillas. Alguien que viva encerrado en una burbuja, como el personaje de La vida es sueño, quizá piense que se trata de una relación idealizada. No es así: no es algo ajeno a la experiencia humana. Basta con echar un vistazo en las guerras, donde florece lo peor y lo mejor del ser humano. 

Esto bastaría para colocar la obra de Tolkien en una posición digna, pero va mucho más lejos de mostrar el valor de la amistad con un imaginario potente. No voy a hacer un recorrido exhaustivo por todo lo que ofrece, ya que me llevaría una eternidad. Usaré lo que considero más significativo. 

Un elemento central es el anillo único. El concepto quizá fue inspirado por el anillo de Giges que sale en La república de Platón, pero en Tolkien es una magia perversa que corrompe. No sólo tiene la capacidad de invisibilizar a quien lo porte; puede servir, en determinados personajes, como amplificador de poder. Por supuesto, algo así es una fuente de tentaciones. Boromir quiere emplearlo porque considera que el fin justifica los medios y cae bajo su influjo; sin embargo, al final logra redimirse. Este personaje no es maniqueo; no todos los que aparecen en la obra lo son. Su redención es posible porque antes cometió un error. 

Puedes cometer errores, todos los humanos lo hacen, y también sobreponerte y cambiar antes de que llegue el final. El mensaje es clásico, pero aquí cobra una belleza arrolladora. Tiene más impacto que en muchas obras costumbristas. Boromir es cuestionado en vida, pero honrado en la muerte.

Gollum, otro personaje ajeno al maniqueísmo —no considero un error que otros sí estén cerca de eso, sino una elección—, no tiene la misma suerte: la corrupción es tan intensa en él que mutó su cuerpo. Es un esclavo del poder, una criatura patética que casi perdió la capacidad de labrar su destino. Su historia es especialmente trágica porque Tolkien da unos pocos atisbos sobre su posible redención; mantiene viva la llama de la esperanza para apagarla de golpe al final. Eso es una sonora bofetada de... sí, realidad: el escorpión que no puede dejar de seguir su naturaleza y pica a la rana. Pero lo que hay debajo es impresionante: incertidumbre. Lo que ha sucedido podría haber sido muy diferente. Eso denota una comprensión profunda de cómo se entrelazan nuestras experiencias y los fenómenos multicausales que las influyen. 

Aunque tuvo ocasiones para hacerlo, Frodo no acaba con Gollum porque en su mente quedaron impresas las palabras de Gandalf: «Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos». Este diálogo espectacular marca el destino de ambos. 

La antítesis de Gollum es Tom Bombadil, alguien que no es afectado por el anillo porque ya tiene todo lo que necesita. Es decir, aunque hay un evidente conflicto que afecta a la Tierra Media, Bombadil no toma partido. Podría interpretarse como el avatar de las personas desapegadas, de la indiferencia; aunque Tolkien lo convierte en un misterio. Vemos, una vez más, un entendimiento intenso y holístico de lo real, de las diferentes filosofías que se hallan en la heterogeneidad humana. Y ésta en concreto es muy interesante y debatible. 

Hay bastantes más escenas, símbolos, instantes que merecerían una entrada entera por sí solos. Tolkien es inmenso: pérdida, nostalgia, imposibilidad de restauración... Empero, iré a algo que me parece particularmente especial para terminar. 

La maldad es deficiente. Puede ser muy artera, inteligente incluso; pero se enfoca en sobrevivir y acumular a costa de los demás: Ungoliant y su hambre insaciable. Eso provoca que cometa errores antes o después, como Sauron ignorando a los hobbits igual que un clasista despreciando al que considera inferior. Gracias a esa miopía, el anillo acaba destruido. 

Y así toda una civilización termina inclinándose por deferencia ante unos diminutos y humildes hobbits. 

Es un desenlace memorable. La historia no siempre la hacen los poderosos. ¿Qué es el poder? Como dije al inicio, no soy fan, incluso pasé muchos años saturado tras la moda de las películas; pero eso no me impide apreciar la indiscutible calidad de El señor de los anillos. Sólo soy un tipo al que le pareció injusto que algunas personas lo menoscaben sin tomarse el tiempo de conocerlo y analizarlo, porque se nota que sólo dicen generalidades. No necesitas despreciar un arte para ensalzar otro. El pensamiento dicotómico y compartimentado lleva a callejones sin salida. 

El fantástico no es simplemente un género de evasión, sino un medio que la literatura usa para reflexionar sobre el poder, la moral y la fragilidad humana, entre otras cosas. De todos modos, no hay que olvidar que toda obra literaria necesita suscitar interés a su manera; el Quijote o Los hermanos Karamázov no fueron escritos para aburrir. No hay nada de malo en leer para evadirse. 

Lee y juzga por ti mismo. Hay obras que merecen la pena en todas las culturas y épocas. No hagas caso de lo que algunos intelectuales apergaminados digan desde su torre de marfil. 

19 junio 2026

El héroe contra lo imposible

 


Hay un concepto que se repite a lo largo de los siglos: un individuo se enfrenta a algo que lo supera ampliamente. Puede ser el típico dragón, un ejército o incluso un dios. En My Name is Nobody, un conocido spaghetti western, vemos a Henry Fonda oponerse a una horda de jinetes. En One Piece, uno de los mangas de mayor peso actualmente, es común que el protagonista se enfrente a auténticos titanes, rivales con un poder extraordinario. 

Por lo tanto, uno de los aspectos que encumbran al héroe es su valor a la hora de mantenerse erguido frente a lo imposible: el samurái luchando aun sabiendo que va a perder o el caballero cargando contra una hidra. La idea es recurrente porque la vida es recurrente. No es posible huir por completo de los tropos narrativos. 

Cervantes tocó el concepto en la escena de los molinos. Nos reímos de Alonso porque creía que eran gigantes, pero... ¿y si fuesen gigantes realmente? En ese caso, incluso si fuese aniquilado, se habría ganado nuestro respeto. Por cierto, no creo que el Quijote sea simplemente una burla de los libros de caballerías. Quizá algún día me atreva a reseñarlo, pero necesitaré tiempo para explicar lo que esa obra me dice. Creo que me resultará complicado transmitir la verdadera grandeza que subyace en ella. 

Independientemente de qué personaje o situación sea, la imagen del héroe irguiéndose ante un tsunami ofrece varias lecturas y puede tomarse como una alegoría. Es difícil evitar que las obras sean interpretadas alegóricamente. Éowyn luchando contra el rey brujo o Gandalf colocándose ante el balrog para que los demás puedan retirarse, igual que Leónidas en la antigüedad, se asemejan a cualquiera de los peligros que debemos afrontar cada día, desde un matón hasta una enfermedad. 

Y eso es así porque nadie crea desde el vacío: las obras nacen en la realidad y se nutren de ella. Afirmar, por lo tanto, que algunos libros se mueven sólo en el universo de los sueños es absurdo. Ninguno lo hace. De hecho, pocos géneros han sido más ácidos con las sociedades que el fantástico y la ciencia ficción. Se me vienen ahora a la cabeza Los viajes de Gulliver, La ciudad de los libros soñadores o Rebelión en la granja. Son novelas con críticas que considero importantes. 

Esta idea del héroe que avanza hacia oponentes formidables también tiene su trascendencia. Pondré un ejemplo: Dragon Ball. Su protagonista, Goku, debe estamparse contra sólidos muros de maldad, y uno de sus ataques especiales, la Genkidama, requiere la ayuda de los demás, del colectivo: todos deben alzar las manos para aportarle energía. Es un juego que interactúa con el espectador. Pues bien, quizá hayas visto la foto del niño enfermo que alza sus brazos en un hospital mientras ve Dragon Ball en el televisor. No se trata solo de apoyo al héroe; Goku jamás se rinde y va más allá de sus límites, lo cual se transmite a quien lo sigue. Ahí observamos cómo una ficción despreciada por algunos académicos tiene una consecuencia real. Los fans que toman a ese personaje como ejemplo intentan superarse a sí mismos para vencer una dificultad. 

Hay varios motivos que generan placer cuando vemos al héroe en esas encrucijadas. Infiero que uno de los más comunes es ponernos en su lugar y así cumplir anhelos profundos, acciones que nos resultarían inalcanzables porque nuestro cerebro está programado para la supervivencia. Si un cíclope apareciese en plena calle, el instinto nos haría escapar. Es lo que hace un animal cuando se cruza con su depredador. Admiramos al héroe, entre otras cosas, porque va más allá de ese instinto, logra dominarlo y realizar algo que llamamos «valiente». El objetivo suele ser altruista, salvar a otro; pero no tiene por qué ser ése: tras un acto heroico puede haber ambición, como en Los violentos de Kelly. Aun así, no deja de ser catártico descubrir cómo se sortearán las diferentes amenazas hasta alcanzar la recompensa. 

Un héroe es, en definitiva, una idea antropológica que se mueve entre dos mundos: el real y el ficcional. Conocer a los héroes es conocernos a nosotros mismos, porque todo humano tiene el potencial de ser uno en un momento dado, incluso el más avieso y medroso. Quizá eso de llevar armadura y un mandoble para luchar contra un ogro te quede grande, pero hasta el acto más pequeño te aproxima un poco a los héroes. Charlar un rato con alguien que vive en la calle o ayudar a una persona que acaba de caerse son acciones al alcance de cualquiera. Por otro lado, quizá no consigas nada material si decides tomar el camino difícil y enfrentarte a lo imposible; pero seguro que algo ganarás por el camino si no te devora el ogro. 

Tampoco hay que olvidar, si nos ceñimos a lo real, que a veces el valor y la locura están separados por una línea difusa. Hay que saber cuándo conviene retirarse. Incluso los héroes de la ficción, en algunas ocasiones, demuestran coraje al aceptar una derrota para ir a otras batallas. 

Pondré otra muestra del extenso repertorio que ofrece el fantástico: la prueba de valía. A veces el héroe debe demostrar que es digno para conseguir algo a cambio. Goku debía tener un corazón puro para subirse en la nube que usaba para viajar; Atreyu, protagonista de La historia interminable, no se detuvo tras ver cómo un caballero fracasaba cuando intentaba cruzar entre las esfinges. ¿Podemos aplicar esto a nuestro día a día? 

Desde que llegamos a este mundo preconstruido, somos sometidos a constantes pruebas: exámenes, decisiones morales, entrevistas de trabajo. Todos debemos demostrar, en un momento dado, que somos capaces de realizar algo. La fantasía no te va a enseñar conocimientos técnicos, pero sí una actitud digna frente a los «monstruos». El héroe avanza con la cabeza alta y acepta tanto la posibilidad de fracasar como el fracaso mismo. Luego, en caso de ser herido, se recupera y sigue con su lucha. Y si la derrota es absoluta, al menos habrá tenido las riendas de su vida. Por eso el capitán Roger —One Piece— ríe antes de su ejecución: la muerte es inevitable, pero fue dueño de su destino y cumplió su meta. 

Queda claro, espero, que estas ficciones contienen muchas enseñanzas y es un error calificarlas como simples obras de evasión para menospreciarlas. No es muy probable que debas vértelas con una mantícora, pero sí con situaciones similares donde te vendrán bien la templanza y la perseverancia. Un personaje que posee esas cualidades y me agrada especialmente es Samsagaz, de El señor de los anillos, porque es alguien que no se rinde a pesar de toda la oscuridad que envuelve su viaje. «Para que el bien reine en este mundo, señor Frodo. Se puede luchar por eso». 

No se trata de derrotar lo imposible; se trata de enfrentarse a ello con dignidad. 

10 junio 2026

Ambiente

 


Encontré la novela en una librería de viejo por ochenta céntimos, así que fue prácticamente un regalo. La adquirí sin pensarlo mucho porque la sinopsis despertó mi curiosidad: Norteamérica perdió el juicio y se sumió en la decadencia más absoluta. Los protagonistas —un guardaespaldas, una prostituta-esclava y un magnate— son la consecuencia de un entorno retorcido. No es casualidad que el título sea Ambiente; aunque tiene un significado más siniestro, como se verá. 

«El titular del Times decía: Madre devora a su bebé; los restos de éste aparecían fotografiados en la página dos. Secretos sexuales psíquicos de los senadores, decía el segundo titular. La sección local no era nada nuevo. Dos bombas habían estallado en las torres Trade; ninguna de las plantas de Dryco sufrió daños. El brazo de la estatua de la libertad había sido volado; había una foto de la amputación. [...] El río Harlem estaba en llamas. El destripador de Hackensack había perpetrado su crimen número mil...». 

La imagen de la estatua de la libertad amputada es clave: el mayor icono de una sociedad ha sido mancillado; representa el colapso civilizatorio. Parece que la intención de Womack es ir más allá de La naranja mecánica, una de las obras que inspiraron a ésta: las instituciones se han deformado por completo, las reglas se han degenerado hasta ser un cúmulo de violencia donde la vida carece de valor. Cada individuo se vuelve un auténtico superviviente, porque en cualquier momento puede ser asesinado en plena calle. Lo que tenemos aquí, por lo tanto, es un escenario dantesco bajo el que opera una trama sencilla. 

El objetivo de los protagonistas es eliminar al jefazo de la empresa para quedarse con todo el pastel. No hay subtramas y el estilo es directo, pero eso no quiere decir que se trate de una lectura fácil, ya que el idioma se subvirtió —incluso hay colectivos que desarrollaron un dialecto propio— y eso provoca que varios diálogos sean confusos. Las abundantes descripciones enumerativas, encargadas de generar una atmósfera caótica, también contribuyen a la dificultad. Intuyo que eso asfixiará a algunos lectores. Yo me acostumbré y no tuve problemas, pero quiero dejarlo claro: en Ambiente predomina... el ambiente, la exposición de un pueblo sumido en una decadencia absoluta. El foco está más en eso que en la trama. 

Los límites son tan forzados que se percibe una cierta irrealidad: aunque una civilización se arruine, es muy complicado que llegue a esa situación tan exagerada. Hablamos de una ficción donde militares disparan alegremente por las calles hasta que son liquidados y saqueados; donde el protagonista se encuentra un esqueleto tirado por ahí y se dedica a patear el cráneo sin darle importancia alguna, como si fuese la lata de un refresco. Hay ejemplos más extremos, imágenes que el autor usa para impactar. Casi podría tomarse como una sátira de las distopías.

El título de la novela, sin ir más lejos, tiene doble significado: además del obvio, se refiere a un grupo de humanos llamados «ambientes» porque tienen deformaciones y mutaciones. En principio, surgieron por un accidente en una planta nuclear; pero luego se sumaron personas que escogieron ser ambientes por voluntad propia. Es decir, individuos que deciden automutilarse o modificarse, como la mujer de la cubierta que tiene clavos en la cabeza, porque han adoptado esos rasgos como una identidad cultural. La construcción de este universo distópico es muy detallada e interesante... de ahí que pesen tanto las continuas exposiciones del entorno. 

La trama sabe entretener y cuenta con giros emocionantes. La segunda mitad del libro es mucho más ágil que la primera. Hay acción, descubrimientos, brutalidad. Womack no se contiene por nada ni por nadie: aunque resulte ofensiva para algunos lectores, usará cualquier idea que armonice con el relato. La parte problemática, a mí parecer, es el final: está bien construido, pero quizá no satisfaga a todos porque deja algunas incógnitas sin responder. ¿Es un mal final? No, y a mí me gusta así; pero comprendo que exaspere a algunos. 

Ambiente es una obra con altibajos: tarda en arrancar, pero luego cumple; tiene varias partes confusas, pero también otras brillantes. No está mal para darle una lectura si te gustan las distopías. Al parecer, Womack escribió más novelas sobre el mismo universo. Yo de momento tuve suficiente. No creo que siga leyendo.