Reseñas literarias y artículos culturales

miércoles, 15 de abril de 2026

Homo fabulans

 


Alguien me preguntó, años atrás, quién había escrito la Odisea. Yo me quedé en silencio porque era evidente que la respuesta no podía ser lo obvio: me percaté de que, en realidad, no conocemos al autor de ese poema épico; pero hemos aceptado que un aedo llamado Homero está detrás. Esa hipótesis facilita las cosas, enfatiza la leyenda y nos brinda un personaje interesante. Además, lo que importa es la obra que nos ha llegado, su riqueza. 

Lo anterior es, por ende, una posible ficción inocua asimilada por el colectivo. Y lo que sigue es mi forma particular de ver el entorno. Distingo entre varios tipos de construcciones ficcionales: diseños estéticos, narraciones explícitas, convenciones sociales y estructuras de sentido. No considero que sean ilusorias, sino una hibridación entre lo real y lo ficticio. Imagina un hermoso jardín. Los elementos que lo constituyen son reales: una fuente, unos árboles formando un círculo, un seto. También lo es su organización, pero ahí entra una intencionalidad estética, una manera de buscar la armonía, la belleza subjetiva. 

Los humanos tejen sistemas que se entrelazan con lo natural. Muchos ignoran un gran número de ellos; los aceptan sin examinarlos como si fuesen algo que siempre estuvo ahí. Desde luego, eso es así desde un punto de vista individual, ya que nacemos en un mundo preconstruido donde muchas costumbres ya existían antes que nosotros. En consecuencia, se adoptan e imitan. Los antiguos homininos, en cambio, nacían en un mundo preestablecido por la naturaleza, y fueron moldeándolo durante el Pleistoceno. Estos desarrollos primigenios tienen una carga simbólica incipiente, ligada a la supervivencia: herramientas, fuego, comunicación rudimentaria. Algo muy distinto, por ejemplo, es una pirámide. La pirámide es un objeto real, sin duda; pero tiene un trasfondo metafísico. 

Por supuesto, estas construcciones semificcionales tienen consecuencias en la realidad. Y sus significados pueden variar. La esvástica, un símbolo milenario que representa la buena fortuna, fue mancillada por el nazismo. Muy pocas personas piensan hoy en la suerte cuando ven una. 

Recuerdo que durante mi infancia había una obsesión mayúscula por el fútbol. Si encendías el televisor, era muy probable que apareciese uno de los múltiples programas que hablaban del llamado «deporte rey». Esa afición de los adultos se transmitía a los niños, que intercambiaban cromos de sus jugadores favoritos, vestían sus camisetas y debatían sobre cuál era el mejor. Las conversaciones sobre fútbol imperaban en el ambiente, y el breve descanso entre clases se empleaba para practicarlo. Eso para mí supuso un calvario porque nunca me atrajo. Puedes creerme si te digo que jamás he jugado un partido; yo me dedicaba a otros entretenimientos con un grupo de amigos: Heroquest, Cruzada Estelar, etcSin embargo, comprendo por qué había tanto interés en el fútbol. 

En principio, se trata de una convención social donde un grupo de humanos adultos se dividen en dos equipos sobre un terreno delimitado. En él, entre faltas y pitidos, se desarrollan estrategias y unos pocos destacan sobre otros gracias a su habilidad, lo cual los convierte en una especie de héroes contemporáneos, en el caballero que logra matar al dragón. Son admirados por ello y premiados con otra convención de suma importancia: dinero. En consecuencia, tenemos una mezcla de heroísmo, fama y recompensa. ¿Cómo no soñar con ser la siguiente estrella internacional? Asimismo, sirve para integrarse en el grupo: un niño aficionado al fútbol se entiende de inmediato con el resto, funciona socialmente, hace amistades. 

Si un aficionado conoce a otro, le preguntará de qué equipo es y habrá una apasionada conversación. Esto le pone algo de sabor a la realidad, la hace más interesante. También puede decirse lo mismo de algunas tradiciones: están ahí para enriquecer la vida. 

Dejando a un lado esas convenciones, hay narrativas más evidentes. En la antigua Grecia se hacían representaciones teatrales. Las obras de Esquilo, Sófocles o Eurípides eran el equivalente a nuestras películas, un protocine. Gracias a los hermanos Lumière, ese añejo teatro alcanzó a una inmensa cantidad de población. Y el número de obras visuales es ahora abrumador. Alguien al que le interese el cine tiene la posibilidad de pasarse la vida disfrutando de infinitud de filmes. 

Las ficciones contenidas en una pantalla son explícitas; se separan con claridad del mundo real. Ocurre lo mismo con las series y ciertos programas televisivos. Este longevo espectáculo y su alcance masivo fueron, desde mi punto de vista, lo que facilitó que triunfasen los primeros YouTubers: se conservó el hábito de aceptar como famoso, relevante, a quien sale en una pantalla. No importaba que fuese más pequeña. 

Pero no todas estas construcciones son tan fáciles de percibir; algunas se camuflan durante determinadas fases históricas y se asumen como inevitables. Es complicado, por ejemplo, imaginarse hoy un mundo donde no exista el dinero; aunque no siempre existiese. O uno donde no haya poderes que organicen las sociedades. Sin embargo, también son una construcción, igual que el lenguaje. La diferencia está en su importancia de cara a la convivencia: sin ellas, el humano actual, que vive en sociedades complejas y masivas, se sumiría en el desorden. Un gran número de estudiosos debaten sobre cuál sería el mejor sistema; pero no existen reglas que consigan un cambio rápido y profundo: al progreso le gusta tomarse su tiempo. Quizá haya que cambiar el foco: los rearmes del edificio no son tan eficaces como el ascenso ético del constructor, porque él es el auténtico ladrillo del sistema. 

Si quieres conocer cómo es una especie en un momento concreto de su historia, basta con analizar sus construcciones y averiguar cuáles considera más trascendentes: ¿usa dinero?, ¿qué rituales emplea y en qué situaciones?, ¿cómo es el arte de sus ciudades? Porque las nuestras tienen colores y formas que van más allá de lo útil. Sería deprimente vivir en una ciudad donde todos los edificios fuesen grises e idénticos. Los humanos no son, desde luego, seres estrictamente pragmáticos: emplean muchas herramientas estéticas y símbolos para embellecer y organizar el entorno... o para transmitir sensaciones concretas que sirvan a un propósito. Pienso, por ejemplo, en la grandeza de una catedral. 

Sí, una reflexión sobre armazones ficcionales no podía dejar de lado al ámbito religioso. Pero cuidado: las religiones no son una simple superstición, sino una manera de satisfacer la búsqueda de sentido. Envidio la paz que destilan las personas que poseen las respuestas. Como yo no las tengo, a veces el nihilismo se convierte en un monstruo al que debo domesticar. Intuyo que las religiones no desaparecerán con los siglos. Seguro que evolucionarán de una u otra manera, porque esa necesidad de respuestas seguirá en nosotros. Es posible que incluso surjan nuevas creencias. 

Hubo un tiempo donde los poderosos estaban legitimados por el universo divino. Hoy el poder ya no es un dios entre mortales; es una trajeada hidra antropomorfa que vende ideologías. El líder político es un falso mesías, un héroe de las mil caras en apariencia, pues al final del día sólo se trata de un servidor público que intenta hacerlo lo mejor que puede. ¿Por qué seguimos necesitando esa aura hierática en nuestros líderes? Se trata, infiero, de una ficción heredada de tiempos pretéritos. Ahora bien, es posible que el político actual, acicateado por el imaginario de internet, se esté devorando a sí mismo: ¿es imprescindible el respeto para quien encarna el poder, para quien representa ese papel? 

Hay que añadir algo importante: estas construcciones de las que hablo no seguirán fijas siempre, cambiarán con el paso de los milenios a medida que progresen nuestras formas de ver el mundo. Y algunos roles sociales variarán. ¿Cómo serán los humanos del distante futuro? ¿Qué ficciones conservarán y cuáles crearán? ¿Qué efectos causará la reciente inteligencia artificial en ese entramado? Sería fascinante verlo, pero sólo podemos imaginarlo. 

Shakespeare dijo que el mundo es un escenario. Eso es cierto en parte. Sí, hemos moldeado la naturaleza y construido un teatro ciclópeo; pero esas representaciones son necesarias en un sentido u otro: el arte entretiene y embellece; la moneda limita y organiza; la religión da sentido, ética y justicia. Somos, desde luego, un homo fabulans, los narradores de nuestro viaje, constructores de mundos. Seamos, pues, los mejores fabuladores posibles. 

jueves, 2 de abril de 2026

Dororo

 


Aunque Dororo no es la obra más conocida de Osamu Tezuka, cuenta con algunos elementos que la hacen especial; hay más profundidad en ella de lo que parece a simple vista. Intentaré mostrar por qué afirmo esto al tiempo que evito los peligrosos destripes. Puedes, por lo tanto, leer con tranquilidad lo que sigue. Y te recomiendo este manga ya en el primer párrafo. 

Para empezar, Dororo no es el nombre del protagonista, sino de su acompañante, un pequeño bribón que no deja de meterse en problemas. El héroe de esta historia, uno brutalmente trágico, se llama Hyakkimaru. Sin embargo, Dororo se dirige a él como Aniki, un apelativo que significa «hermano mayor». Esto es muy emotivo porque Dororo carece de familia, así que encuentra un apoyo inestimable en Hyakkimaru. Ambos se conocen de casualidad y su camino termina entrelazándose. 

El contexto en el que esos personajes se mueven es el periodo Sengoku, es decir, la época de las guerras constantes. No te dejes engañar por el estilo juvenil de Tezuka, porque habrá momentos muy luctuosos. Esto queda claro desde el inicio: Hyakkimaru tiene uno de los comienzos más duros que he visto en una historia de ficción. Su padre, un daimio ambicioso, lo entrega a los demonios a cambio de poder. Éstos no lo matan, pero se quedan con diferentes partes del cuerpo. En consecuencia, Hyakkimaru nace sin brazos, piel, ojos, piernas... Es sólo un bulto que apenas se mueve y respira. Debería estar muerto, realmente. Pero es interesante que siga vivo. Además, puede percibir las auras demoníacas de forma instintiva. 

Tras nacer, Hyakkimaru es abandonado en un río, igual que Moisés, y es recogido por un médico que hace prótesis. Aquí podemos acusar a Tezuka de que eso es demasiada casualidad, pero a mí no me parece grave: no creo que sea muy coherente exigir mucho realismo a algo que tiene un tono de mito. 

El médico le construye un cuerpo artificial para que pueda desenvolverse. Todo parece ir bien al principio, pero acaba descubriendo que Hyakkimaru atrae a los peligrosos yokais. Eso hace que deban separarse. Así el protagonista emprende una aventura para recuperar su cuerpo: cada demonio que destruye le otorga algo perdido. ¿Conseguirá lo que le falta? ¿Se reencontrará con su padre? Ésas y otras preguntas son las que envuelven la trama y sirven de acicate para el lector. 

Expuesto el argumento, vamos a lo que considero importante: ¿por qué afirmo que hay más profundidad de la que puedes ver en muchas otras historias? Porque habla de lucha y recuperación, de lo injusta que puede ser la realidad. Algunas personas tienen suerte y comienzan con una buena mano de cartas, pero otras deben arreglárselas con una simple pareja de doses. En el caso de Hyakkimaru, ni siquiera hay mano: su destino está decidido antes de llegar. Muchos en su situación querrían, con razón, rendirse; pero él opta por combatir hasta el final. Curiosamente, eso debería ser la filosofía del auténtico samurái, luchar aun sabiendo que se va a perder; pero los samuráis que aparecen en la obra no son muy bondadosos. La mayoría son monstruos sin escrúpulos en medio del horror. 

Lo que logra que Hyakkimaru salga adelante es el afecto: el médico se convierte en un padre para él, y Dororo, en su hermano menor. Desde luego, Dororo no deja de ser un imán para los embrollos; sin embargo, Aniki lo salva reiteradas veces. También, de vez en cuando, aparece un monje ciego que capta la verdadera naturaleza de Hyakkimaru y le echa una mano. El protagonista estaría condenado en un pozo de soledad si no fuese por ellos, pues son los únicos que lo ven como un humano a pesar de sus carencias. 

Este manga contiene buenas dosis de acción, escenas emotivas y diálogos graciosos. Todo, eso sí, bajo la pátina de un mundo miserable. Donde flojea un poco es en el final, que es un poco apresurado. Supongo que hubo condiciones duras de publicación que le impidieron al autor desarrollarlo a su gusto. Ese desenlace impide que la obra brille más, pero aún sigue siendo muy destacable. 

En Dororo subyace una luz mortecina bajo el barro y la sangre: con la compañía adecuada, es posible superar un buen número de adversidades. 

domingo, 15 de marzo de 2026

Master of Orion 2, un clásico imbatible

 


Hay autores que usan fichas para construir sus tramas: escriben diferentes situaciones en papeles —asesinato con veneno, peligro recurrente...—, los mezclan y usan esos elementos en el relato. Es un buen método para montar rápido novelas cortas si hay necesidad y plazos apretados. Master of Orion 2 podría usarse de manera similar, porque es un magnífico constructor de historias donde nunca sabes qué va a ocurrir. Cada partida es diferente a la anterior. 

Empezaré con una leve explicación del juego para los pocos que lo desconozcan. Lo más destacable es que pertenece al género 4X. Si has jugado alguna vez al afamado Civilization, esto es casi lo mismo; la diferencia es que se desarrolla en el espacio. No en un planeta, como sucede en el genial Alpha Centauri, sino en varios sistemas estelares. Diferentes especies irán conquistándolos poco a poco para formar un imperio. Y una vez establecido, comenzará la diversión: espionaje, guerras, disputas territoriales, comercio, etc. 

El número de clones que han ido apareciendo de Master of Orion 2 es abrumador. Todos intentan copiar la fórmula, pero ninguno logra captar las sensaciones que transmitía el original. Por eso se sigue jugando y disfrutando desde el lejano noventa y seis. En mi opinión, el que más se acerca —algunas personas afirman que incluso lo supera— es Interstellar Space: Genesis. Está a la venta en Steam si te interesa. A mí me gusta más Distant Worlds, aunque no creo que pueda considerarse un clon porque es en tiempo real. Me parece imprescindible, si quieres captar la esencia del clásico, que los combates sean por turnos. 

Importante: existe una versión gratuita y modernizada del primero. Se llama Remnants of the Precursors y puedes descargarla sin problemas. Muchos la prefieren porque es un sistema más sencillo; hay menos micromanejo. La segunda parte, por desgracia, tiene demasiado: cuantos más planetas, más lugares para ordenar construcciones. Las colas de producción hacen que ese defecto sea tolerable, pero es comprensible que algunos busquen títulos donde no sea necesario realizar una tarea repetitiva. Podríamos decir que el micromanejo es lo único que lastra Master of Orion 2. No se me ocurre otra tara, ya que lo demás roza la excelencia incluso hoy. Por supuesto, aquí soy subjetivo: detalles como la superioridad de ciertas especies o la injusticia inherente al azar me parecen bien. Es más divertido así. 

A medida que avanza la partida, habrá personajes que querrán
unirse a tu imperio: administradores y capitanes. Cada uno ofrecerá
diferentes ventajas, pero habrá que pagar un precio por sus servicios. 


El inicio, cuando comienzas a explorar los sistemas más próximos al planeta natal, es muy emocionante porque hay varios tipos de mundos. Algunos tienen gemas que aumentan la economía; otros, artefactos antiguos, y hasta es posible hallar inmensos planetas tipo Gaia con especies autóctonas que trabajarán para ti. Estos hallazgos son un buen motivo de guerra desde el principio, ya que otras civilizaciones estarán interesadas en ellos. También es importante descubrir qué especies van a estar en los límites de tu territorio: ¿serán amigables o belicosos? Si es lo segundo, quizá sea una buena idea priorizar la construcción de una flota defensiva. 

En el medio juego empiezan a darse importantes descubrimientos tecnológicos, y el espionaje cobra una importancia mayor: los espías se usan para defenderse de agentes enemigos, robar avances científicos o sabotear edificios. Hay una especie muy odiada porque se especializa en esas infiltraciones. En esta fase de la partida pueden darse batallas interesantes, y lo que viene después, a pesar de lo oneroso que es controlar muchos planetas, tiene su dosis de tensión. El juego sabe entretener desde el inicio hasta el final, algo que no todos los 4X consiguen. 

Esto no lo libera de volverse aburrido de vez en cuando, claro; pero tiene lo necesario para divertir la mayor parte del tiempo. Las especies están bien diferenciadas, son carismáticas, y casi siempre hay algo que hacer o planificar. 

Definitivamente, Master of Orion 2 merece una renovación tan buena como la del primero. Esperemos que llegue algún día. Y si no es así, siempre se podrá seguir con el original. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Luces y sombras

 


Escribí este relato corto hace más de una década. No es de mis favoritos, pero tiene su interés y decidí dejarlo aquí. El único cambio que he hecho es eliminar algo de paja. Dejé lo demás igual, aunque ahora puedo ver con claridad dónde flojea —necesita un cierre más fluido, entre otras cosas—. Supongo que equivale al boceto primerizo de un dibujante que aún está en fase de aprender y experimentar. Podría retocarlo, pero prefiero conservarlo como un recuerdo. Además, me consta que a algunas personas les gusta bastante. 

Un enjambre de mariposas iridiscentes revolaba sobre los junquillos, humedecidos por el rocío. Eran las primeras visitantes del calvero sagrado. Pronto serían acompañadas por el canto de los jilgueros y la danza de las pequeñas hadas, cuya ciudad se hallaba en el árbol milenario; pero antes se esperaba la visita de Arlas, rey de los unicornios, magnífico ejemplar níveo, elegante y fibroso, tan veloz como la brisa del norte. Cuando se adentró en el calvero, las hojas de los árboles acariciaron su hermosa crin. Buscó un lugar apropiado e inclinó la cabeza para alimentarse mientras el sol calentaba sus músculos.

El ambiente se llenó de vida y música. Sentado en una rama, el viejo fauno amenizaba el festejo con su siringa; lo acompañaban las panderetas de los elfos, seres menudos que sólo vivían para divertirse. Esos instrumentos insuflaban felicidad a cualquiera que los escuchase, ya que estaban imbuidos de ese poder. No en vano se trataban de dádivas divinas.

Nadie ajeno al reino de Arlas tenía permiso para entrar en el calvero, ni siquiera los habitantes del bosque más cercano; y ningún intruso había entrado jamás, porque se extraviaban persiguiendo fuegos fatuos o acababan destrozados por las garras nudosas de las dríades, maestras de la emboscada. Esas damas arbóreas desconocían la derrota: los territorios sagrados se mantenían intactos, sin la mácula que dejan las hachas del humano. Por eso Arlas se turbó al intuir que una presencia malévola se acercaba; sus súbditos vieron cómo estiró el cuello y olisqueó, preocupado, hacia el este, y percibieron la zozobra que lo invadía; un sólido marasmo se apoderó de ellos. El alborozo se desvaneció.

Lentamente, atravesando la densa maleza, se adentró en el calvero una figura negruzca, encorvada y harapienta. Apoyaba sus puños en el suelo, como un simio. Irradiaba maldad, tanta que una lluvia de melancolía cayó sobre Arlas y los suyos. Asustados por ser la primera vez que experimentaban ese sentimiento, los elfos se abrazaron entre sí, y las hadas se refugiaron tras el fauno, que dejó caer su siringa.

Arlas se alzó sobre sus patas delanteras, desafiante, y ordenó a todos que se retirasen. Conocía a su enemigo, el precio de una derrota frente a él; mas quizá fuese capaz de vencerlo, de salvaguardar la dulce melodía de las ninfas, la bondad de los gnomos, el estanque de los kappas.

Alrededor del monstruo, que seguía avanzando despacio, deleitándose, la vida vegetal se marchitaba. Los ojos de su semblante porcino brillaban con intensidad; ojos perversos, rojizos; ojos sin alma que habían contemplado el auge y descenso de varias civilizaciones. Una vez que tuvo cerca al unicornio, éste pateó el suelo y mostró sus dientes, asqueado por el hedor. Incluso los árboles parecían estar inquietos ante aquella presencia inusitada.

Dos dríades aparecieron de improviso y atravesaron el calvero en dirección al monstruo, que al verlas sonrió mostrando sus largos colmillos amarillentos. El unicornio quiso acompañarlas en el ataque, embestir con su cuerno. No fue posible: cuatro tentáculos oscuros emergieron del suelo, inmovilizándolo. Tuvo que resignarse y contemplar, impotente, un combate desigual. Aquellas dríades no duraron mucho tiempo antes de ser destrozadas por los fuertes brazos del monstruo; las desgajó poco a poco, saboreando su miedo, sus gritos. Arlas pensó que otras debieron sufrir el mismo destino, y las lágrimas emborronaron su visión. Con la esperanza de ser escuchado, imploró ayuda a Naranna, la diosa de los bosques; su cuerno brilló intensamente y los tentáculos desaparecieron. El monstruo, cegado por el resplandor, se protegió la cara con los brazos.

Arlas supo que era una oportunidad inigualable y cargó hacia su antagonista. Si lograse herirlo con el cuerno, quizá…

Sintió las manos del monstruo en su cuerno, aferrándose a él, frenándolo. Sintió los colmillos hincándose en su cuello. Le succionaron la esencia; y con ella, la del reino.  Una conexión primigenia unía a todo rey con su reino, y la de Arlas se inundó de hiel. Los lamentos de sus súbditos, que sintieron un profundo estremecimiento, se escucharon más allá del bosque. Sabían cuál iba a ser su destino.

El monstruo, satisfecho con su obra, dejó atrás el cuerpo exangüe del unicornio y continuó su camino.

Un enjambre de murciélagos revolaba sobre los hongos luminosos, mordisqueados por las ratas. Eran los primeros visitantes del calvero maldito. Pronto serían acompañados por el graznido de los cuervos y la danza de los crueles trasgos, cuya ciudad se hallaba en el árbol muerto; pero antes se esperaba la visita de Arlas, cacique de los unicornios, magnífico ejemplar negro, poderoso y terrible, tan veloz como las ánimas del pantano. Cuando se adentró en el calvero, las ramas secas de los árboles arañaron su cuerpo. Buscó un trasgo y le succionó la sangre mientras la luna se escondía entre las nubes. 

martes, 3 de febrero de 2026

Peter Pan

 


Llevaba tiempo sin reseñar uno de los grandes clásicos que se han quedado insertados en nuestro imaginario, así que escogí éste. Espero estar a la altura, porque la obra es inmortal y aparece en multitud de ficciones. En la reciente serie Alien: planeta Tierra, sin ir más lejos, hay un guiño a Peter Pan. 

Antes de leer Peter Pan y Wendy, la historia que todos conocemos, es recomendable adentrarse en Los jardines de Kensington, ya que ahí se describen los primeros pasos de Peter Pan. Es decir, Barrie explica cómo llegó a ser tan especial ese personaje. La historia es ingeniosa y divertida, pero hay un deje de melancolía tras muchas escenas. Y el arco de Peter muestra un momento especialmente luctuoso. No sabría decir si es una lectura aconsejable para alguien joven, porque el ritmo inicial es lento, muy descriptivo, y algunos términos de ciertas traducciones son problemáticos; sin embargo, sí que me parece fabulosa para un adulto. 

Reconozco que a mí me dejó perplejo: de repente, recordé lo que significa ser un niño, los tiempos donde no se necesita mucho para vivir una aventura. El narrador muestra a la perfección una perspectiva infantil: el jardín es un lugar inmenso y lleno de rincones entrañables, mágicos. Una sencilla cuesta se transforma en una pendiente emocionante para realizar carreras; un estanque se vuelve el sitio perfecto para que viajen pequeñas embarcaciones. Si un niño regresase a ese jardín siendo adulto, llevado por la nostalgia, quizá se percataría de que todo es diferente: él ha crecido mientras lo demás ha empequeñecido. Y la magia se esfumó. Barrie era un genio: genera en ti esos pensamientos sin ser explícito. 

Pero el título que nos interesa de verdad es Peter Pan y Wendy. Hace mucho que no veo las versiones cinematográficas, pero imagino que habrán suavizado la parte oscura de la novela: Peter Pan es en ella una especie de diosecillo feérico y amoral, alguien despreocupado que puede incluso olvidarse de sus compañeros. También Campanilla, el hada, tiene su lado sombrío, porque es capaz de realizar actos perversos. La infancia eterna es hermosa pero amenazante. 

Peter, Wendy y sus hermanos viajan a Nunca Jamás, una isla imaginaria que será el escenario central. En ella, entre aventura y aventura, se narra cómo vive allí un grupo de niños. Los niños perdidos. 

Barrie introduce en la isla elementos que están relacionados con el universo infantil: indios, piratas y criaturas mitológicas. Los enemigos son los piratas, cuyo gerifalte es el conocido Garfio. No es un mundo muy amplio, pero basta para cubrir lo que pretende el autor: mostrar la ambigüedad que envuelve al hecho de ser un niño ad eternum. No crecer jamás tiene, evidentemente, su atractivo; pero también su parte negativa. Los niños simulan que Wendy es su madre porque carecen de ella. Y si alguno crece, Peter es capaz de eliminarlo. 

El mundo adulto aquí es rechazado y temido. Los adultos viven en otra dimensión, son aburridos, no entienden nada. Por si eso no bastase, están más cerca del final; tienen más pasado que futuro, los sueños se disuelven y sólo quedan recuerdos. Antes de que alguien se deprima por lo anterior, me apresuro a añadir que el adulto posee algo inestimable: mayor intelección. Eso no es cualquier cosa. El niño vive, en muchas ocasiones, en el ensueño. Y los de esta obra deben pagar un precio muy elevado para mantenerse así. Cada fase tiene sus pros y sus contras. 

Después de varias aventuras, las cuales están narradas con un ingenio fuera de lo común, Barrie monta un desenlace que conecta magistralmente con los cimientos de la obra, un giro cargado de significado que desemboca en una catarsis llena de acción. Todo se siente muy preciso y en su sitio, muy meditado. El cocodrilo que va tras Garfio, emitiendo el ominoso tic-tac, pasa a ser una alegoría de lo inexorable. La sola idea de un cocodrilo que tiene un reloj en el interior me parece genial. El libro está henchido de ideas geniales, realmente, por eso sigue manteniendo tanta frescura. 

Y el último capítulo es hermoso y melancólico. Perfecto. Peter Pan es, al menos en mi opinión, una obra maestra atemporal. Seguirá leyéndose durante los siguientes siglos. No lo dudes. Y seguirá apareciendo de refilón en diferentes medios. 

sábado, 3 de enero de 2026

Tres corazones y tres leones

 


Uno de los pioneros en introducir el concepto del Orden contra el Caos en la novela fantástica fue Poul Anderson. También fue uno de los que dieron comienzo al ahora manido recurso del multiverso, ya que el protagonista se mueve entre dos dimensiones superpuestas y es fácil imaginar que podría haber otras. Evidentemente, este autor sirvió de inspiración para alguien muy conocido: Moorcock.  

Pienso que Moorcock le sacó más jugo a esos conceptos, los amplió a lo largo de muchas obras; pero la novela de Anderson tiene un encanto especial y merece ser leída aún hoy. Además, su sencillez logra que sea una opción excelente para alguien que quiera adentrarse en la fantasía. La estructura es lineal y las criaturas que aparecen son archiconocidas: un dragón, un trol, un hada... Por lo tanto, es fácil imaginárselas de golpe sin necesidad de descripciones dilatadas. Incluso el mundo presentado resulta sencillo de asimilar, porque recuerda a las leyendas del nuestro y hay un evidente maniqueísmo: Orden, los buenos; Caos, los malos. Aquí no está la ambigüedad mostrada luego por Moorcock. 

El protagonista, Holger, comienza en nuestro mundo: es asaltado por alemanes en un contexto bélico. Justo antes de morir, aparece en el otro lado —o cruza el umbral si eres fan de Campbell—, y se encuentra con un caballo y una armadura de caballero. No sólo eso: pronto averigua que tiene unas habilidades marciales fuera de lo común, como si en ese lugar fuese alguien de suma importancia. Esto me recuerda a los protagonistas de Las crónicas de Narnia, los cuales ven aumentadas sus habilidades al cambiar de universo. Es una idea que me resulta sugestiva, pero debe tenerse en cuenta que puede anular una evolución marcada. 

De todos modos, en Tres corazones y tres leones, título que hace referencia a la heráldica que aparece en el escudo de Holger, no es necesaria esa evolución, ya que se trata de un personaje emblemático y desconocedor del entorno, lo cual sirve para ir presentándoselo al lector sin dificultad, en pequeñas dosis. En consecuencia, la novela puede ser leída con rapidez. Es perfecta para descansar de algo más denso y complejo. 

El héroe y sus compañeros: la doncella-cisne
y un enano

Si tuviese que buscar aspectos negativos, resaltaría dos: la ingenuidad de Holger y la sensación de que todo es un topicazo. Lo primero ocurre porque a Holger se le escapan obviedades, pues no se percata, al principio, de que no debería hacerle caso a una bruja y se mete de lleno en la boca del lobo; y lo segundo, porque las criaturas y situaciones ya se han mostrado decenas de veces en películas, series, cómics y novelas recientes. La obra no envejeció bien en ese sentido. Aun así, me sigue pareciendo interesante para ahondar en el género y como entrada al mismo. Y, por supuesto, siempre cabe la posibilidad de que conecte contigo por una cuestión de gusto personal. No deja de ser un pequeño libro de caballería lleno de acción y peligros, algunos de los cuales, hay que decirlo, se resuelven de manera insatisfactoria, excesivamente simple. 

A mí, en general, me pareció una lectura agradable con un desenlace sobresaliente; aunque me habría gustado conocer un poco más la facción del Orden, algún personaje trascendente que sirviese de contrapeso a la villana artúrica Morgana. 

sábado, 15 de noviembre de 2025

Warlords 3: Darklords Rising

 


Es sorprendente que títulos tan antiguos se sigan jugando hoy, pero la realidad es que aún no han sido superados. Quizá la estrategia es un género poco rentable y eso lleva a propuestas más humildes o a repetir fórmulas de éxito, como la del Civilization. Por lo tanto, no es de extrañar que estos juegos de Steve Fawkner hayan acabado desintegrándose. Los seguidores que conservan son escasos. Yo leí a uno en un foro y sus mensajes, que estaban llenos de entusiasmo, me convencieron para probar la parte más madura de la saga, la tercera. Curiosamente, en eso coincide con Heroes 3: ambos juegos son el pináculo de sus respectivos estilos. 

Al principio, me pareció confuso y no entendía nada; pero pronto me di cuenta de que es muy sencillo. Las pocas partidas que jugué fueron muy disfrutables gracias a una inteligencia artificial temeraria, dispuesta a sacrificar tropas con tal de debilitarte y derrotarte después. 

¿Y de qué va eso de Warlords 3? ¿Merece la pena? Pues sí, y mucho. Tiene simulitudes con Héroes, aunque se diferencia lo bastante para que sea divertido a su manera. Hay turnos y héroes, los cuales potencian a tus ejércitos. También objetos mágicos y hechizos. Los primeros se obtienen explorando los lugares designados para ello; y los segundos, subiendo de nivel. Es muy importante que el héroe crezca todo lo posible, porque los combates —aquí es donde más se diferencia con Heroes— son automáticos. Es decir, se abrirá una ventana donde saldrán los ejércitos y las unidades irán enfrentándose de una en una. La contienda finaliza cuando un ejército es eliminado por completo. 

Aquí los neutrales están perdidos

No tengo muy claro cómo son las reglas de esas batallas. Cada unidad tiene un número que representa su fuerza, y, evidentemente, es más poderosa cuanto mayor sea, porque las probabilidades de herir al contrincante son mayores. Es muy complicado que un soldado de fuerza tres pierda contra un monstruo de fuerza diez. Intuyo que hay tiradas de dado sumándose a ese número, pero lo desconozco. De todos modos, basta con saber que debe ser lo más elevado posible, y ahí es donde entra en juego el héroe que acompaña a las tropas, pues tiene la capacidad de aumentarlo con habilidades y objetos. Además, algunas unidades también cuentan con habilidades que, con suerte, pueden activarse en combate. Un dragón de ácido tiene probabilidades de reducir la fuerza del oponente, por ejemplo. 

Pero cuidado: perder unidades duele porque no se compran como en Heroes. Aquí se producen en las ciudades cada cierto número de turnos. Y tardarán más en adquirirse cuanto más fuertes sean. Cada facción tiene unidades diferentes y es necesario pensar bien cuáles conviene producir y dónde. Quizá no sea una buena idea usar una ciudad sin defensa para generar las unidades más fuertes. La inteligencia artificial es despiadada y atacará esa ciudad, no lo dudes. 

Una característica que me gusta mucho son las quest: cuando un héroe está en cualquier ciudad, puede aceptar una aventura aleatoria que dará cuantiosas recompensas si se cumple. Eso añade una capa de azar que incrementa la diversión y la rejugabilidad. 

Warlords 3 me parece un juego excelente que tiene la complejidad justa y un gran número de facciones y tropas, las suficientes para darle una vida muy extensa. Es una lástima que nadie se anime a rehacerlo con mejores gráficos. Personalmente, me gusta incluso más que el Heroes, que ya es decir. Lo único que necesita es un lavado de cara, porque ya se lo notan los años en la interfaz, el sonido, los controles... Aun así, las numerosas campañas y escenarios, amén de los mapas aleatorios, logran que siga mereciendo la pena. 

viernes, 3 de octubre de 2025

La voz de Drácula

 


El título original es The Dracula Tape —La cinta de Drácula—, ya que Drácula va a narrar los hechos en una grabadora; pero «voz» queda mejor, creo. A mí me gusta más. El traductor hizo una buena elección. 

No es la primera vez que reseño algo de Saberhagen por aquí, pues hace años escribí sobre su saga de máquinas asesinas, la serie Berserker. En aquel momento, me pareció un autor excelente y estaba seguro de que esta novela no me decepcionaría; así que la compré cuando alguien me avisó de que estaba a la venta en una librería de viejo. No creo que vuelvan a reeditarla y prefiero leer en papel siempre que sea posible. 

La idea es muy interesante: permitirle a Drácula dar su versión de lo que ocurrió en el clásico de Stoker. Eso implica, por supuesto, que intente lavar su imagen. Saberhagen lo hace tan bien que a veces llegas a creer en la bondad del vampiro; parece que sea la víctima de unos vándalos que quieren hacerle la «vida» imposible, y que las circunstancias jugaron en su contra. Poco a poco, el conde va revelando lo que sucedió realmente durante las conocidas escenas. Pondré un ejemplo: no fue su culpa que toda la tripulación del barco muriese durante el viaje a Inglaterra, porque el auténtico asesino era alguien muy supersticioso que no soportaba una presencia extraña. Por lo tanto, resulta que Drácula no era tan malo, después de todo... o eso dice él. Realmente, el lector no sabe si miente o no, lo cual es parte del atractivo que tiene el libro: planta una semilla de duda y enriquece el trasfondo del vampiro más célebre. 

El ritmo es ágil y la traducción, aun siendo algo mejorable, cumple. En consecuencia, la lectura me pareció satisfactoria, incluso notable en algunos momentos. Y el desenlace tiene una buena sorpresa, amén de que no decepciona: se siente que termina como debe. Diría que esta obra está entre las mejores que leí este año, y me gustaría cazar El encuentro, otro título del mismo autor donde Drácula se topa con Sherlock Holmes. Eso tiene pinta de ser un choque de trenes espectacular. 

Ahora bien, es posible, y comprensible, que a algunas personas no les guste esta versión edulcorada del conde. Pasa algo similar en la película de Coppola, que tampoco es para todo el mundo. A mí me parece legítimo que se hagan estas revisitaciones, aunque los nuevos enfoques suelan estar por debajo de la obra originaria. Siempre existe la posibilidad de que aparezca un concepto fresco y divertido. Asimismo, de esa forma podrán mantenerse con vida algunos monstruos que quizá se marchitarían con los años. 

Confieso que la obra de Stoker no me apasiona porque, a pesar de que el mito de Drácula es cautivador, el estilo epistolar me echa para atrás; por ende, disfruté mucho más con este título. Sé que sin Stoker ni siquiera habría existido y que la clásica es muy superior; sin embargo, los gustos son subjetivos, como ya sabes. Yo recomiendo leer La voz de Drácula después de Drácula.