Hay un concepto que se repite a lo largo de los siglos: un individuo se enfrenta a algo que lo supera ampliamente. Puede ser el típico dragón, un ejército o incluso un dios. En My Name is Nobody, un conocido spaghetti western, vemos a Henry Fonda oponerse a una horda de jinetes. En One Piece, uno de los mangas de mayor peso actualmente, es común que el protagonista se enfrente a auténticos titanes, rivales con un poder extraordinario.
Por lo tanto, uno de los aspectos que encumbran al héroe es su valor a la hora de mantenerse erguido frente a lo imposible: el samurái luchando aun sabiendo que va a perder o el caballero cargando contra una hidra. La idea es recurrente porque la vida es recurrente. No es posible huir por completo de los tropos narrativos.
Cervantes tocó el concepto en la escena de los molinos. Nos reímos de Alonso porque creía que eran gigantes, pero... ¿y si fuesen gigantes realmente? En ese caso, incluso si fuese aniquilado, se habría ganado nuestro respeto. Por cierto, no creo que el Quijote sea simplemente una burla de los libros de caballerías. Quizá algún día me atreva a reseñarlo, pero necesitaré tiempo para explicar lo que esa obra me dice. Creo que me resultará complicado transmitir la verdadera grandeza que subyace en ella.
Independientemente de qué personaje o situación sea, la imagen del héroe irguiéndose ante un tsunami ofrece varias lecturas y puede tomarse como una alegoría. Es difícil evitar que las obras sean interpretadas alegóricamente. Éowyn luchando contra el rey brujo o Gandalf colocándose ante el balrog para que los demás puedan retirarse, igual que Leónidas en la antigüedad, se asemejan a cualquiera de los peligros que debemos afrontar cada día, desde un matón hasta una enfermedad.
Y eso es así porque nadie crea desde el vacío: las obras nacen en la realidad y se nutren de ella. Afirmar, por lo tanto, que algunos libros se mueven sólo en el universo de los sueños es absurdo. Ninguno lo hace. De hecho, pocos géneros han sido más ácidos con las sociedades que el fantástico y la ciencia ficción. Se me vienen ahora a la cabeza Los viajes de Gulliver, La ciudad de los libros soñadores o Rebelión en la granja. Son novelas con críticas que considero importantes.
Esta idea del héroe que avanza hacia oponentes formidables también tiene su trascendencia. Pondré un ejemplo: Dragon Ball. Su protagonista, Goku, debe estamparse contra sólidos muros de maldad, y uno de sus ataques especiales, la Genkidama, requiere la ayuda de los demás, del colectivo: todos deben alzar las manos para aportarle energía. Es un juego que interactúa con el espectador. Pues bien, quizá hayas visto la foto del niño enfermo que alza sus brazos en un hospital mientras ve Dragon Ball en el televisor. No se trata solo de apoyo al héroe; Goku jamás se rinde y va más allá de sus límites, lo cual se transmite a quien lo sigue. Ahí observamos cómo una ficción despreciada por algunos académicos tiene una consecuencia real. Los fans que toman a ese personaje como ejemplo intentan superarse a sí mismos para vencer una dificultad.
Hay varios motivos que generan placer cuando vemos al héroe en esas encrucijadas. Infiero que uno de los más comunes es ponernos en su lugar y así cumplir anhelos profundos, acciones que nos resultarían inalcanzables porque nuestro cerebro está programado para la supervivencia. Si un cíclope apareciese en plena calle, el instinto nos haría escapar. Es lo que hace un animal cuando se cruza con su depredador. Admiramos al héroe, entre otras cosas, porque va más allá de ese instinto, logra dominarlo y realizar algo que llamamos «valiente». El objetivo suele ser altruista, salvar a otro; pero no tiene por qué ser ése: tras un acto heroico puede haber ambición, como en Los violentos de Kelly. Aun así, no deja de ser catártico descubrir cómo se sortearán las diferentes amenazas hasta alcanzar la recompensa.
Un héroe es, en definitiva, una idea antropológica que se mueve entre dos mundos: el real y el ficcional. Conocer a los héroes es conocernos a nosotros mismos, porque todo humano tiene el potencial de ser uno en un momento dado, incluso el más avieso y medroso. Quizá eso de llevar armadura y un mandoble para luchar contra un ogro te quede grande, pero hasta el acto más pequeño te aproxima un poco a los héroes. Charlar un rato con alguien que vive en la calle o ayudar a una persona que acaba de caerse son acciones al alcance de cualquiera. Por otro lado, quizá no consigas nada material si decides tomar el camino difícil y enfrentarte a lo imposible; pero seguro que algo ganarás por el camino si no te devora el ogro.
Tampoco hay que olvidar, si nos ceñimos a lo real, que a veces el valor y la locura están separados por una línea difusa. Hay que saber cuándo conviene retirarse. Incluso los héroes de la ficción, en algunas ocasiones, demuestran coraje al aceptar una derrota para ir a otras batallas.
Pondré otra muestra del extenso repertorio que ofrece el fantástico: la prueba de valía. A veces el héroe debe demostrar que es digno para conseguir algo a cambio. Goku debía tener un corazón puro para subirse en la nube que usaba para viajar; Atreyu, protagonista de La historia interminable, no se detuvo tras ver cómo un caballero fracasaba cuando intentaba cruzar entre las esfinges. ¿Podemos aplicar esto a nuestro día a día?
Desde que llegamos a este mundo preconstruido, somos sometidos a constantes pruebas: exámenes, decisiones morales, entrevistas de trabajo. Todos debemos demostrar, en un momento dado, que somos capaces de realizar algo. La fantasía no te va a enseñar conocimientos técnicos, pero sí una actitud digna frente a los «monstruos». El héroe avanza con la cabeza alta y acepta tanto la posibilidad de fracasar como el fracaso mismo. Luego, en caso de ser herido, se recupera y sigue con su lucha. Y si la derrota es absoluta, al menos habrá tenido las riendas de su vida. Por eso el capitán Roger —One Piece— ríe antes de su ejecución: la muerte es inevitable, pero fue dueño de su destino y cumplió su meta.
Queda claro, espero, que estas ficciones contienen muchas enseñanzas y es un error calificarlas como simples obras de evasión para menospreciarlas. No es muy probable que debas vértelas con una mantícora, pero sí con situaciones similares donde te vendrán bien la templanza y la perseverancia. Un personaje que posee esas cualidades y me agrada especialmente es Samsagaz, de El señor de los anillos, porque es alguien que no se rinde a pesar de toda la oscuridad que envuelve su viaje. «Para que el bien reine en este mundo, señor Frodo. Se puede luchar por eso».
No se trata de derrotar lo imposible; se trata de enfrentarse a ello con dignidad.










