04 octubre 2026

Freddy Krueger: el nacimiento de un mito moderno


En el orwelliano año 84 llegó a la gran pantalla un personaje destinado a convertirse en un icono del terror: Freddy Krueger. Hoy prácticamente todas las personas lo reconocen al instante y algunas se disfrazan de él en determinadas fechas. Por un módico precio puedes adquirir réplicas de su célebre guante con cuchillas, su sombrero o el característico jersey de rayas rojas y oscuras. 

Recuerdo que me daba muchísimo miedo en mi infancia, tanto que hasta tenía pesadillas con él. Era lógico, ya que recoge el testigo de algunos siniestros seres que pueblan el folklore europeo: la Mara, los íncubos, los súcubos, el Alp... Asimismo, tiene similitudes con las criaturas tradicionales que se usan para asustar a los niños díscolos, como el hombre del saco o el coco. El propio director, Wes Craven, dijo que una de sus inspiraciones fue algo que le sucedió cuando era pequeño: vio a un hombre con sombrero que se detuvo y le devolvió una mirada amenazadora. Seguro que esa imagen lo acompañó durante toda su vida hasta que germinó en Pesadilla en Elm Street.

La primera película es, en principio, un slasher que sigue la fórmula convencional: asesino que acosa y elimina adolescentes. Sin embargo, la personalidad, el misterio y las originales formas de asesinato elevan el filme por encima de otros análogos. Freddy es aquí más siniestro, con voz grave y apariciones umbrosas; pero ya pueden verse retazos de un humor negro que será su marca personal en el futuro. «Ahora yo soy tu novio», le dice a la protagonista mientras su lengua emerge de un teléfono desenchufado. Ese tipo de detalles logran algo muy difícil: que un personaje diseñado para aterrorizar tenga cierto carisma. No se limita a ser una máquina imparable de matar; juega y se divierte con sus víctimas. 

Además de la fascinación que transmite ese villano, el filme cuenta con detalles interesantes que incrementan su atractivo. El marcado escepticismo de los adultos, el cual es similar al mostrado en IT, puede leerse como el distanciamiento entre el mundo juvenil y el maduro. Los mayores viven en un sistema ordenado, material, que no puede permitirse creer en leyendas urbanas; son avatares del marchitamiento imaginativo. Hay un nexo sutil entre eso y la sala de calderas abandonada donde Freddy lleva a sus víctimas: es un lugar que simboliza el trabajo duro, opresivo, una temible promesa de realidad futura, un infierno construido. 

La estética contribuye a provocar una sensación de caos, de mezcla entre realidad y sueño. La fuente de letras usada en los créditos iniciales es desorganizada, con diferentes alturas; y la música es lenta, susurrante. Esa mezcla estalla en el final, pues contiene una ambigüedad deliberada para abrir varias interpretaciones. Debido a estos recursos, Pesadilla en Elm Street me parece uno de los mejores filmes del personaje. 


El marcado éxito de la primera película hizo que la segunda no tardase en aparecer, así que al año siguiente Jack Sholder se encargó de darle vida otra vez a nuestro temible y carismático amigo. Diferente director, diferente visión. Ahora Freddy necesita poseer a un joven para cometer sus crímenes, lo cual es un cambio considerable. Esto no le gustó a una parte del público y La venganza de Freddy suele tener bajas puntuaciones. Posee virtudes: un inicio potente y un llamativo subtexto homoerótico, pero no está al nivel de las demás. El inicio con el autobús genera unas expectativas que tardan demasiado en cumplirse; los diálogos son flojos; la banda sonora, olvidable; y las muertes, uno de los puntos donde se supone que la saga debería dar más juego, resultan algo típicas. 

Las pinceladas de humor negro que definían al Freddy de la primera se pierden en la segunda, desdibujando al personaje hasta arrebatarle su esencia. Este batacazo pudo haber acabado con el nacimiento del mito, pero tuvo una buena recaudación y permitió la llegada de Pesadilla en Elm Street 3: los guerreros del sueño. Para muchos —me incluyo— una de las mejores películas de la saga. Lo cierto es que tiene un encanto especial; sólo el inicio, con la tipografía Benguiat y el tema de Dokken, ya ofrece una nostálgica conexión con los ochenta. Y también establece un lazo con las anteriores: la canción de las niñas que saltan a la comba. ¿Sabes cómo era? «Uno, dos, Freddy viene a por ti. Tres, cuatro, cierra la puerta. Cinco, seis, coge un crucifijo. Siete, ocho, mantente despierta. Nueve, diez, nunca más dormirás». Lo del crucifijo tendrá su relevancia. 

Nancy Thompson regresa para ayudar a un grupo de jóvenes, los cuales intentan dormir lo menos posible porque son acosados por el tipo de las cuchillas. Gran parte de la trama transcurre en un hospital psiquiátrico. En él, cuando sucumben al sueño, los últimos hijos de los que quemaron a Freddy van siendo asesinados de maneras muy diversas: uno es controlado como un títere hasta que se arroja al vacío, y una chica acaba con la cabeza dentro de un televisor. «Esta es tu gran oportunidad en la tele. Bienvenida al éxito». La personalidad de Freddy queda aquí totalmente definida; se consigue un buen equilibrio entre humor negro y terror. El mito acaba de nacer en toda su plenitud.  

Hay algo muy curioso: el bar donde la protagonista se reencuentra con su padre se llama Little Nemo's. No creo que el nombre sea fortuito. Diría que es una referencia al cómic clásico de Winsor McCay. Si es así, me parece un buen homenaje. Pero lo más relevante, a mi parecer, es la nueva información sobre Freddy: gracias a la ayuda de su madre fallecida, una monja, sabemos que puede ser dañado mediante objetos sacros cristianos. Y Freddy es derrotado con una buena dosis de agua bendita y el crucifijo. Eso le da sentido a la famosa canción. Cabe preguntarse, por ende, si se trata de un demonio; pero aún no queda claro. Me parece importante no revelar todo sobre este tipo de personajes para mantener un terreno ignoto a su alrededor. 

Los guerreros del sueño es una obra sobresaliente: tiene buen ritmo, atmósfera, ingenio y un desenlace que está a la altura. Eso desembocó en una taquilla muy exitosa, así que la siguiente entrega no tardaría en salir. En este momento ya estamos hablando de un icono que comienza a ir más allá de las películas. Pruebas de ello son Las pesadillas de Freddy, una serie que se emitió entre el 88 y el 90, las grandes ventas de artículos o los robos de figuras de cartón y carteles. 


Pesadilla en Elm Street 4: El señor de los sueños emplea a tres protagonistas de la anterior. Como el que tenía mutismo por un trauma ahora puede hablar con normalidad, es deducible que superó su problema; pero no habría estado mal explicarlo porque choca un poco. De todos modos, se entiende de manera implícita que se recupera cuando usa su poder en Los guerreros del sueño, la voz ensordecedora. Después de presentar a los personajes, la resurrección de Freddy y la primera muerte no tarda en desarrollarse. En ella escuchamos un diálogo que merece la pena tener en consideración: «Te veré en el infierno». «Diles que te envía Freddy». El icono ya es consciente de su fama; se presenta como una marca. Los guionistas tenían muy claro lo que el público anhelaba ver y se lo dieron. 

Aquí tenemos un intento de añadir un trasfondo mitológico: se mencionan dos puertas, una positiva y otra negativa, que pertenecen al mundo de los sueños y están custodiadas por guardianes. Por supuesto, Freddy es el que se encarga de la negativa; él mismo dice que lleva mucho tiempo haciéndolo. El concepto sale en Homero: «Son, no obstante, mi huésped, los sueños ambiguos y oscuros. Y lo en ellos mostrado no todo se cumple en la vida, pues sus tenues visiones se escapan por puertas diversas. De marfil es una, de cuerno la otra...». Siguiendo la idea fantástica, ahora Freddy es vencido cuando ve su reflejo en el fragmento de una vidriera. Esto se asemeja a la manera de acabar con una gorgona. Me parece una manera excelente de incrementar el universo del asesino, pero se quedó en algo superficial que no terminó de cuajar. 

La cuarta es una película que sabe lo que tiene entre manos e intenta evolucionarlo para seguir exprimiéndolo. Es disfrutable, funcional; pero se queda un peldaño por debajo de la primera y la tercera. Aun así, es un muy buen punto de partida para seguir dándole riqueza a este universo. ¿Lo aprovecharon en la siguiente, The Dream Child? 

Pues me temo que no. A partir de aquí, la saga empieza a decaer. Era el momento de reinventarse o amplificar el universo de Freddy; sin embargo, optaron por innovar lo justo. Sabían que la popularidad del personaje bastaría para llevar al espectador al cine, ya que es una época donde no había tanta información al alcance de un clic. La quinta tiene cosas a su favor: la vuelta a un tono lúgubre, algunas imágenes poderosas —hay incluso un guiño al superhéroe clásico— e influencias de Cronenberg. Pero, lamento decirlo, me huele a kitsch. Es como si el filme buscase ser más de lo que es y no supiese por dónde llevar a Freddy. Encontrar la tecla correcta para este personaje no es fácil, sobre todo tras varias entregas que obligan a añadir cambios que atenúen el cansancio del público. 

Si vuelves a hacer lo mismo que la anterior, vas a desgastar al ahora icónico Freddy; si introduces cambios sustanciales, te arriesgas a un rechazo general. Continuar eficazmente la franquicia es posible, pero con guionistas que sean capaces de enriquecer el trasfondo sin pretenciosidades. Esto no se dio, así que el resultado es un filme que desagrada a la mayoría. Algunas personas ven en él cualidades innegables, como un simbolismo sugestivo y demás; con todo, falla en lo esencial: entender el mito que se venía construyendo desde hace años.  


Los ochenta ya han quedado atrás y nos metemos de lleno en el inicio de los noventa. Llega La muerte de Freddy. La leyenda aún sigue con vida... aunque quieren matarla. 

En la segunda película cometieron la equivocación de aumentar el factor tétrico y reducir la jocosidad; aquí, de hacer lo contrario. Podría decirse que es una especie de comedia para jóvenes. El equilibrio está roto de nuevo. Dejando eso a un lado, es divertida y puede gustar a algunas personas. Freddy sobre una escoba en la escena de la casa —Mago de Oz—, o cuando lleva el «Power Glove», son instantes memorables. Ahora bien, el final del personaje se siente apresurado e indigno. Me parece noble pretender ponerle un punto final, pero había mejores maneras de hacerlo. Si el objetivo era sólo atraer público con el título, lo consiguieron. 

Contra todo pronóstico, Freddy regresa tres años después y lo hace de una manera muy sorprendente. Wes Craven trae La nueva pesadilla de Wes Craven, un filme metaficcional donde el director y los actores se interpretan a sí mismos. La cautivadora propuesta me parece una manera legítima de recuperar al personaje tras su muerte. Se trata, nada menos, de una exploración del mito, de cómo ha trascendido para instalarse en el imaginario colectivo. «Los niños saben quién es Freddy; es como Santa Claus, King Kong...». El monstruo abandona la ficción para acechar a personas de la realidad. Esto es cierto en un sentido literal, porque miles de humanos tuvieron pesadillas con él. 

Pienso que Craven también toca un asunto muy peliagudo que atañe a los actores: un personaje que se vuelve celebérrimo puede fagocitar a quien lo encarna, perseguirlo incluso. El público deja de ver al actor y sólo ve al rol que encarnó. Una posible lectura simbólica de esto se halla en la acechanza de Freddy a la actriz principal, que desde el comienzo quiere desmarcarse del terror. Sin embargo, Freddy no se lo permite: la mujer siempre será vista como la chica que protagonizó las mejores películas de la saga. La parte positiva, representada por Robert Englund, es la de quien goza y se enorgullece de ese éxito. 

Personalmente, disfruté con esta película y la posicionaría muy alto en una clasificación; pero sé que no existiría sin las anteriores. Me llamó la atención, sobre todo, el tono apagado y serio. También que Freddy no sea el mismo de siempre, sino una versión más terrorífica porque simboliza el miedo que transmitió al público durante lustros. Su poder es diferente a lo acostumbrado, así que es vencido con las llamas de un sueño. Un final cíclico que entronca con el primer filme: el asesino onírico muere como el vivo. Lo que no me agradó es la ruptura grotesca del tono cuando su cabeza se transforma. Una nimiedad que no daña al conjunto. 


Después de esa magnífica obra que le devolvió la dignidad al mito, parecía que ya estaba acabado, al menos en el cine; pero regresó casi una década después para enfrentarse a otro gigante del género en Freddy contra Jason. Algo así era un evento raro que muchos deseaban ver y garantizaba una buena taquilla. Desgraciadamente, es un título muy comercial, muy enfocado a cubrir una demanda masiva. Divertido pero somero. Dependiendo de lo que busques, puede funcionar o ser decepcionante. Por supuesto, sucede lo de siempre cuando dos leyendas se enfrentan: no hay un claro vencedor para evitar enfados de los seguidores. Para mí, es una de las propuestas más flojas, genéricas y olvidables de Freddy... si es que consideramos esto una película de Freddy, ya que más bien es una donde aparece. Jason protagoniza bastantes minutos. 

Por último, está el remake del 2010. Un uso libre y más oscuro de la marca para recaudar dinero. Personalmente, no me interesó demasiado porque se desvía de la esencia del personaje; pero el actor que interpreta a Freddy, Jackie Earle Haley, no lo hace nada mal. Y hay instantes destacables, como la escena de la biblioteca con los fondos lejanos a lo Kubrick —estropeada, eso sí, por un burdo screamer—. En líneas generales se trata de un producto fallido, insulso e innecesario. Me costó trabajo verlo hasta el final. Lo pongo incluso por debajo de Freddy contra Jason, ya que ahí por lo menos hay un combate divertido. 

Hay indicios de que se prepara una nueva película, pero aún se sabe poco. Yo creo que este personaje sería capaz de funcionar en el cine actual. El problema es que se necesita un buen presupuesto y guionistas que recuperen el equilibrio de Los guerreros del sueño, donde los diferentes aspectos de la trama van de la mano. Ahora bien, el escollo de no contar con Englund es grande: las reconocibles facciones de su rostro están muy ligadas al personaje. Además, tal vez la avanzada edad del actor ya no le permitiría encarnar a su alter ego con la misma eficacia. 


¿Era consciente Wes Craven del alcance que iba a tener su personaje? Lo dudo. Al parecer, ni siquiera deseaba continuar la historia porque el final que concibió para la primera era autoconclusivo. Fue el fundador de New Line Cinema quien lo cambió para abrir la posibilidad de seguir filmando. Creo que estamos en uno de esos casos donde lo creado supera al creador. Lo que queda claro, supongo, es que a Craven no le hizo ninguna gracia que estirasen el chicle hasta romperlo. Tiene su parte de razón, porque el desarrollo de Freddy es muy irregular. Eso es lo más destacable de su trayectoria, como hemos visto. 

Sin embargo, el mito sigue con vida y no deja de aparecer en otros lugares. Recuerdo a Englund en un episodio de Babylon 5, haciendo un gesto con la mano como si llevase la garra. Asimismo, hay referencias a Freddy o apariciones suyas en Los Simpson, South Park, The Goldbergs, Padre de familia, Rick y Morty... Incluso en Ebenezer tenemos un nostálgico homenaje a aquella escena del 84 donde un jovencísimo Depp es absorbido por la cama. 

Y una película actual podría ser de las más impactantes de todo el género. Una pista de esto la tenemos en el inicio de la sexta, en la espectacular caída en picado desde el avión y la casa. Imagina las escenas que podrían hacerse con los medios de hoy, donde los superhéroes al fin fueron fielmente representados. Sería posible, por ejemplo, usar la talasofobia o la acrofobia en su máxima plenitud, o mostrar lugares imposibles y sórdidos como nunca antes se habían visto. Las posibilidades son infinitas. Y sin olvidar, por supuesto, un incremento del universo onírico, con más escenarios recurrentes y personajes.

Pase lo que pase, Freddy es sempiterno. Intentaron matarlo varias veces, pero fue en vano: él se refugia en las mentes del colectivo. Como decía Heather en La nueva pesadilla, hasta los niños lo conocen. 

15 septiembre 2026

La carta más valiosa

 


Alguna vez mencioné que me dieron una lección inestimable en mi infancia, pero no la detallé. Lo haré ahora porque considero que es una anécdota interesante y le traerá recuerdos a más de uno. 

Cuando tenía doce años, el juego de cartas Magic: The Gathering comenzó a hacerse muy popular y fue habitual verlo en los colegios, entre los llamados «frikis» que también jugaban a rol, leían cómics o movían ejércitos de miniaturas. A mí me fascinó de inmediato, así que comencé a coleccionarlo sin tener demasiada idea: me atraían las ilustraciones y el diseño, pero ni siquiera sabía cómo se jugaba. Siempre me gustaron los cromos y al principio vi Magic como algo similar. Me llamaba la atención, sobre todo, el tamaño de las criaturas. Por eso me ilusionó conseguir mi primer 6/6, un imponente Personal Incarnation. 

La combinación de inocencia e ignorancia era peligrosa, un reclamo para cierta clase de personas, y una de ellas no tardó en aparecer. Se trataba de alguien mayor que estaba en el último curso y poseía las criaturas más raras de la facción negra: Horror cósmico, Señor del abismo, Pesadilla... Aquellas cartas impresionaban y las mostraba con orgullo. Yo, que aún no tenía muchas, alucinaba con los altos números e imágenes de esos seres demoníacos. ¿Adivinas cuál de las mías le interesó? Sí, el Personal Incarnation. Explicó que lo necesitaba, que estaba dispuesto a darme un buen número de cartas porque le hacía falta para completar un mazo. Me resultó convincente; pensé que debía ser una costumbre heredada de los coleccionistas de cromos. 

Seguro que los jugadores veteranos habrán levantado una ceja o sonreído pensando en la situación. 

Yo, agradecido por el favor que se me estaba haciendo, le entregué el Personal Incarnation a cambio de un taco enorme, unas doscientas cartas: un montón de tierras y comunes, por supuesto. Pero yo no sabía nada; pensaba que hasta el maná me vendría bien. El timo ya estaba hecho. Más adelante descubrí que esa clase de estafa solía ocurrirle al jugador que acababa de empezar. Ya lo dijo Aristóteles en la Retórica: es fácil cometer una injusticia contra el que no sufrió muchas antes y carece de experiencia.

Lo gracioso es que esa carta era mediocre a pesar de su rareza: lo que se buscaba era la abrumadora velocidad y daño de los Leones de la sabana. Al timador le salió el tiro por la culata porque él también se dejaba engatusar por las fuerzas y resistencias elevadas. Es posible, incluso, que entre aquellas comunes hubiese cartas muy buenas, como un Ritual oscuro o un Relámpago. La realidad es que éramos críos y ninguno sabía qué se jugaba en las competiciones; pero la necesidad de mentir y quedar por encima, de ser superior, estaba muy presente en algunos chavales. Había que ser precavido. 

Recuerdo que un año después, cuando ya conocía bien el juego y la rareza de las cartas, volví a hacer un trato con esa persona: un Paladín del norte por una Cocatriz. No recuerdo cuál de las dos di, pero me pareció un cambio justo. Sin embargo, el tipo tuvo la necesidad de pregonarlo como otro timo, lo cual nos dice bastante de su naturaleza. Tal vez hoy se dedique a la política o sea un vendedor de crecepelo. 

El caso es que estos recuerdos negativos son oro para mí. No querría eliminarlos porque gracias a ellos aprendí que la generosidad puede ser aparente. Para que te hagas una idea, allá por el dos mil nueve mandé un manuscrito a Ediciones Atlantis, una editorial que acabó ganándose una reputación cuestionable. Su respuesta llegó rápido en forma de un gran sobre pardo y urgente, un envío que irradiaba importancia. Y el mensaje me decía lo buenísimo que era el manuscrito —la primera novela que escribí, un texto lleno de taras y sin corregir—. Al leer aquello, la imagen de ese chaval tan interesado en el Personal Incarnation se mostró en mi mente, la cabeza ladeada y una media sonrisa mientras me hacía un enorme favor. Y arrojé el sobre en un rincón. No sólo eso: ignoré todas las editoriales semejantes. 

Es posible que juzgase mal a algunos editores que parecían bienintencionados, pero no me desespera publicar y valoro más la tranquilidad, la ataraxia. No me preocupa en exceso lo que no depende de mí: mi felicidad estriba en leer un libro, un cómic, ver una serie, escribir, jugar un videojuego... Aunque agradezco lo positivo que está fuera de mi alcance, no lo espero. El universo no me debe nada.

30 agosto 2026

Bola de dragón: de la Tierra a las estrellas

¿Por qué un anime atestado de entrenamientos y peleas se convirtió en un fenómeno intergeneracional? ¿Por qué Bola de dragón y no otro? En él se usa una fórmula simple: un enemigo poderoso aparece, los héroes entrenan para vencerlo y vuelta a empezar. Visto así, no debería haber alcanzado una popularidad tan vasta; pero contiene elementos que explican sobradamente su ascenso.  

Considero que el carisma descomunal de los personajes es decisivo. Todos ellos, hasta los más secundarios, son carismáticos hasta la médula. Toriyama tiene una gran habilidad para construir personalidades sencillas pero muy atrayentes. Las diferentes estéticas se conjugan con caracteres que se quedan grabados a fuego en la mente del espectador. Krillin, Muten Roshi, Yajirobe o incluso el solitario gato de la torre son fascinantes. Y los antagonistas también me parecen especiales, sobre todo cuando se juega la carta de hacer que colaboren con los héroes o cambien de bando. 

Piccolo, la reencarnación del temible rey demonio, es un paladín de la maldad que casi logra acabar con la vida del protagonista. Sin embargo, se ata sentimentalmente al hijo de Goku y acaba fusionándose con el bondadoso dios de la Tierra, la otra mitad de la que se separó antaño, para formar un nuevo ser que ayudará al bando heroico. Aunque esa idea maniquea de separación entre el bien y el mal es un cliché, sirve para desarrollar a alguien que conquistará al público y proporcionará un contrapeso a la bondad e inocencia de Goku. También se hará algo similar con Vegeta, que pasará de la malicia a la ambigüedad. Y el temible Freezer, sin abandonar nunca su malevolencia, le echará una mano a los héroes en el torneo del poder convocado por Zeno-sama. 

Aunque Vegeta no despertaba mucha simpatía en su creador, el cariño que le profesaron los lectores acabó convirtiéndolo en una pieza fundamental. Si Toriyama hubiese reducido su presencia, nos habríamos perdido a uno de los personajes más amados del anime. Pocas cosas suscitan más emoción que un poderoso villano reformado. Por eso algunas personas prefieren a Vegeta antes que a Goku. Ahora ambos son inseparables; mantienen una curiosa relación de amistad y rivalidad que los ayuda a crecer.

Conseguir que los personajes sean tan queridos es un logro, pero no explica por sí solo ese éxito inconmensurable. El segundo elemento que me parece relevante es la estética al servicio de un mundo rico en detalles. Toriyama tiene un estilo muy reconocible y atrayente. Queda perfecto para presentar esa otra Tierra donde se mezcla lo tecnológico de las urbes con lo fantástico del exterior, donde pululan dinosaurios, seres metamorfos o demonios. Asimismo, pueden hallarse objetos mágicos y las codiciadas siete esferas del dragón, las cuales otorgan un deseo en cuanto son reunidas. 

Personalmente, me gustaba más la serie durante el comienzo, cuando Goku era un niño y exploraba los alrededores bajo la influencia del clásico Viaje al oeste. Luego la construcción del mundo queda supeditada a ofrecer combates desmesurados, a enfrentar poderes masivos. Aunque el universo se sigue ampliando con el conocimiento divino —los dioses y sus propios universos entran en juego—, el objetivo pasa de la exploración y la aventura a buscar el combate definitivo. Para ser justos, hay que añadir que ese espíritu aventurero se recupera en GT y Daima. Es significativo que Goku vuelva a ser un niño en ambas. 

Y llegamos al tercer elemento que cocinó esa fama: el mensaje. Toriyama le da a Goku un inicio similar al de Superman, ya que sus padres alienígenas lo envían a la Tierra. En ella, un golpe en la cabeza cambia su naturaleza violenta y se deja cuidar por Gohan, su abuelo adoptivo. Se supone que Goku era un guerrero de clase baja que debía conquistar el planeta, pero pasa a formar parte de él y su gente. No tarda en convertirse en un luchador extraordinario que participa en el célebre torneo de las artes marciales junto a su compañero Krillin. Más adelante, esa competición será testigo del paso de Goku a la edad adulta: descubrimos en ella el crecimiento de su cuerpo después de una larga ausencia, y poco después se enfrenta a la que será su futura esposa. El cambio físico se suma así a un rito de madurez, el cual también contempla la dura prueba de enfrentarse a Piccolo.  

El punto de inflexión, el momento que realmente hace inmensa a esta serie, que la lanza hasta el infinito, es cuando Raditz llega a la Tierra para encontrarse con Goku, su hermano perdido. Ahí la trama se expande hacia las estrellas, Goku descubre su procedencia y decide permanecer en el único hogar que ha conocido en su vida. Lucha con Raditz, con su verdadero origen, y gracias a Piccolo logra derrotarlo a costa de su propia vida. Sin embargo, ni siquiera la muerte lo detiene: entrenará en el otro lado hasta resucitar más adelante para enfrentarse a Nappa y Vegeta, dos saiyajines que invaden la Tierra. Se deshace del primero con suma facilidad; pero Vegeta es un guerrero de clase alta, un tipo que forma parte de la élite, y se lo pone difícil. Aun así, Goku no sabe nada de clases y talentos: él está ahí para defender el planeta; está más allá de la estructura social construida por los saiyajin; ni la conoce ni le interesa. Y logra herir el orgullo del príncipe Vegeta con la nueva técnica que le enseñó el Kaio del norte. 

El origen de una persona no determina su valía.  

Esa idea volverá a mostrarse de manera obvia mucho más tarde, al finalizar un digno enfrentamiento entre Goku y el dios de la destrucción Bills: «Solo porque es un dios, no tiene el derecho de decidir el límite de una persona», dice un Goku vencido que hizo todo lo posible por estar a la altura. Y lo estuvo, porque muy pocos mortales habrían resistido tanto. 

Lo que caracteriza a Goku es la perseverancia y el progreso constantes; no deja de evolucionar durante todo el anime. Hay una promesa implícita de mejora que produce una explosión catártica cuando llega. El público desea que Goku, ese amigo humilde que nos acompañó desde la infancia, vuelva a romper los límites; desea que un guerrero anónimo de clase baja ascienda al cielo de los dioses y se codee con ellos. Hay una grandeza innegable en la trama. Por eso la última serie, Dragon Ball Super, acaparó las miradas de internet durante sus últimos capítulos. La baja calidad de animación que tuvieron algunas partes no supuso un fracaso porque este universo, estos personajes, son nuestro hogar y nuestros amigos. ¿Quién no soñó alguna vez con viajar sobre la nube Kinton para hacerle una visita al maestro Roshi en su pequeña casa? 

Tras más de cuatro décadas desde su nacimiento, Bola de dragón es un auténtico hito cultural: videojuegos, películas, series, cómics, fanfics con millones de visitas. Incontables humanos comparten las aventuras de Goku y han sido inspirados por él. Pregunta a cualquiera que haya crecido con estos personajes y verás cómo se dibuja una sonrisa en su rostro. 

Akira Toriyama no murió. No morirá nunca. 

08 agosto 2026

El mundo de Rocannon

Se nota que El mundo de Rocannon es la primera novela publicada de Ursula, porque el prólogo tiene algunas descripciones áridas y nombres en exceso. Debe tenerse en cuenta que primero se publicó como un relato independiente y luego se usó para dar comienzo a esta historia. Por suerte, no es grave y la trama tarda muy poco en enderezarse. Aunque no está a la altura de Un mago de Terramar, es una obra notable que contiene un gran ingenio. A mí me gustó más que la del mago: la mezcla de ciencia ficción y fantasía, fórmula que se usó en La corona mágica, es mi debilidad. 

Voy a hacer lo posible por ser equilibrado, ya que esta novela me entusiasma profundamente. Ursula y Moorcock son mis dos autores favoritos del fantástico. En este caso, por cierto, es más bien ciencia fantástica; pero está mucho más cerca de la espada que de la pistola láser. 

Tenemos un universo con innumerables sistemas habitados y una «Liga de los Mundos». A ella pertenece Rocannon, un etnógrafo que investiga el planeta Fomalhaut II. En él conviven varias especies menos avanzadas, pueblos monárquicos que se asemejan a los que suelen aparecer en la fantasía. Yo veo conexiones entre los humanoides que usan monturas aladas y los heroicos caballeros; y entre los que viven en las profundidades y los enanos. También hay unos seres menudos llamados Fiia que recuerdan al clásico mundo feérico. Son transformaciones de los tópicos. Asimismo, la magia está atenuada; se presenta en forma de telepatía y fenómenos extraños propios de estas culturas. 

He de añadir que esos humanoides orgullosos y aristocráticos me traen reminiscencias del típico elfo que manifiesta esos rasgos. Serían, por ende, una curiosa mezcla de arquetipos. Y funciona muy bien, al menos para mí. 

Las diferentes especies son atacadas por unos visitantes desconocidos que vienen del espacio. Éstos eliminan a los compañeros de Rocannon e invaden Fomalhaut II. La amenaza no es pequeña, así que el protagonista inicia un viaje acompañado por el «caballero» o «elfo» Mogien, amén de otros compañeros, para solucionar el asunto. Por lo tanto, librar al planeta del enemigo es el objetivo, lo que incita a los personajes a emprender el peligroso camino. ¿Lo lograrán? Es complicado porque se trata de un invasor que, gracias a su tecnología, se estableció velozmente y eliminó pueblos enteros. 

El viaje de Rocannon y sus compañeros hasta la distante base del enemigo está, como debe ser, lleno de riesgos, los cuales se narran entre párrafos extensos pero ágiles. Pasan muchas cosas en poco tiempo y la lectura es amena, veloz. Yo me sorprendí al percatarme de que la novela sólo me duró un par de días a pesar de dedicarle una hora y pico en cada uno; es decir, unas tres horas en total. Podemos considerar que es breve si estás acostumbrado a leer. Muy buena para tomarse un respiro de algún mamotreto plúmbeo. 

No todas las amenazas a las que se enfrenta Rocannon son combates sencillos; también aparecen seres fascinantes e incomprensibles que lo pondrán en verdaderos apuros. Detrás de esos encuentros hay una reflexión interesante sobre lo diferentes que podrían llegar a ser otras especies del cosmos, idea que se desarolla de manera magistral en Solaris. En El mundo de Rocannon algunas criaturas parecen temibles, pero sus actos son correctos desde su perspectiva. Cualquier intento de imponer la ética ligada a nosotros desembocaría en incomprensión mutua. No existen la maldad o la bondad en sí mismas —son conceptos que se evaporarían si desaparecieran quienes los sustentan—, sino diferentes maneras de entenderlas según la especie. Por eso sería mejor, en ciertos casos, un sano distanciamiento. 

Terminado el viaje, se llega a un final que encaja con todo lo anterior. No decepciona. Quizá un aspecto que puede molestar es el nivel de acción: no va in crescendo; no vas a encontrar la clásica cadena de escenas épicas tan habitual en estas obras. A cambio, Ursula opta por introducir un momento que tiñe esa épica con una profunda melancolía. A mí me parece una elección igual de válida, aunque habrá a quien le guste menos. 

No se trata de una obra cumbre, pero no la dejes escapar si te gusta esa mezcla de fantasía y ciencia ficción. 

01 agosto 2026

Babylon 5

 


Voy a hacer algunos destripes leves. Son instantes que pueden producir un impacto negativo en el espectador —a mí me pasó—, y creo que su conocimiento reduce las posibilidades de que abandone la serie prematuramente. Por supuesto, eres libre de dejar la lectura. Te basta con saber que conviene aguantar hasta el final de la segunda temporada. Si para ese momento no te enganchó, no es tu tipo de ficción. No pasa nada. 

Babylon 5 es una estación espacial donde diferentes especies establecen relaciones diplomáticas, entre ellas la nuestra. Aquí no hay una nave explorando las estrellas; hay, sobre todo, política. Vemos a individuos intentando sobrevivir a la psicología colectiva, al peso dramático que pueden tener ciertas decisiones. 

La primera vez que entré en contacto con la serie fue hace unos diez años: intenté verla, pero abandoné durante los primeros episodios de la segunda temporada. No soporté que cambiasen al comandante de la estación porque tenía mucho carisma y un aura melancólica muy interesante. Su sustituto, además, me resultó genérico, el típico militar elocuente que llega para imponer orden. Tampoco me entusiasmó la promesa incumplida que se hizo con Delenn, la embajadora de una especie llamada minbari. Ésta pasa varios episodios en una crisálida porque va a transformarse, lo cual inyecta una gran expectativa. Es un buen gancho que, por desgracia, se convierte en decepción ante un simple cambio de peinado. Ni siquiera su personalidad evoluciona mucho. Yo esperaba algo más significativo. 

Sé que hay explicaciones de peso para ambos casos, pero no evitan que sean lastres. Ahora bien, el nuevo comandante termina ganándose al espectador y la metamorfosis de Delenn no está tan mal porque conecta con lo que vendrá. No todos los espectadores se molestan con eso. Aun así, es posible afirmar que la serie tiene un momento crítico en el que algunas personas pueden decidir dejarla. Y es una lástima porque luego la calidad sube como la espuma. A mí me hubiese gustado saberlo y por eso lo pongo aquí. 

La primera temporada es buena pero engañosa: da la impresión de que la serie es ligera, episódica, con personajes sencillos. Los dos más llamativos, G'kar y Londo, transmiten poca profundidad. El primero tiene aspecto de villano astuto; el segundo, de recurso cómico para mofarse del imaginario castrense y aristocrático. Ninguno es lo que parece, lo cual irá quedando claro en momentos donde se entreven otras facetas de su personalidad. Para que te hagas una idea, yo empecé teniéndole tirria a G'kar y Londo me resultaba simpático; sin embargo, eso cambió por completo. No sólo dejé de sentir rechazo por G'kar: se convirtió en uno de mis personajes favoritos del género. Hay una escena suya que me parece sublime porque muestra una fortaleza ética extraordinaria: la maldad del otro no justifica la nuestra. 

Pienso que ese par de alienígenas son el alma de Babylon 5; ambos tienen una excelente historia compartida y contradicciones internas que les llevarán por sendas tortuosas. 


Londo y G'kar


Moviéndose entre bambalinas tras esos y otros diplomáticos, se halla el representante de una especie antigua: los vorlon. Su embajador, Kosh, habla de forma críptica y está envuelto en enigmas. Usa un traje orgánico para ocultar su verdadero aspecto. Es una promesa del guión que se revelará en el momento adecuado y será muy satisfactoria, a diferencia de lo que ocurre con Delenn. Los vorlon son mi especie favorita: se alejan bastante de lo humano y el diseño de sus naves me parece genial.

Como no podía ser de otra forma, hay un villano recurrente: Alfred Bester, un telépata que pertenece a una organización con rasgos fascistas. El actor interpretaba a Chekov en la serie original de Star Trek y aquí hace un papel extraordinario. Es uno de esos personajes que se quedan insertados en la memoria para siempre. Tiene diálogos ingeniosos y es capaz de sorprender, amén de ser alguien malvado. Está muy bien construido; es lo contrario de un personaje plano. Sus fortalezas, debilidades e intereses se irán mostrando de manera progresiva. 

Bester no es la única dificultad: además de los inevitables conflictos fronterizos y raciales, las diferentes especies de Babylon 5 se enfrentan a una amenaza grave que podría acabar con todos: las sombras. Son un enemigo común taimado y complejo porque se infiltra y manipula. Eso da pie a uno de los mejores guiones que he visto en una serie. No hablo de ciencia ficción, ojo, sino en general. Y soy un seriéfilo. Sin revelar mucho, diré que en ese capítulo descubrirás la diferencia fundamental entre G'kar y Londo, por qué en ese instante hay una barrera entre ellos. Es un detalle sutil, filosófico e ingenioso. A veces los detalles pequeños son los que marcan los mayores abismos. 

Diría que las mejores temporadas de Babylon 5 son la tercera y la cuarta, donde culmina la guerra contra las sombras. Lo único que no me gusta de esos enemigos es la estética de sus naves: simplemente, usaron un concepto oscuro y arácnido que provoca rechazo en nosotros. Habría preferido algo más ignoto, extraño. Incluso lovecraftiano. Sin embargo, cumple con su función de desagradar. 

La quinta temporada es más tranquila, con menos giros; pero se deja ver y cierra muy bien los diferentes arcos. El guion es magnífico y tiene continuidad. Detalles que se mencionan en los primeros episodios se resuelven bastante más tarde. Eso da cohesión, una armonía intensa que no se percibe tanto en otras producciones similares porque acaban perdiendo el rumbo antes de llegar al final. 

Me parece lógico que siga contando con un buen número de seguidores. Es una de las mejores del género y la recomiendo desde aquí. Muchos de sus conflictos diplomáticos son un reflejo de nuestras tensiones políticas, las cuales se mueven en terrenos complejos, grises; aunque se intente vender algo más simple al ciudadano.  

18 julio 2026

Endymion

 


Si alguien me preguntase cuáles son las tres mejores novelas de ciencia ficción, Los cantos de Hyperion sería el primer nombre que diría sin dudar, a diferencia de otros que no sabría si poner o no en el podio. Siempre vi a Dan Simmons un poco como el Tolkien de ese género, alguien que ha construido un universo vastísimo con una prosa excelsa. 

La primera vez que leí Hyperion y La caída de Hyperion, los dos primeros títulos de la tetralogía, era un joven de unos ventisiete años. Fue una lectura que me impresionó hondamente, pero no continué con las dos obras faltantes y no la retomé hasta este mismo año. El motivo es simple: escoger es desechar. Cada vez que optamos por invertir tiempo en una obra determinada, debemos dejar otras en el limbo. Y el número de ellas que merecen la pena es extraordinario a estas alturas. Ya di por sentado, años atrás, que nunca podré leer todo lo que me gustaría; pero sabía que iba a regresar a Hyperion antes o después para terminar lo empezado. 

El momento llegó: tras releer de nuevo esos maravillosos cantos, donde un grupo variopinto de peregrinos debe encontrarse con el peligroso Alcaudón —la máquina cubierta de púas que aparece en la cubierta superior—, empecé al fin Endymion. La edición de Nova llevaba un montón de años esperando en la estantería, oculta tras libros de historia. 

Hay quien considera que Endymion es claramente inferior a las dos primeras, porque pasa a ser una novela de aventuras con buenas dosis de acción. Para mí es un cambio de enfoque que mantiene fresca la historia. Además, está  muy conectada con lo anterior; enseña lo que le sucedió a la humanidad tras La caída de Hyperion y reaparecen algunos de los objetos que usaban los peregrinos, lo cual impregna la trama de nostalgia. Y la prolepsis inicial, donde se muestra al protagonista en una prisión, es una manera brillante de comenzar porque introduce un elemento de suspense desde las primeras páginas. Simmons usará mucho estos momentos, cliffhangers, a lo largo de toda la novela. Son buenos, pero quizá abuse de ellos en algunas partes. 

El argumento es sencillo y fácil de seguir: la iglesia ha crecido hasta dominar a la mayor parte de la humanidad. Consigue eso gracias a los cruciformes, ya que pocos rechazarían uno de los anhelos más profundos: la inmortalidad. Esto crea una tensión muy interesante: ¿por qué un creyente necesita ser inmortal? ¿No hay cierta hipocresía o autoengaño detrás? La crítica es demoledora. 

Dentro de ese contexto, alguien llamado Raúl Endymion recibe el encargo de salvar a una niña —la hija de Lamia y el cíbrido que encarnaba al poeta John Keats— para evitar que caiga en manos de la iglesia. No estará solo, pues le acompañará un androide que se llama Bettik. La novela se encarga, sobre todo, de narrar las vicisitudes del viaje que realizan estos personajes; pero también tiene una segunda línea argumental protagonizada por un sacerdote capitán cuya meta es capturar a Aenea, la niña. 

Aquí es donde debo poner un párrafo muy curioso que está en el prólogo de mi ejemplar. Pertenece a un crítico que sólo veía en la novela un cliché de Star Wars: «Raul Endymion, un joven poco sofisticado de un planeta atrasado —Hyperion—, es enviado por un anciano sabio y en cierta forma místico a la imposible misión de rescatar una princesa —bueno, no precisamente una princesa, pero se trata de la hija de Keats, que es muy parecido. Y debe rescatarla de una fortaleza del imperio galáctico —que aquí se llama Pax, una especie de teocracia católica reconstruida. Toda la ayuda de que dispone es un talismán mágico —en este caso una alfombra voladora—, y un tímido y leal androide —en realidad hay dos robots si se tiene en cuenta la malhumorada y locuaz nave del espacio en la que escapan—. Encuentra a la chica, que resulta ser tan valiente y precoz que, desde ese momento, es ella quien toma todas las decisiones, y ambos son perseguidos de planeta en planeta por un obsesionado capitán sacerdote que nunca ceja en su empeño, aunque siempre fracasa estrepitosamente en su intento de capturarles». 

Entiendo la analogía, pero me parece falaz y simplista: ni ese anciano es exactamente sabio, ni el rescate sucede en algo que se asemeje a una fortaleza del imperio, ni la chica toma todas las decisiones. Es inevitable que las historias se parezcan porque están limitadas por nuestra visión de las cosas, pero eso no significa que sean lo mismo. Esa persona no entendió la obra, me temo. Quizá hasta se molestó con la feroz crítica a la iglesia y de ahí el desprecio. Lo del talismán me hace gracia; me recuerda a Propp, el autor de la Morfología del cuento. De hecho, Propp menciona la alfombra voladora como un objeto específico que lleva al héroe a su destino. Aunque habrá quien vea eso como un tópico, en el universo futurista planteado por Simmons es más bien un guiño delicioso a los cuentos clásicos. Y ya aparecía en las primeras obras. 

El motivo que me llevó a poner aquí el párrafo es que sirve para ilustrar esa sencillez de la que hablaba. Endymion es emocionante y muy digerible, un remanso que aligera la densidad anterior. Si nunca fuiste más allá de las dos primeras novelas, como yo, te animo a darle una oportunidad a la siguiente. Lo único que me disgustó fue la línea argumental del sacerdote; algunos fragmentos se me hicieron más pesados. Lo demás es una space opera espectacular: naves espaciales, asaltos, monstruos descomunales... Es complicado aburrirse con una mezcla así. 

Un detalle que molesta a algunas personas es la idea de que el amor esté entrelazado con el universo. Yo no lo veo mal porque un autor es libre de hacer eso en su ficción si quiere. Es decir, el amor —o el odio, o lo que sea— puede ser una fuerza cósmica siempre y cuando esté justificado en la trama. La literatura es un juego narrativo caracterizado por la libertad: puedes hacer que Dios sea una zapatilla, que la Tierra cobre vida, que un grupo de gnomos haga un partido anarcocapitalista y gane las elecciones... Lo que quieras. Las tendencias del mercado son una limitación para el que desee tener más posibilidades de publicar o seguir publicando, claro. Pero eso es otra historia. 

No digo nada de El ascenso de Endymion porque no la leí aún y no lo haré hasta que termine otros textos antes. Pero Endymion merece la pena por sí sola.