En la entrada anterior intenté, entre otras cosas, aclarar por qué el fantástico es valioso; sin embargo, sólo toqué la punta del iceberg y seguiré tocándola por muchas otras que escriba. Sería necesario un extenso ensayo para hacerle justicia. Aportaré un último grano de arena aquí. Voy a ceñirme a Tolkien porque me percaté de algo: debido a su popularidad, El señor de los anillos molesta mucho a ciertos críticos.
No soy fan de Tolkien. De hecho, me influenció mucho más Moorcock y eso se nota en algunos de mis textos; sin embargo, pienso que su obra es útil para servir de contrapeso a la corriente más sombría representada por autores como Martin o Avercrombie. Ahora más que nunca me parece necesario tenerla en cuenta para no perder de vista un horizonte esperanzador. Lo único que consigue el nihilismo es el anquilosamiento. «Soy el espíritu que siempre niega». Cuidado: no digo que esos autores o su estilo sean malos; yo mismo publiqué una novela que entra sin problemas en la fantasía oscura.
Creo que El señor de los anillos enseña valores importantes en una época donde impera el cinismo y el pesimismo. No se trata de autoayuda —eso lo escriben otros—, sino de una cosmovisión que engrandece a la humanidad.
Desde Gilgamesh, el primer relato conocido, la figura central suele estar apoyada por amistades; es bueno afrontar los peligros acompañado. Esto se ve a lo largo de toda la fantasía en diferentes formas. Harry Potter no lo habría logrado sin sus amigos, y tampoco Frodo Bolsón. Somos criaturas sociales, un zoon politikón, y eso se ve reflejado en estas historias.
Es evidente que un dragón, un názgul o un fantasma no son reales; pero el valor de los personajes que se enfrentan a ellos sí lo es, y también el resto de sus emociones y sentimientos. A mi juicio, una de las imágenes más trascendentes es Sam decidiendo no abandonar a Frodo en el río: pone la amistad por encima de su propia vida. Y eso sucede porque una amistad bien entendida, bien construida, es inestimable. Un amigo de verdad estará al lado en los peores momentos, ofreciendo apoyo y comprensión. No son fáciles de encontrar y hay quien cree que son tan ilusorios como un duende, pero existen. Esto no es un idealismo ingenuo.
La amistad entre Frodo y Sam es una de las más hermosas de toda la literatura. No sólo por las escenas emotivas, sino por cómo se pone a prueba durante los instantes más duros. La fidelidad de Sam es tan extrema que para rescatar a su amigo se enfrenta a un monstruo salido de las peores pesadillas. Alguien que viva encerrado en una burbuja, como el personaje de La vida es sueño, quizá piense que se trata de una relación idealizada. No es así: no es algo ajeno a la experiencia humana. Basta con echar un vistazo en las guerras, donde florece lo peor y lo mejor del ser humano.
Esto bastaría para colocar la obra de Tolkien en una posición digna, pero va mucho más lejos de mostrar el valor de la amistad con un imaginario potente. No voy a hacer un recorrido exhaustivo por todo lo que ofrece, ya que me llevaría una eternidad; sin embargo, usaré lo que considero más significativo.
Un elemento central es el anillo único. El concepto quizá fue inspirado por el anillo de Giges que sale en La república de Platón, pero en Tolkien es una magia perversa que corrompe. No sólo tiene la capacidad de invisibilizar a quien lo porte; puede servir, en determinados personajes, como amplificador de poder. Por supuesto, algo así es una fuente de tentaciones. Boromir quiere emplearlo porque considera que el fin justifica los medios y cae bajo su influjo; sin embargo, al final logra redimirse. Este personaje no es maniqueo; no todos los que aparecen en la obra lo son. Su redención es posible porque antes cometió un error.
Puedes cometer errores, todos los humanos lo hacen, y también sobreponerte y cambiar antes de que llegue el final. El mensaje es clásico, pero aquí cobra una belleza arrolladora. Tiene más impacto que en muchas obras costumbristas. Boromir es cuestionado en vida, pero honrado en la muerte.
Gollum, otro personaje ajeno al maniqueísmo —no considero un error que otros sí lo sean, sino una elección—, no tiene la misma suerte: la corrupción es tan intensa en él que mutó su cuerpo. Es un esclavo del poder, una criatura patética que casi perdió la capacidad de labrar su destino. Su historia es especialmente trágica porque Tolkien da unos pocos atisbos sobre su posible redención; mantiene viva la llama de la esperanza para apagarla de golpe al final. Eso es una sonora bofetada de... sí, realidad: el escorpión que no puede dejar de seguir su naturaleza y pica a la rana. Pero lo que hay debajo es impresionante: incertidumbre. Lo que ha sucedido podría haber sido muy diferente. Eso denota una comprensión profunda de cómo se entrelazan nuestras experiencias y los fenómenos multicausales que las influyen.
Aunque tuvo ocasiones para hacerlo, Frodo no acaba con Gollum porque en su mente quedaron impresas las palabras de Gandalf: «Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos». Este diálogo espectacular marca el destino de ambos.
La antítesis de Gollum es Tom Bombadil, alguien que no es afectado por el anillo porque ya tiene todo lo que necesita. Es decir, aunque hay un evidente conflicto que afecta a la Tierra Media, Bombadil no toma partido. Podría interpretarse como el avatar de las personas desapegadas, de la indiferencia; aunque Tolkien lo convierte en un misterio. Vemos, una vez más, un entendimiento intenso y holístico de lo real, de las diferentes filosofías que se hallan en la heterogeneidad humana. Y ésta en concreto es muy interesante y debatible.
Hay bastantes más escenas, símbolos, instantes que merecerían una entrada entera por sí solos. Tolkien es inmenso: pérdida, nostalgia, imposibilidad de restauración... Empero, iré a algo que me parece particularmente especial para terminar.
La maldad es deficiente. Puede ser muy artera, inteligente incluso; pero se enfoca en sobrevivir y acumular a costa de los demás: Ungoliant y su hambre insaciable. Eso provoca que cometa errores antes o después, como Sauron ignorando a los hobbits igual que un clasista despreciando al que considera inferior. Gracias a esa miopía, el anillo acaba destruido.
Y así toda una civilización termina inclinándose por deferencia ante unos diminutos y humildes hobbits.
Es un desenlace memorable. La historia no siempre la hacen los poderosos. ¿Qué es el poder? Como dije al inicio, no soy fan, incluso pasé muchos años saturado tras la moda de las películas; pero eso no me impide apreciar la indiscutible calidad de El señor de los anillos. Sólo soy un tipo al que le pareció injusto que algunas personas lo menoscaben sin tomarse el tiempo de conocerlo y analizarlo, porque se nota que sólo dicen generalidades. No necesitas despreciar un arte para ensalzar otro. El pensamiento dicotómico y compartimentado lleva a callejones sin salida.
El fantástico no es un género de evasión, sino un medio que la literatura usa para reflexionar sobre el poder, la moral y la fragilidad humana, entre otras cosas.
Lee y juzga por ti mismo. Lee todo lo que puedas; hay obras que merecen la pena en todas las culturas y épocas. No hagas caso de lo que algunos intelectuales apergaminados digan desde su torre de marfil.









