En la entrada anterior, Homo fabulans, dejé una sugerencia al final: «Seamos, pues, los mejores constructores posibles». Lo cierto es que se trata de una advertencia, porque los humanos somos capaces de construir nuestra propia jaula. Es la clásica distopía. A pesar de que la realidad es moldeable y las posibilidades son infinitas, no todas son positivas. En ese artículo fui alguien descriptivo y comprensivo, un observador que intenta estudiar el entorno; pero ahora sacaré el martillo. Voy a quitarme el disfraz de Visnú y me pondré el de Shiva.
Comenzaré por el elefante en la habitación: las religiones. Éstas dan un sentido y le ponen una tirita al abismo. Eso es bueno, porque no todos los humanos tienen la misma resistencia a la sensación de vacío. Quizá tú te atreves a mirar detrás del escenario y a sacar pecho, a abrazar la materia y olvidarte de todo lo demás; sin embargo, conozco personas que se derrumbaron al hacerlo. Y jamás se recuperaron, te lo aseguro. A mí no me preocupa especialmente: jamás creí en lo divino, ni siquiera cuando era niño e iba a un colegio estrictamente religioso. Es decir, soy como Obélix, que no necesita la poción mágica porque se cayó en la marmita. Aun así, el nihilismo me gruñe de vez en cuando. Por eso entiendo al creyente.
Con todo, sé que la heteronomía es peligrosa: puede ser una de esas jaulas de las que hablaba. Pero no hay que meter a todas las religiones en el mismo saco —no es igual el cristianismo que el sintoísmo—, y ya no tienen la misma intensidad que antaño. De hecho, yo creo que están muriendo lentamente, que sólo existirán durante una fase extensa de la historia humana. Son uno de los grandes relatos devorados por el tiempo. En mi opinión, irán volviéndose cada vez más personales y menos invasivas. Ni siquiera hoy tienen una presencia desmedida en algunos lugares. Ahora bien, el bosque del materialismo es duro, amoral; hay que tener una voluntad férrea para vivir en él. En consecuencia, infiero que siempre habrá quien desee tener un dios a su lado. Yo no lo veo mal siempre y cuando no haya ni fanatismo ni proselitismo.
Porque ahí está el problema: muchos de los que creen en un dios necesitan que los demás también lo hagan, pues para ellos es una verdad incuestionable. «Si tú no crees en él, él sí creerá en ti». Y de esa necesidad sale el reclutamiento para la salvación. Es decir, si Dios existe, es mi deber moral acercarte a él. Esto es peliagudo, sobre todo si se trata de una neoreligión perjudicial. Nunca faltarán charlatanes que quieran conseguir adeptos para beneficiarse.
En resumen, un caos; así es la realidad humana. Pero ese caos se empequeñece desde la distancia. Y mucho más desde el trono del tiempo. Asimismo, hay que tener en cuenta que la ética no necesita a las religiones, y quizá la mayoría de los humanos llenen el vacío con otros elementos, como el arte o los juegos. El hombre sólo es completo cuando juega.
Pasemos ahora al dios de los codiciosos: el dinero. Alguien me dijo, en privado, que le parece difícil que haya futuros cambios ahí. Pues los habrá. Ten en cuenta que el futuro no es ahora; ahora es el pasado. Estamos en la salida y ni siquiera hemos llegado a la mitad de la carrera. Nuestra historia acaba de comenzar. Tuvimos suerte, porque hemos podido conocer internet y toda la maraña cultural que ha traído consigo. Lo que quiero decir es que no veo posible que nuestro sistema económico permanezca inmutable por los siglos de los siglos. Llegará un momento en el que, debido a un motivo u otro, deberá transformarse. Supón que los androides se encargan de todo el trabajo. ¿Qué le queda al humano? Recibir una renta que le permita adquirir productos y que sirva de límite para que no se lleve una tienda entera.
Dicho esto, toca usar ese martillo: el capitalismo, que tiene sus sombras innegables, puede torcerse y crecer hasta convertirse en otra jaula. Humanos henchidos de billetes explotando a otros y dirigiendo estados o corporaciones desde las sombras. Estos tipos hasta podrían, gracias al transhumanismo, ser semidioses entre mortales. ¡Hágase su voluntad!
Personalmente, lo que más me preocupa es la inteligencia artificial, ya que también se nos puede ir de las manos. Está claro que muchos van a permitir que piense por ellos: abandonarán su cerebro biológico para sustituirlo por el artificial. ¿Para qué escribir un artículo si la IA puede hacerlo por mí? ¿Para qué escribir un ensayo? Es importante educar a los niños para que usen correctamente este nuevo elemento: deben emplearlo como una red de seguridad, no como un sirviente que se lo haga todo. Hay un episodio de Star Trek, El mejor ordenador, que ya criticaba esta posible amenaza.
Imagina un mundo donde los humanos son esclavos de un sistema que ni siquiera comprenden, porque la IA es un dios panteísta que no les deja avanzar.
Esta nueva tecnología no va a desaparecer, así que no queda más remedio que usarla en nuestro beneficio. Igual que todo lo demás. Nosotros somos los responsables de nuestro futuro. De nosotros depende que estas construcciones no sean barrotes o se rebelen como la criatura de Víctor Frankenstein.
Somos libres para construir algo que nos arrebate esa libertad.

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