Reseñas literarias y artículos culturales

jueves, 2 de abril de 2026

Dororo

 


Aunque Dororo no es la obra más conocida de Osamu Tezuka, cuenta con algunos elementos que la hacen especial; hay más profundidad en ella de lo que parece a simple vista. Intentaré mostrar por qué afirmo esto al tiempo que evito los peligrosos destripes. Puedes, por lo tanto, leer con tranquilidad lo que sigue. Y te recomiendo este manga ya en el primer párrafo. 

Para empezar, Dororo no es el nombre del protagonista, sino de su acompañante, un pequeño bribón que no deja de meterse en problemas. El héroe de esta historia, uno brutalmente trágico, se llama Hyakkimaru. Sin embargo, Dororo se dirige a él como Aniki, un apelativo que significa «hermano mayor». Esto es muy emotivo porque Dororo carece de familia, así que encuentra un apoyo inestimable en Hyakkimaru. Ambos se conocen de casualidad y su camino termina entrelazándose. 

El contexto en el que esos personajes se mueven es el periodo Sengoku, es decir, la época de las guerras constantes. No te dejes engañar por el estilo juvenil de Tezuka, porque habrá momentos muy luctuosos. Esto queda claro desde el inicio: Hyakkimaru tiene uno de los comienzos más duros que he visto en una historia de ficción. Su padre, un daimio ambicioso, lo entrega a los demonios a cambio de poder. Éstos no lo matan, pero se quedan con diferentes partes del cuerpo. En consecuencia, Hyakkimaru nace sin brazos, piel, ojos, piernas... Es sólo un bulto que apenas se mueve y respira. Debería estar muerto, realmente. Pero es interesante que siga vivo. Además, puede percibir las auras demoníacas de forma instintiva. 

Tras nacer, Hyakkimaru es abandonado en un río, igual que Moisés, y es recogido por un médico que hace prótesis. Aquí podemos acusar a Tezuka de que eso es demasiada casualidad, pero a mí no me parece grave: no creo que sea muy coherente exigir mucho realismo a algo que tiene un tono de mito. 

El médico le construye un cuerpo artificial para que pueda desenvolverse. Todo parece ir bien al principio, pero acaba descubriendo que Hyakkimaru atrae a los peligrosos yokais. Eso hace que deban separarse. Así el protagonista emprende una aventura para recuperar su cuerpo: cada demonio que destruye le otorga algo perdido. ¿Conseguirá lo que le falta? ¿Se reencontrará con su padre? Ésas y otras preguntas son las que envuelven la trama y sirven de acicate para el lector. 

Expuesto el argumento, vamos a lo que considero importante: ¿por qué afirmo que hay más profundidad de la que puedes ver en muchas otras historias? Porque habla de lucha y recuperación, de lo injusta que puede ser la realidad. Algunas personas tienen suerte y comienzan con una buena mano de cartas, pero otras deben arreglárselas con una simple pareja de doses. En el caso de Hyakkimaru, ni siquiera hay mano: su destino está decidido antes de llegar. Muchos en su situación querrían, con razón, rendirse; pero él opta por combatir hasta el final. Curiosamente, eso sería la filosofía del auténtico samurái, luchar aun sabiendo que se va a perder; pero los samuráis que aparecen en la obra no son muy bondadosos. La mayoría son monstruos sin escrúpulos en medio del horror. 

Lo que logra que Hyakkimaru salga adelante es el afecto: el médico se convierte en un padre para él, y Dororo, en su hermano menor. Desde luego, Dororo no deja de ser un imán para los embrollos; sin embargo, Aniki lo salva reiteradas veces. También, de vez en cuando, aparece un monje ciego que capta la verdadera naturaleza de Hyakkimaru y le echa una mano. El protagonista estaría condenado en un pozo de soledad si no fuese por ellos, pues son los únicos que lo ven como un humano a pesar de sus carencias. 

Este manga contiene buenas dosis de acción, escenas emotivas y diálogos graciosos. Todo, eso sí, bajo la pátina de un mundo miserable. Donde flojea un poco es en el final, que es un poco apresurado. Supongo que hubo condiciones duras de publicación que le impidieron al autor desarrollarlo a su gusto. Ese desenlace impide que la obra brille más, pero aún sigue siendo muy destacable. 

En Dororo subyace una luz mortecina bajo el barro y la sangre: con la compañía adecuada, es posible superar un buen número de adversidades. 

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