Reseñas literarias y artículos culturales

miércoles, 15 de abril de 2026

Homo fabulans

 


Alguien me preguntó, años atrás, quién había escrito la Odisea. Yo me quedé en silencio porque era evidente que la respuesta no podía ser lo obvio: me percaté de que, en realidad, no conocemos al autor de ese poema épico; pero hemos aceptado que un aedo llamado Homero está detrás. Esa hipótesis facilita las cosas, enfatiza la leyenda y nos brinda un personaje interesante. Además, lo que importa es la obra que nos ha llegado, su riqueza. 

Lo anterior es, por ende, una posible ficción inocua asimilada por el colectivo. Y lo que sigue es mi forma particular de ver el entorno. Distingo entre varios tipos de construcciones ficcionales: diseños estéticos, narraciones explícitas, convenciones sociales y estructuras de sentido. No considero que sean ilusorias, sino una hibridación entre lo real y lo ficticio. Imagina un hermoso jardín. Los elementos que lo constituyen son reales: una fuente, unos árboles formando un círculo, un seto. También lo es su organización, pero ahí entra una intencionalidad estética, una manera de buscar la armonía, la belleza subjetiva. 

Los humanos tejen sistemas que se entrelazan con lo natural. Muchos ignoran un gran número de ellos; los aceptan sin examinarlos como si fuesen algo que siempre estuvo ahí. Desde luego, eso es así desde un punto de vista individual, ya que nacemos en un mundo preconstruido donde muchas costumbres ya existían antes que nosotros. En consecuencia, se adoptan e imitan. Los antiguos homininos, en cambio, nacían en un mundo preestablecido por la naturaleza, y fueron moldeándolo durante el Holoceno. Estos desarrollos primigenios tienen una carga simbólica incipiente: domesticación de animales, cultivos, primeras casas. Algo muy distinto, por ejemplo, es una pirámide. La pirámide es un objeto real, sin duda; pero tiene un trasfondo metafísico. 

Por supuesto, estas construcciones semificcionales tienen consecuencias en la realidad. Y sus significados pueden variar. La esvástica, un símbolo milenario que representa la buena fortuna, fue mancillada por el nazismo. Muy pocas personas piensan hoy en la suerte cuando ven una. 

Recuerdo que durante mi infancia había una obsesión mayúscula por el fútbol. Si encendías el televisor, era muy probable que apareciese uno de los múltiples programas que hablaban del llamado «deporte rey». Esa afición de los adultos se transmitía a los niños, que intercambiaban cromos de sus jugadores favoritos, vestían sus camisetas y debatían sobre cuál era el mejor. Las conversaciones sobre fútbol imperaban en el ambiente, y el breve descanso entre clases se empleaba para practicarlo. Eso para mí supuso un calvario porque nunca me atrajo. Puedes creerme si te digo que jamás he jugado un partido; yo me dedicaba a otros entretenimientos con un grupo de amigos: Heroquest, Cruzada Estelar, etcSin embargo, comprendo por qué había tanto interés en el fútbol. 

En principio, se trata de una convención social donde un grupo de humanos adultos se dividen en dos equipos sobre un terreno delimitado. En él, entre faltas y pitidos, se desarrollan estrategias y unos pocos destacan sobre otros gracias a su habilidad, lo cual los convierte en una especie de héroes contemporáneos, en el caballero que logra matar al dragón. Son admirados por ello y premiados con otra convención de suma importancia: dinero. En consecuencia, tenemos una mezcla de heroísmo, fama y recompensa. ¿Cómo no soñar con ser la siguiente estrella internacional? Asimismo, sirve para integrarse en el grupo: un niño aficionado al fútbol se entiende de inmediato con el resto, funciona socialmente, hace amistades. 

Si un aficionado conoce a otro, le preguntará de qué equipo es y habrá una apasionada conversación. Esto le pone algo de sabor a la realidad, la hace más interesante. También puede decirse lo mismo de algunas tradiciones: están ahí para enriquecer la vida. 

Dejando a un lado esas convenciones, hay narrativas más evidentes. En la antigua Grecia se hacían representaciones teatrales. Las obras de Esquilo, Sófocles o Eurípides eran el equivalente a nuestras películas, un protocine. Gracias a los hermanos Lumière, ese añejo teatro alcanzó a una inmensa cantidad de población. Y el número de obras visuales es ahora abrumador. Alguien al que le interese el cine tiene la posibilidad de pasarse la vida disfrutando de infinitud de filmes. 

Las ficciones contenidas en una pantalla son explícitas; se separan con claridad del mundo real. Ocurre lo mismo con las series y ciertos programas televisivos. Este longevo espectáculo y su alcance masivo fueron, desde mi punto de vista, lo que facilitó que triunfasen los primeros YouTubers: se conservó el hábito de aceptar como famoso, relevante, a quien sale en una pantalla. No importaba que fuese más pequeña. 

Pero no todas estas construcciones son tan fáciles de percibir; algunas se camuflan durante determinadas fases históricas y se asumen como inevitables. Es complicado, por ejemplo, imaginarse hoy un mundo donde no exista el dinero; aunque no siempre existiese. O uno donde no haya poderes que organicen las sociedades. Sin embargo, también son una construcción, igual que el lenguaje. La diferencia está en su importancia de cara a la convivencia: sin ellas, el humano actual, que vive en sociedades complejas y masivas, se sumiría en el desorden. Un gran número de estudiosos debaten sobre cuál sería el mejor sistema; pero no existen reglas que consigan un cambio rápido y profundo: al progreso le gusta tomarse su tiempo. Quizá haya que cambiar el foco: los rearmes del edificio no son tan eficaces como el ascenso ético del constructor, porque él es el auténtico ladrillo del sistema. 

Si quieres conocer cómo es una especie en un momento concreto de su historia, basta con analizar sus construcciones y averiguar cuáles considera más trascendentes: ¿usa dinero?, ¿qué rituales emplea y en qué situaciones?, ¿cómo es el arte de sus ciudades? Porque las nuestras tienen colores y formas que van más allá de lo útil. Sería deprimente vivir en una ciudad donde todos los edificios fuesen grises e idénticos. Los humanos no son, desde luego, seres estrictamente pragmáticos: emplean muchas herramientas estéticas y símbolos para embellecer y organizar el entorno... o para transmitir sensaciones concretas que sirvan a un propósito. Pienso, por ejemplo, en la grandeza de una catedral. 

Sí, una reflexión sobre armazones ficcionales no podía dejar de lado al ámbito religioso. Pero cuidado: las religiones no son una simple superstición, sino una manera de satisfacer la búsqueda de sentido. Envidio la paz que destilan las personas que poseen las respuestas. Como yo no las tengo, a veces el nihilismo se convierte en un monstruo al que debo domesticar. Intuyo que las religiones no desaparecerán con los siglos. Seguro que evolucionarán de una u otra manera, porque esa necesidad de respuestas seguirá en nosotros. Es posible que incluso surjan nuevas creencias. 

Hubo un tiempo donde los poderosos estaban legitimados por el universo divino. Hoy el poder ya no es un dios entre mortales; es una trajeada hidra antropomorfa que vende ideologías. El líder político es un falso mesías, un héroe de las mil caras en apariencia, pues al final del día sólo se trata de un servidor público que intenta hacerlo lo mejor que puede. ¿Por qué seguimos necesitando esa aura hierática en nuestros líderes? Se trata, infiero, de una ficción heredada de tiempos pretéritos. Ahora bien, es posible que el político actual, acicateado por el imaginario de internet, se esté devorando a sí mismo: ¿es imprescindible el respeto para quien encarna el poder, para quien representa ese papel? 

Hay que añadir algo importante: estas construcciones de las que hablo no seguirán fijas siempre, cambiarán con el paso de los milenios a medida que progresen nuestras formas de ver el mundo. Y algunos roles sociales variarán. ¿Cómo serán los humanos del distante futuro? ¿Qué ficciones conservarán y cuáles crearán? ¿Qué efectos causará la reciente inteligencia artificial en ese entramado? Sería fascinante verlo, pero sólo podemos imaginarlo. 

Shakespeare dijo que el mundo es un escenario. Eso es cierto en parte. Sí, hemos moldeado la naturaleza y construido un teatro ciclópeo; pero esas representaciones son necesarias en un sentido u otro: el arte entretiene y embellece; la moneda limita y organiza; la religión da sentido, ética y justicia. Somos, desde luego, un homo fabulans, los narradores de nuestro viaje, constructores de mundos. Seamos, pues, los mejores fabuladores posibles. 

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