Reseñas literarias y artículos culturales

sábado, 23 de mayo de 2026

El Mercenario

 


El cómic de Segrelles me llamaba la atención desde hace bastantes años, así que decidí aprovechar la salida del magnífico integral que acaba de ponerse a la venta. Uno de los motivos que me llevó a hacerlo fue económico —es complicado decirle que no a cinco tomos por el precio de dos—, pero pesó más la potencia visual: como suelo leer textos densos, me da una inmensa paz introducirme rápido en un mundo de imágenes tan portentosas. Es decir, yo en estos casos le doy más importancia al dibujo que al guion. Y El Mercenario descuella por lo primero. Y mucho. 

Cada página está pintada al óleo con un mimo y perfeccionismo absolutos. Es fácil pasarse unos cuantos minutos admirando las composiciones, la belleza que se despliega en cada escena. Además, algunos detalles me llenan de nostalgia, porque me recuerdan a un juego de cartas que conocí en la juventud: La ira del dragón. Era un remedo de Magic que usaba ilustraciones de Segrelles y terminó siendo acusado por plagio y retirado del mercado. Aún hoy puede adquirirse en páginas de segunda mano. 

El talón de Aquiles de El Mercenario es la narrativa. Se nota que detrás hay, sobre todo, un ilustrador, alguien que no se complica demasiado a la hora de crear tramas o profundizar en psicologías. Me da la sensación de que primero piensa en el objeto que quiere plasmar y luego introduce al protagonista —el clásico héroe duro e inveterado— en él; por lo tanto, la historia está supeditada a la imagen. Si quiere meter una chica ligera de ropa, o una fortaleza de diseño fascinante, buscará cualquier excusa sencilla para hacerlo. Para escapar de una cárcel, por ejemplo, usa el recurso de la atracción femenina para engañar al guardián. 

Con todo, el guion se mantiene en pie gracias a los espectaculares momentos de acción y a la atmósfera única, reconocible, que solo vas a encontrar en estos tomos. Bastan unos segundos para percatarse de que esa página expuesta es de Segrelles. Asimismo, no puedo evitar preguntarme si El Mercenario hubiese funcionado igual de bien con una mayor complejidad. Quizá no. Parte de su encanto está en ser el representante de una época y conceptos particulares. Aunque hay tropos que se repiten, cada aventura despliega combates que se resuelven con ingenio. Eso consigue que la historia no se vuelva redundante. Segrelles no es, desde luego, Alan Moore; pero tiene una imaginación fértil y sabe darle el suficiente atractivo a las situaciones. Y los que admiran esta obra no necesitan una trama muy elaborada, imagino. Por otro lado, es bueno tener diferentes opciones según lo que apetezca a cada momento: algunos días son para escuchar Pink Floyd; otros, Queen


Un aspecto muy positivo es el cautivador mundo del protagonista: jinetes de dragón combatiendo entre montañas; inmensos monstruos acuáticos; ciudades misteriosas. El imaginario de Segrelles me parece espectacular. En todo momento transmite la sensación de que hay lugares secretos llenos de posibilidades aventureras. Se trata de un entorno sublime, fascinante y aterrador a la vez; aun así, el mercenario se mueve por él con la imperturbabilidad del héroe curtido que hace lo necesario, como todo buen personaje emblemático. 

Leí un comentario crítico en YouTube: «Los personajes se ven muy rígidos». Esto sucede porque usan armadura durante muchas viñetas. Cuando no la llevan, los cuerpos tienen más dinamismo. De todas formas, no se puede negar que hay cierta rigidez. A mí no me molesta; ni siquiera la percibo tanto como el autor del comentario. Lo que sí noto es un intento de generar épica y grandiosidad en cada viñeta. Hay una ambición notable. El protagonista se enfrenta a enemigos tan estéticamente memorables que se quedan grabados en la retina. 

Por ende, debo recomendar aquí este cómic a todo aquel que tenga dudas, que esté sepultado bajo la avalancha de novedades y no sepa qué camino tomar. El Mercenario es impresionante, un auténtico hito del género. Será difícil que te arrepientas si optas por él. Y viene con una buena cantidad de contenido extra. Si mi exigua economía me lo permite, también adquiriré el siguiente tomo. Este tipo de obras embellecen la realidad. Es de agradecer que existan. 

jueves, 14 de mayo de 2026

Y se hizo la luz

 


Tal vez hayas tenido la impresión de que soy un pesimista, lo cual es algo común y entendible en este momento histórico; pero eso no es cierto del todo: a pesar de que la humanidad deberá superar muchos obstáculos, pienso que alcanzará una meta luminosa. Como dije anteriormente, nuestra historia acaba de comenzar. Sería genial tener una máquina del tiempo e ir al distante futuro, hacerle una visita al año... diez mil, por ejemplo. Apuesto a que en esa época nuestras sociedades actuales se verán con una mezcla de comprensión y rechazo. ¿Y qué pasará con los humanos de un futuro aún más lejano? 

Por supuesto, no será fácil: la humanidad deberá perdonarse un gran número de injusticias, aceptar con resignación un pasado umbrío para construir lo que más valora. Además, tendrá que lograr adaptarse a todas las nuevas tecnologías, porque los cambios sociales que producen son muy profundos. Dos adelantos cercanos, internet y los móviles, son la muestra perfecta. Estos elementos no tienen nada de malo en sí mismos, pero necesitamos tiempo para domesticarlos. 

Cuando era joven, casi nadie tenía un ordenador en casa y menos aún internet. Los pocos que lo usaban se metían en foros, chateaban e imagino que usaban programas para descargar diferentes contenidos; es decir, para ser un artero y orgulloso pirata. Quien esté libre de haber hecho eso alguna vez, que tire la primera jarra de grog. Internet debía de costar lo suyo; así que existía un anhelo, supongo, de sacarle el máximo provecho. Causa y efecto. Poco a poco, este universo virtual se fue popularizando, entraron en escena los influencers, youtubers y otros nuevos roles sociales que se sumaron a los ya existentes. Yo mismo formo parte de uno que está prácticamente extinguido: los blogueros. Si no fuese por internet, no estarías leyéndome ahora.  

El cambio que produjo esto en nuestras vidas es profundo: los videoclubs desaparecen; se pierde interés en los formatos físicos —videojuegos, cedés, periódicos—; se democratiza el conocimiento; se generan nuevos modelos de negocio; llega la ciberdelincuencia... Por si no bastase, a alguien se le ocurrió traernos la inteligencia artificial, un adelanto que vive en internet y va a causar otros cambios pronunciados. 

Allá por inicios de los dos mil, momento en el que yo me metí en este mundo virtual, tenía la impresión de hallarme en el salvaje oeste: en los foros había normas estrictas —era común prohibir hablar de política y religión— y administradores que hacían las veces de sheriff; sin embargo, los troles se las ingeniaban para forzar los límites. Algunos eran graciosos, pero otros estaban decididos a sacar de quicio al mayor número posible de personas. Y en algunos lugares se formaban ambientes muy extraños donde se mantenía al trol con vida para que sirviese de entretenimiento. El trol se convertía así en una especie de bufón sin ser consciente de ello, como Sancho y Alonso sobre el caballo de madera. Estarás de acuerdo conmigo, espero, en que eso no era un entorno sano. 

Aquellos escenarios insalubres han cambiado: de los límites impuestos en foros pasamos a las turbas en redes sociales, humanos con antorchas quemando vivos a quienes dicen algo incómodo o especialmente grosero. El aumento de libertad y exposición tiene un precio. Debes ser previsor, asumir que aquí estás hablando en público y atenerte a las consecuencias. Muchas reacciones son más predecibles de lo que parece. Por supuesto, «predecible» no quiere decir «justo». Un grupo puede enfurecerse contra un individuo que martillea los cimientos de una cosmovisión. Es una posibilidad. De todos modos, lo que he visto en la mayoría de ocasiones es a un grupo aplastando un comentario tabernario. Y luego al autor del mismo quejándose de una censura inexistente, ya que puede seguir hablando en público y el texto sigue en la red.  

Cuidado: esto no quiere decir que la censura no exista. Hay personas que han sufrido un ostracismo extremo, una expulsión definitiva del colectivo. No puedo extenderme mucho en esto porque, sinceramente, es una ramificación del asunto que no conozco en profundidad. Imagino que habrá casos donde esa censura fue justificable y otros donde no. 

En suma, internet trajo un nuevo escenario donde los humanos pueden representar sus papeles. También se convirtió, para algunos, en un espejo que refleja imágenes inesperadas. Eso puede usarse para el aprendizaje y el crecimiento... o para enrocarse con puerilidad. Yo espero, a pesar de mis defectos, haber hecho una aportación positiva. 

Ahora, gracias a los móviles modernos, internet se ha expandido como nunca. Cualquiera puede tenerlo disponible en todo momento; se convirtió en la realidad tras la realidad. Los móviles ya eran un avance trascendente antes de eso porque la comunicación estaba más limitada: si querías quedar con un amigo, debías hacerlo de viva voz o por un teléfono fijo. Los móviles permitieron el contacto desde muchos espacios nuevos, en consecuencia, cohesionaron más a la humanidad. Esto es beneficioso, pero también trajo algunas desventajas: ansiedad por mensajes, expectativa de respuesta rápida, distracciones. Lo peor, en mi opinión, es la dependencia: hay personas que pueden entrar en una crisis severa si no disponen del móvil. 

Creo que ya dejé claro mi punto: los avances tecnológicos generan cambios acentuados en nuestras sociedades, y éstos son una amalgama de beneficios y desventajas. Hay que aprovecharse de las primeras y solventar las últimas. Es un error tomar una postura extrema —esto es herético o mirífico—, porque ofrece una visión reduccionista.

Si algo como la fusión entre los móviles e internet ha logrado tanto, ¿qué causará la llegada de un avance más extremo? A la humanidad le esperan grandes retos y es posible que tropiece mientras domestica las tecnologías; pero al final, cuando la tormenta pase, pienso que prevalecerá el deseo de aspirar a algo mejor. Incluso con todos sus problemas, el presente ofrece posibilidades que antes eran inexistentes. Y aunque parezca que las sociedades contemporáneas se hallan anquilosadas, no es así. Los cambios son ineludibles. El leviatán sigue su curso hacia un futuro esperanzador.