21 junio 2026

Por qué Tolkien importa

 


En la entrada anterior intenté aclarar por qué el fantástico es valioso; sin embargo, sólo toqué la punta del iceberg y seguiré tocándola por muchas otras que escriba. Sería necesario un extenso ensayo para hacerle justicia. Aportaré un último grano de arena aquí. Voy a ceñirme a Tolkien porque me percaté de algo: debido a su popularidad, El señor de los anillos molesta mucho a ciertos críticos. 

No soy fan de Tolkien. De hecho, me influenció más Moorcock y eso se nota en algunos de mis textos; sin embargo, pienso que su obra es útil para servir de contrapeso a la corriente sombría representada por autores como Martin o Abercrombie. Ahora más que nunca me parece necesario tenerla en cuenta para no perder de vista un horizonte esperanzador. Lo único que consigue el nihilismo es el anquilosamiento. «Soy el espíritu que siempre niega». Cuidado: no digo que esos autores o su estilo sean malos; yo mismo publiqué una novela que entra sin problemas en la fantasía oscura. 

Creo que El señor de los anillos enseña valores importantes en una época donde impera el cinismo y el pesimismo. No se trata de autoayuda —eso lo escriben otros—, sino de una cosmovisión que engrandece a la humanidad. 

Desde Gilgamesh, el primer relato conocido, la figura central suele estar apoyada por amistades; es bueno afrontar los peligros acompañado. Esto se ve a lo largo de toda la fantasía en diferentes formas. Harry Potter no lo habría logrado sin sus amigos, y tampoco Frodo Bolsón. Somos criaturas sociales, un zoon politikón, y eso se ve reflejado en estas historias. 

Es evidente que un dragón, un názgul o un fantasma no son reales; pero el valor de los personajes que se enfrentan a ellos sí lo es, y también el resto de sus emociones y sentimientos. A mi juicio, una de las imágenes más trascendentes es Sam en el río decidiendo no abandonar a Frodo: pone la amistad por encima de su propia vida. Y eso sucede porque una amistad bien entendida, bien construida, es inestimable. Un amigo de verdad estará al lado en los peores momentos, ofreciendo apoyo y comprensión. No son fáciles de encontrar y hay quien cree que son tan ilusorios como un duende, pero existen. Esto no es un idealismo ingenuo. 

La amistad entre Frodo y Sam es una de las más hermosas de toda la literatura. No sólo por las escenas emotivas, sino por cómo se pone a prueba durante los instantes más duros. La fidelidad de Sam es tan extrema que para rescatar a su amigo se enfrenta a un monstruo salido de las peores pesadillas. Alguien que viva encerrado en una burbuja, como el personaje de La vida es sueño, quizá piense que se trata de una relación idealizada. No es así: no es algo ajeno a la experiencia humana. Basta con echar un vistazo en las guerras, donde florece lo peor y lo mejor del ser humano. 

Esto bastaría para colocar la obra de Tolkien en una posición digna, pero va mucho más lejos de mostrar el valor de la amistad con un imaginario potente. No voy a hacer un recorrido exhaustivo por todo lo que ofrece, ya que me llevaría una eternidad. Usaré lo que considero más significativo. 

Un elemento central es el anillo único. El concepto quizá fue inspirado por el anillo de Giges que sale en La república de Platón, pero en Tolkien es una magia perversa que corrompe. No sólo tiene la capacidad de invisibilizar a quien lo porte; puede servir, en determinados personajes, como amplificador de poder. Por supuesto, algo así es una fuente de tentaciones. Boromir quiere emplearlo porque considera que el fin justifica los medios y cae bajo su influjo; sin embargo, al final logra redimirse. Este personaje no es maniqueo; no todos los que aparecen en la obra lo son. Su redención es posible porque antes cometió un error. 

Puedes cometer errores, todos los humanos lo hacen, y también sobreponerte y cambiar antes de que llegue el final. El mensaje es clásico, pero aquí cobra una belleza arrolladora. Tiene más impacto que en muchas obras costumbristas. Boromir es cuestionado en vida, pero honrado en la muerte.

Gollum, otro personaje ajeno al maniqueísmo —no considero un error que otros sí estén cerca de eso, sino una elección—, no tiene la misma suerte: la corrupción es tan intensa en él que mutó su cuerpo. Es un esclavo del poder, una criatura patética que casi perdió la capacidad de labrar su destino. Su historia es especialmente trágica porque Tolkien da unos pocos atisbos sobre su posible redención; mantiene viva la llama de la esperanza para apagarla de golpe al final. Eso es una sonora bofetada de... sí, realidad: el escorpión que no puede dejar de seguir su naturaleza y pica a la rana. Pero lo que hay debajo es impresionante: incertidumbre. Lo que ha sucedido podría haber sido muy diferente. Eso denota una comprensión profunda de cómo se entrelazan nuestras experiencias y los fenómenos multicausales que las influyen. 

Aunque tuvo ocasiones para hacerlo, Frodo no acaba con Gollum porque en su mente quedaron impresas las palabras de Gandalf: «Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos». Este diálogo espectacular marca el destino de ambos. 

La antítesis de Gollum es Tom Bombadil, alguien que no es afectado por el anillo porque ya tiene todo lo que necesita. Es decir, aunque hay un evidente conflicto que afecta a la Tierra Media, Bombadil no toma partido. Podría interpretarse como el avatar de las personas desapegadas, de la indiferencia; aunque Tolkien lo convierte en un misterio. Vemos, una vez más, un entendimiento intenso y holístico de lo real, de las diferentes filosofías que se hallan en la heterogeneidad humana. Y ésta en concreto es muy interesante y debatible. 

Hay bastantes más escenas, símbolos, instantes que merecerían una entrada entera por sí solos. Tolkien es inmenso: pérdida, nostalgia, imposibilidad de restauración... Empero, iré a algo que me parece particularmente especial para terminar. 

La maldad es deficiente. Puede ser muy artera, inteligente incluso; pero se enfoca en sobrevivir y acumular a costa de los demás: Ungoliant y su hambre insaciable. Eso provoca que cometa errores antes o después, como Sauron ignorando a los hobbits igual que un clasista despreciando al que considera inferior. Gracias a esa miopía, el anillo acaba destruido. 

Y así toda una civilización termina inclinándose por deferencia ante unos diminutos y humildes hobbits. 

Es un desenlace memorable. La historia no siempre la hacen los poderosos. ¿Qué es el poder? Como dije al inicio, no soy fan, incluso pasé muchos años saturado tras la moda de las películas; pero eso no me impide apreciar la indiscutible calidad de El señor de los anillos. Sólo soy un tipo al que le pareció injusto que algunas personas lo menoscaben sin tomarse el tiempo de conocerlo y analizarlo, porque se nota que sólo dicen generalidades. No necesitas despreciar un arte para ensalzar otro. El pensamiento dicotómico y compartimentado lleva a callejones sin salida. 

El fantástico no es simplemente un género de evasión, sino un medio que la literatura usa para reflexionar sobre el poder, la moral y la fragilidad humana, entre otras cosas. De todos modos, no hay que olvidar que toda obra literaria necesita suscitar interés a su manera; el Quijote o Los hermanos Karamázov no fueron escritos para aburrir. No hay nada de malo en leer para evadirse. 

Lee y juzga por ti mismo. Hay obras que merecen la pena en todas las culturas y épocas. No hagas caso de lo que algunos intelectuales apergaminados digan desde su torre de marfil. 

19 junio 2026

El héroe contra lo imposible

 


Hay un concepto que se repite a lo largo de los siglos: un individuo se enfrenta a algo que lo supera ampliamente. Puede ser el típico dragón, un ejército o incluso un dios. En My Name is Nobody, un conocido spaghetti western, vemos a Henry Fonda oponerse a una horda de jinetes. En One Piece, uno de los mangas de mayor peso actualmente, es común que el protagonista se enfrente a auténticos titanes, rivales con un poder extraordinario. 

Por lo tanto, uno de los aspectos que encumbran al héroe es su valor a la hora de mantenerse erguido frente a lo imposible: el samurái luchando aun sabiendo que va a perder o el caballero cargando contra una hidra. La idea es recurrente porque la vida es recurrente. No es posible huir por completo de los tropos narrativos. 

Cervantes tocó el concepto en la escena de los molinos. Nos reímos de Alonso porque creía que eran gigantes, pero... ¿y si fuesen gigantes realmente? En ese caso, incluso si fuese aniquilado, se habría ganado nuestro respeto. Por cierto, no creo que el Quijote sea simplemente una burla de los libros de caballerías. Quizá algún día me atreva a reseñarlo, pero necesitaré tiempo para explicar lo que esa obra me dice. Creo que me resultará complicado transmitir la verdadera grandeza que subyace en ella. 

Independientemente de qué personaje o situación sea, la imagen del héroe irguiéndose ante un tsunami ofrece varias lecturas y puede tomarse como una alegoría. Es difícil evitar que las obras sean interpretadas alegóricamente. Éowyn luchando contra el rey brujo o Gandalf colocándose ante el balrog para que los demás puedan retirarse, igual que Leónidas en la antigüedad, se asemejan a cualquiera de los peligros que debemos afrontar cada día, desde un matón hasta una enfermedad. 

Y eso es así porque nadie crea desde el vacío: las obras nacen en la realidad y se nutren de ella. Afirmar, por lo tanto, que algunos libros se mueven sólo en el universo de los sueños es absurdo. Ninguno lo hace. De hecho, pocos géneros han sido más ácidos con las sociedades que el fantástico y la ciencia ficción. Se me vienen ahora a la cabeza Los viajes de Gulliver, La ciudad de los libros soñadores o Rebelión en la granja. Son novelas con críticas que considero importantes. 

Esta idea del héroe que avanza hacia oponentes formidables también tiene su trascendencia. Pondré un ejemplo: Dragon Ball. Su protagonista, Goku, debe estamparse contra sólidos muros de maldad, y uno de sus ataques especiales, la Genkidama, requiere la ayuda de los demás, del colectivo: todos deben alzar las manos para aportarle energía. Es un juego que interactúa con el espectador. Pues bien, quizá hayas visto la foto del niño enfermo que alza sus brazos en un hospital mientras ve Dragon Ball en el televisor. No se trata solo de apoyo al héroe; Goku jamás se rinde y va más allá de sus límites, lo cual se transmite a quien lo sigue. Ahí observamos cómo una ficción despreciada por algunos académicos tiene una consecuencia real. Los fans que toman a ese personaje como ejemplo intentan superarse a sí mismos para vencer una dificultad. 

Hay varios motivos que generan placer cuando vemos al héroe en esas encrucijadas. Infiero que uno de los más comunes es ponernos en su lugar y así cumplir anhelos profundos, acciones que nos resultarían inalcanzables porque nuestro cerebro está programado para la supervivencia. Si un cíclope apareciese en plena calle, el instinto nos haría escapar. Es lo que hace un animal cuando se cruza con su depredador. Admiramos al héroe, entre otras cosas, porque va más allá de ese instinto, logra dominarlo y realizar algo que llamamos «valiente». El objetivo suele ser altruista, salvar a otro; pero no tiene por qué ser ése: tras un acto heroico puede haber ambición, como en Los violentos de Kelly. Aun así, no deja de ser catártico descubrir cómo se sortearán las diferentes amenazas hasta alcanzar la recompensa. 

Un héroe es, en definitiva, una idea antropológica que se mueve entre dos mundos: el real y el ficcional. Conocer a los héroes es conocernos a nosotros mismos, porque todo humano tiene el potencial de ser uno en un momento dado, incluso el más avieso y medroso. Quizá eso de llevar armadura y un mandoble para luchar contra un ogro te quede grande, pero hasta el acto más pequeño te aproxima un poco a los héroes. Charlar un rato con alguien que vive en la calle o ayudar a una persona que acaba de caerse son acciones al alcance de cualquiera. Por otro lado, quizá no consigas nada material si decides tomar el camino difícil y enfrentarte a lo imposible; pero seguro que algo ganarás por el camino si no te devora el ogro. 

Tampoco hay que olvidar, si nos ceñimos a lo real, que a veces el valor y la locura están separados por una línea difusa. Hay que saber cuándo conviene retirarse. Incluso los héroes de la ficción, en algunas ocasiones, demuestran coraje al aceptar una derrota para ir a otras batallas. 

Pondré otra muestra del extenso repertorio que ofrece el fantástico: la prueba de valía. A veces el héroe debe demostrar que es digno para conseguir algo a cambio. Goku debía tener un corazón puro para subirse en la nube que usaba para viajar; Atreyu, protagonista de La historia interminable, no se detuvo tras ver cómo un caballero fracasaba cuando intentaba cruzar entre las esfinges. ¿Podemos aplicar esto a nuestro día a día? 

Desde que llegamos a este mundo preconstruido, somos sometidos a constantes pruebas: exámenes, decisiones morales, entrevistas de trabajo. Todos debemos demostrar, en un momento dado, que somos capaces de realizar algo. La fantasía no te va a enseñar conocimientos técnicos, pero sí una actitud digna frente a los «monstruos». El héroe avanza con la cabeza alta y acepta tanto la posibilidad de fracasar como el fracaso mismo. Luego, en caso de ser herido, se recupera y sigue con su lucha. Y si la derrota es absoluta, al menos habrá tenido las riendas de su vida. Por eso el capitán Roger —One Piece— ríe antes de su ejecución: la muerte es inevitable, pero fue dueño de su destino y cumplió su meta. 

Queda claro, espero, que estas ficciones contienen muchas enseñanzas y es un error calificarlas como simples obras de evasión para menospreciarlas. No es muy probable que debas vértelas con una mantícora, pero sí con situaciones similares donde te vendrán bien la templanza y la perseverancia. Un personaje que posee esas cualidades y me agrada especialmente es Samsagaz, de El señor de los anillos, porque es alguien que no se rinde a pesar de toda la oscuridad que envuelve su viaje. «Para que el bien reine en este mundo, señor Frodo. Se puede luchar por eso». 

No se trata de derrotar lo imposible; se trata de enfrentarse a ello con dignidad. 

10 junio 2026

Ambiente

 


Encontré la novela en una librería de viejo por ochenta céntimos, así que fue prácticamente un regalo. La adquirí sin pensarlo mucho porque la sinopsis despertó mi curiosidad: Norteamérica perdió el juicio y se sumió en la decadencia más absoluta. Los protagonistas —un guardaespaldas, una prostituta-esclava y un magnate— son la consecuencia de un entorno retorcido. No es casualidad que el título sea Ambiente; aunque tiene un significado más siniestro, como se verá. 

«El titular del Times decía: Madre devora a su bebé; los restos de éste aparecían fotografiados en la página dos. Secretos sexuales psíquicos de los senadores, decía el segundo titular. La sección local no era nada nuevo. Dos bombas habían estallado en las torres Trade; ninguna de las plantas de Dryco sufrió daños. El brazo de la estatua de la libertad había sido volado; había una foto de la amputación. [...] El río Harlem estaba en llamas. El destripador de Hackensack había perpetrado su crimen número mil...». 

La imagen de la estatua de la libertad amputada es clave: el mayor icono de una sociedad ha sido mancillado; representa el colapso civilizatorio. Parece que la intención de Womack es ir más allá de La naranja mecánica, una de las obras que inspiraron a ésta: las instituciones se han deformado por completo, las reglas se han degenerado hasta ser un cúmulo de violencia donde la vida carece de valor. Cada individuo se vuelve un auténtico superviviente, porque en cualquier momento puede ser asesinado en plena calle. Lo que tenemos aquí, por lo tanto, es un escenario dantesco bajo el que opera una trama sencilla. 

El objetivo de los protagonistas es eliminar al jefazo de la empresa para quedarse con todo el pastel. No hay subtramas y el estilo es directo, pero eso no quiere decir que se trate de una lectura fácil, ya que el idioma se subvirtió —incluso hay colectivos que desarrollaron un dialecto propio— y eso provoca que varios diálogos sean confusos. Las abundantes descripciones enumerativas, encargadas de generar una atmósfera caótica, también contribuyen a la dificultad. Intuyo que eso asfixiará a algunos lectores. Yo me acostumbré y no tuve problemas, pero quiero dejarlo claro: en Ambiente predomina... el ambiente, la exposición de un pueblo sumido en una decadencia absoluta. El foco está más en eso que en la trama. 

Los límites son tan forzados que se percibe una cierta irrealidad: aunque una civilización se arruine, es muy complicado que llegue a esa situación tan exagerada. Hablamos de una ficción donde militares disparan alegremente por las calles hasta que son liquidados y saqueados; donde el protagonista se encuentra un esqueleto tirado por ahí y se dedica a patear el cráneo sin darle importancia alguna, como si fuese la lata de un refresco. Hay ejemplos más extremos, imágenes que el autor usa para impactar. Casi podría tomarse como una sátira de las distopías.

El título de la novela, sin ir más lejos, tiene doble significado: además del obvio, se refiere a un grupo de humanos llamados «ambientes» porque tienen deformaciones y mutaciones. En principio, surgieron por un accidente en una planta nuclear; pero luego se sumaron personas que escogieron ser ambientes por voluntad propia. Es decir, individuos que deciden automutilarse o modificarse, como la mujer de la cubierta que tiene clavos en la cabeza, porque han adoptado esos rasgos como una identidad cultural. La construcción de este universo distópico es muy detallada e interesante... de ahí que pesen tanto las continuas exposiciones del entorno. 

La trama sabe entretener y cuenta con giros emocionantes. La segunda mitad del libro es mucho más ágil que la primera. Hay acción, descubrimientos, brutalidad. Womack no se contiene por nada ni por nadie: aunque resulte ofensiva para algunos lectores, usará cualquier idea que armonice con el relato. La parte problemática, a mí parecer, es el final: está bien construido, pero quizá no satisfaga a todos porque deja algunas incógnitas sin responder. ¿Es un mal final? No, y a mí me gusta así; pero comprendo que exaspere a algunos. 

Ambiente es una obra con altibajos: tarda en arrancar, pero luego cumple; tiene varias partes confusas, pero también otras brillantes. No está mal para darle una lectura si te gustan las distopías. Al parecer, Womack escribió más novelas sobre el mismo universo. Yo de momento tuve suficiente. No creo que siga leyendo.