El cómic de Segrelles me llamaba la atención desde hace bastantes años, así que decidí aprovechar la salida del magnífico integral que acaba de ponerse a la venta. Uno de los motivos que me llevó a hacerlo fue económico —es complicado decirle que no a cinco tomos por el precio de dos—, pero pesó más la potencia visual: como suelo leer textos densos, me da una inmensa paz introducirme rápido en un mundo de imágenes tan portentosas. Es decir, yo en estos casos le doy más importancia al dibujo que al guion. Y El Mercenario descuella por lo primero. Y mucho.
Cada página está pintada al óleo con un mimo y perfeccionismo absolutos. Es fácil pasarse unos cuantos minutos admirando las composiciones, la belleza que se despliega en cada escena. Además, algunos detalles me llenan de nostalgia, porque me recuerdan a un juego de cartas que conocí en la juventud: La ira del dragón. Era un remedo de Magic que usaba ilustraciones de Segrelles y terminó siendo acusado por plagio y retirado del mercado. Aún hoy puede adquirirse en páginas de segunda mano.
El talón de Aquiles de El Mercenario es la narrativa. Se nota que detrás hay, sobre todo, un ilustrador, alguien que no se complica demasiado a la hora de crear tramas o profundizar en psicologías. Me da la sensación de que primero piensa en el objeto que quiere plasmar y luego introduce al protagonista —el clásico héroe duro e inveterado— en él; por lo tanto, la historia está supeditada a la imagen. Si quiere meter una chica ligera de ropa, o una fortaleza de diseño fascinante, buscará cualquier excusa sencilla para hacerlo. Para escapar de una cárcel, por ejemplo, usa el recurso de la atracción femenina para engañar al guardián.
Con todo, el guion se mantiene en pie gracias a los espectaculares momentos de acción y a la atmósfera única, reconocible, que solo vas a encontrar en estos tomos. Bastan unos segundos para percatarse de que esa página expuesta es de Segrelles. Asimismo, no puedo evitar preguntarme si El Mercenario hubiese funcionado igual de bien con una mayor complejidad. Quizá no. Parte de su encanto está en ser el representante de una época y conceptos particulares. Aunque hay tropos que se repiten, cada aventura despliega combates que se resuelven con ingenio. Eso consigue que la historia no se vuelva redundante. Segrelles no es, desde luego, Alan Moore; pero tiene una imaginación fértil y sabe darle el suficiente atractivo a las situaciones. Y los que admiran esta obra no necesitan una trama muy elaborada, imagino. Por otro lado, es bueno tener diferentes opciones según lo que apetezca a cada momento: algunos días son para escuchar Pink Floyd; otros, Queen.
Un aspecto muy positivo es el cautivador mundo del protagonista: jinetes de dragón combatiendo entre montañas; inmensos monstruos acuáticos; ciudades misteriosas. El imaginario de Segrelles me parece espectacular. En todo momento transmite la sensación de que hay lugares secretos llenos de posibilidades aventureras. Se trata de un entorno sublime, fascinante y aterrador a la vez; aun así, el mercenario se mueve por él con la imperturbabilidad del héroe curtido que hace lo necesario, como todo buen personaje emblemático.
Leí un comentario crítico en YouTube: «Los personajes se ven muy rígidos». Esto sucede porque usan armadura durante muchas viñetas. Cuando no la llevan, los cuerpos tienen más dinamismo. De todas formas, no se puede negar que hay cierta rigidez. A mí no me molesta; ni siquiera la percibo tanto como el autor del comentario. Lo que sí noto es un intento de generar épica y grandiosidad en cada viñeta. Hay una ambición notable. El protagonista se enfrenta a enemigos tan estéticamente memorables que se quedan grabados en la retina.
Por ende, debo recomendar aquí este cómic a todo aquel que tenga dudas, que esté sepultado bajo la avalancha de novedades y no sepa qué camino tomar. El Mercenario es impresionante, un auténtico hito del género. Será difícil que te arrepientas si optas por él. Y viene con una buena cantidad de contenido extra. Si mi exigua economía me lo permite, también adquiriré el siguiente tomo. Este tipo de obras embellecen la realidad. Es de agradecer que existan.



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