18 julio 2026

Endymion

 


Si alguien me preguntase cuáles son las tres mejores novelas de ciencia ficción, Los cantos de Hyperion sería el primer nombre que diría sin dudar, a diferencia de otros que no sabría si poner o no en el podio. Siempre vi a Dan Simmons un poco como el Tolkien de ese género, alguien que ha construido un universo vastísimo con una prosa excelsa. 

La primera vez que leí Hyperion y La caída de Hyperion, los dos primeros títulos de la tetralogía, era un joven de unos ventisiete años. Fue una lectura que me impresionó hondamente, pero no continué con las dos obras faltantes y no la retomé hasta este mismo año. El motivo es simple: escoger es desechar. Cada vez que optamos por invertir tiempo en una obra determinada, debemos dejar otras en el limbo. Y el número de ellas que merecen la pena es extraordinario a estas alturas. Ya di por sentado, años atrás, que nunca podré leer todo lo que me gustaría; pero sabía que iba a regresar a Hyperion antes o después para terminar lo empezado. 

El momento llegó: tras releer de nuevo esos maravillosos cantos, donde un grupo variopinto de peregrinos debe encontrarse con el peligroso Alcaudón —la máquina cubierta de púas que aparece en la cubierta superior—, empecé al fin Endymion. La edición de Nova llevaba un montón de años esperando en la estantería, oculta tras libros de historia. 

Hay quien considera que Endymion es claramente inferior a las dos primeras, porque pasa a ser una novela de aventuras con buenas dosis de acción. Para mí es un cambio de enfoque que mantiene fresca la historia. Además, está  muy conectada con lo anterior; enseña lo que le sucedió a la humanidad tras La caída de Hyperion y reaparecen algunos de los objetos que usaban los peregrinos, lo cual impregna la trama de nostalgia. Y la prolepsis inicial, donde se muestra al protagonista en una prisión, es una manera brillante de comenzar porque introduce un elemento de suspense desde las primeras páginas. Simmons usará mucho estos momentos, cliffhangers, a lo largo de toda la novela. Son buenos, pero quizá abuse de ellos en algunas partes. 

El argumento es sencillo y fácil de seguir: la iglesia ha crecido hasta dominar a la mayor parte de la humanidad. Consigue eso gracias a los cruciformes, ya que pocos rechazarían uno de los anhelos más profundos: la inmortalidad. Esto crea una tensión muy interesante: ¿por qué un creyente necesita ser inmortal? ¿No hay cierta hipocresía o autoengaño detrás? La crítica es demoledora. 

Dentro de ese contexto, alguien llamado Raúl Endymion recibe el encargo de salvar a una niña —la hija de Lamia y el cíbrido que encarnaba al poeta John Keats— para evitar que caiga en manos de la iglesia. No estará solo, pues le acompañará un androide que se llama Bettik. La novela se encarga, sobre todo, de narrar las vicisitudes del viaje que realizan estos personajes; pero también tiene una segunda línea argumental protagonizada por un sacerdote capitán cuya meta es capturar a Aenea, la niña. 

Aquí es donde debo poner un párrafo muy curioso que está en el prólogo de mi ejemplar. Pertenece a un crítico que sólo veía en la novela un cliché de Star Wars: «Raul Endymion, un joven poco sofisticado de un planeta atrasado —Hyperion—, es enviado por un anciano sabio y en cierta forma místico a la imposible misión de rescatar una princesa —bueno, no precisamente una princesa, pero se trata de la hija de Keats, que es muy parecido. Y debe rescatarla de una fortaleza del imperio galáctico —que aquí se llama Pax, una especie de teocracia católica reconstruida. Toda la ayuda de que dispone es un talismán mágico —en este caso una alfombra voladora—, y un tímido y leal androide —en realidad hay dos robots si se tiene en cuenta la malhumorada y locuaz nave del espacio en la que escapan—. Encuentra a la chica, que resulta ser tan valiente y precoz que, desde ese momento, es ella quien toma todas las decisiones, y ambos son perseguidos de planeta en planeta por un obsesionado capitán sacerdote que nunca ceja en su empeño, aunque siempre fracasa estrepitosamente en su intento de capturarles». 

Entiendo la analogía, pero me parece falaz y simplista: ni ese anciano es exactamente sabio, ni el rescate sucede en algo que se asemeje a una fortaleza del imperio, ni la chica toma todas las decisiones. Es inevitable que las historias se parezcan porque están limitadas por nuestra visión de las cosas, pero eso no significa que sean lo mismo. Esa persona no entendió la obra, me temo. Quizá hasta se molestó con la feroz crítica a la iglesia y de ahí el desprecio. Lo del talismán me hace gracia; me recuerda a Propp, el autor de la Morfología del cuento. De hecho, Propp menciona la alfombra voladora como un objeto específico que lleva al héroe a su destino. Aunque habrá quien vea eso como un tópico, en el universo futurista planteado por Simmons es más bien un guiño delicioso a los cuentos clásicos. Y ya aparecía en las primeras obras. 

El motivo que me llevó a poner aquí el párrafo es que sirve para ilustrar esa sencillez de la que hablaba. Endymion es emocionante y muy digerible, un remanso que aligera la densidad anterior. Si nunca fuiste más allá de las dos primeras novelas, como yo, te animo a darle una oportunidad a la siguiente. Lo único que me disgustó fue la línea argumental del sacerdote; algunos fragmentos se me hicieron más pesados. Lo demás es una space opera espectacular: naves espaciales, asaltos, monstruos descomunales... Es complicado aburrirse con una mezcla así. 

Un detalle que molesta a algunas personas es la idea de que el amor esté entrelazado con el universo. Yo no lo veo mal porque un autor es libre de hacer eso en su ficción si quiere. Es decir, el amor —o el odio, o lo que sea— puede ser una fuerza cósmica siempre y cuando esté justificado en la trama. La literatura es un juego narrativo caracterizado por la libertad: puedes hacer que Dios sea una zapatilla, que la Tierra cobre vida, que un grupo de gnomos haga un partido anarcocapitalista y gane las elecciones... Lo que quieras. Las tendencias del mercado pueden suponer una limitación para el que quiera tener más posibilidades de publicar o seguir publicando, claro. Pero eso es otra historia. 

No digo nada de El ascenso de Endymion porque no la leí aún y no lo haré hasta que termine otros textos antes. Pero Endymion merece la pena por sí sola. 

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