En el orwelliano año 84 llegó a la gran pantalla un personaje destinado a convertirse en un icono del terror: Freddy Krueger. Hoy prácticamente todas las personas lo reconocen al instante y algunas se disfrazan de él en determinadas fechas. Por un módico precio puedes adquirir réplicas de su célebre guante con cuchillas, su sombrero o el característico jersey de rayas rojas y oscuras.
Recuerdo que me daba muchísimo miedo en mi infancia, tanto que hasta tenía pesadillas con él. Era lógico, ya que recoge el testigo de algunos siniestros seres que pueblan el folklore europeo: la Mara, los íncubos, los súcubos, el Alp... Asimismo, tiene similitudes con las criaturas tradicionales que se usan para asustar a los niños díscolos, como el hombre del saco o el coco. El propio director, Wes Craven, dijo que una de sus inspiraciones fue algo que le sucedió cuando era pequeño: vio a un hombre con sombrero que se detuvo y le devolvió una mirada amenazadora. Seguro que esa imagen lo acompañó durante toda su vida hasta que germinó en Pesadilla en Elm Street.
La primera película es, en principio, un slasher que sigue la fórmula convencional: asesino que acosa y elimina adolescentes. Sin embargo, la personalidad, el misterio y las originales formas de asesinato elevan el filme por encima de otros análogos. Freddy es aquí más siniestro, con voz grave y apariciones umbrosas; pero ya pueden verse retazos de un humor negro que será su marca personal en el futuro. «Ahora yo soy tu novio», le dice a la protagonista mientras su lengua emerge de un teléfono desenchufado. Ese tipo de detalles logran algo muy difícil: que un personaje diseñado para aterrorizar tenga cierto carisma. No se limita a ser una máquina imparable de matar; juega y se divierte con sus víctimas.
Además de la fascinación que transmite ese villano, el filme cuenta con detalles interesantes que incrementan su atractivo. El marcado escepticismo de los adultos, el cual es similar al mostrado en IT, puede leerse como el distanciamiento entre el mundo juvenil y el maduro. Los mayores viven en un sistema ordenado, material, que no puede permitirse creer en leyendas urbanas; son avatares del marchitamiento imaginativo. Hay un nexo sutil entre eso y la sala de calderas abandonada donde Freddy lleva a sus víctimas: es un lugar que simboliza el trabajo duro, opresivo, una temible promesa de realidad futura, un infierno construido.
La estética contribuye a provocar una sensación de caos, de mezcla entre realidad y sueño. La fuente de letras usada en los créditos iniciales es desorganizada, con diferentes alturas; y la música es lenta, susurrante. Esa mezcla estalla en el final, pues contiene una ambigüedad deliberada para abrir varias interpretaciones. Debido a estos recursos, Pesadilla en Elm Street me parece uno de los mejores filmes del personaje.
El marcado éxito de la primera película hizo que la segunda no tardase en aparecer, así que al año siguiente Jack Sholder se encargó de darle vida otra vez a nuestro temible y carismático amigo. Diferente director, diferente visión. Ahora Freddy necesita poseer a un joven para cometer sus crímenes, lo cual es un cambio considerable. Esto no le gustó a una parte del público y La venganza de Freddy suele tener bajas puntuaciones. Posee virtudes: un inicio potente y un llamativo subtexto homoerótico, pero no está al nivel de las demás. El inicio con el autobús genera unas expectativas que tardan demasiado en cumplirse; los diálogos son flojos; la banda sonora, olvidable; y las muertes, uno de los puntos donde se supone que la saga debería dar más juego, resultan algo típicas.
Las pinceladas de humor negro que definían al Freddy de la primera se pierden en la segunda, desdibujando al personaje hasta arrebatarle su esencia. Este batacazo pudo haber acabado con el nacimiento del mito, pero tuvo una buena recaudación y permitió la llegada de Pesadilla en Elm Street 3: los guerreros del sueño. Para muchos —me incluyo— una de las mejores películas de la saga. Lo cierto es que tiene un encanto especial; sólo el inicio, con la tipografía Benguiat y el tema de Dokken, ya ofrece una nostálgica conexión con los ochenta. Y también establece un lazo con las anteriores: la canción de las niñas que saltan a la comba. ¿Sabes cómo era? «Uno, dos, Freddy viene a por ti. Tres, cuatro, cierra la puerta. Cinco, seis, coge un crucifijo. Siete, ocho, mantente despierta. Nueve, diez, nunca más dormirás». Lo del crucifijo tendrá su relevancia.
Nancy Thompson regresa para ayudar a un grupo de jóvenes, los cuales intentan dormir lo menos posible porque son acosados por el tipo de las cuchillas. Gran parte de la trama transcurre en un hospital psiquiátrico. En él, cuando sucumben al sueño, los últimos hijos de los que quemaron a Freddy van siendo asesinados de maneras muy diversas: uno es controlado como un títere hasta que se arroja al vacío, y una chica acaba con la cabeza dentro de un televisor. «Esta es tu gran oportunidad en la tele. Bienvenida al éxito». La personalidad de Freddy queda aquí totalmente definida; se consigue un buen equilibrio entre humor negro y terror. El mito acaba de nacer en toda su plenitud.
Hay algo muy curioso: el bar donde la protagonista se reencuentra con su padre se llama Little Nemo's. No creo que el nombre sea fortuito. Diría que es una referencia al cómic clásico de Winsor McCay. Si es así, me parece un buen homenaje. Pero lo más relevante, a mi parecer, es la nueva información sobre Freddy: gracias a la ayuda de su madre fallecida, una monja, sabemos que puede ser dañado mediante objetos sacros cristianos. Y Freddy es derrotado con una buena dosis de agua bendita y el crucifijo. Eso le da sentido a la famosa canción. Cabe preguntarse, por ende, si se trata de un demonio; pero aún no queda claro. Me parece importante no revelar todo sobre este tipo de personajes para mantener un terreno ignoto a su alrededor.
Los guerreros del sueño es una obra sobresaliente: tiene buen ritmo, atmósfera, ingenio y un desenlace que está a la altura. Eso desembocó en una taquilla muy exitosa, así que la siguiente entrega no tardaría en salir. En este momento ya estamos hablando de un icono que comienza a ir más allá de las películas. Pruebas de ello son Las pesadillas de Freddy, una serie que se emitió entre el 88 y el 90, las grandes ventas de artículos o los robos de figuras de cartón y carteles.
Pesadilla en Elm Street 4: El señor de los sueños emplea a tres protagonistas de la anterior. Como el que tenía mutismo por un trauma ahora puede hablar con normalidad, es deducible que superó su problema; pero no habría estado mal explicarlo porque choca un poco. De todos modos, se entiende de manera implícita que se recupera cuando usa su poder en Los guerreros del sueño, la voz ensordecedora. Después de presentar a los personajes, la resurrección de Freddy y la primera muerte no tarda en desarrollarse. En ella escuchamos un diálogo que merece la pena tener en consideración: «Te veré en el infierno». «Diles que te envía Freddy». El icono ya es consciente de su fama; se presenta como una marca. Los guionistas tenían muy claro lo que el público anhelaba ver y se lo dieron.
Aquí tenemos un intento de añadir un trasfondo mitológico: se mencionan dos puertas, una positiva y otra negativa, que pertenecen al mundo de los sueños y están custodiadas por guardianes. Por supuesto, Freddy es el que se encarga de la negativa; él mismo dice que lleva mucho tiempo haciéndolo. El concepto sale en Homero: «Son, no obstante, mi huésped, los sueños ambiguos y oscuros. Y lo en ellos mostrado no todo se cumple en la vida, pues sus tenues visiones se escapan por puertas diversas. De marfil es una, de cuerno la otra...». Siguiendo la idea fantástica, ahora Freddy es vencido cuando ve su reflejo en el fragmento de una vidriera. Esto se asemeja a la manera de acabar con una gorgona. Me parece una manera excelente de incrementar el universo del asesino, pero se quedó en algo superficial que no terminó de cuajar.
La cuarta es una película que sabe lo que tiene entre manos e intenta evolucionarlo para seguir exprimiéndolo. Es disfrutable, funcional; pero se queda un peldaño por debajo de la primera y la tercera. Aun así, es un muy buen punto de partida para seguir dándole riqueza a este universo. ¿Lo aprovecharon en la siguiente, The Dream Child?
Pues me temo que no. A partir de aquí, la saga empieza a decaer. Era el momento de reinventarse o amplificar el universo de Freddy; sin embargo, optaron por innovar lo justo. Sabían que la popularidad del personaje bastaría para llevar al espectador al cine, ya que es una época donde no había tanta información al alcance de un clic. La quinta tiene cosas a su favor: la vuelta a un tono lúgubre, algunas imágenes poderosas —hay incluso un guiño al superhéroe clásico— e influencias de Cronenberg. Pero, lamento decirlo, me huele a kitsch. Es como si el filme buscase ser más de lo que es y no supiese por dónde llevar a Freddy. Encontrar la tecla correcta para este personaje no es fácil, sobre todo tras varias entregas que obligan a añadir cambios que atenúen el cansancio del público.
Si vuelves a hacer lo mismo que la anterior, vas a desgastar al ahora icónico Freddy; si introduces cambios sustanciales, te arriesgas a un rechazo general. Continuar eficazmente la franquicia es posible, pero con guionistas que sean capaces de enriquecer el trasfondo sin pretenciosidades. Esto no se dio, así que el resultado es un filme que desagrada a la mayoría. Algunas personas ven en él cualidades innegables, como un simbolismo sugestivo y demás; con todo, falla en lo esencial: entender el mito que se venía construyendo desde hace años.
Los ochenta ya han quedado atrás y nos metemos de lleno en el inicio de los noventa. Llega La muerte de Freddy. La leyenda aún sigue con vida... aunque quieren matarla.
En la segunda película cometieron la equivocación de aumentar el factor tétrico y reducir la jocosidad; aquí, de hacer lo contrario. Podría decirse que es una especie de comedia para jóvenes. El equilibrio está roto de nuevo. Dejando eso a un lado, es divertida y puede gustar a algunas personas. Freddy sobre una escoba en la escena de la casa —Mago de Oz—, o cuando lleva el «Power Glove», son instantes memorables. Ahora bien, el final del personaje se siente apresurado e indigno. Me parece noble pretender ponerle un punto final, pero había mejores maneras de hacerlo. Si el objetivo era sólo atraer público con el título, lo consiguieron.
Contra todo pronóstico, Freddy regresa tres años después y lo hace de una manera muy sorprendente. Wes Craven trae La nueva pesadilla de Wes Craven, un filme metaficcional donde el director y los actores se interpretan a sí mismos. La cautivadora propuesta me parece una manera legítima de recuperar al personaje tras su muerte. Se trata, nada menos, de una exploración del mito, de cómo ha trascendido para instalarse en el imaginario colectivo. «Los niños saben quién es Freddy; es como Santa Claus, King Kong...». El monstruo abandona la ficción para acechar a personas de la realidad. Esto es cierto en un sentido literal, porque miles de humanos tuvieron pesadillas con él.
Pienso que Craven también toca un asunto muy peliagudo que atañe a los actores: un personaje que se vuelve celebérrimo puede fagocitar a quien lo encarna, perseguirlo incluso. El público deja de ver al actor y sólo ve al rol que encarnó. Una posible lectura simbólica de esto se halla en la acechanza de Freddy a la actriz principal, que desde el comienzo quiere desmarcarse del terror. Sin embargo, Freddy no se lo permite: la mujer siempre será vista como la chica que protagonizó las mejores películas de la saga. La parte positiva, representada por Robert Englund, es la de quien goza y se enorgullece de ese éxito.
Personalmente, disfruté con esta película y la posicionaría muy alto en una clasificación; pero sé que no existiría sin las anteriores. Me llamó la atención, sobre todo, el tono apagado y serio. También que Freddy no sea el mismo de siempre, sino una versión más terrorífica porque simboliza el miedo que transmitió al público durante lustros. Su poder es diferente a lo acostumbrado, así que es vencido con las llamas de un sueño. Un final cíclico que entronca con el primer filme: el asesino onírico muere como el vivo. Lo que no me agradó es la ruptura grotesca del tono cuando su cabeza se transforma. Una nimiedad que no daña al conjunto.
Después de esa magnífica obra que le devolvió la dignidad al mito, parecía que ya estaba acabado, al menos en el cine; pero regresó casi una década después para enfrentarse a otro gigante del género en Freddy contra Jason. Algo así era un evento raro que muchos deseaban ver y garantizaba una buena taquilla. Desgraciadamente, es un título muy comercial, muy enfocado a cubrir una demanda masiva. Divertido pero somero. Dependiendo de lo que busques, puede funcionar o ser decepcionante. Por supuesto, sucede lo de siempre cuando dos leyendas se enfrentan: no hay un claro vencedor para evitar enfados de los seguidores. Para mí, es una de las propuestas más flojas, genéricas y olvidables de Freddy... si es que consideramos esto una película de Freddy, ya que más bien es una donde aparece. Jason protagoniza bastantes minutos.
Por último, está el remake del 2010. Un uso libre y más oscuro de la marca para recaudar dinero. Personalmente, no me interesó demasiado porque se desvía de la esencia del personaje; pero el actor que interpreta a Freddy, Jackie Earle Haley, no lo hace nada mal. Y hay instantes destacables, como la escena de la biblioteca con los fondos lejanos a lo Kubrick —estropeada, eso sí, por un burdo screamer—. En líneas generales se trata de un producto fallido, insulso e innecesario. Me costó trabajo verlo hasta el final. Lo pongo incluso por debajo de Freddy contra Jason, ya que ahí por lo menos hay un combate divertido.
Hay indicios de que se prepara una nueva película, pero aún se sabe poco. Yo creo que este personaje sería capaz de funcionar en el cine actual. El problema es que se necesita un buen presupuesto y guionistas que recuperen el equilibrio de Los guerreros del sueño, donde los diferentes aspectos de la trama van de la mano. Ahora bien, el escollo de no contar con Englund es grande: las reconocibles facciones de su rostro están muy ligadas al personaje. Además, tal vez la avanzada edad del actor ya no le permitiría encarnar a su alter ego con la misma eficacia.
¿Era consciente Wes Craven del alcance que iba a tener su personaje? Lo dudo. Al parecer, ni siquiera deseaba continuar la historia porque el final que concibió para la primera era autoconclusivo. Fue el fundador de New Line Cinema quien lo cambió para abrir la posibilidad de seguir filmando. Creo que estamos en uno de esos casos donde lo creado supera al creador. Lo que queda claro, supongo, es que a Craven no le hizo ninguna gracia que estirasen el chicle hasta romperlo. Tiene su parte de razón, porque el desarrollo de Freddy es muy irregular. Eso es lo más destacable de su trayectoria, como hemos visto.
Sin embargo, el mito sigue con vida y no deja de aparecer en otros lugares. Recuerdo a Englund en un episodio de Babylon 5, haciendo un gesto con la mano como si llevase el guante. Asimismo, hay referencias a Freddy o apariciones suyas en Los Simpson, South Park, The Goldbergs, Padre de familia, Rick y Morty... Incluso en Ebenezer tenemos un nostálgico homenaje a aquella escena del 84 donde un jovencísimo Depp es absorbido por la cama.
Y una película actual podría ser de las más impactantes de todo el género. Una pista de esto la tenemos en el inicio de la sexta, en la espectacular caída en picado desde el avión y la casa. Imagina las escenas que podrían hacerse con los medios de hoy, donde los superhéroes al fin fueron fielmente representados. Sería posible, por ejemplo, usar la talasofobia o la acrofobia en su máxima plenitud, o mostrar lugares imposibles y sórdidos como nunca antes se habían visto. Las posibilidades son infinitas. Y sin olvidar, por supuesto, un incremento del universo onírico, con más escenarios recurrentes y personajes.
Pase lo que pase, Freddy es sempiterno. Intentaron matarlo varias veces, pero fue en vano: él se refugia en las mentes del colectivo. Como decía Heather en La nueva pesadilla, hasta los niños lo conocen.





