Reseñas literarias y artículos culturales

domingo, 6 de abril de 2025

Melomanía

 


Hubo una época donde era habitual encontrar pequeñas bibliotecas musicales en las casas, muebles donde se ordenaban valiosos cedés. Estos mostraban los gustos musicales del dueño, los cuales solían estar, en general, en consonancia con los grandes éxitos. Es decir, la música se compraba y almacenaba. Era algo físico. Todavía tengo mi colección, aunque he de admitir que llevo muchos años sin usarla porque ahora escucho canciones en YouTube. Si me hubiesen dicho, lustros atrás, que en el futuro tendría toda la música existente al alcance de un clic, no lo hubiese creído. 

Yo era el típico heavy que se sentaba a tu lado en clase y te enseñaba algunas canciones de su walkman; eran otros tiempos. Ya en aquel entonces los heavys eran una raza en extinción, e imagino que ahora no habrá casi ninguno. Como habrás deducido, en mi colección de cedés abundan grupos como Iron Maiden, Blind Guardian, Judas Priest y demás. Recuerdo perfectamente cuál fue el primero que adquirí: Queen Rocks. Podrás verlo si lo escribes en Google. Aún lo conservo y es el único del que jamás me desprendería. Lo compré en la antediluviana Pryca. 

Con la llegada de Internet, los estantes con cedés en los supermercados fueron disminuyendo poco a poco, asediados por secciones de móviles y tablets; y las tiendas de música, hundiéndose en el abismo. Ya no existen aquellas donde solía echar un vistazo de vez en cuando. Había una en el centro de Gijón, no recuerdo el nombre, donde un día el dueño se quedó mirándome con perplejidad: ¿cómo es posible que un heavy se lleve discos de ópera?, imagino que se preguntó. No sólo se vive de guitarras eléctricas, amigos, y algunos humanos suelen juzgar a los demás por las apariencias. De todos modos, era un tipo simpático y trataba muy bien a los clientes. Lamento que su negocio fuese barrido por los nuevos tiempos. 

Quizá alguien se pregunte por qué dejé la estética heavy. Hay varios motivos. El principal, y más importante, es que el tiempo nos cambia; pero hubo otro más determinante: un empresario, al verme, lo primero que me dijo es que debía cambiar de aspecto si quería trabajar. Ni más ni menos. Y pasé por el aro. Dios ha muerto, como dijo Nietzsche; pero los humanos han puesto un sustituto en su trono: un fajo de billetes. Por lo tanto, es complicado negarse a recibirlos cuando los necesitas. Sólo los más afortunados pueden usarlos para encender sus puros. 

Actualmente, no soy tan melómano como antaño; el único momento en el que escucho música es cuando escribo, pues me sirve de aislamiento y me ayuda a concentrarme. Ahora mismo, mientras tecleo las palabras de esta entrada, suena Don’t Stop, de los Rolling. ¿Apreciábamos más la música cuando la «poseíamos» porque requería un esfuerzo obtenerla y ocupaba un espacio real? ¿La sociedad está enterrando despacio al arte? Si es así, ¿hacia dónde se dirige? 

Soy optimista con el futuro distante, la evolución histórica me hace pensar que los humanos lograrán llegar a algo más o menos utópico; pero temo que para ello deberán tropezar con algunos baches. Al fin y al cabo, el humano de hoy se parece mucho al de ayer. Si no es idéntico, se debe sólo a un cambio cultural. Prueba de ello es que bajo toda esa ilusión civilizatoria se agita un cúmulo de odio, un monstruo lovecraftiano que vomita ideologías, xenofobias, espectáculos grotescos. Y la empatía brilla por su ausencia. Por suerte, la música es capaz de calmar un poco al monstruo, igual que la pintura o cualquier otra muestra de belleza. Esperemos que esos paliativos no sean aplastados por el nuevo dios. 

viernes, 21 de marzo de 2025

Entrebrumas

 


Aunque es una de las obras precursoras del género fantástico, Entrebrumas no goza de mucha fama. No sé cuál es el motivo. Quizá no caló en el público por faltarle la épica de novelas posteriores, llenas de héroes combativos que recuerdan a los libros de caballerías. Lo que Hope Mirrlees escribió es más mundano, cercano; la trama se desarrolla en un pueblo y los personajes son personas sencillas. La fantasía se halla en un reino feérico que está prohibido, incluso se considera de mal gusto mencionarlo. 

Hay cierta similitud con Bosque Mitago, pues en ambas historias hay un mundo mágico próximo al que los personajes no acceden. La diferencia es que la trama de Entrebrumas es más rica y sugestiva, así que no genera frustración por retrasar el momento donde se muestra el lado fantástico. Además, éste permea de manera indirecta al pueblo que se cree inmune a él. Lo único que puede molestar a algunos lectores, con razón, es un inicio un poco pausado; pero merece la pena recorrerlo porque luego la historia despega y se vuelve interesantísima, ya que contiene grandes momentos catárticos que se cuecen a fuego lento. Si no destripasen la novela, me encantaría comentarlos porque son geniales. 

Lo que no vas a encontrar son los clásicos combates o monstruos temibles; Hope Mirrlees construye algo más complejo: una pequeña sociedad con sus costumbres particulares y enfrentada a un miedo atávico. Se rumorea que algunas personas han comido la fruta de las hadas, lo cual puede llevar a la locura, a desear ir más allá de los límites y adentrarse en el reino prohibido. Aunque desconozco la biografía de la autora, supongo que eso está relacionado con las censuras y las supersticiones de su época, los felices años veinte. Debe de ser una alegoría. También hoy existen algunos temas de los que es mejor no hablar. 

Dejando a un lado el inicio lento, la obra es notable, sobre todo durante el nudo y el desenlace. Los personajes tienen la profundidad necesaria; y los escenarios, una atmósfera cautivadora. Asimismo, el misterio subyacente en el pueblo consigue avivar la curiosidad; el lector quiere averiguar qué está sucediendo exactamente, quién es el responsable de que algunos jóvenes parezcan haber comido la fruta prohibida. Y cuando al fin se muestra el reino de las hadas, no decepciona: conecta bien con la idea que se ha ido dando a lo largo del libro. 

Por lo tanto, Entrebrumas es una obra muy recomendable que no ha envejecido mal del todo. Si buscas algo alejado de las hachas teñidas de sangre y los dragones que incineran, puede ser una buena elección. A mí no me gustó demasiado, si he de ser sincero, porque no es el tipo de fantasía que más me va; pero sí que me hizo disfrutar mucho en algunos momentos y me parece injusto que no sea más conocida. Podría encontrarse sin problemas en una lista de las mejores obras del género. No entre las diez primeras, por supuesto. Hay que reconocer que novelas como El señor de los anillos se hallan entre los mayores logros literarios; en consecuencia, serán difíciles de superar. 

Después de escribir esta reseña, busqué otras para ver si encontraba concomitancias con la mía. Me tranquilizó descubrir que, en efecto, no soy el único que tuvo las mismas impresiones sobre el inicio, porque siempre queda la duda de que sea una opinión errada. Intenta no abandonar la lectura antes de llegar al meollo. Tu paciencia se verá recompensada. 

lunes, 3 de marzo de 2025

Falsos dilemas

 


Quizá notaste un gesto que se repite en una situación concreta: cuando dudas entre si llevarte o no un producto, el vendedor suele colocar uno similar al lado. De ese modo, el cerebro cambia de pensamiento, de «me lo llevo o no» a «me llevo uno u otro». Y la venta se asegura. No estoy seguro de que esto sea cierto, pero lo sospecho porque me ha sucedido varias veces, sobre todo cuando compro una prenda o debo cambiar las gafas. Salvo si es algo que necesito con urgencia, conmigo no suele funcionar y percibo frustración en el vendedor tras irme sin llevar nada. Una reacción natural ante un objetivo incumplido. 

Se trata de un dilema ilusorio, la sensación quimérica de que sólo hay dos posibles opciones, pues lo habitual es que haya más de las que parece. Esta especie de erística se usa con frecuencia en política: «nosotros o el caos». Asimismo, es causa de muchos malentendidos en conversaciones que terminan en un pozo sin fondo; ambas partes no se percatan de que esgrimen dos espadas oxidadas, pues ninguna de ellas se acerca a la verdad. A veces es necesario mantener la distancia y tener una visión holística para poder vislumbrarla. También hay que hacer un esfuerzo para comprender lo que dice el otro, ya sabes lo que dijo Spinoza: «Ni rías, ni llores, ni te indignes: comprende». 

Hace tiempo que la expresión «no entiendo» está prohibida para mí, porque es muy cómoda. Se usa para no reflexionar un rato y buscar el porqué de un acto humano. 

Por supuesto, hay otras posibilidades: dos individuos pueden debatir mostrando un fragmento verdadero, pero sin llegar al fondo del asunto; o uno quizá tome como verdadera una información falsa, etc. El caso es que suele olvidarse que hay más de dos caminos. Yo prefiero acercar las posturas todo lo posible y llegar a un acuerdo, pero eso es imposible con determinadas personas. Los motivos de ello son variados porque la complejidad humana no es pequeña. Algunos, verbigracia, son tan maniqueos que es imposible razonar: su mundo se divide en blanco y negro, como la máscara de Rorschach. Otros simplemente quieren exponer su opinión —recordemos que los griegos diferenciaban entre opinión y conocimiento— para que les aplaudas y se la lustres, no para que la ensucies con tus pensamientos. Esto es, desconocen por completo el arte y placer del diálogo. Su vida es una concatenación de discusiones en las que quieren aplastar pareceres ajenos. 

Esa costumbre, evidentemente, lleva a una nube de falacias y a ser un espantajo para la razón. Yo admito que antes tenía más paciencia y estoicismo para lidiar con la estolidez; pero ahora prefiero desaparecer, abandonar una conversación que al final sólo sirve para perder el tiempo. 

Mi consejo, si alguna vez quieres tener un diálogo real, uno donde tu opinión importe y haya como objetivo común el llegar a la verdad, es que busques al interlocutor adecuado. No son pocos los que están más interesados en tener razón que en la verdad, amén de que ni siquiera serán capaces de ver ni siquiera dos caminos: su pensamiento es un túnel donde es mejor no mirar, porque te atropellará el tren. Palabras como «es cierto», «no lo había visto así», «déjame darle una vuelta», «tienes razón en eso» y otras análogas no están en sus cerebros. Ni siquiera las pronunciarán cuando el tiempo ponga las cosas en su sitio y se evidencie quién estaba en posesión de la verdad. Si conoces a alguien así, ni te molestes en intentar un diálogo. De los laberintos que construyen los sofistas prefiero ni hablar. 

Es sano conocer las trampas dialécticas para no caer en ellas y evitarlas. Saber qué es un ad hominen, por ejemplo, sirve para no emplearlo jamás... si estás del lado de la verdad, claro. Tampoco está mal tener en cuenta que la humildad es inherente a la sabiduría, que siempre conviene tener la puerta abierta a la duda y al error porque somos humanos; o sea, falibles. 

viernes, 21 de febrero de 2025

El Eternauta

 


Si quieres adentrarte en El Eternauta desde cero, sin saber nada sobre la trama, no sigas leyendo: desvelo un detalle inicial que quizá no quieras conocer. Yo lo sabía desde un inicio y no me importó, pero entiendo que a algunas personas no les agrade ni el más mínimo destripamiento. 

Allá por finales de los cincuenta, apareció en Argentina una historieta que hoy es de culto: El Eternauta. Su fama es merecida porque tanto el dibujo como el guión son muy buenos. Se trata de un cómic que aún se lee con interés y tiene mucha presencia en tiendas especializadas. Aunque lo tenía pendiente desde hace tiempo, logré hacerle un hueco estos días. 

Unos amigos jugando a las cartas. Así empieza, mostrando lo cotidiano hasta que una anomalía lo interrumpe: una nevada que mata con el contacto. Los amigos, entre los que se halla el protagonista, contemplan horrorizados cómo las calles se cubren de cadáveres; cómo todo lo que conocían se derrumba abruptamente. Por supuesto, algo de tamaña magnitud hace mella de inmediato en ellos, y algunos son invadidos por el pánico y la paranoia. 

Es una manera genial de empezar una historia y de enganchar al lector desde la primera página; pero no termina ahí, pues no tardan en averiguar que detrás de la nevada hay una invasión extraterrestre. Y no diré más. La trama, para mi sorpresa, no dejó de crecer hasta el final; hay en ella una clara intencionalidad de sorprender y fascinar, lo cual consigue con creces. Una vez que te adentras en El Eternauta, es complicado dejarlo, necesitas saber qué será de los protagonistas y a qué se enfrentan. ¿Podrán detener al invasor? ¿Cuál es el aspecto de éste en realidad? Los misterios se revelan en el momento justo para mantener vivo el interés y el desenlace no decepciona; es decir, la parte narrativa es sobresaliente. 

Por otro lado, el dibujo también está a la altura. Puedes notar en cada momento lo que sienten los personajes por sus expresiones y lenguaje corporal. Y la estética de los alienígenas es aterradora, amén de que evoca la fascinación por otros mundos. Los decorados también cumplen, ya que están dibujados con mucho mimo y transmiten la soledad de una urbe muerta. Me quedé mirando las casas del fondo más de una vez, imaginando qué habría en sus interiores. 

Las personas que tuvieron la suerte de comprar la revista semanal donde apareció por primera vez, Hora cero, asistieron al nacimiento de una obra legendaria que sobrevivirá al paso del tiempo. Fueron las afortunadas que lo vivieron en primera fila. ¿Cuántas conservarán las revistas? Ahora es posible conseguir todos los episodios en un único volumen integral; sin embargo, eso no supera al encanto de la publicación original, en mi opinión. 

Lo cierto es que el cómic se ha convertido en uno de mis favoritos; lo pondría en una posición elevada si hiciese un top. Tal vez entre los cinco primeros. Tengo interés por la serie televisiva que aparecerá este año. Me pregunto si será fiel al cómic u optará por seguir una ruta diferente. Imagino que harán lo primero para evitar críticas, o introducirán sólo unas pocas novedades: cuando se trata de un clásico, el público suele mostrarse reacio a los cambios. 

Hay una segunda parte que continúa la historia. Le echaré un vistazo en el futuro, espero. ¿Mantendrá el buen nivel de la primera?

jueves, 30 de enero de 2025

Alastor. Trilogía del cúmulo estelar

 


Jack Vance escribió tres novelas cuyas historias transcurren en una zona concreta del universo, el cúmulo de Alastor, treinta mil estrellas y tres mil planetas habitados por culturas variopintas. Por encima de ellas se alza el Conáptico, un tipo que, desde un distante palacio, impone leyes que todos deben seguir. Para ello usa a su inmenso ejército, la maza. Podría verse como un estado y su uso legítimo de la violencia, la cual es empleada, por ejemplo, contra los piratas, aquí llamados astromenteros. De vez en cuando, el Conáptico viaja y echa un vistazo en aquellos planetas que le interesen por algún motivo; pero lo hace de incógnito porque alguien de esa importancia, evidentemente, temerá ser asesinado o raptado durante toda su vida. Es la espada de Damocles. 

Cada novela enseña una cultura diferente. En la primera, Trullion, el protagonista se alista en la maza y vuelve después de unos cuantos años. Ver de nuevo su planeta natal lo llena de nostalgia, pero pronto descubre que su familia le va a causar numerosos problemas: se dejan seducir por ideas peregrinas y venden importantes propiedades. En consecuencia, no le quedará más remedio que jugar al hussade, el deporte más célebre del cúmulo, porque pueden ganarse grandes sumas de dinero en él. Aquí Jack Vance hace una crítica a las sectas y demás grupos que pueden fagocitar a los incautos. Asimismo, enseña el rostro más feo que puede tener la soberbia. La trama es entretenida y se narran emocionantes partidos de hussade. Es un buen inicio de trilogía, aunque los partidos pueden resultar redundantes a pesar de estar bien resueltos. 

En la segunda, Marune, se desarrolla la trama más compleja de las tres, una urdimbre de intrigas y personajes que conspiran entre sí. En contra de lo que pueda parecer, es fácil de seguir y mantiene la emoción en todo momento. No puedo entrar mucho en detalles porque no quiero destripar nada importante. El protagonista sufre de amnesia y no recuerda ni el planeta en el que vive. ¿Por qué le sucede eso? ¿Reprime un recuerdo doloroso? ¿Tiene un enemigo que lo quiso enviar lejos? La novela es notable, en mi opinión; sólo pueden ser molestas algunas descripciones superfluas y un final que, aun siendo satisfactorio, es un poco repentino. Con todo, fue mi historia favorita. Y la cultura que se enseña en ella es la más sugerente, distinta. 

Por último, Wyst es un dardo contra el igualitarismo extremista; es decir, una ideología que propugna la igualdad absoluta: los ciudadanos deben tener lo mismo, comer lo mismo, carecer de cualquier tipo de formación que los eleve sobre los demás, etc. Todo ápice de individualidad es devorado por el colectivo. Se trabaja el mínimo de horas posible y sólo interesa el placer, un ocio continuado desde que se nace hasta que se muere. No hay especialistas consumados en alguna tarea, por ende, un problema que en otro mundo sería insignificante, como reparar un monitor, en Wyst se convierte en algo difícil de resolver. El robo no está mal visto y los inmigrantes no dejan de llegar, pues son atraídos por esa forma de vida, y eso provoca que haya superpoblación. Vance mantiene el nivel y construye una novela perfecta para cerrar una trilogía excelente. 

Nunca había leído a Jack Vance hasta ahora. Mi impresión es que destaca, sobre todo, en construir mundos muy bien detallados. También es un narrador muy bueno; sabe mantener el interés del lector en cada capítulo. Tengo ganas de seguir con su obra en el futuro. Por supuesto, lo recomiendo; aunque es importante tener en cuenta que su prosa es demasiado descriptiva a veces. Si eso no te molesta, adelante. 

martes, 14 de enero de 2025

El asombroso mundo del cómic

 


Cuando era niño, la música no me atraía demasiado: escuchaba la banda sonora de Dentro del laberinto y poco más. Eso cambió a los catorce años, porque cayó en mis manos un disco que cambió mi visión de la música para siempre: Innuendo. No miento si digo que lo escuché más de un centenar de veces. Luego adquirí más discos del grupo y me aficioné al rock. Podría decirse, por lo tanto, que Queen fue la entrada a un universo espectacular. Con los cómics me pasó algo parecido, aunque más recientemente. 

Estuve un par de lustros sin prestarles demasiada atención; sólo leía al Doctor Extraño de vez en cuando porque me entusiasmaban esas dimensiones raras e ignotas. Recuerdo que conocí al personaje mientras veía los dibujos de Spiderman y me cautivó. Aun así, veía a los cómics como un entretenimiento banal y pueril... hasta que me topé con Maus. Me percaté entonces de que podían hacerse obras impresionantes en ese medio, y me apresuré a reseñar Maus en mi blog anterior, allá por el dos mil once. Mi perspectiva de los cómics dio un giro, igual que me ocurrió con la música. Por desgracia, esto sucedió más tarde; así que me perdí ese mundo durante años. 

Maus me enseñó a respetar las viñetas, y Alan Moore, a considerarlas tan importantes como las novelas. Seguro que estarás de acuerdo si afirmo que Watchmen es mejor que muchas obras literarias: la precisión con la que está narrado quita el hipo, y hay sensaciones que sólo pueden transmitirse a través del dibujo. Tanto el cómic como la novela son medios diferentes de narrar y cada uno es valioso a su manera. También el cine, por supuesto; aunque debo confesar que no me atrae tanto, nunca fui muy cinéfilo y preferí las series. Eso ya es una cuestión de gusto personal. 

Ahora, de vez en cuando, visito las tiendas de cómics en busca de obras interesantes y pueden encontrarse algunas en mi biblioteca, desperdigadas entre los libros. Habría más si los precios no fuesen tan prohibitivos. De todos modos, no me convertí en un lector voraz de cómics; aunque sí vienen bien para cambiar de aires. Hay un autor en mi editorial, Israel, que está dibujando uno magnífico con un estilo muy chulo. Lo recomiendo. 

Tengo ya unos cuantos cómics importantes dentro de su historia, además del mencionado Watchmen: From Hell, All-Star Superman, La broma asesina, Berlín... Pero hay uno que leo más que el resto, que me traslada a su universo de inmediato y hace que olvide los problemas durante unos cuantos minutos: Calvin y Hobbes. Estoy seguro de que muchos pensarán que es infantil, superficial, y lo cierto es que varias de sus tiras sí que pueden considerarse así; sin embargo, no hay que olvidar que Watterson estudió ciencias políticas y la superficialidad es, en muchas ocasiones, aparente. Pienso que ese autor conoce lo realmente importante de la vida, que es efímera, y tomó la decisión adecuada al retirarse tras dedicar un tiempo más que suficiente a su obra. Por supuesto, continuarla o cambiar de personajes también habría sido igual de respetable si eso es lo que le llena. 

Yo pensé en dejar la escritura, pero me resulta imposible: acompañar a mis personajes en sus aventuras es una sensación inigualable. No me importa si llegan o no al papel. Lo más probable es que seguiré escribiendo hasta la muerte, aunque no seré muy prolífico. Me gusta tomarme el tiempo necesario para que madure la trama y corregir durante meses. Hace poco me enviaron la galerada de mi última novela, que ya había corregido un montón de veces, y realicé más de cincuenta cambios. Este perfeccionismo me atormenta; nunca estoy satisfecho con nada. Por suerte, los cómics son un remedio para los momentos más duros. 

Es una lástima que algunas personas los menosprecien y se los pierdan. 

sábado, 21 de diciembre de 2024

El último unicornio

 


En la reseña de La princesa prometida afirmé que me hubiese gustado escribirla. Es un buen halago: las novelas que me han hecho decirlo son muy pocas, y entre ellas está El último unicornio. Si no la has leído y confías en mi criterio, búscala y dale prioridad. Pienso que es una de las obras más importantes del género. Sé que eso de ser el último de una especie o raza es un cliché, pero no te dejes engañar. Además, ¿qué no es un cliché a estas alturas? Aunque no es difícil escribir una historia que contenga cierta frescura, la originalidad está al alcance de unos pocos. También debe tenerse en cuenta que la novela apareció en el sesenta y ocho. 

Sinceramente, me resulta difícil reseñar algo como esto; temo no ser capaz de transmitir su excelencia. Es uno de esos libros que me recuerdan por qué soy lector. Por supuesto, es posible que no le agrade a algunas personas; pero si logras conectar con él, será una experiencia difícil de olvidar. Ahora bien, no creo que sea una buena entrada al género, porque tiene entrañables referencias a otras obras que conviene conocer. Dicho esto, al lío. 

La protagonista es un unicornio que busca a los miembros de su especie, pues parece que han desaparecido; en consecuencia, teme ser la última de ellos. Por el camino se encontrará con algunos personajes que la acompañarán en el viaje. Y listo: no pienso alargar más la sinopsis. Ya sabes suficiente. 

Lo que más valoro en un autor, por encima de todo lo demás, es su ingenio, su capacidad para generar situaciones que interesen al lector y le inciten a seguir. Cervantes sería el máximo exponente de esto porque su ingenio es difícil de igualar. La prosa de una novela podría ser el equivalente a los gráficos de un videojuego o los efectos especiales de un filme: conviene que tengan la mayor calidad posible, pero no es lo que hacen bueno a un producto cuyo objetivo principal es el entretenimiento. Un filósofo puede aburrir si quiere, o un historiador. Un narrador, en cambio, no puede darse ese lujo. Peter S. Beagle destaca en todo: amén de tener mucha empatía con sus lectores y construirles momentos encantadores, usa una prosa llena de metáforas y analogías precisas que encajan a la perfección, transmiten la imagen que deben transmitir. Y todo eso sin que el ritmo se resienta. Es impresionante. 

Al dominio de la técnica hay que sumarle la belleza de la historia, ensalzada por una trama construida a la perfección: todo ocurre cuando debe, se presenta en el momento exacto para estimular las emociones. Hay humor, dramatismo, misterio, poesía, fascinación, incluso sentido de la maravilla. Los personajes, envueltos por esa variedad de situaciones y una atmósfera perfecta, son difíciles de olvidar. Cada uno es memorable a su manera y está descrito con maestría. Beagle es consciente, asimismo, de que un gran número de ellos puede ser perjudicial; así que mantiene eso bajo control. No tengo ni idea de cuánta experiencia como lector tenía cuando escribió El último unicornio, pero apuesto a que debía ser mucha; alguien que no haya leído lo suficiente lo tiene complicado para llegar a este nivel. 

Me apenó llegar al desenlace y saber que la historia iba a terminar. Un desenlace, por cierto, excelente como todo lo demás, ejecutado a la perfección. Transmite melancolía y esperanza al mismo tiempo. 

El último unicornio no es sólo una de las mejores novelas del género; es una de las mejores de la literatura. Hay una película de animación, pero te aconsejo evitarla hasta que hayas leído el libro. 

domingo, 1 de diciembre de 2024

El extraño caso de «Eternal Champions»

 



Cuando era pequeño, viví la época dorada de los videojuegos, la todopoderosa Nintendo contra la rebelde Sega. No considero que una compañía sea superior a la otra porque ambas poseían un catálogo envidiable, y su competencia sirvió para que el consumidor disfrutase de títulos espectaculares. Había mucho capital en juego y nadie quería ceder ni un ápice de terreno. El lado negativo de esto, por desgracia, es que esa disputa provocó recelos en los consumidores; pocos eran capaces de reconocer el valor del «enemigo». 

Esa historia es larga y no voy a detenerme en ella, pues lo que me trae aquí es algo que aún no llego a explicarme del todo incluso hoy. 

Mi consola fue la Megadrive, conocida en otros lugares como Sega Genesis. Como el dinero no abundaba y los juegos eran caros, llegué a tener alrededor de diez a lo largo de los años. Es un buen número; me consta que otros no pudieron poseer más de cinco. De todos modos, era habitual encontrar videojuegos en los videoclubs y alquilarlos resultaba barato. Probé un montón en aquella época, quizá más de un centenar, y uno de mis favoritos, con diferencia, era Eternal Champions. En mi opinión, es uno de los mejores juegos de lucha de los noventa y argumentaré por qué. 

Lo primero que llama la atención son sus gráficos, los cuales fueron sobresalientes en aquel momento. La intención era superar a Street Fighter 2, así que hicieron lo posible para que tanto imágenes como animaciones estuviesen a la altura. Y lo lograron: enormes personajes se mueven con fluidez en escenarios vivos, llenos de atmósfera, luces y animaciones. Además, el diseño de los luchadores es muy sugestivo y variado. Por si fuese poco, la banda sonora acompaña a la perfección y cuenta con algunos temas impresionantes, inolvidables. Todavía conservo varios de ellos en mi memoria. Esto que acabo de decir no es una opinión, sino un hecho. Puede gustar o no, pero la realidad es la que es. 

Cada combatiente pertenece a una época distinta y son personajes cautivadores: una asesina que lucha en la azotea de un edificio, un brujo y su bastón mágico, un ciborg, incluso un habitante de Atlantis. Yo solía escoger a Larcen, un tipo que trabajaba para la mafia, creo recordar. Tenemos, por ende, buenos gráficos, música y diseño. Pero no se acaba ahí, porque la jugabilidad me parece genial. Hay un inmenso número de diferentes movimientos y ritmo en cada combate. El juego era muy distinto según qué luchador escogieses. No sé cuántas horas le dediqué en total, pero muchas. Conseguí terminarlo con casi todos los personajes. 

Y eso último me lleva al único aspecto negativo de Eternal Champions: el jefe final. La idea era buena, pero se ejecutó de la peor forma posible. No sólo había que enfrentarse a un enemigo extremadamente difícil, además era necesario derrotarlo cuatro veces. El resultado fue una larga agonía en la que el jugador no podía ni pestañear si quería vencer. Sí, el jefe tenía un buen diseño y animaciones, como todo lo demás; pero la horrible jugabilidad empañaba eso. Sin embargo, el juego no dejó de ser una obra maestra del género por algo así; siguió siendo una de las mejores opciones de lucha del extenso catálogo. 

Imaginad, pues, mi sorpresa cuando un compañero de clase me dijo una frase demoledora: «Me regalaron ese juego. Es terrible, muy malo». Yo me quedé enmudecido. Por supuesto, es lógico que no le guste a todo el mundo; pero esa opinión afirmaba que era malo, lo cual es falaz. Te aseguro que la mayoría de los juegos de lucha de aquella época eran muy inferiores, al menos los de Megadrive. Sólo Street Fighter 2 estaba un poco por encima, y no tiene por qué gustarte más. Yo, sin ir más lejos, prefería Eternal Champions. Ése fue el motivo de que no supiese qué decir en ese momento. Empero, no le di importancia: la subjetividad está a la orden del día y nunca llueve a gusto de todos. Quizá a ese chaval, simplemente, le desagradaba el género. 

Sin embargo, con el tiempo me percaté de que era una opinión sostenida por un buen número de personas. Algunas de ellas incluso llegaron a decir que Eternal Champions fue el peor juego de la consola. Si lo anterior me enmudeció, imagina qué pensé al enterarme de eso. Mi confusión se acrecentó. Es evidente que ya no se trata de una cuestión de gustos, sino de emociones irracionales. Pero ¿por qué? ¿Por qué alguien odiaría un título tan excelente? 

La pregunta me hizo pensar en Aladdín, otro de los mejores juegos de Megadrive. La versión de Super Nintendo es correcta pero inferior. Sin embargo, muchos afirman lo contrario por una envidia evidente. ¿Pasará algo similar con Eternal Champions? Pues no, porque son los propios dueños de la consola los que arrojan tierra sobre él para sepultarlo. Quizá haya algunos jugadores de Super Nintendo a los que no les hizo gracia perdérselo y lo critican, pero dudo que sean muchos. No, este caso es diferente. 

He leído, tiempo atrás, que quizá el rechazo se debió a la inflada puntuación que recibió en las revistas, lo cual desembocó en decepciones. Me parece una posibilidad, aunque yo creo que esas puntuaciones estaban justificadas. Es posible que la decepción fuese porque esperaban un trasunto de Street Fighter 2, y lo que recibieron, en cambio, fue una frikada llena de temas metaleros y cubierta por un trasfondo de ciencia fantástica. Una pasada para ciertas personas, pero un desastre para otras. ¿Dónde están mis clichés japoneses y mis fases de bonus? ¿Qué es eso de una sala de entrenamiento? Como dije, en aquella época no podían tenerse muchos juegos; así que quizá se comieron ese título con patatas... y lo odiaron injustificadamente. 

A veces un buen producto no conecta con el público, o con una parte del mismo. Yo tuve suerte y lo disfruté tanto como mis amigos de aquellos años. Y creo que no envejeció mal, porque se libró de esos horribles primeros gráficos poligonales.