Como el síndrome del impostor es intenso en mí, no puedo evitar leer manuales de escritura cada vez que encuentro uno. Casi siempre contienen algo que desconozco y me resulta útil, aunque a veces... a veces dan miedo. Uno de ellos, por ejemplo, afirma que el talento es una dádiva de los dioses; es decir, una habilidad metafísica a la que sólo tienen acceso unos pocos elegidos. Esto me recuerda a la creencia en el destino que tenían los antiguos griegos: si eres esclavo, es porque debes serlo. En aquella época era comprensible pensar de esa forma debido al contexto, pero ha llovido bastante desde entonces. Aun así, seguro que hay autores contemporáneos que lo creen.
Hace poco estaba leyendo el manual de una autora que me estaba gustando muchísimo; asentía tanto que mi cabeza amenazaba con caerse al suelo. Cada capítulo era una lección magistral que sólo puede ser dada cuando se tiene mucha experiencia. Por eso me sorprendió tropezar con una frase que recuerda al clásico gurú del emprendimiento: «El éxito o fracaso dependen sólo de ti». Sé que la intención es buena porque no es sano culpar a otros de tus errores; sin embargo, muestra una verdad a medias.
Se me han ocurrido varios ejemplos deportivos para explicarlo, pero no me saldré del terreno literario: imagina que pones todo tu empeño en escribir un relato para un concurso, usas una idea original y dedicas todas las horas posibles a pulirlo hasta dejarlo a tu gusto. Supongamos que el resultado es notable, de lo mejor que has hecho en tu vida; así que lo envías y esperas el resultado. Tras varios meses, gana un autor relacionado con la editorial convocante porque estaba amañado. ¿De qué ha servido todo el esfuerzo? ¿Ese fracaso ha dependido de ti? También podrían hacerse las mismas preguntas si, simplemente, otro relato era mejor o encajó más con el gusto de los jueces.
El empeño, el trabajo, la pasión... todo eso no tiene por qué conducir al éxito, sobre todo en un sistema donde las probabilidades juegan en tu contra. El otro tiene un papel determinante en el camino hacia lo que consideramos exitoso. Además, es importante señalar que la heterogeneidad del humano hace que la idea de éxito difiera entre cada sujeto. Cuanto más grande sea la ambición, más probabilidades habrá de fracasar. Evidentemente, vas a pasarlo mal si quieres ser el nuevo Stephen King o J.K. Rowling.
Estas ideas de que todo depende del individuo pueden ser muy peligrosas. Pienso en los que abren un negocio y se estampan por haberlas creído, ya que existen múltiples factores externos que pueden llevar a pique un proyecto, empezando por la competencia y el omnipresente azar.
El auténtico vencedor, desde mi punto de vista y el de los estoicos, es quien se contenta con lo que tiene. La vida es terriblemente breve para perderla persiguiendo mariposas etéreas. No pretendo decir con esto que sea malo tener ambiciones o ser competitivo —a menos que te obliguen a ello—, pero no hay que olvidarse de la realidad.
Desconozco cuántos años habrá estado este libro perdido por ahí, oculto tras otros. Lo compré hace tanto que me había olvidado por completo de él y me llevé una sorpresa al encontrarlo, sobre todo porque el título me sonaba de algo. Una rápida búsqueda en la red aclaró el misterio: es la novelización de una aventura de Dragones y mazmorras, la cual creo que nunca salió traducida. También hay un videojuego con el mismo título.
El protagonista es un elfo que, acompañado por su mentor, abandona su hogar para unirse al grupo de aventureros que echará un vistazo al templo del mal. El grupo, que se bautiza a sí mismo como «la Alianza», está formado por héroes arquetípicos de poco interés, incluso hay una druida sanadora. El único personaje con una pizca de carisma es el protagonista, Shanhaevel; aunque se abusa demasiado de su poder mágico para resolver las situaciones. Hay varios momentos donde todos se quedan esperando mientras le preguntan qué hacer, y Shanhaevel debe ir de un sitio a otro ayudando sin parar. Una existencia sufrida, la de este elfo abnegado y explotado.
Como la narración es ágil y hay un asombroso número de combates, imagino que funciona en el terreno juvenil; empero, cualquiera que tenga varias lecturas a sus espaldas corre el riesgo de abandonar la obra, sobre todo en los capítulos finales, donde las peleas se suceden una tras otra sin descanso. La sensación es que se trata de una partida de rol, más que de una novela, y el lector se queda saturado de tantos movimientos y hechizos, y ataques, y cargas, y ogros, y esqueletos, y troles, y explosiones... Todo eso mientras acecha en la sombra el típico monstruo persecutorio y peligrosísimo. Al parecer, no había suficiente riesgo. Ya puestos, yo añadiría un par de magos gigantes que invoquen dragones.
A mí me encantan los combates en las novelas de fantasía; son un reto porque es muy fácil describirlos de manera confusa. Pero todo tiene un límite. Me costó algo de esfuerzo terminar el libro, porque la tentación de empezar otro fue creciendo exponencialmente con cada nuevo enemigo.
El villano tiene su propia línea argumental y aparece de vez en cuando para aburrirnos con sus cosas de malo; o sea, sus topicazos: esclavas, sirvientes sumisos, un malhumorado jefe demoníaco. No puedo decir mucho de estas partes porque no tardé en leerlas por encima, deseando que se terminasen cuanto antes. Sinceramente, creo que es uno de los villanos más flojos que he conocido en el género; no hay nada en él que me atraiga en ningún sentido. Y el combate donde despliega todo su poder, a pesar de que no está del todo mal, aparece cuando el lector está agotado de tanta acción.
Me gustaría decir, como en otras ocasiones, que se trata de una novela entretenida a pesar de su mediocridad; sin embargo, aquí debo claudicar. No descarto que pueda gustarle a algunas personas, porque hay gente para todo; pero conmigo no ha funcionado. Además, la traducción no es de las mejores...
Es posible que esté siendo demasiado duro, así que haré una relectura dentro de un tiempo.
Cuando empezaron a emitir el anime en los noventa, no me pareció nada especial. El argumento, extraído de Las misteriosas ciudades de oro, era sugerente; pero me echaron para atrás el estilo de dibujo y un ritmo más lento que una moto sin ruedas. Así que lo ignoré. Nunca hubiese imaginado que llegaría tan lejos, que se seguiría emitiendo más de veinte años después. ¿Cómo es posible que una serie aparentemente banal haya conseguido tanta popularidad?
Mi curiosidad era tan grande que me puse con ella desde el principio. El plan consistía en ver algo más de cien episodios, porque tiene ahora mismo cerca del millar y eso desanima bastante; son muchas horas. El plan fue un fracaso: después de casi un año, estoy en el último episodio, esperando con ansia el siguiente. Ahora sé la respuesta a la pregunta del párrafo anterior: Eiichiro Oda ha hecho una auténtica locura con los cimientos de aquella serie ochentera, ha construido decenas de personajes que tienen un carisma superlativo. Se nota que los ama y estoy seguro de que no le gustará el día que deba abandonarlos.
Cada uno de los protagonistas tiene un trasfondo trabajado al dedillo: sabemos sus pasados, miedos, sueños. Y son muy diferentes entre sí. Con todo, hay compañerismo, amistad, conflictos donde subyace el afecto. Están unidos porque se han convertido en una familia, justo lo que no han podido tener en su infancia. Por supuesto, también hay detrás un concepto de libertad, anarquía, porque no dejan de ser piratas que van más allá de las normas. Asimismo, la serie muestra una crítica extrema a la maldad que puede alcanzar el poder de cualquier tipo.
Además del buen hacer con los personajes, One Piece tieneescenarios tan atractivos que se quedan con parte del protagonismo. Eso es lo que le falta, por ejemplo, a Dragon Ball, donde son genéricos después de las primeras aventuras. Cuando la tripulación de Luffy llega a una isla, se introduce en un universo particular con su historia, costumbres, personajes. Es un mundo vivo. Y nunca dejan de aparecer nexos entre los capítulos, de forma que un cabo suelto en los primeros puede resolverse muchísimo más tarde. De eso se infiere que hay abundante planificación.
A Oda no le agrada eliminar personajes, pero así consigue que los momentos trágicos sean más significativos: si te dedicas a matar cada dos por tres, el efecto perderá fuerza hasta quedarse en nada. Una de las pocas muertes de One Piecees devastadora, inesperada, marca un antes y un después.
Diría que el mensaje principal gira en torno a la vida y la muerte, a la ejecución que aparece desde el primer momento: Roger ríe antes de morir porque ha sido libre y hasta fue capaz de cumplir su sueño. Sin embargo, se deja claro que lo más importante es el camino, no la meta. Por eso Luffy sonríe cuando está a punto de ser ejecutado en el mismo lugar, y por eso algunos personajes, él incluido, quieren recorrer ese camino sin atajos. Si no lo logran, al menos habrán vivido como ellos escogieron.
El aspecto negativo, que lo tiene, es el mencionado ritmo. El estilo puede gustar o no, pero es algo subjetivo. Lo innegable es que algunas escenas están alargadas hasta el infinito y hay capítulos de relleno. Yo me los salté y evité en lo posible ver las partes superfluas, así que acorté bastante la duración de la serie. El viaje mereció la pena. Y aún continúa.
Esta novela no es la más relevante de John Brunner, conocido sobre todo por la Trilogía del desastre; pero tiene su interés. La encontré en una librería de viejo por un euro y fui incapaz de dejarla allí; el precio era demasiado bueno. Además, estaba en condiciones aceptables a pesar de ser bastante añosa, ya que fue editada en el setenta y siete. Carecía de sinopsis y preferí no hojearla para que el argumento fuese una sorpresa. Lo cierto es que me pareció aceptable.
Tras superar la velocidad de la luz, los humanos se atreven a viajar por primera vez a otro sistema para echar un vistazo. Todo parece indicar que la misión ha sido exitosa: los audaces pioneros consiguen regresar a la Tierra y la nave está en perfecto estado. Sin embargo, su descenso al planeta se retrasa más de lo debido y los ciudadanos comienzan a inquietarse. Por si fuese poco, aparecen imágenes amenazadoras en el cielo, monstruos de dimensiones lovecraftianas que, desde luego, no contribuyen a la calma general.
Un periodista consigue descubrir la aterradora verdad: los tripulantes se han trasformado en una especie de monstruo y están retenidos en la nave. Siguen manteniendo sus recuerdos, pero sus cuerpos son completamente distintos. Asimismo, se han visto algunos miembros de la tripulación en la Tierra, lo cual sugiere que se trata de intrusos estudiando la sociedad humana. ¿Qué intenciones tienen? ¿Volverán los tripulantes a ser como antes? ¿Son ellos realmente? ¿Qué son esas imágenes celestes?
Esas preguntas son las que incitan al lector a pasar páginas, y funcionan porque es difícil soltar la novela hasta que se termina. Ahora bien, yo me hago otra: ¿no es mucha casualidad que el protagonista se encuentre al principio con su hermano, uno de los tripulantes? También cabe preguntarse cómo se las arreglan esas celebridades para pasar desapercibidas entre la población, lo cual parece un despiste del autor. Por suerte, eso se explica en las últimas páginas; aunque no descarto la posibilidad de que fuese un error enmendado en el último momento. De todas formas, son detalles irrelevantes que pueden ignorarse con facilidad.
No hay ningún personaje destacable, ni siquiera el protagonista, y muchos diálogos son apagados. La fuerza de la novela reside en la trama y el ritmo, pues las descripciones son breves y se hace un numeroso uso de la elipsis. Lo malo es que en algunas partes esos saltos invisibilizan escenas que podrían ser sugerentes, como las últimas entrevistas con el tripulante-monstruo.
El final es lo mejor, al menos para mí. Se trata de una revelación inesperada que mezcla pesimismo y esperanza. Pienso que entronca perfectamente con lo anterior, se siente como el desenlace que debía ser. No decepciona.
Se trata, en definitiva, de un libro mediocre pero entretenido. Cumple con lo primordial, que es hacer pasar un buen rato al lector. Lo recomiendo como lectura ligera. Imagino que los títulos de la Trilogía del desastre —Todos sobre Zanzíbar, Órbita inestable y El rebaño ciego— tendrán más nivel. Quizá los lea y reseñe por aquí.
Buscando las Confesiones de San Agustín, libro que nunca he leído, encontré este otro y no pude resistirme a adquirirlo; tenía curiosidad por saber cómo era el mundillo literario a principios del siglo veinte. Los primeros capítulos fueron bastante interesantes, aunque no me dijeron nada nuevo: explican el día a día de un editor, sus vicisitudes, los diferentes tipos de escritores con los que debe lidiar, la imprevisibilidad del lector, los malos juicios que se suelen hacer a los manuscritos. Por supuesto, hay diferencias con la actualidad; pero nada inaudito.
Lo que me dejó con la boca abierta es el sexto capítulo: «Imprimir a costa del autor». No imaginaba que las editoriales falsas tuviesen tanta solera. Supongo que en aquella época eran más difíciles de diferenciar, porque no había internet para leer opiniones diversas sobre ellas. Incluso ahora saben disfrazarse cada vez mejor, pues van eliminando aquello que las delata. Aun así, al final meten una puñalada por la espalda. Eso seguro. Antes o después el autor deberá soltar una buena cantidad de pasta para comprar su propia obra.
Como estas editoriales publican todo lo que les llega, su catálogo es un océano interminable y abigarrado de obras ignotas. Éstas reciben una promoción exigua, así que la mayoría del público no sabe nada de ellas. El autor se ve condenado a venderlas entre amigos, conocidos y familiares. Con suerte, algún despistado se hará también con una; pero lo más probable es que el autor acabe con un par de cajas de su novela en el sótano, donde irán siendo cubiertas por telarañas. Mal destino para un sueño.
Evidentemente, en un catálogo de proporciones gargantuescas puedes apostar a que alguna obra merece la pena, incluso habrá textos de calidad excepcional; sin embargo, también se quedarán en la sombra después de haber sido rechazados por las editoriales tradicionales. Los falsos editores se aprovechan de que no hay espacio para todo y se quedan con los rechazados, les ofrecen publicar aunque ni siquiera suelen leer lo que reciben: sólo les importa venderle los ejemplares al autor y llenarse los bolsillos. Es posible que con el tiempo simulen cambiar para seguir con el timo, lo cual les funciona, al parecer; hay editoriales de esta índole que siguen en activo después de unos cuantos años. Siempre habrá autores desesperados o sin experiencia a los que sacarles los cuartos.
Todo esto sucede, en parte, por culpa del desconocimiento: muy pocas personas se toman en serio a alguien que escribe y no publica, pero las cosas son muy diferentes cuando sí lo hace. Como el ciudadano medio no tiene ni idea de lo que son estas editoriales, cuela. Hasta pueden comprar en ellas sin percatarse de nada sospechoso. Además, las horas que pueden meterse en una novela son muchas, incontables, y hay una necesidad de ver recompensado ese trabajo solitario. La atracción que estas editoriales ejercen sobre ciertos autores es comprensible, desde mi punto de vista.
«Estos pseudo-editores en
ocasiones encargan manuscritos a escritores ignorantes. Ocultan anuncios en las
revistas literarias. La ignorancia y la ambición constituyen una combinación
susceptible. Hace algunos años, uno de estos convincentes estafadores sobornó a
un lector de una de las editoriales más importantes para que le facilitara los
nombres de todos los escritores cuyas novelas habían sido rechazadas. Después,
el charlatán los asedió con circulares y con cartas».
Cuando sospecho que una editorial es así, les envío mi primera novela; novela llena de errores e incoherencias de novato y otras bromas añadidas a posteriori, como hacer que dos personajes insulten a la editorial en un diálogo. Hasta hoy, ninguna de ellas ha rechazado el manuscrito, prueba de que no se molestan ni en leerlo por encima. La oferta editorial suele llegarme a la semana si no disimulan mucho, o al mes si pretenden aparentar un mínimo de seriedad. Ahora bien, reconozco que en una ocasión casi fui engañado por una que parecía completamente normal. Por suerte, investigué un poco y descubrí que los editores habían trabajado para una editorial falsa. Hay que andar con pies de adamantium.
Perogrullada: el dinero debe ir siempre de la editorial al escritor, no al revés. Es mucho mejor publicar por uno mismo antes que recurrir a esas «editoriales». La peor situación posible es que no te lea nadie, pero al menos no te habrán robado miles de maravedíes. Y no contribuirás a que sigan existiendo los que se alimentan de la inexperiencia.
«No cabe duda de que el miedo a los vecinos inmediatos es mucho menor ahora que antes, pero ahora existe un nuevo tipo de miedo, el miedo a lo que pueda decir la prensa, que es tan terrorífico como todo lo relacionado con la caza de brujas medieval. Cuando los periódicos deciden convertir a una persona inofensiva en un chivo expiatorio, los resultados pueden ser terribles. Afortunadamente, la mayor parte de la gente se libra de este destino por tratarse de desconocidos, pero a medida que la publicidad va perfeccionando sus métodos, aumentará el peligro de esta nueva forma de persecución social». Bertrand Russell. 1930.
«Quizá no exista una forma más segura de contagiarnos de un odio virulento hacia una persona que haciéndole sufrir una injusticia grave. Que otros tengan un agravio justo contra nosotros es una razón más potente para odiarlos que tener nosotros un agravio justo contra ellos. No hacemos a las personas más humildes y mansas cuando les mostramos su culpa y les obligamos a estar avergonzados. Es más probable que provoquemos su arrogancia y despertemos en ellos una agresividad temeraria. La rectitud es una manera ruidosa de ahogar la voz de culpabilidad en nosotros. Existe una conciencia culpable detrás de cada palabra y acto descarado, y detrás de cada manifestación de rectitud». Eric Hoffer, El verdadero creyente.
Hace ya unos cuantos años, Reverte escribió una frase demoledora: «Yo no tengo ideología, amigo mío. Yo lo que tengo es biblioteca». Seguro que lo hizo con ánimo de ofender, porque se nota que le gusta pinchar; pero me figuro que también la escribió pensando en toda la basura que se ha acumulado detrás de cada ideología política, en todos los que se han escudado en ellas para medrar y vender humo a cambio de oro. Ése es el motivo que me llevó a escribir «carezco de ideología» una vez. Sin embargo, es complicado, incluso imposible a veces, no tenerla. Hay muchas más de lo que parece y es probable que tus ideas encajen en alguna. Por ejemplo, una poco conocida es el conservadurismo progresista. Suena a oxímoron, pero existe.
Yo simpaticé con el comunismo durante la adolescencia, porque la pobreza era, y sigue siendo, uno de los aspectos que más me disgustan de las sociedades humanas. El comunismo parecía una solución fácil y algo por lo que merecía la pena luchar. Luego empecé a pasearme por la sección de filosofía de la biblioteca Jovellanos, a leer todos sus libros, y comprendí que era un idealista: una criatura imperfecta no puede vivir en una sociedad perfecta. No ahora, al menos. Por eso tenemos cerraduras en nuestras puertas; por eso Montesquieu se sacó de la manga el asunto de los tres poderes. Hemos llegado hasta aquí a través de un extenso y descarnado proceso histórico, y lo que tenemos es lo que más se adapta a la condición humana. Por supuesto, es un sistema mejorable y evolucionará con el tiempo; pero lo hará despacio, movido más por el ciudadano que por el político, ya que éste es un simple mercader ideológico preocupado por no salirse de la ventana de Overton.
Evidentemente, también percibo idealismo en ideologías como el anarcocapitalismo. Imagino que no tengo que explicar por qué. Homo homini lupus.
¿Era un fanático por aquel entonces? Puedes estar seguro: todo lo que se apartase del comunismo era fascismo, sin más. Tenía dieciséis años, no pidas mucho. Ni siquiera había leído El capital. Después perdí la fe en el ser humano y me volví un nihilista misantrópico. Es el camino sencillo, porque lo realmente complicado, lo que no abunda, es la auténtica fe en la humanidad. Por algo hay ahora transhumanistas con deseos de arreglar lo que está «roto» cuando sea posible. Lo interesante es que esa pérdida de fe hizo que desapareciese mi lado fanático. Cuidado: ni el nihilismo ni la misantropía son sinónimos de maldad. Ésta suele provenir de gente que se pone otros adjetivos más amables.
Dice Eric Hoffer que el auténtico contrario de un fanático religioso no es un ateo —uno que sea también fanático, claro—, sino un cínico al que le importe un bledo si dios existe o no. Míralo de esta forma: con los ateos se puede debatir y mantener viva la llama religiosa. Los cínicos a los que se refiere Hoffer, en cambio, construyen su vida al margen de la religión y no se molestan en pensar en ella; así que se debilita. Asimismo decía algo parecido de los fanáticos fascistas y comunistas: su verdadero contrario sería alguien moderado. De hecho, Hitler pensaba que podía convertir comunistas al nazismo, porque el fanático suele pasarse de un extremo al otro antes que pensar en moderaciones tibias. Tiene una necesidad de pertenencia.
Desgraciadamente, el fanatismo está hoy muy vivo: los políticos polarizan, apuntan a la emoción antes que a la razón. De esa forma manejan el odio, que es uno de los agentes unificadores más antiguos y efectivos. Odia al extranjero, al judío, etc. La clave es que haya un enemigo común que genere un movimiento. En el caso de España, verbigracia, sirve para instigar una batalla de espectros inocuos mientras ellos continúan en el poder. Pienso que Trevijano tenía razón al señalar que los partidos tienen más poder del que les corresponde, lo cual es un problema grave y sería una de las causas de tantas corruptelas. Lo dramático es que muchos están de acuerdo con esto, pero el enemigo ocupa ya todo su campo de visión y seguirán votando hasta el fin de los tiempos. Es una mezcla de odio y miedo: odio al contrario y miedo de que gobierne.
Además, la tentación de meterse en un movimiento es grande, sobre todo para el que está descontento consigo mismo. De esa forma su ser se disuelve en una masa que tiene una meta superior, sublime. A partir de ahí, convertirá todo en ideología: si tienes estas ideas, bien; si tienes estas otras, ¡al ostracismo! Algunos entran en esos grupos para medrar más fácilmente, pero en el fondo no están conformes y deben morderse la lengua u opinar sin embarrarse. También cabe la posibilidad de que les dé igual a qué barco subirse para crecer.
Curiosamente, el fanático siente en el fondo —muy en el fondo— respeto por su opuesto; pero detesta al moderado, ya que es su verdadero rival. Con él no habrá un cambio radical del aborrecible presente, que debe ser destruido para levantar el jardín del Edén. Todo fanático está en posesión de una verdad inamovible, la cual servirá para llegar hasta esa utopía; así que debatir con ellos es como caminar por un campo de minas: mientras tus ideas entronquen con las suyas, se mostrarán risueños y serán el mejor aliado posible; cuando digas algo que choque con su pensamiento marcado a fuego, se convertirán en la niña del exorcista. Mi consejo es que te abstengas de debatir con ellos, porque sólo conseguirás meterte en un callejón sin salida.
Internet es el perfecto escaparate para ver al fanático desde la distancia. Un lugar fascinante para cualquier observador. Una anécdota: durante mis primeros días en la red, quince años atrás, me metí en un foro político, en un tema que se llamaba ¿En tiempos de Franco vivíamos mejor?, y me chocó descubrir que aún había un buen número de franquistas. Cometí el error de discutir acaloradamente con ellos durante días hasta que me di cuenta de que sólo perdía el tiempo. Fue donde aprendí a no debatir con quien esté cegado por una ideología, no le interese la verdad o se deje engañar por el sesgo de confirmación.
Antaño tenía muy claro cuál era mi ideología; ahora sólo tengo cientos de dudas y el deseo de que las sociedades mejoren de una u otra forma. La educación, que es el útero de la sociedad, debe evolucionar con urgencia; aunque sin olvidar que hay un nexo profundo entre ella y el sistema. De momento, no estaría mal tener menos alumnos por aula, profesores de refuerzo, motivación, herramientas contra el acoso..., algo que renueve el modelo disciplinario y competitivo de nuestros días. Hay países que han demostrado empíricamente que puede hacerse con éxito. Es cierto que un cambio drástico podría resquebrajar el puente entre el mundo académico y el laboral, pero no se trata de eso en este caso.
Por supuesto, soy consciente de que más erudición no implica mayor bondad; sin embargo, hacer que sea más agradable el entorno en el que se mueven los recién llegados no es una mala idea. Piensa, además, en las consecuencias del acoso: grupos de humanos aprendiendo desde muy temprano que pueden dañar a un individuo sin represalias. ¿No hay una relación entre eso y algunas noticias de la actualidad? Tampoco estaría mal enseñar a dónde lleva el fanatismo, algo difícil cuando muchos profesores están dentro de él.