18 junio 2021

Valar morghulis

 

Tardé bastante en ver Juego de tronos porque no me apasiona, no es mi tipo de fantasía; sin embargo, hay en ella elementos que me gustan y pienso que mantiene un nivel aceptable durante varias temporadas, algo que no se puede decir de otras series. 

Voy a destriparla, así que ya sabes: si no la has visto aún, te recomiendo dejar de leer. 

No haré comparaciones con los libros porque no los leí todos. Pienso hacerlo, pero mi pila de pendientes nunca había sido tan alta y me costará encontrarles un hueco. 

Juego de tronos ha sido un fenómeno televisivo a la altura de Lost, una historia seguida por miles de fanáticos. Los constantes ditirambos, en este caso, son inevitables; aunque el final dividió al fandom porque no era lo que muchos esperaban y está lleno de recursos manidos, facilones. A mí no me gustó, sinceramente. Creo que es muy lentorro, monótono y dramático en exceso. Parece hecho a vuelapluma, sin tomarse tiempo para reflexionar sobre situaciones que merezcan la pena. Se nota asimismo la intencionalidad de narrar futuras historias —o esa es la sensación que da—, lo cual provoca que algunas partes queden demasiado abiertas y te dejen con ganas de saber más. No es un final satisfactorio, vamos. 

Mi momento favorito de la última temporada es la destrucción de la ciudad a lomos del dragón: Daenerys sucumbe a su propio poder, a la profunda frustración de estar tan cerca y tan lejos de su anhelado objetivo. Un montón de inocentes se interponen en su camino; pero, como ella misma dice en una escena anterior, no es su culpa que se hayan quedado en medio. Daenerys representa así a los que están dispuestos a destruirlo todo para construir una utopía cuyos cimientos son cuestionables y endebles. Varias de sus decisiones a lo largo de la serie dejan claro que prefiere el castigo al perdón. Sin misericordia. Conmigo o contra mí.

Lo que viene después tampoco está mal: Jon Nieve tiene que tomar la decisión más difícil de su vida..., y ninguna de las dos opciones es buena. Es el equivalente a un zugzwang en el ajedrez, cuando todas las jugadas llevan a un empeoramiento de la posición. Seguir a Daenerys supone tomar el camino de la destrucción; y asesinarla, el del infortunio. Al final se impone su sentido del honor y decide acabar con ella. Es lo lógico; me costaría imaginar otra cosa con todo el recorrido de ese personaje. Por desgracia, la escena se echa a perder porque a alguien se le ocurrió meter un simbolismo simplón e impostado. No era necesario que el dragón fundiese el trono. Incluso hubiese preferido que convirtiese a Jon Nieve en un montón de cenizas. 

Eso me recuerda una escena que despertó a mi sentido arácnido. ¿Era necesario que el dragón intentase incinerar al rey de la noche? Incluso teniendo una coherencia interna, chirría porque cualquiera que conozca el fantástico sabe que el fuego y los no muertos —aunque un caminante blanco no sea exactamente eso— no se llevan bien, igual que el agua y los gatos. Pero en este caso se trata del aliento de un dragón, nada menos. Aun así, el rey de la noche sale de las llamas cual terminator. Eso sí, con el fuego al menos podía verse algo en la oscuridad. 

Este dispositivo fue necesario para ver el
 tercer episodio de la última temporada

Definitivamente, podría haberse hecho un mejor desenlace. Las primeras temporadas están a un nivel mucho mayor a pesar de sus defectos. ¿Que qué defectos? Pues a algunos personajes, como el hermano de Daenerys o Joffrey, se les ven los hilos: se nota que han sido construidos con el objetivo de provocar una catarsis cuando les pase algo horrible. Es fácil intuir que van a espicharla en cuanto los conoces. 

La «muerte» del Perro es un recurso tan trillado que no funciona: cuando no veas el cadáver del personaje, sospecha. Sin ir más lejos, se trata de un truco usado en La canción de Albión, trilogía que reseñé hace unas semanas, y ahí tampoco engaña. El Perro, por cierto, es mi personaje favorito: lo que ves es lo que es. No lleva máscara como los políticos. También Arya me pareció interesante, aunque tenga un final insatisfactorio. 

Hay otra muerte, la de Jon Nieve, que me impresionó. Suele decirse que en esta serie no debes encariñarte con ningún personaje porque mueren a puñados; pero hay unos pocos que son los pilares de la historia y sería un error acabar con ellos muy temprano, a saber: Daenerys, Nieve y Tyrion. A pesar de ello, me creí la muerte de Nieve porque se ve el cadáver y mi respeto por Martin —o los guionistas— creció una barbaridad. No me percaté en ese momento de que una resurrección, una literal, también puede formar parte del viaje del héroe, y justo la línea argumental de Nieve es ese viaje. Campbell estaría orgulloso. Lo que no me convence tanto es usar su muerte como cliffhanger, porque es ir a lo fácil. 

Con todo, el conjunto es muy bueno y hay una gran cantidad de diálogos que merecen la pena. Me parece excelente la forma en que Tyrion consigue descubrir quién es el consejero menos confiable. Un engaño ingenioso. Y tanto Meñique como Araña son memorables. El primero tiene una frase, «el caos es una escalera», que podría ser el lema de muchos arribistas.  

No diría que Juego de tronos es la mejor serie de la historia, como he leído y escuchado; pero sí creo que tiene virtudes suficientes para estar entre las mejores. Es raro encontrar tantos personajes bien construidos y una trama que suscite tantas reflexiones. A ver si hay suerte y El bastón rúnico, historia de Moorcock que está preparando la BBC, consigue tener un nivel similar. 

03 junio 2021

Distant Worlds: Universe

 


Si tuviese que escoger un 4x espacial de entre todos los que hay, me quedaría con éste sin dudarlo. Lo de «4x» indica los factores que definen al género: explorar, explotar, expandir y exterminar. En este caso, todo se lleva a cabo con naves espaciales que buscan planetas para colonizar, minar o conquistar; aunque las condiciones de victoria varían en cada imperio y algunos pondrán más énfasis en el comercio, por ejemplo. No todos estarán muy interesados en guerrear. Si tienes suerte, te tocarán vecinos tranquilos; si no, tendrás que vértelas con alguien sediento de sangre y poco dispuesto a las charlas amistosas. Ese azar, unido a la aleatoriedad del mapa, es uno de los encantos del género. No hay dos partidas iguales. 

Lo que hace que Distant Worlds sea diferente, además de sus gigantescas dimensiones en todos los sentidos, es que el universo está vivo: mientras tú te encargas del estado, el sector privado irá construyendo y comerciando por sí mismo. Recuerdo una partida donde el sector privado comerciaba con los mismos piratas que estaban extorsionando al imperio. ¡Todo por la pasta! Y si encuentras un buen paisaje donde construir un centro turístico, enviarán naves de pasajeros dispuestos a perder el tiempo y soltar billetes. Estos centros pueden tener sus propias defensas, cazas que se zamparán a cualquier molesto pirata con ganas de juerga. 

Los piratas no se parecen a los que suelen encontrarse en juegos similares. Primero te ofrecerán un pacto: «dame un generoso estipendio a cambio de mi protección, amigo». Por supuesto, no tardarán ni un segundo en atacarte si no les pagas. Es lo que hay. También te darán información interesante de vez en cuando, como la ubicación de una colonia o el mapa de algún sector desconocido. El jugador debe valorar si le conviene tener tratos con ellos, porque en caso contrario harán incursiones donde más duela. Ah, y es posible jugar partidas siendo pirata; aunque nunca lo he probado y no sé si será entretenido. Seguro que sí. 

El jugador puede verse abrumado por la inmensa cantidad de tareas que aparecen a lo largo de las partidas, pero puede delegar lo que quiera a la IA. Eso sí, un humano con cierta experiencia será mejor. Yo manejo las naves exploradoras al principio, cuando me interesa que busquen planetas colonizables lo más cerca posible; si se las dejase a la IA, se irían al quinto pino. Las naves constructoras, en cambio, las automatizo porque su tarea es repetitiva y tediosa. Sólo les doy órdenes si aparece algo interesante en el mapa para reparar, como el pecio de una nave capital, o si he encontrado uno de los tres recursos más raros de la galaxia. Uno de ellos, por cierto, es un homenaje a Dune. ¿Adivinas cómo se llama y en qué tipo de planeta se encuentra? 

Las batallas, porque tarde o temprano habrá batallas, son espectaculares y a tiempo real. Naves de todo tipo atacándose con el armamento que hayas elegido investigar. Hay un árbol tecnológico entero dedicado a las armas —este juego tiene tres árboles que se van investigando a la vez—, y será importante estudiar la situación para saber en qué rama conviene avanzar. Un imperio de comerciantes, verbigracia, querrá tener buenas defensas porque no ganará nada con las guerras; así que tendrá bases defensivas que serán auténticos avisperos de cazas, entre otras cosas. Necesitarás una flota considerable si quieres hacerles daño. 

Distant Worlds es enorme. Llevo jugando unas cuantas horas y tengo la sensación de que sólo he visto la superficie sin haber metido todavía ni un mod, porque hay un montón: Star Trek, Star Wars, mejoras de IA, más razas... 

Una de las pocas críticas que se le hace al título es que se vuelve caótico en las fases finales, cuando tu imperio domina un buen pedazo del mapa. Yo discrepo con ella porque el juego te ofrece las herramientas necesarias para que eso no ocurra. Es cierto que el mapa es enorme, que las naves son muchas, que los piratas pueden colarse por el sitio más inesperado; sin embargo, basta con prestar atención a las alertas y reducir la velocidad durante los momentos peligrosos. También hay que saber asumir pérdidas: a veces resulta imposible defenderlo todo... a menos que inviertas una buena suma de dinero en ello. 

Personalmente, lo que no me gusta es diseñar las naves; se me hace tedioso. Hay quien lo disfruta, pero yo prefiero dejárselo a la IA aun sabiendo que es peor. Lo demás me parece perfecto. Tengo curiosidad por ver si la segunda parte será tan buena, porque va ser muy difícil que derrote a la primera. Ojalá que la compañía se supere a sí misma. 

23 mayo 2021

La canción de Albión

 


Han pasado unos cuantos años desde que intenté leer esta trilogía por primera vez, tantos que me asombraba recordar algunas partes. Lo que no recordaba era por qué había abandonado en Mano de plata, así que mi curiosidad hizo que desempolvase los libros para regresar a Albión. 

El primero me enganchó una barbaridad y lo terminé en un par de días; aún me parece una gran novela a pesar de sus pocas taras. El segundo... me hizo ver de inmediato el motivo de que fuese abandonado. Lawhead, el autor, hace algo que considero poco recomendable cuando el lector acompaña a un personaje durante mucho tiempo: cambia al protagonista. La narración en primera persona pasa del héroe al clásico compañero, lo cual provoca una cierta confusión durante un rato, al menos a mí. Además, en La última batalla cambia de nuevo, el héroe vuelve a ser el narrador. Pienso que es innecesario, aunque quizá me equivoque. Si fuese una obra coral, otro cuervo graznaría. 

Vamos al lío: todo empieza con dos jóvenes universitarios, Simon y Lewis. El primero es altivo, ha tenido una vida fácil gracias a su posición; el segundo sirve de contraste para generar un conflicto inevitable. Ambos son amigos que estudian la cultura celta, y el entusiasmo de Simón arrastra a Lewis hacia una granja donde se dice que apareció el cuerpo de un uro. Ése es el primer contacto con Albión, un mundo bucólico y céltico en el que los protagonistas vivirán sus aventuras. Accederán a él mediante un cairn, un montículo de piedras que puede tener varios propósitos: marcar un lugar sagrado, recordar una batalla importante, etc. 

Lawhead construye su universo inspirándose en el mundo de las ideas de Platón: todo lo que hay en el otro lado es más bello, perfecto, benévolo. Y está conectado a nuestra realidad; es decir, lo malo que suceda en Albión repercutirá en nosotros. Por eso es primordial que sea reparado lo que está corrompiéndolo. 

Las novelas enganchan porque Lawhead conoce y emplea las herramientas para que eso suceda. Asimismo sabe cómo conseguir que ames u odies a un personaje. De hecho, en esta trilogía encontrarás a uno de los villanos más odiosos del género fantástico. Lo único que me desagrada es el ritmo, lastrado por la paja reiterativa de algunos fragmentos. A veces los personajes realizan acciones banales, o se repiten diálogos y reflexiones. No sucede muy a menudo, pero sucede. Es frustrante cuando deseas que se acabe ya de una vez esa maldita escena interminable que no te interesa ni lo más mínimo. Tuve la tentación de saltarme páginas más de una vez porque son fragmentos que no aportan nada, lo importante permanecerá inalterado tanto si los lees como si no. 

La canción de Albión no cuenta nada nuevo, no es original en ningún sentido; pero está muy bien ejecutada y cumple de sobra, tiene todo lo que uno espera de una obra del género: romances, duelos, batallas, misterios. Por ende, la recomiendo, sobre todo si la encuentras por ahí a buen precio. 

18 marzo 2021

¿Existe el individuo?


Las palabras «individuo» y «colectivo» suelen vagar, asilvestradas, por las peligrosas junglas ideológicas, terreno en el que no es mi intención adentrarme. No ahora, al menos, porque los políticos —todos, sin excepción— me han saturado con sus mensajes reduccionistas, fuegos fatuos y bálsamos de Fierabrás. Tengo que aprender a ignorarles por completo. 

Empezaré con un ejemplo extremo: Eric Hoffer, autor de El verdadero creyente, tuvo problemas de visión que lo apartaron del sistema educativo; así que se dedicó al autoaprendizaje mientras trabajaba de jornalero y estibador de puerto. Esto, evidentemente, tiene mucho más mérito en una época donde internet era sólo un sueño, porque ahora todo está al alcance de un clic. El tipo se buscó la vida en bibliotecas y librerías, aprendió sin ayuda. Por ende, ¿podemos afirmar que se trata de un individuo? ¿Alguien que se hizo a sí mismo de manera aislada? 

Debemos tener en cuenta que en realidad sí tuvo algo de educación, porque sus padres debieron enseñarle a leer y escribir, lo cual le permitió realizarse después. Además, los libros que leyó no salieron de la nada; fueron escritos por otros humanos. Supongo que aquí el nexo entre el individuo y el grupo está claro. Eric nació y se desarrolló en un entorno preconstruido que le permitió evolucionar. No creo que podamos definirlo como un individuo completo. 

Habrá que ir más lejos, pues: un náufrago, alguien que deba arreglárselas solo en una isla como Robinson Crusoe. En principio, puede parecer que es un ente aislado. No tiene a nadie alrededor para echarle una mano. Se trata, sin duda, de un perfecto individuo... o lo sería de no ser por sus conocimientos adquiridos en el grupo, los cuales usa para sobrevivir, y por su lenguaje, que articula cada pensamiento. Todo eso forma una conexión invisible con la sociedad que le dio a luz. Si se hubiese desarrollado solo desde un principio, sería como un animal, y aun así habría un pequeño lazo con sus progenitores, como le sucede a Tarzán. Esto último es en teoría, claro; un cachorro humano necesita a otros para sobrevivir. Incluso si el individuo completo existiese, no podría serlo durante toda su vida. 

A medida que el colectivo evoluciona, inexorable, va cobrando firmeza la idea del lobo solitario que se vale por sí mismo; idea, además, que a veces incluso se considera meritoria. Pero es una quimera: como diría el meme del Joker, «vivimos en una sociedad». La basura no se tira sola, la vegetación no tiene la cortesía de mantenerse en sus límites, los productos de las tiendas no aparecen expuestos por arte de magia, el edificio donde uno vive no estaba ahí desde el albor de los tiempos. Incluso los trabajos más aislados dependen del grupo. Un youtuber profesional, por ejemplo, no podría serlo sin sus seguidores. Recordemos la dialéctica del amo y el esclavo: el primero dejaría de ser amo si destruyese al segundo. 

Los conceptos «individuo» y «colectivo» aparecen como antagónicos en muchos textos, pero yo me atrevería a decir que no hay tanta diferencia entre uno y otro. Para Aristóteles, los individuos son como las piedras de una casa. Es imposible ver esa casa, comprenderla, si sólo se enfoca la mirada en una piedra. 

Y hasta aquí otro de mis dislates filosóficos. Ya que he mencionado a Hoffer, en el siguiente quizá reflexione sobre el abrumador fanatismo actual. Añadiré, por último, que soy alguien individualista que recela de los grupos; sin embargo, a veces hay que abandonar las circunstancias cuando se busca la verdad. 

07 febrero 2021

Mis diez películas favoritas (segunda parte)

 

Mención especial para las que se han quedado fuera por muy poco: Doce hombres sin piedad, Un día de furia, Los héroes del tiempo y Return To Oz. La última es de las que vi un montón de veces durante la infancia, pero me resisto a hacerlo ahora y desconozco cómo habrá envejecido. Supongo que muy mal, así que prefiero quedarme con las buenas reminiscencias que me quedan. 

5. El ejército de las tinieblas


Recuerdo ir al colegio y hablar de esta película con entusiasmo a cualquier incauto que se cruzase conmigo, porque para mí fue todo un descubrimiento. «¡Esta es mi escoba de fuego!». La tenía en VHS —qué tiempos— y no podía dejar de verla. Al paso de los años, fui detectando los numerosos errores que tiene, como las colchonetas que se distinguen en una escena; pero no me importan ni lo más mínimo: Sam Raimi hizo algo tan único y genial con este filme que sus faltas no logran empañarlo. ¿Cuántas veces, en aquella época, tenía uno la oportunidad de admirar la marcha de un ejército no muerto en su televisor? Una marcha, además, acompañada por una banda sonora excepcional y un humor destacable, ya que la película no se toma en serio a sí misma. 

El ejército de las tinieblas fue un soplo de aire fresco para los que jugábamos a rol y wargames de fantasía en los noventa, pues no era común que algo tan friki y gamberro circulase por ahí. Y estos asuntos no estaban bien vistos por la mayoría, que consideraba el fantástico —de la ciencia ficción ni hablemos— como algo propio de raros. Al menos así era en mi entorno. 

4.Willow


Para muchos es la mejor película de fantasía que se ha rodado. Yo no lo creo, pero lo entiendo: por algo está en la cuarta posición de mi lista. 

La estructura es el típico viaje del héroe —normal con Lucas de por medio—: hogar, elemento que viene «del otro lado», mentor, pruebas. Es curioso que ese «elemento» sea un bebé humano, porque en principio no tiene nada de especial; pero se trata de un humano que llega a un poblado de nelwyns; o sea, hobbits con otro nombre. De hecho, Lucas tenía planeado rodar El hobbit en un principio. Como no consiguió los derechos, hizo Willow. Yo lo prefiero así porque se trata de algo diferente. Además, es un muy buen filme: los actores lo hacen de miedo, la banda sonora de Horner es inolvidable, hay humor, lo cual siempre es un plus, y los paisajes son impresionantes. No se me ocurre qué más pedirle a una película. Quizá sea la nostalgia, pero no he encontrado nada parecido en el cine actual. Ni siquiera El señor de los anillos me emocionó tanto como esta aventura clásica y sus numerosos momentos catárticos. 

3. Conan el bárbaro


Aunque los dos títulos de arriba tienen una gran banda sonora, ésta se halla entre las mejores que se han compuesto para una película, ni más ni menos. La escucho mientras escribo esta entrada y hasta tengo el CD original, comprado en una de esas tiendas de música ahora desaparecidas. La épica que irradian los temas es inenarrable. Hay una parte en Crystal Palace —Conan el destructor— que me pone los pelos como púas de erizo. 

Y la película. ¡Qué película! No podían haber escogido a alguien mejor para interpretar a Conan; la inexpresividad y dureza de Arnold encajan a la perfección, igual que cuando fue un aséptico terminator. Él es el Conan de la pantalla y nadie podrá reemplazarlo. Dicho esto, los relatos de Howard están muy por encima y te los recomiendo si no los has leído. La parte donde Conan encuentra su espada es mucho más espectacular en el terreno literario, por ejemplo; aunque no sé si lo ahí descrito hubiese quedado igual de bien. Lo que funciona en un texto a veces no lo hace en el cine, y viceversa. Son dos formas diferentes de narrar. 

2. Dentro del laberinto


El ingenio y la imaginación de Henson, Terry Jones y Brian Froud, entre otros, dieron como resultado una obra sobresaliente. Lo único que puedo hacer es alabarla. La atmósfera, la música, los personajes, cada pieza se conjuga para generar algo maravilloso. Bowie hace una perfecta interpretación de Jareth, el rey de los goblins, y Connelly no se queda atrás. Los títeres tienen un diseño espléndido, incluso los que no aparecen en primer plano. Esto es, en suma, una película especial, irrepetible, que ha envejecido bien gracias a sus efectos tradicionales. Podría encontrarse perfectamente en la primera posición; pero ahí sólo hay espacio para una, la cual está relacionada con ésta, como se verá. 

Tras ver Dentro del laberinto me aficioné al género fantástico de inmediato, fue para mí la entrada a ese mundo. No me extraña que ahora, décadas después, se considere de culto y tenga hasta un juego de rol. Uno muy bonito, además. Lástima que mis días como rolero se hayan quedado muy lejos. Me queda la espinita de no haber sido el clásico pícaro. 


1. Cristal oscuro


«En otro mundo. En otro tiempo. En la era de la maravilla, hace mil años, esta tierra era verde y era buena, hasta que se quebró el cristal y un trozó se perdió...». Sí, Jim Henson y Brian Froud de nuevo. La primera vez que vi Cristal oscuro me fascinó por completo, aunque era muy pequeño y un par de escenas me desagradaron profundamente. Con el paso de los años, encontré a varias personas de mi generación que también sufrieron durante las mismas partes, a saber: la descarnada muerte del principio y el drenaje de vida. Lo último recuerda en exceso a una ejecución y es, desde luego, poco adecuado para el terreno infantil. Seguro que quien lo vea de adulto no notará nada raro, pero se quedó grabado en la mente de muchos niños. 

Igual que con El secreto de NIMH, la historia no me interesa tanto como el arte, que es sublime; sin embargo, pienso que tiene su interés: ¿a dónde llevaría la destrucción de lo que consideramos moralmente negativo? Seguro que la pregunta cobrará mucha relevancia en el futuro, cuando tal vez exista esa posibilidad. Lo único malo de Cristal oscuro es la sensación de vacío que deja cuando termina, porque sabes que no hay ni habrá nada similar en el cine. 

12 enero 2021

Mis diez películas favoritas (primera parte)

 

Aunque no soy muy cinéfilo, hay películas que he ido viendo varias veces a lo largo de los años. Algunas, como Cabeza borradora, me impactaron y conservo un buen recuerdo de ellas; pero no volvería a verlas de nuevo, así que se quedan fuera de la lista. Lo que viene a continuación es muy personal, gusto propio, y lo que me lleva a publicarlo es mero divertimento, amén de que quizá sirva para que alguien descubra algo que le interese. El criterio que seguí es sencillo: son películas que vi más de una vez y no me daría pereza volver a hacerlo. 

10.  Rebelión a bordo


Siempre acabo encontrándome este film en la tele antes o después —es curioso, porque sólo la enciendo mientras como—, y me entretiene cada vez que lo hago. Incluso ahora lo volvería a ver sin temor a aburrirme, porque el conflicto entre los dos personajes principales está magníficamente llevado. Decía Maquiavelo que puedes ser amado o temido, hasta ambas cosas; pero deberías evitar el odio. Saber eso le habría venido fenomenal al despiadado capitán Bligh, porque antepone su ambición a la vida de sus hombres. Eso provoca que el segundo de a bordo, interpretado por un colosal Marlon Brando, termine perdiendo la paciencia y rebelándose. La moral acaba imponiéndose a la jerarquía, encarándose a un poder tiránico. Podría decirse que es una representación a pequeña escala de lo que sucedió en algunos países, aunque en estos la historia tiene una mayor complejidad. Lo terrible es que las personas como Bligh existen. Menos mal que son muy raras de encontrar: sólo quien haya vivido lo suficiente o tenido mala suerte se habrá topado con alguna. En mi caso, una única vez. 

9. Cromwell


«La democracia, señor Cromwell, era una bufonada griega basada en la descabellada teoría de que existen posibilidades extraordinarias entre las gentes más ordinarias». Algunos reyes, embriagados por el absolutismo, no fueron conscientes de su delicada situación hasta que ya no se pudo dar marcha atrás. Al fin y al cabo, eran simples humanos que ostentaban un símbolo de poder únicamente real en un imaginario colectivo; es decir, el pueblo podía volverse contra ellos y destruirlos. Esta película narra, de forma resumida, la guerra civil inglesa, o cómo un monarca obstinado puede terminar dando un paseo en dirección al cadalso. Algo bueno puede decirse de Carlos I: mantuvo la dignidad hasta el último momento. Lo malo es que eso no le sirvió de nada; hubiese sido mejor para él ceder terreno ante el parlamento y el radicalismo puritano de Cromwell, en vez de mantenerse enrocado. 

Los actores que encarnan a esos personajes lo hacen de forma excelente —uno de ellos es Obi-Wan, qué más quieres— y las escenas de batalla están bien recreadas. Muy recomendable. 

8. El secreto de NIMH


Aquí dudé entre ésta y El vuelo de los dragones, pero al final venció la fascinación que El secreto de NIMH me causaba cuando era un crío. Sin exagerar, es muy probable que la haya visto entre diez y quince veces. Por eso aún hoy me la sé de memoria. Decidí no volver a echarle un ojo porque no quiero estropear mis recuerdos; es posible que haya envejecido mal y, además, algunas obras es mejor visitarlas a ciertas edades. Aun así, creo que debe estar en la lista como representante de mi infancia... a pesar de que tal vez no sea lo mejor que puede ver un niño: varias escenas pueden generar una desagradable sensación de angustia.  

En este caso, la trama nunca me interesó tanto como la atmósfera y la fuerza de las imágenes, intensificada por la banda sonora de Goldsmith. Las manos sarmentosas escribiendo con tinta mágica, el búho cubierto de telarañas, el arado arrasando todo un mundo, las luces inesperadas y sus reflejos. Cada momento contiene una magia inefable que no se percibe en otras películas similares. 

7. El hombre omega


Hay varias versiones cinematográficas de Soy leyenda, novela escrita por Matheson. La más conocida, con diferencia, es la que protagonizó Will Smith; pero a mí me gusta que las películas se distancien de la obra original y tengan personalidad propia. Aquí no hay vampiros, sino mutantes encapuchados sensibles a la luz, un clan que busca la destrucción del protagonista al caer la noche.   

Lo cierto es que tiene momentos que dan vergüenza ajena, como los gestos que ponen los actores «muertos», y algunos diálogos son demasiado explicativos para mi gusto: los personajes hablan entre sí hechos que conocen de sobra porque en realidad se lo están contando al espectador. Esto hace que no se posicione más arriba. Con todo, me parece muy divertida y no me canso de verla cada cierto número de años. Además, la banda sonora es muy buena y hace que los títulos de crédito sean difíciles de olvidar, sobre todo por esos planos que enseñan detalles ajenos a la mirada del protagonista. Destacable el cadáver de la azotea, tomando el sol plácidamente en su tumbona. 

6. Blade Runner


Después de la enorme cantidad de análisis que ha tenido Blade Runner, no voy a decir nada nuevo. Se ha mirado con lupa cada milímetro del filme y a estas alturas son de sobra conocidos los detalles más relevantes. Si ya la has visto, sabrás por qué está aquí, y si no, te estás perdiendo una obra maestra. A veces cuesta decir «obra maestra», pero con este título no cabe duda alguna. Todo es excelente: actores, banda sonora, atmósfera, diálogos. Todo. Quizá el ritmo pausado pueda echar para atrás a algunos, porque esto no es una peli de acción al uso; sin embargo, merece la pena darle una oportunidad. Es tan buena que incluso supera a la novela, y no por poco. Se merecería estar entre las primeras posiciones, pero lo que viene después me marcó mucho más a pesar de no hallarse al mismo nivel. Por desgracia, ando mal de tiempo últimamente y opté por dividir esta entrada en dos partes; así que deberás esperar para saber qué pelis están por encima de este portento cinematográfico.