Reseñas literarias y artículos culturales

domingo, 12 de febrero de 2023

El país de las pesadillas

 

No suelo soñar nada. Para mí dormir es el equivalente a desaparecer durante un rato, lo cual me resulta agradable. Supongo que habrá a quien no le guste esa perspectiva, pero yo lo prefiero así: cuando era pequeño, debía lidiar con un pasmoso número de pesadillas. Eran tantas que odiaba la idea de irme a la cama. 

Una de las primeras que me vienen a la memoria comienza en el patio del colegio. Caminaba tranquilamente hasta que un depredador —el de la peli protagonizada por Arnold— surgía del suelo y empezaba a cargarse todo lo que pillase. Es un concepto que ahora me resulta un tanto ridículo. Quizá fue el resultado de ver una peli inadecuada para una edad tan temprana, porque algunas escenas son duras. Lo bueno es que fue un sueño breve. 

La mayoría de las pesadillas sucedían en mi casa: despierto en mi cuarto y todo está en una asfixiante penumbra. Al salir, veo que el pasillo principal tiene una débil iluminación; pero hay una oscuridad impenetrable en las habitaciones. Como los interruptores no funcionan, decido quedarme en el pasillo y esperar, ya que soy consciente de que estoy soñando. No pasa mucho tiempo hasta que una fuerza invisible me empuja lentamente hacia la habitación más cercana, y una vez dentro algo me agarra las extremidades con fuerza hasta que me hace despertar. Aquí se cumple aquello de que se teme más lo que no puede verse, lo ignoto. 

En otras ocasiones, había una tenue iluminación en toda la casa; pero percibía una entidad maligna que me buscaba. Cuando lograba cazarme, descubría que se trataba de una criatura oscura y lovecraftiana. Luego despertaba de inmediato. Me di cuenta, con el tiempo, de que siempre despertaba cuando sufría daño dentro del sueño, y eso me llevó a usar una estrategia infalible que me libró de muchísimas pesadillas: la autodefenestración, es decir, tirarme por la primera ventana que encontrase. No fallaba, sólo tenía que abrir la ventana y arrojarme al vacío. Conseguía despertarme incluso antes de tocar el suelo. De repente, poseía un gran método para no temer a la noche. 

Sin embargo, mi subconsciente no me lo iba a poner fácil; así que las ventanas pasaron a estar tapiadas. Un muro de ladrillo impedía mi intento de escapatoria. Y la criatura volvió a darme caza de nuevo. 

Las pesadillas fueron cesando con el tiempo, pero aún tengo alguna muy de vez en cuando. Dos o tres al año, más o menos. Y son, por supuesto, mucho más temibles que aquellas fantasías de la infancia. Ojalá se me diese bien la pintura para inmortalizar tamaño horror. 

Pondré un par de ejemplos: en el primero, avanzo por un desfiladero para llegar a un enorme templo blanco. Dentro, gigantescos bebés antropófagos gatean alrededor de una fuente de la que mana sangre. Y en el segundo, floto sobre un océano lleno de megalodones. El paraíso para cualquiera que tenga talasofobia. Imagino que ahora comprendes por qué me resulta agradable la idea de no soñar nada. 

jueves, 5 de enero de 2023

Lágrimas de luz

 


La primera impresión fue mala: el inicio me pareció ampuloso y, tras echar un vistazo a algunos capítulos, hallé diálogos donde los personajes dedicaban demasiado tiempo a explicar sus ideas. Hay, por tanto, un problema de ritmo, al menos desde mi subjetividad como lector. Pienso que podrían recortarse unas cuantas partes sin que la historia se resienta. 

Sin embargo, el objetivo principal de una novela no es sino el entretenimiento. Y eso lo cumple de sobra. Es interesante seguir los pasos de Hamlet, el protagonista, porque sirve de escaparate para echar un vistazo en esa tercera edad media, esa distopía donde los humanos son piezas de una conquista sempiterna. Hamlet, poeta mujeriego y melancólico, será usado como instrumento: sus trabajos deben maquillar las guerras, darles un toque épico y romántico. Para eso existen los poetas. Quien se atreva a salirse de esa línea, no será útil. Esto entronca con la realidad de hoy, donde muchos escritores son herramientas del mercado ideológico. 

Además de esa idea, Rafael se atreve a viajar por otros caminos peligrosos. Ejemplo: ¿habría racismo si todos los humanos fuesen blancos? La respuesta es que sí, por supuesto; aunque el autor podría haber ido más lejos: ¿si las condiciones materiales hubiesen sido distintas, serían otros los sometidos? Conozco a personas que no se atreven a responder esa pregunta. El martillo que se usa para romper el imaginario colectivo es muy pesado, me temo; no cualquiera puede con él. Lo que está claro es que Lágrimas de luz incita a la reflexión. 

Así que tenemos un libro entretenido que además mueve los engranajes del cerebro. No está mal. Personalmente, lo que no me ha gustado es la prolepsis del inicio, porque es una promesa que se retrasa mucho en una historia poco ágil. Pasadas las doscientas páginas, empiezas a pensar cuándo vas a encontrarte con ese Hamlet más veterano e interesante. Las recurrentes escenas de sexo empiezan a hacerse muy extensas, y los diálogos, interminables. Tampoco ayuda que haya un duelo entre dos personajes cuya muerte no signifique nada para el lector, salvo un encogimiento de hombros. 

Dejando eso a un lado, el libro está escrito de manera exquisita, lo cual ya es un buen aliciente para mí, y las situaciones por las que pasa el protagonista son atrayentes. Es fascinante recorrer su período de aprendizaje, donde aprende la manera «correcta» de escribir, o su paso por el ejército, donde vive experiencias terribles. Lo que viene después, no lo detallo para evitar destripes, también merece la pena. La novela es redonda y funciona hasta el final. Esto tiene mérito porque el autor era joven cuando la escribió. 

El único problema, como ya mencioné, es el ritmo. Por eso algunos lectores se quejan de que hay poca acción. Yo mismo a veces tenía la impresión de que la historia se quedaba atascada, así que aumentaba la velocidad de lectura hasta que se ponía en marcha de nuevo. Si eres de los que tiene problemas con la prosa de El señor de los anillos, que no es para tanto, será mejor que ni te acerques a Lágrimas de luz

No creo que sea lo mejor que se ha escrito en la ciencia ficción española, como he leído en un foro; pero sí es una obra excelente con un nivel altísimo. Muy recomendable. 

jueves, 3 de noviembre de 2022

¿Qué es un roguelike?

 


Es fácil encontrar intensos debates sobre qué es exactamente un roguelike. El asunto ha provocado duelos, matanzas y apocalipsis. Planetas enteros destruidos entre explosiones de nerds airados. 

La palabra, en principio, lo deja muy claro: roguelike es «como el Rogue»; es decir, como aquel clásico de principios de los ochenta. Los primeros juegos que han seguido su estela no dejan lugar a dudas, porque se limitan a copiar y ampliar el original. Uno de mis favoritos, Angband, añade más pisos, monstruos, personajes, objetos... Es como un Rogue multiplicado por diez, y mantiene lo que considero imprescindible: muerte permanente, turnos y un alto nivel de azar. Para mí, los juegos que no reúnan esas características no deberían estar dentro del género. Por eso a alguien se le ocurrió el término Roguelite —con la letra te— para designar a los que han introducido elementos demasiado diferenciadores. 

Uno de los aspectos más importantes, uno que más sentido le da a jugar a estos juegos, es la continua sensación de riesgo que da la muerte permanente. Nunca se sabe cuándo va a producirse esa situación crítica donde un paso en falso acaba con todo; pero cada fracaso supone un aprendizaje que mejora al jugador, lo acerca un poco más a la victoria. Por lo tanto, la pregunta adecuada no es «¿ganaré en esta partida?», sino «¿hasta dónde llegaré?». Las personas que usan otro enfoque suelen rendirse y abandonar el género, porque no soportan perder a un personaje después de haber jugado unas cuantas horas con él. Es mejor no encariñarse con ellos.  

Que sea por turnos es otra faceta fundamental; Rogue, el título primigenio, se concibió de esa manera y se define como un juego de estrategia, lo cual es cierto. Los turnos le dan un toque característico a las tácticas que se usan para afrontar los diferentes peligros. Algunos monstruos no pueden ser derrotados con tu arma básica, así que toca pensar en huir o usar combinaciones de objetos para debilitarlos. Dependiendo de qué Rogue se trate, a veces es mejor uno u otro caso. Asimismo, debe tenerse en cuenta que unos pocos enemigos, a pesar de no ser muy fuertes, pueden arrebatarte la experiencia, reducir tus atributos, oxidar tu armadura, quemar esos preciados pergaminos... 

Y el azar, no puede faltar el travieso azar. Las mazmorras y los enemigos deben ser totalmente aleatorios. De ese modo el jugador siempre desconoce lo que acecha tras cada esquina, amén de que así jamás hay dos partidas iguales. Pocos juegos pueden ser más rejugados que un roguelike. Por supuesto, se trata de una característica que genera situaciones injustas, a veces tanto que no hay posibilidad de escapar; pero es parte del encanto. El truco consiste en minimizar riesgos todo lo que sea posible: si tomas muchos, las probabilidades de morir aumentarán a la larga. Ahora bien, las amenazas grandes suponen recompensas grandes. 

Creo que está claro lo que es un roguelike para mí. Todos los que se crearon después del juego original lo son: ADOM, Angband, Nethack... A partir de ahí, también lo es cualquiera que reúna los detalles explicados. Así que son roguelikes Sword of Stars: The Pit, Infra Arcana, Prime o Brogue, por mencionar cuatro. Los títulos como Binding of Isaac tienen algunos rasgos del género, pero no son roguelikes aunque en muchos sitios se vendan como tal. Añado que es necesario algo de sentido común: Rogue va de un pícaro que desciende pisos en una mazmorra, concepto que sólo puede estirarse hasta cierto punto antes de que se rompa. 

Desgraciadamente, son juegos para un público muy específico y no gozan de la fama que merecen, a diferencia de los sencillos roguelites como Vampire Survivor. Si nunca has probado este género y tienes curiosidad, te recomiendo empezar por el original. Abajo dejo un enlace a una versión con mejores gráficos, porque lo habitual es que todo esté representado por letras. Un dragón, por ejemplo, sería una «D»; un goblin, una «g»...


miércoles, 24 de agosto de 2022

El despertar del Leviatán

 


El libro comienza con un breve prólogo: Julie está atrapada en una nave con invasores desconocidos, los cuales torturan a sus compañeros de tripulación. Cuando se libera, descubre algo misterioso, inexplicable, que será el gancho inicial para el lector, la promesa que conviene hacer al principio para cumplirla luego con creces.  

A partir de ahí, la estructura se bifurca, narra las historias de dos personajes con personalidades muy definidas. Holden es un idealista, alguien que no es capaz de ver las consecuencias de revelar ciertos acontecimientos. Miller, en cambio, es un detective inveterado que ya lo ha visto todo; por lo tanto, es más certero a la hora de predecir por dónde irá la condición humana. Esta, por cierto, encaja a la perfección con las diferentes circunstancias de cada sitio, ya que el sistema solar ha sido colonizado. Los humanos que necesitan importar un recurso básico lo valorarán bastante más que un terrestre y actuarán en consecuencia. 

Me gustaría ahondar más en el argumento, pero hay peligro de pisar un destripe y salir por los aires. Después de haber leído algunas sinopsis por ahí, llegué a la conclusión de que en esta obra es mejor entrar sabiendo lo menos posible. Baste decir que la trama contiene mucha acción y algunos giros sugestivos. La novela es efectiva en lo primordial: entretiene, y no poco, precisamente. Los dos protagonistas son interesantes a su manera, y la sensación es que sus acciones son las que deben ser porque conectan con su personalidad. Quizá la excesiva planificación de los dos autores —son dos autores que usan un seudónimo— le quite algo de naturalidad al texto, eso sí; aunque tanto trabajo tiene la ventaja de transmitir coherencia. 

La prosa es sencilla, fácil de seguir; sin embargo, en no pocas ocasiones me percaté de que el lenguaje podría economizarse más aún. Y el avance de los «había» es imparable: sé que esa palabra es inevitable, pero no me negarás que verla repetida seis veces en un párrafo corto es excesivo. ¿Será un problema de la traducción? Lo importante es que el estilo escogido logra que la historia fluya con rapidez, así que es fácil meterse en ella. 

No he notado un relleno excesivo a pesar de las seiscientas páginas. En cualquier caso, habrá a quien se le haga un poco larga, sobre todo en la parte final. Esto es muy subjetivo. Si tienes suerte, conectarás con la narración y hasta te parecerá corta, porque sabe mantener el interés. 

El despertar del Leviatán es el primer título de una saga, The Expanse, que asimismo cuenta con una serie de televisión que aún no he empezado; así que no sé hasta qué punto habrán seguido a la obra original. Yo, como he dicho otras veces, prefiero que la serie siga su propio camino para no encontrarme con lo mismo. Ya sabes: lo que funciona en la literatura no tiene por qué hacerlo en la tele o el cine. Ahora bien, tengo la impresión de que la vasta obra, al menos lo que he leído, es muy cinematográfica. Es posible que muchas de sus partes no queden mal en la pantalla. 

Me parece un buen comienzo para una trama duradera. Esperemos que el alto castillo de naipes no se tambalee en el siguiente volumen, porque unos malos cimientos pueden estragar lo que venga después. 

viernes, 22 de julio de 2022

Literatura y capital

 


Una de las sombras del capitalismo es el afán de adquirir todo el dinero posible. Hemos sido educados en un sistema de consumo donde se nos enseña a desear productos: juguetes, videojuegos, hamburguesas, ropa, coches. Adquirir algo nuevo nos inyecta un chute de efímera felicidad. Luego el deseo vuelve a aparecer, nunca se termina, y cuando el fantasma de las navidades futuras enseña una foto de la tumba con el último modelo de móvil, el consumidor gira la cabeza para irse de compras; pensar en según qué temas es tabú. 

En este marco, algunos humanos se dejan llevar por ese anhelo hasta el punto de dejar la ética a un lado, u olvidarse de ella para convencerse a sí mismos de que hacen el bien. Un historiador económico definió al malvado como aquel que perjudica al otro para beneficio propio. Podemos asegurar, por lo tanto, que la maldad prolifera en un sistema capitalista. Es posible verla en todos los ámbitos, incluido el literario. Hay un blog, Miserias literarias, donde se describen las múltiples tropelías de ese mundillo. Se ha quedado algo anticuado, pero es muy divertido y lo recomiendo. Su autor, Prometeo —nombre significativo—, ocultó su identidad para seguir publicando, ya que podrían impedírselo. En ese nivel de iniquidad estamos. Reputación y dinero sobre calidad literaria. 

Un editor pirata sería el ejemplo más claro de malvado: se aprovecha de autores bisoños para obtener grandes sumas de dinero. Estos «editores» deberían buscar un trabajo de verdad, hacer unas oposiciones o algo, y dejar en paz a los que empiezan. Supongo que ya no creen en la literatura porque no han llegado al lugar que creen merecer, lo cual ha fagocitado su empatía. Son, en el fondo, víctimas del sistema. Generalizando, claro, que también hay auténticos tiburones.  

Pero los piratas literarios son el escalón más bajo. Ahora existen métodos más refinados para sacarle los cuartos al autor descuidado; métodos que se esconden bajo una máscara de bondad. Hay editoriales y agencias, no diré nombres porque será innecesario, que parecen normales, hasta tienen autores de renombre bajo su sello; sin embargo, también son una trampa. Como cualquier pez gordo, no le dan el mismo trato al mindundi que al productor de best sellers, obras genéricas destinadas a satisfacer la gran demanda. Estas empresas buscan al nuevo clon de Ken Follett, no arriesgar con ideas nuevas. Lo fascinante es que simulan lo contrario: piden nuevas voces que tengan obras originales. Hacen eso para proponer un informe de lectura a cambio del paraíso... un informe que ronda los cuatrocientos euros. Por supuesto, debe ser hecho por ellos, no vale que provenga de otro lugar. 

Es necesario tener un buen nivel de maldad para exigir, con una sonrisa de oreja a oreja, «confianza plena» al tiempo que intentas colársela al incauto. Por si fuese poco, hablan de los autores como si fuesen arquetipos salidos de una fábrica, como si todos estuviesen henchidos de ego y hambre de fama. Debe ser porque son así muchos de los pavos reales que publican. Hacen un razonamiento inductivo. Supongo que se han olvidado de Delibes y su rechazo al premio Planeta, por poner un ejemplo. ¿Sabes qué haría yo con ese premio? Tirarlo a la basura. Sólo me interesaría la pasta.

La literatura es un mero trabajo para esta gente, un negocio. No se molestan en leer lo que les llega y responden con mensajes prefabricados, impersonales, donde sólo cambian el nombre de la persona a la que se dirigen. Unos te dirán que has escrito una obra excelente, espectacular, y otros, un texto que necesita ayuda urgentemente. ¡Compra mi informe! Una red de falacias evidentes y vergonzantes. 

Esto me recuerda a Hannah Arendt y la banalidad del mal. ¿Serán conscientes estos tipos de lo que hacen? ¿Se excusarán pensando que cumplen órdenes? Para que quede clara la gravedad del asunto, imaginemos a una de sus posibles víctimas; una joven escritora que logra, tras años de esfuerzo, acabar su primera novela para enviarla a Tetimo ediciones. Ahí le dicen que estarán encantados de publicarla, pero necesitan que venda unos irrisorios doscientos ejemplares en la presentación. Calculemos: si la novela se vende por veinte euros, la editorial se embolsará cuatro mil. Y lo que no se venda entre amigos y familiares, los que irán a la presentación, tendrá que abonarlo la autora. Esperemos que sea una familia de clase alta, porque es un buen pellizco. ¿Qué sentirán cuando descubran el engaño? ¿Qué hará la autora después de haber sacrificado tanto por un sueño destruido? Según lo que he visto por la red, te lo digo yo: dejar la escritura para siempre. 

Son pocos los que se recuperan de una experiencia así. En mi caso, he tenido suerte porque de pequeño aprendí a no fiarme de la bondad aparente. Como me engañaron rápido, supe eludir estas estafas del mundo adulto. No veas la de dinero que hubiese perdido sin esos recuerdos inestimables. 

viernes, 8 de julio de 2022

¿Hay vida en otros mundos?

 


En la entrada anterior mencioné un relato de Clarke, El centinela. Muchos lectores fueron fascinados por su final, percibieron el sentido de la maravilla en su máxima expresión. Pero eso no es nada comparable a descubrir, a ser consciente, de lo inmenso que es el universo. Es tan grande que las palabras se quedan cortas para definir su tamaño. 

Una vez escuché el monólogo de un humorista que se mofaba de eso: «Hay gente que cree en la vida extraterrestre porque "el universo es muy grande"». Me temo que tanto él como el público, que se carcajeó con ganas, ignoraban sus dimensiones o no se pararon un momento a reflexionar sobre ellas. 

Para empezar, todo nuestro sistema es una mota de polvo en el camino, un grano de arena en el desierto dentro de la Vía Láctea, una galaxia con unas trescientas mil millones de estrellas. Si quisiésemos viajar a Próxima Centauri, la más cercana al Sol, nos llevaría cuatro años a la velocidad de la luz. Y superar esa velocidad es imposible. Los escritores de ciencia ficción se las han ingeniado de múltiples formas para hacerlo, pero de momento está complicado el asunto. Los pocos exoplanetas similares a la Tierra son inalcanzables y seguirán siéndolo durante mucho tiempo. 

La Vía Láctea nos empequeñece, nos enseña nuestra insignificancia. Ella bastaría para pasarnos una eternidad explorando; sin embargo, sólo es el principio: hay otras galaxias con infinidad de estrellas. Incluso la Vía Láctea, con toda su grandeza, debe inclinarse humildemente ante lo que la rodea. De hecho, la galaxia de Andrómeda no tendrá ninguna consideración cuando colisione con la nuestra en el lejano futuro, igual que el Sol cuando le dé por apagarse. Al universo no le importa demasiado dónde vivan unos monos pelones. Por él, como si se borran con armamento nuclear; el ballet cósmico seguirá como si nunca hubiesen existido. 

Considerar, por lo tanto, que somos especiales y no hay ninguna otra especie, me parece un dislate. Las condiciones para que haya vida en un planeta son complicadas, pero estadísticamente debe existir más de uno que las reúna. Ahora bien, las distancias son tan colosales que tal vez no nos encontremos jamás.

Puede que sea mejor así: esas especies no tienen por qué ser antropomorfas o ver la realidad de una manera similar a la nuestra. El entendimiento sería problemático, sobre todo porque tenemos la costumbre de considerarnos superiores; aunque quizá ese rasgo se difumine con los siglos. Aun así, supón que no valoren la vida de la misma forma, o que tengan la absoluta necesidad de seguir una creencia totalmente ilógica para nosotros, una creencia que dañaría sus intelectos si fuese abandonada. Las posibilidades son incontables. También podría suceder que se forme una alianza positiva para ambas especies, por supuesto. No hay que ir siempre hacia lo negativo. 

De todos modos, aún falta una barbaridad para echar un vistazo en los alrededores espaciales. Envidio a los pioneros que podrán desentrañar los misterios del cosmos, a los que pongan rumbo a la estrella más lejana sólo para echar un vistazo. Nosotros tenemos que quedarnos y soportar esta época anquilosada, aburrida. Las aguas seguirán estancadas mientras siga imperando la estulticia. 

lunes, 6 de junio de 2022

Star Trek: Strange New Worlds

 


Hay algunos destripamientos en esta entrada. No recomiendo leerla antes de ver los primeros episodios. 

El mes pasado se estrenó otra serie de Star Trek. Parecía que esta vez iban, al fin, a recuperar la fórmula clásica: una misión de exploración y diplomacia, ir a donde nadie ha llegado jamás. Y así es. De momento, los primeros episodios recuerdan a las clásicas aventuras de los sesenta; narran historias autoconclusivas donde se cumplen misiones de diferente naturaleza. Estas pequeñas aventuras entretienen, son fáciles de digerir. Es la primera vez que tengo la sensación de estar viendo Star Trek desde Enterprise, que no es poco.  

Sin embargo, no me llega a gustar del todo. Y esto no tiene nada que ver con la nostalgia, con desear consumir lo mismo, sino más bien lo contrario: quiero ver conceptos nuevos dentro de esa fórmula, no lo de siempre. Los guionistas han decidido no arriesgar ni un milímetro, al menos por ahora. Beben mucho del pasado y reciclan varios conceptos. Por ende, da la sensación de que ya está visto. Cuando conoces al nuevo ingeniero, por ejemplo, es difícil no pensar en Geordi. Y usar otra vez imágenes del famoso duelo vulcano denota falta de ideas. Puedes narrar nuevas historias sin mirar hacia atrás, aunque sea imposible evitar cierto número de conexiones. Si bien es cierto que lo anterior sirve para enriquecer el trasfondo de Spock, eso sí. 

Al capitán le falta, desde mi punto de vista, una personalidad más precisa; unas veces me recuerda a Kirk, y otras, a Picard. Es algo así como una mezcla extraña. Kirk es un jugador de póquer, usa la astucia para salir de los apuros; Picard, en cambio, es más un jugador de ajedrez, ordena y organiza desde el puente de mando. ¿Qué es Pike? Un poco de ambos. O es la impresión que me dio. Tal vez se explote su vertiente diplomática, lo cual estaría bien. 

Otro detalle que me descoloca es el gran número de relatos dramáticos. Todos en el Enterprise parecen estar atormentados por algo y necesitar ayuda psicológica. Pike sabe cuándo va a terminar como un vegetal, así que se ve a sí mismo en el futuro mire a donde mire; Spock tiene problemas con su lado humano; los padres de Uhura han muerto en un accidente y siente que la flota puede no ser su lugar; una oficial guarda en secreto sus mejoras genéticas —eso no está bien visto en la Federación—, y otra fue raptada y traumatizada por los pavorosos gorn; el médico esconde a su hija enferma en espera de una cura... Se han pasado, vaya. Para entrar en el Enterprise tienes que ser Oliver Twist. 

Los arcos de personaje están claros, pues: cada uno deberá superar sus problemas al tiempo que evoluciona. 

A pesar de todo, la serie me entretiene. Incluso tiene un episodio, el segundo, que me pareció interesante. Muestra a un grupo de alienígenas fanáticos que adoran y siguen a un cometa. La intencionalidad no es tanto hacer una crítica al fanatismo religioso, lo cual sería muy simple, sino dar a entender la ciclópea e inimaginable vastedad del cosmos. Ese episodio es Star Trek puro. Me recordó a un relato de Clarke, El centinela, porque la intención es la misma. Ojalá haya más guiones de ese nivel y la serie merezca la pena. 

Escribo esto después de haber visto sólo cinco capítulos, así que mi opinión puede variar bastante. 

miércoles, 11 de mayo de 2022

Crónicas de la Dragonlance

 


A los escritores de fantasía les gusta usar la palabra «crónicas» en sus títulos: Crónicas de Prydain, de Narnia, de Shannara... Hoy toca de la Dragonlance, una trilogía que llevaba un montón de años sin leer. Mis recuerdos sobre ella eran buenos, pero ese joven que las leyó ya no existe: el tiempo te cambia lo quieras o no, aunque algunos parecen ser casi inmunes a él. 

Si dijese que lo pasé tan bien como la primera vez, mentiría; sin embargo, volver a estar bajo las órdenes de Tanis, el líder del típico equipo de aventureros, ha sido divertido. Y además mi edición de coleccionista contiene numerosas anotaciones muy interesantes. Sin ir más lejos, uno de los autores afirma haberse inspirado en el capitán Kirk para crear a Tanis, lo cual tiene mucho sentido porque ambos son la piedra angular de un grupo. Éste se acabaría rompiendo sin ellos cerca para paliar los inevitables roces. 

Las Crónicas de la Dragonlance no es lo mejor del género, eso es evidente; los personajes están ahí para cumplir una función concreta, tiene giros predecibles, elipsis inadecuadas y una trama sin mucha profundidad. Podría decirse que es un muestrario con los clichés más comunes de la fantasía. No faltan, por ejemplo, los cadáveres que aún sostienen las armas mágicas que usaban en vida, o las ciudades que atrajeron la atención divina por su extrema vanidad, igual que Babel. Con todo, es una obra que me gusta. Me va a costar justificarlo, pero es así. Pienso que es un clásico por derecho propio y una buena entrada al género, sobre todo para los jóvenes que no quieren enfrentarse a la prosa de Tolkien. 

Tiene sus virtudes: el ritmo es bueno, hay suficiente espacio entre los combates, que no son pocos, y algunos de los personajes son muy carismáticos. Raistlin, el mago, es con diferencia el más interesante debido a su ambigüedad: a veces no es fácil saber sus intenciones. También está la clásica pareja que aporta humor, en este caso el enano y el pequeño kender. Es un grupo, en definitiva, variopinto y divertido; aunque quizá demasiado numeroso. Por eso los autores optan por separarlo en un determinado punto, lo cual es un acierto. 

Y si te gustan los dragones, tienes suerte porque son marca de la casa. Pocas veces vas a encontrarte tantas de estas criaturas en un texto. Los hay del bien y del mal; de fuego y de hielo... Supongo que los dungeon master de Dragones y mazmorras deben pasárselo pipa cuando introducen a varios en sus campañas. Pobres jugadores. 

Todo lo anterior está envuelto por escenarios bien diseñados y llenos de sorpresas, aunque poco originales. Lo más imperdonable, desde mi punto de vista, es usar la niebla para ahorrar la descripción de una batalla. Así sólo se consigue dejar al lector con la miel en los labios. Por suerte, la invasión de fuerzas malvadas a la que deben enfrentarse los personajes basta para mantener vivo el interés, en especial cuando deben ir de incógnito. 

Merece la pena leer estas crónicas al menos una vez. Luego, si te gustaron, puedes seguir con las Leyendas de la Dragonlance

Ah, estas lecturas me trajeron recuerdos de aquellos dibujos ochenteros tan chulos... Qué tiempos.