El día que murió William Burroughs, Ballard lo mencionó como el último escritor verdadero; es decir, el último que se atrevió a explorar lugares vírgenes, a dejar libre su imaginación. Conozco a Burroughs y sé que hay algo de verdad en ello —por suerte, aún quedan osados exploradores, unos pocos—; pero nunca había leído nada de Ballard y me entró curiosidad, porque necesitaba saber si él también fue más allá de los cánones. Cuando un lector termina cierto número de novelas, suele darse cuenta de que la mayoría son intercambiables: ni siquiera llegan a ser una digna reconversión, o deconstrucción si te gusta cocinar...
Aunque El mundo de cristal es parte de una tetralogía, se trata de una historia independiente que puede leerse sin conocer el resto. Son novelas que, por lo que he podido ver, muestran a la civilización corriendo el riesgo de extinguirse. Los títulos lo dejan claro: El mundo sumergido, El huracán cósmico y La sequía. Después de terminar el que ahora nos ocupa, decidí que debía leerlos todos.
Acababa de recorrer las sangrientas calles de Cosecha roja, y me chocó ir de una prosa muy ágil a la que usa Ballard, ya que en ella prima la atmósfera sobre la acción y el diálogo. Los personajes se toman su tiempo para darse a conocer, van entrando despacio en el misterio que les rodea, una selva que se está cristalizando sin motivo aparente. Por supuesto, dicha cristalización es mortal para los seres vivos que se exponen demasiado a su influjo; si no fuese así, no sería sugestivo. En cierto sentido, se trata de una belleza asesina e hipnotizadora que se expande inexorablemente. Son fascinantes las poéticas descripciones de los animales vitrificados.
Mientras el raro fenómeno amenaza con hacer de la tierra una enorme cristalería, algunos lugareños se preocupan por otras cuestiones: beneficios, caprichos, asuntos que carecen de importancia frente a lo que se les viene encima. Usemos un símil onírico: una isla en medio del vacío, la nada. El único habitante tiene lo suficiente para vivir; mas, dando señales de irracionalidad, coge un instrumento creado por él y rompe un pedacito de la isla cada día, labrándose su propio final. ¿Que por qué lo hace? Bueno, un psicólogo daría una respuesta seria y racional, yo lo resumo en que se trata de un gilipollas.
Sin duda, el libro es peculiar; no creo que existan muchas novelas similares. Me pareció un argumento sugerente con mucha capacidad para abstraer al lector, hacerle discurrir. Eso está requetebién; pero no todo son flores en el paraíso: hay imágenes geniales que pierden fuerza porque se abusa de ellas, lo cual resulta decepcionante, y a veces se percibe cierta artificialidad en las descripciones. Un par de detalles que pueden perdonarse porque Ballard, al igual que Burroughs, le quitó los grilletes a su imaginación. No hablamos de una obra intercambiable, sino con personalidad propia. Pronto acabaré hincándole el diente a las otras.
Vayamos al grano: WazHack es uno de esos roguelikes tan difíciles y frustrantes, un juego duro sólo apto para corazones de hierro, personas que desayunen gasolina con tornillos...
No, no es el lobo tan fiero como lo pinto; aunque sí es cierto que hace falta una buena dosis de tenacidad o el PC puede terminar siendo defenestrado. Las muertes inesperadas abundan y muchas no se deberán a tus descuidos, sino a la enorme crueldad del simpático programador. Una simple fuente será, si no andas con cuidado, el motivo por el que debas empezar de nuevo, pues beber de ellas tiene diferentes consecuencias, y quien dice una fuente... En la imagen superior, posando con chulería, se ve a mi personaje tras acabar con tres ogros. Qué proeza, ¿no? Llevaba puesto un equipo brutal, y hasta me acompañaba un prisionero que liberé. «Soy invencible», pensaba, «Mira qué poca vida me han quitado esos brutos». Todo era alegría hasta que un rey ogro, uno de los enemigos más peligrosos del juego, ascendió por esas escaleras a toda prisa. Como era la primera vez que me topaba con él, creí que lo mataría; sin embargo, ni con una varita de muerte —mata a los enemigos instantáneamente— le despeiné, porque tiene resistencia a la magia. Mi espada, por otro lado, tampoco fue muy útil; así que mi compañero y yo nos convertimos en la suculenta comida del monarca.
WazHack engaña a primera vista, parece un rápido título de plataformas; pero no: deberás aprender sus reglas si quieres llegar a los últimos niveles de la mazmorra, donde estará esperándote el clásico dragón. Recomiendo leer la Wikipara conocer los detalles, ya que algunos objetos tienen varios usos. Supongamos que encuentras una lámpara de aceite; ésta, además de iluminar zonas oscuras, a veces invoca genios si se frota, y no todos son iguales. Con suerte, el genio será majo y te concederá un deseo en vez de partirte el cráneo, o se conformará con darte las gracias por liberarle. Las lámparas también te llenan las manos de aceite, lo cual es genial si quieres desprenderte de ese arma maldita que no podías desequipar.
Menudos tipos se encuentra uno en las zonas
más profundas. ¿Tendrá hora?
Gráficamente hablando, es interesante si se compara con sus compañeros de género, ya que éstos suelen limitarse a usar texto para representar cada elemento de la mazmorra. Sí, has leído bien: un dragón sería una «D» verde... Por suerte, están apareciendo nuevos títulos con gráficos aceptables. WazHack resulta agradable a la vista, aunque es posible —y comprensible— que no te guste el diseño de los protagonistas. A mí me parece perfecto tal y como está; encaja con la fuerte atmósfera de humor.
¿Y la duración? Eso depende de cada uno. He visto a personas en Steam que han superado las quinientas horas, porque se trata de un título que puede rejugarse un montonazo de veces. Yo tengo 27. Tardé unos cuantos meses en acumularlas, pero es por falta de tiempo; otro ogro cantaría si los hombres grises se fuesen a freír espárragos. Teniendo en cuenta que este rogue sólo cuesta unos nueve euros, el asunto sale rentable, muy rentable. Si te gusta este tipo de juegos, ni te lo pienses. El mero hecho de ir probando cada personaje ya será un motivo para divertirse durante un buen rato... al menos hasta que desistas de ser un melifluo hechicero y te pongas en serio con las espadas y armaduras.
Arrastrando una espada entre un entramado de yurtas, la
joven Sarangerel se dirigía a su rincón preferido: una solitaria laguna rodeada
de colinas. Acababa de finalizar el entrenamiento y ver, una vez más, decepción
en los ojos de su padre; como era el mejor luchador de la tribu, le exigía que
se esforzase al máximo, que siguiese aun con los dedos entumecidos, y a ella siempre le
abandonaban las fuerzas; se quedaba tendida en el suelo, resollando. Por si fuese poco, guardaba la certeza de que no había
nacido para combatir. Ni siquiera fue capaz de derrotar a Bolormaa, una chica
presuntuosa que la retó ante sus amigas incondicionales.
Tampoco sabía
montar a caballo con la misma naturalidad que sus compañeras de caza, y sus
disparos con el arco dejaban bastante que desear. Si al menos notase algún
progreso, algo, cualquier cosa; pero se veía a sí misma igual que una roca:
inamovible, estancada… inútil. Los años pasaban a toda velocidad, erosionando anhelos que la visitaban cuando soñaba; anhelos de honor, gloria, combates
contra el mal que moraba en el interior de las montañas. Se rumoreaba que sólo
un grupo de elegidos, guerreros legendarios, sería capaz de atravesar la
oscuridad y plantarle cara a los muchos ojos brillantes que se refugian en las cavernas.
Sarangerel cogió
una piedrecilla y la arrojó a la laguna. Al hacerlo, notó una punzada de dolor
en la muñeca.
—Vaya —masculló
mientras se la frotaba.
—Eso no debería
dolerte —dijo una voz tras ella. Era Ogodei, el único muchacho que se molestaba
en hablarle.
—¿Qué haces
aquí? —preguntó simulando no sentir nada.
—Daba un paseo. —Se
sentó al lado de la chica, dejando su arco corto cerca, al alcance de la mano—.
Me gustan los paseos. ¿Tanto te duele arrojar una piedra?
—No es asunto
tuyo. Preferiría estar sola, si no te importa.
—Comprendo:
necesitas pensar en lo mal que te va con el combate y la caza. Eres una
vergüenza para todos nosotros.
Gruñendo,
Sarangelel le lanzó un puñetazo, pero éste fue eludido con facilidad.
—Así nunca me
rozarás —dijo Ogodei—; tu padre está loco cansándote tanto.
—Mi padre sabe
lo que se hace. Yo soy la culpable de sus penas. Creo… creo que estaría mejor
muerta. A veces pienso en meterme en ese agua y quedarme dentro; quizá los
dioses me tengan reservado algo mejor.
Ogodei se
levantó bruscamente. En su rostro podía leerse un intenso mensaje de ira.
—Puedes, si
tienes el valor necesario, saber qué quieren de ti los dioses; mi abuela te lo
dirá.
La abuela de
Ogodei era una anciana hechicera que gozaba del favor divino. Incluso el jefe
le pedía consejo antes de cada escaramuza.
—¿Una
predicción? Seguro que no querrá otorgarme semejante honor.
—Tú no la
conoces. Ven conmigo.
Se dirigieron a
la tienda de la hechicera, que por fuera estaba llena de extraños abalorios y
fetiches con diferentes formas de aves. En el interior, rodeada de volutas de
humo, una anciana meditaba en la posición del loto. Varias pulseras cubrían sus
enjutos brazos de cuero arrugado, y un enorme collar de huesos le tapaba el
marchito pecho desnudo. Sarangelel nunca la había visto tan de cerca, y tuvo la
impresión de que debía tener mil años. Se sentó enfrente de ella, en la misma
postura, sin pronunciar palabra. Ogodei hizo lo propio. Ambos sabían que, para
mostrar la deferencia debida, era necesario esperar a que ella hablase primero;
lo contrario significaba interrumpir esa importante meditación.
Después de un
rato, la hechicera habló con una voz grave, cascada, la voz que causaba fervor
en toda la tribu.
—El desánimo que
te aflige, Sarangerel, forjará tu carácter en el futuro: la adversidad nos hace
fuertes. Sin embargo… sí; te entregaré lo que buscas, porque tus pensamientos
son demasiado tormentosos. ¿Estás preparada? ¿De verdad quieres saberlo? Tal
vez descubras algo que no te agrade; tal
vez debas ahogarte en esa laguna.
—¡Abuela! —exclamó
Ogodei—, ¿por qué dices eso?
—¿Lo harás o no?
—preguntó la hechicera ignorando a su nieto.
—Sí, no tengo
nada que perder.
—Entonces acércate.
Sarangerel se
colocó a su lado, y la anciana le puso ambas manos sobre la faz, tapándole su
visión…
Una negrura
absoluta fue cediendo lentamente a la luminosidad mortecina que generaba un
objeto cúbico. Sarangelel tuvo la sensación de estar soñando, uno de esos
sueños donde se ejerce de mero espectador. Poco a poco, al tiempo que se
aproximaba a la luz, percibió varias siluetas y escuchó murmullos que iban
creciendo, convirtiéndose en palabras altas y claras.
—…por lo tanto —dijo
un vozarrón—, deberías hacer algo con estas condenadas tinieblas. Voy a
terminar cayéndome ahí abajo, y no puedo nadar si llevo la armadura.
—Claro, amigo —contestó
alguien con palabras trémulas y atipladas—, apartemos las tinieblas para llamar
la atención de lo que sea que more aquí. Muy sabio por tu parte. También
podríamos dar un festejo.
—¿Acaso no hemos
venido precisamente con la intención de acabar con lo que sea que more aquí? ¿Eh, «amigo»? ¿Eh?
—Tú lo has
querido.
Cientos de llamas flotantes se encendieron al unísono a lo largo de una ancha e inmensa bóveda.
Emitían un curioso fuego azulado, el mismo que podía hallarse en la tienda de
la hechicera durante las noches. Tanta luz deslumbró a Sarangelel, pero logró
habituarse y percibirlo todo con claridad. Su sorpresa fue mayúscula:
acompañada por dos hombres y un curioso goblin de mirada roja, estaba ella.
Tenía varios años más y una longa cicatriz en el brazo. También notó otro
cambio más profundo: la actitud. Esa Sarangelel se movía con decisión, sin
miedo, afrontando el riesgo igual que sus, aparentemente, poderosos compañeros.
—Ya era hora,
Zelek. Malditos magos, siempre reservándose los mejores trucos —dijo el
vozarrón de antes. Se trataba de un caballero equipado con una reluciente armadura
de placas. De su rostro atezado crecía una barba que le llegaba a la cintura—.
Que vengan esos monstruos si se atreven, porque impartiré justicia con mi
espada.
A su lado,
sosteniendo un báculo en cuya punta rutilaba aquel objeto cúbico, había un pálido
hombre enjuto que usaba túnica.
—Me gustará
verlo —dijo—, porque esto los va a atraer como insectos, seguro que sí.
El goblin, cuyo oscuro
atuendo le hacía parecer una sombra, desenfundó sus dagas emponzoñadas y avanzó
a toda velocidad.
—Supongo que
habrá visto algo —dijo el caballero—. Yo no puedo seguirlo si corre así,
el condenado.
En esos
momentos, el grupo avanzaba por un puente angosto que cruzaba un lago subterráneo, y el caballero, con su voluminosa armadura, lo estaba pasando
realmente mal.
Sarangelel se
adelantó.
—Yo le sigo —dijo—,
creo que soy capaz de alcanzarle.
Mientras corría
sobre las tablas bamboleantes, Sarangelel quedó deslumbrada por las enormes
estatuas que los moradores originales habían esculpido en ese lugar; éstas
representaban antiguos dioses olvidados, humanos con cabezas de animal, y
bordeaban un islote redondo. Al final del camino, que acababa en ese islote, el
goblin husmeaba y gruñía en tono quedo. Inesperadamente, un dardo se dirigió a
su garganta, y fue capaz de esquivarlo sin problemas.
—¿Quién quiere
jugar con Kremmel? —siseó—, Kremmel está listo.
Tras las
estatuas, empezaron a surgir decenas y decenas de viscosos hombres sapo.
Algunos portaban cerbatanas; otros, armas saqueadas de los incautos que eran
cazados en las cavernas, la mayoría buscadores de tesoros.
Kremmel señaló
al más grande con una de sus dagas, desafiándolo. Sin duda, se trataba del
líder, porque iba mejor equipado y daba órdenes en un insólito lenguaje lleno
de chasquidos. Cuando éste vio a ese diminuto goblin que intentaba provocarle,
hizo un sonido reiterado que recordaba a la carcajada y le apuntó con una enorme cimitarra; luego avanzó dando largas zancadas.
—¿Por qué has
hecho eso? —preguntó Sarangerel.
—Hay que ganar algo de tiempo hasta que vengan las tortugas a ayudarnos; supongo que el humano bobo de
metal aún tardará bastante… si no se cae antes al agua. Espero equivocarme.
Los hombres sapo
formaron un semicírculo detrás de su líder, que se quedó a la espera de su oponente.
Para ellos se trataba de un desafío formal, y algunos deseaban en secreto ver
muerto al jefe; así tendrían la oportunidad de ocupar su posición.
—No lo mates
demasiado rápi…
Antes de que
Sarangelel pudiese acabar la frase, Kremmel había desaparecido en medio de una
pequeña explosión de humo, teleportándose justo encima de la nuca del gran
hombre sapo, donde insertó sus armas emponzoñadas. El público contempló, entre
admirado y horrorizado, cómo los globos oculares de su líder estallaron,
despidiendo un líquido verduzco. Murió sin tener ninguna oportunidad.
El caballero,
que caminaba con paso tambaleante, llegó seguido de cerca por Zelek.
—Ajá, se quiere
quedar toda la diversión para él —rezongó al ver el combate recién acabado.
—¿Diversión
dices? Ahora seguro que están enfadados, y son un número considerable. Menuda
caterva de criaturas repugnantes. Mírales, parece que la muerte de su líder les
ha ofuscado, pero pronto reaccionarán de una u otra manera. Apostaría a que será
algo violento.
Como si hubiesen
leído el pensamiento de Zelek, los hombres sapo cargaron con rabia, ansiosos
por demostrar quién era merecedor de ser el nuevo líder. Kremmel se retiró,
reuniéndose con Sarangelel, que esperaba el mejor momento para disparar con su
arco. Entretanto, el caballero enarboló su mandoble e hizo una contracarga, y
Zelek alzó una mano chisporroteante.
Los dedos de la
hechicera repelieron el rostro de Sarangelel, y ésta se quedó tendida en el
suelo de la tienda, con el gesto crispado.
—Nuestros dioses
nunca habían enseñado tanto. Puedes estar orgullosa, niña. Ogodei, llévala con
su padre.
—¡No! —exclamó
Sarangelel—. ¡Quiero saber cómo termina esa historia! Mi historia.
—Sólo será tuya, niña desagradecida, si
escoges la ruta que te lleve hasta ella. Ahora vete, debo descansar. ¿No ves lo
que me ha agotado todo esto?
A regañadientes,
salió de la tienda porque sabía que era el fin de aquella visión: en efecto, la
anciana estaba ostensiblemente extenuada, cubierta por una película de sudor.
Ogodei la acompañó y le preguntó qué había visto. Ella se mantuvo en
silencio, abstraída.
Esa tarde, y las
siguientes, y parte de las noches, continuó los duros entrenamientos que su recio
padre le imponía al alba. Trabajó sin descanso, logrando sorprendentes proezas.
—Muy bien, hija.
Recuerda: en la escuela de guerra de la vida, el que no me mata me hace más
fuerte.
Lo que más me gusta de la novela criminal es que a veces muestra el auténtico lado oscuro, el apogeo del malvado. Cualquier otra banalidad, como ésas que suelen provocar discusiones en el día a día, palidece en comparación. A Time of Predators llevaa un grupo de jóvenes por la senda tenebrosa: agreden, violan, mienten. La palabra clave es «grupo», porque el comportamiento del humano cambia cuando está dentro de uno; suele convertirse en pastor u oveja. Para mí, salvo en raras circunstancias, la obediencia no exime de culpa: pienso que la sanción ha de ser la misma para todos.
El protagonista, un profesor de antropología llamado Curtis, halla a su esposa muerta en el baño. Aparentemente se trata de un suicidio; pero hay indicios claros que señalan agresión, lo cual es cierto: fue violada por el grupo de jóvenes, y ella era incapaz de seguir viviendo tras eso, de olvidar. Aunque tanto el profesor como la policía saben la verdad, las pruebas no son suficientes... y el encargado del caso no parece estar muy dispuesto a resolverlo; por lo tanto, Curtis toma la decisión de tomarse la justicia por su mano, investigar hasta encontrarse cara a cara con los culpables. Con el objetivo de lograrlo, rescata las dolorosas reminiscencias de su pasado castrense y entrena con vigor.
Hay muchas maneras de tejer una venganza. Gores se decide por ir estirando el hilo hasta romperlo, enseñar cómo su protagonista va evolucionando hasta el estallido final. Es una elección arriesgada, porque pueden escribirse partes monótonas durante el proceso; sin embargo, constato que el libro no aburre en ningún instante; el camino entre la violación y la venganza resulta entretenido. Sólo flaquea el final, que es repentino: da la impresión de que al autor le entró prisa durante las últimas páginas, porque algunas de las muertes están resueltas mediante elementos exteriores. También puede ser que no se le ocurriese otra manera de resolverlo, pues son demasiados objetivos alrededor del sufrido maestro. No tengo nada en contra de que un «piano» caiga «casualmente» sobre uno de los antagonistas; el problema viene cuando se usan varios pianos. Eso es ir por el camino fácil, máxime si las resoluciones son tan sencillas como las que emplea este autor.
A pesar del mejorable final, y de algunos pasajes torpes donde no desarrolla bien el entorno, recomiendo la novela. En estos lares el título se tradujo de otra manera, Buitres. Por desgracia, es probable que se halle descatalogada; así que será una presa difícil. Dale un tiento si la ves en librerías de viejo o por la red.
¡Retruécanos!, hacía bastante que no reseñaba un libro, varios meses. Espero no estar muy oxidado. Si dispongo de tiempo, comentaré más títulos de novela negra. Puede que enfoque el blog hacia ese género tan denostado y, paradójicamente, exitoso.
«La novela de Gores es una especie de llamada de atención sobre los mecanismos innatos de la perversión en quien, creyéndose inmune a una sociedad perversa, olvida que ha sido generado por ella y que trabaja y crece dentro de ella colaborando en su perfeccionamiento». Carlos Sampayo.
Aún guardo en la memoria una pregunta de Mensa que me pareció divertida. Consistía, como suele ser habitual, en averiguar la secuencia existente entre varias imágenes; pero esta prueba era distinta porque no bastaba con fijarse en una posición concreta: había que alejarse y observarlas en conjunto. Resulta asombrosa la enorme cantidad de gente que cae en esa trampa tan sencilla, que se queda mirando al árbol sin ver el bosque. Muchos cometen el mismo error cuando analizan la realidad bajo influencias externas: ideología, narcisismo, recelo, entorno... Schopenhauer fue uno de los pensadores más importantes de su tiempo, un tipo inteligente y sabio, vamos. Empero, hablaba fatal de las mujeres, decía que su vida no estaba destinada a las grandes empresas —una manera sutil de expresar «Tú barre, cocina y calla»—. ¿Por qué alguien así, avispado, estudioso, tenía ideas misóginas? Podemos encontrar el motivo en la madre, a la que odiaba profundamente. Eso le impedía ir más allá, observar el conjunto. Seguro que hasta veía el rostro de su progenitora en cada mujer.
El sistema, sus conceptos humanos, también sirven de distracción. Jostein Gaarder comparó al universo con un conejo inmenso donde nosotros vivimos, calientes y confortables entre el pelaje acogedor. Los filósofos no se quedan ahí: se agarran a los pelos y trepan para otear. Asimismo, es igual de importante saber quién es uno, conocerse; lo cual es difícil si se carece de humildad.
Me he encontrado, a lo largo de los años, con defensores del determinismo y el libre albedrío. La mayoría de los primeros eran progresistas; de los segundos, conservadores. Es lógico: cada cual mantiene una postura en base a su condición social. Alguien que ha tenido la suerte de crecer en una familia acomodada y educada, tal vez piense que cada uno es dueño de sí mismo, de su destino. Aun teniendo razón en parte, se trata de un sofisma porque olvida los elementos externos que imprimen carácter en el individuo, y falta añadir sus características propias, inmanentes. Por ende, opino que ambos casos existen y varían según las circunstancias; quedarse sólo con uno es fijar la vista en una única posición, fracasar en aquella pregunta de antes. Evoquemos al inefable Sostres, estomagante premeditado, explicar aquello de que cada uno es responsable de sus desgracias: si te han desahuciado, es culpa tuya. Aunque dudo que sus opiniones sean reales, sirven para ilustrar lo dicho.
Es posible mitigar el aspecto negativo del determinismo, mas no interesa: harían falta una serie de cambios sustanciales que le pondrían los pelos de punta al poder. Entretanto, hasta que éstos vayan produciéndose muy lentamente, todo seguirá igual. Supongo que los hombres del lejano futuro hablarán con horror de nuestra época, caracterizada por la hegemonía de unos partidos que gobiernan mientras se escucha la banda sonora de «Uno de los nuestros».
Para conseguir escapar del estancamiento en el que estamos metidos, basta con una enseñanza superior a la actual, que es demasiado cuadriculada. Sin olvidar otros problemas como el acoso o las novatadas. ¿Qué puede esperarse de los que experimentan esas lindezas? Con una educación diferente, más humana, quizá apareciese en escena una nueva época en la que habría un inmenso cambio de valores. Y quizá también comenzase una lucha real para ayudar a los desafortunados, sean de donde sean. Empleo el «quizá» porque no estoy seguro de ello, pero ¿no vale la pena intentarlo?
Un momento... ¿He tenido un atisbo de optimismo? El fin está cerca.
Visto Gantz, recordé otro anime interesante que años atrás consiguió fascinarme. Éste lo recomiendo con más entusiasmo; pero es necesario tener en cuenta que se trata de una historia densa, sosegada, llena de reflexiones profundas. Tenlo presente si quieres conocer a Lain, la chica protagonista.
Ella es apagada e introvertida hasta que descubre una nueva realidad dentro de la realidad: el Wired, un entorno análogo a nuestro Internet. Lentamente, al tiempo que aumenta su fama y poder en ese universo, va perdiendo interés por la masa de conceptos antropogénicos que muchos perciben como el mundo real. Aquí hay un mensaje claro: el distanciamiento producido por las nuevas tecnologías, que ayudan al humano a alejarse de una existencia vana, aburrida. Sartre dijo que estamos condenados a ser libres; yo añadiría otra condena: la de no saber, encontrarnos rodeados de un misterio inalcanzable en la actualidad. El Wired sirve para huir de ese vacío donde Dios ha muerto, dejando sin ocupar un trono gigantesco. ¿Y qué queda tras ver el abismo? Impotencia, desesperanza y miedo que conducen a huir; huir igual que Chisa Yomoda, un personaje que se suicida durante el primer capítulo.
En Lain tenemos existencialismo y búsqueda interior; ¿quién es Lain?, se pregunta la protagonista, ¿a dónde pertenezco? La trama evoluciona despacio, dándonos diminutas pistas sobre lo que sucederá en el fragmento final, trocando en cada episodio las posibles conclusiones del espectador para hacerle meditar. Tal vez dé, conocida la última escena, una falsa impresión de trivialidad: «¡Esto lo ha hecho el cyberpunk infinidad de veces!». No obstante, hay que poner en la balanza esos momentos que encienden el pensamiento. Lain es un anime especial, único, y debe ser valorado en su conjunto. Quizá los seguidores más acérrimos de la ciencia ficción sean capaces de vaticinar lo que ocurrirá; aun así, seguro que no se quedan decepcionados porque... pocas veces un desenlace llega a ser tan hermosamente dramático.
¡Y qué atmósfera! El zumbido recurrente de los postes eléctricos es el perfecto acompañamiento, fortalece a la trama, sirve de exordio a las angustiosas representaciones de la soledad existencial. También se trata de una pista importante de la que prefiero no decir nada: descúbrelo tú. Hazlo y comprenderás por qué no lo explico.
Supongo que una serie así puede echar para atrás a unos cuantos. Probablemente, algunos instantes resulten demasiado crípticos. Mi consejo, si te atreves con Lain, es que te dejes llevar: no trates de hacer que las piezas encajen, sólo disfruta del viaje. A mí me gustó tanto que se encuentra entre mis preferidas. Mientras la recordaba aquí, escribiendo mis impresiones, no dejé de pensar en verla de nuevo.
Ahora que los zombis de The Walking Dead se han ido de vacaciones, aproveché mi escaso tiempo libre para buscar una serie que me entretuviese. Me apetecía probar un tipo de historia diferente, un anime; así que no tardé en extraviarme entre el inmenso océano de propuestas niponas. Fue complicado hallar algo que se saliese de lo convencional, pero acabé dándome de bruces con Gantz, un seinen valiente que se atreve a ir bastante lejos, y si hay algo que me entusiasma, son las historias valientes; sobre todo si van acompañadas de una intensa crítica social.
El seinen es, básicamente, manga para adultos que puede mostrar escenas de violencia extrema, sexo explícito y cualquier asunto controvertido que se quiera introducir. Reconozco que he sido incapaz de leer entero el manga de Gantz, porque contiene demasiadas viñetas de acción con escaso texto —me aburren, soy incapaz de apreciar el arte pictórico vertido en ellas—; por lo tanto, me centraré en el anime.
Gantz empieza con la muerte de los dos protagonistas en un accidente de metro, pues arriesgaron su vida para rescatar a un vagabundo que se había caído en las vías. Eso de cargarse a los personajes tan rápido puede parecer una locura, pero en ese momento empieza lo bueno, lo original, lo que hace que la serie destaque: tras el sangriento accidente, aparecen en un extraño cuarto. Ahí también hay otras personas recién fallecidas, preguntándose qué demonios ocurre, y al fondo puede verse una enorme esfera negra. Después de un inquietante rato de ofuscación, la esfera les comunica que deben luchar contra criaturas de otros universos, y luego se abre para entregarles el equipo necesario: armamento y uniformes.
Cada personaje reacciona conforme a su personalidad; así que tenemos un gran número de arquetipos actuando de manera dispar frente al peligro: algunos se lo toman en serio y resisten un tiempo mientras los débiles son destruidos. Al final, acabada la tarea, la esfera puntúa a cada superviviente según el número de enemigos que aniquile. Por supuesto, no faltan irresolutos que se preguntan por qué es necesario asesinar a esas criaturas; mas les sirve de poco porque la deserción es imposible, únicamente pueden combatir hasta llegar a cien puntos o desaparecer si fracasan.
Aunque el argumento es cautivador, puede hacerse redundante para cierto tipo de espectadores: aparecer en el cuarto, matar; aparecer en el cuarto, matar. De todos modos, el anime no dura mucho porque improvisa un final que tala la historia, separándola de lo narrado en el manga. Lo malo es que esa improvisación... no funciona. Aparecen varios personajes carentes de atractivo y se plantea un escenario predecible, tedioso. Me resultó difícil verlo sin bostezar.
Incluso con un final como ése, y unos protagonistas simples que se apoyan demasiado en el factor carismático, mantiene un buen nivel durante bastantes capítulos. Además, contiene poco relleno, lo cual, teniendo en cuenta que a los japoneses les encanta meter paja —ese Goku corriendo por la serpiente interminable—, es de agradecer. En Gantz prima la acción y el humor negro, impactantes muertes escabrosas a manos de variopintos seres. Éstos son los encargados de dar un poco de variedad y mantener la tensión, porque su aspecto y habilidades siempre acaban siendo una sorpresa; el primer objetivo es tan endeble y ridículo que transmite patetismo. ¿Qué esconderá?
La quinta temporada de The Walking Dead es sensacional; me ha parecido mejor que cualquiera de las anteriores. Empieza con una fuerza arrolladora: pesadumbre, canibalismo, la humanidad rebajada a la supervivencia más primaria. Luego, lejos de caer en la lasitud, muestra nuevos personajes profundos, llenos de contradicciones, y sorprende mediante algunos giros impresionantes.
Hay muchas partes dignas de mención, pero voy a centrarme en la que me parece más interesante: la llegada de Grimes y su grupo al enclave amurallado, Alexandría.
En esa suerte de edén utópico, los personajes hallan lo que parece un hogar. Todo es perfecto: las casas son habitables; las gentes, rectas. Se les asignan empleos y la vida casi vuelve a ser como antes del desastre... o eso creen, pues la ilusión no tarda en hacerse pedazos. Grimes lo percibe claramente: es un grupo de blandengues que ha creado un microcosmos en medio de la desesperanza, ajeno a la realidad que le rodea. ¿Y qué ocurre cuando intenta hacerles ver la verdad? Lo de siempre: a la verdad se la exilia, no interesa; de repente crecen los recelos porque, al fin y al cabo, «Esos forasteros no son como nosotros». Vienen de fuera, de la barbarie; nosotros somos la nueva esperanza de la humanidad. Y así, con esas ideas, la confianza del principio se torna evanescente, aparecen susurros y contubernios entre los habitantes primigenios.
Moralina. Y una moralina peligrosa porque conduce a la muerte y al olvido, un puñado de tumbas sin nombre. ¿Qué hacer en esa situación? ¿Quedarse con ellos? ¿Irse? ¿Intentar convencerlos? Si es que ya lo decía Conan al encontrarse entre la civilización: «Qué olor, ¿es que aquí no entra el viento?». (Perdóname, esa referencia se debe a que escribo mientras escucho la grandiosa BSO de Poledouris). Al menos, a diferencia de otros, no hacen daño a nadie... salvo a sí mismos.
No he leído todo el cómic, así que no sé de qué manera acabará Alexandría, qué destino le espera a sus habitantes; supongo que su actitud les conducirá a convertirse en podridos. Cuando la programación no permite ver más allá de uno mismo y su bienestar, se corre el riesgo de llevarse una dosis de realismo, en este caso de mordeduras. También puede ocurrir que el grupo de Grimes se enseñoree de todo, aunque eso estancaría la trama. Al final seguro que habrá mordeduras, y después será interesante descubrir hacia dónde se encaminará todo, porque aún quedan muchas posibilidades por explotar; verbigracia, un sórdido laboratorio que experimente con humanos vivos, científicos defendiendo el medio más veloz para llegar al fin. O mejor aún: tribus de nómadas degradados y hostiles que imitan a los zombis. Cualquiera de las dos opciones encierra varios dilemas morales.
Desde luego, queda claro que The Walking Dead no va de zombis; éstos son sólo una herramienta para que se caigan las máscaras, las de verdad, ésas que nos hacen representar un papel de cara a la sociedad. Pondré de ejemplo a un par de personajes. Empecemos por Glenn, el joven de la gorra. A todos les sorprende su ingenio, así que se interesan por él y le preguntan a qué se dedicaba. Nadie esperaba que fuese un inofensivo y humilde repartidor de pizzas; el nuevo escenario ha revelado y potenciado su auténtica naturaleza, que estaba enclaustrada por un sistema anómico. ¿Y qué decir del padre Gabriel? Es evidente que se debate entre su fe —que es real, imagino—, y su cobardía. Está muy alejado del típico clérigo iracundo que reparte estopa, como el que aparece en Braindead.
Sería gracioso verlo repartir tortas en el congreso de los diputados: «Yo trabajo para el Señor».