Reseñas literarias y artículos culturales

domingo, 14 de enero de 2024

¿Han muerto los blogs?

 


Acabo de borrar la última entrada porque me pareció demasiado escueta y la escribí con desgana, sinceramente. Hay dos motivos: falta de tiempo y desmotivación. Lo primero se debe a haberme dedicado a escribir durante cinco meses, con suma disciplina, para terminar una novela; lo segundo, a la nostalgia de la época dorada de los blogs y foros. No es que tenga mucho interés en llamar la atención y recibir un aluvión de visitas —prueba de ello es que abandoné un blog más exitoso. Res, non verba—; pero a veces parece que no haya nadie al otro lado, excepto el amo y señor de Historias de Iramar, que debe estar tan loco como yo. 

A pesar de todo, sigo pasando por aquí de vez en cuando para escribir alguna cosa. Lo hago por mero entretenimiento. No viene mal tener un espacio íntimo en la red, uno donde se quedan ordenadas tus reseñas, opiniones, etc. Pienso que los blogs que aún sobreviven se debe, entre otros posibles motivos, a eso: hay quien monta puzles, y quien escribe. Cada cual busca su manera de divertirse. Además, es satisfactorio alimentar al blog y ver cómo va creciendo poco a poco. Por desgracia, no parece que los más jóvenes estén muy interesados en eso de juntar letras por estos lares; así que la nada acabará por engullirlos. No descarto estar equivocado, ojo. Nunca descarto esa posibilidad en cualquier tema. Pero es descorazonador ver que ni siquiera el gadget de seguidores funciona ya correctamente, como si fuese una enfermedad terminal. 

En dos mil cinco compré un PC con mi primer sueldo y conocí internet. Recuerdo que por aquel entonces escribía relatos breves, fanfics, y los ponía en foros para leer diferentes opiniones sobre ellos. Todos esos foros han dejado de existir. Fueron desintegrándose a medida que las redes sociales aumentaban su popularidad. Seguro que tú conoces alguno que también fue devorado por el incesante cambio, como el inmenso Clan Dlan, sitio donde podías descargar un sinfín de traducciones hechas por fans. Usé alguna en juegos clásicos. 

Cinco años más tarde, en dos mil diez, empecé un blog que se llamaba La vieja calle del panadero. No tenía ni idea de cuánto iba a durar aquello, pero funcionó durante un lustro, antes de que me mudase aquí. Ya en ese momento intuía lo que estaba sucediendo, así que opté por reducir mi actividad y esconderme un poco. De esa forma, mi posible desaparición no sería muy llamativa, porque abandonar blogger me pasó por la cabeza más de una vez. Y, como dije, los números no me preocupan demasiado. Por eso seguí con mis zarandajas en este pequeño rincón. Sin embargo, una cosa son los números y otra la sensación de soledad que transmite un mundo postapocalíptico. Hay otras razones que me llevaron a dejar mi antiguo blog, pero son personales y no me apetece abordarlas. Haré un resumen. 

¿Has visto la serie Invincible? En ella, si no recuerdo mal, el título se va ensangrentando cada vez más, dando a entender que el idealismo inicial del protagonista se resquebraja. Algo similar me sucedió a mí: la visión que tenía de ciertas cosas fue destruida por completo. Durante años pensé que quizá era una paranoia mía, pero al final descubrí que estaba en lo cierto, lo cual tampoco es que me anime; preferiría haber estado equivocado. 

De momento, imagino que seguiré por aquí, seré uno de los últimos supervivientes. Espero que el desánimo no me derrote por completo. 

Sobre la pregunta que da título a esta entrada, no, no lo están. Seguirán vivos mientras haya alguien manteniendo la llama encendida. Basta con que una única persona siga escribiendo reseñas, enseñando fotos de sus viajes, o lo que sea, para que se vea un poco de luz en la oscuridad. Y cuando llegue el final, no importará: lo nuevo se construye sobre lo viejo. 

lunes, 9 de octubre de 2023

Esperanza del venado

 

Lo que menos me gusta de Esperanza del venado es el primer capítulo; lo que más, todo lo que viene después. Y lo único que me hace fruncir el ceño en esas primeras páginas son los nombres: ¿Enziquelvinisensee? ¿No bastaban menos sílabas? De todos modos, es un detalle banal que no tiene por qué molestar al lector y no opaca una gran historia. Si tuviese que hacer una lista con mis obras favoritas del fantástico, ésta ocuparía un lugar en ella sin ninguna duda. 

El argumento parece sencillo y típico: un rey despiadado que se pasa de la raya, abusa, y un noble al que se le ocurre que todo sería mejor si el rey fuese él. Esto es algo que se ha visto cientos de veces en el cine y otros libros; empero, se complica, y mucho: venganzas, dioses, poder divino, una ciudad sórdida que rezuma iniquidad. El protagonista, que no es ese noble advenedizo, tiene que moverse en un ambiente muy oscuro e interesante, y conoce a personajes bien construidos, memorables. Podría explayarme, pero con esta novela es difícil no destripar algo. Mi consejo es que la leas sin buscar nada en la red. Adéntrate en ella sabiendo lo menos posible, igual que hice yo. 

Me sorprende lo que voy a escribir ahora: Esperanza del venado me ha gustado más que El juego de Ender. Me enganchó tanto que era incapaz de parar hasta terminarlo. Ahora bien, esto es una visión personal y puede que a ti no te suceda lo mismo. Hay escenas especialmente violentas que pueden provocar rechazo en el lector. De hecho, Card busca que haya una atmósfera cargada de violencia en todo momento. Hasta el uso de la magia tiene un carácter despiadado; es necesario recurrir a la sangre para emplearla. 

El ritmo es veloz: mucho diálogo y descripciones sencillas que, aun cuando son abundantes, siempre hacen avanzar la trama. Gracias a esto, es posible leer la novela en poco tiempo. Además, hay algunas sorpresas perfectamente engarzadas, las cuales refuerzan el interés en los últimos momentos, donde se despliega un final sobresaliente y poco común; un final que conecta a la perfección con todo lo anterior. 

Lo más meritorio, a mi parecer, es Inwit, la ciudad en la que se desarrolla la mayor parte de la historia. Al principio del libro queda claro que tendrá un protagonismo especial, porque hay un mapa muy detallado de ella: cada barrio, cada rincón. No sé quién lo habrá dibujado. Si fue Card, tiene una paciencia envidiable. Yo no me pasaría tanto tiempo haciendo cuadraditos. Lo interesante es que Inwit está descrita con maestría: el autor nos va metiendo lentamente en ella, desde las puertas hasta el interior. Y nos va mostrando sus temibles costumbres: nada más entrar, le hacen un tajo en el rostro a los visitantes; se trata de una marca que sirve para controlarlos: si está curada y el pase de tres días ha vencido, les cortan una oreja. 

Inwit es uno de los lugares más llenos de picaresca que encontrarás en todo el género, ya que lo peor del ser humano se muestra una y otra vez. Engaños, trampas, robos, torturas. No es una buena idea ir allí de vacaciones. Lo que sí sería bueno es leer Esperanza del venado. Qué libro. El autor, al parecer, tiene ideas polémicas y grandes defectos como persona; pero nadie puede negar su destreza en el arte de la narración.  

jueves, 21 de septiembre de 2023

Ladrón y asesino

 

A nadie se le habrá escapado que hay una nueva imagen en el blog: la cubierta de una novela que se publicó en Orpheus. Es lo último que he escrito. Mi intención era publicarla aquí mismo, así que sólo la envié a cinco editoriales por si las moscas. Para que te hagas una idea, el mensaje de presentación era esto: «Hola. Voy a publicar esta novela en el blog. Agradeceré cualquier consejo que podáis darme. Saludos». Estaba agotado de mover obras por editoriales y tomé la decisión de que Orpheus iba a ser la última. Y fueron justo ellos los que se interesaron en mi novela. Como no creo en el destino, digamos que fue casualidad. 

También había enviado antes un par de obras a una editorial que acababa de abrir la recepción, pero sabía —ojo, no estaba seguro, sabía— que serían rechazadas. Eran dos viejas novelas escritas hace tiempo y de calidad inferior. Simplemente, deseaba afianzar mi juicio sobre ellas. 

¿Y de qué va Ladrón y asesino? Pues de un pícaro malvado, astuto y ambicioso. Alguien con la necesidad de llenar un vacío que lo corroe desde dentro. La crítica al consumismo es evidente, pero no la hago desde las alturas, sino desde abajo; yo también he sido criado en ese sistema y me encuentro bajo su influjo. Dejando eso a un lado, lo que vas a encontrar es una historia ágil, sencilla y cargada de acción. El protagonista no es reacio a meterse en combates siempre y cuando tenga posibilidades de ganar. Además, es capaz de saltarse cualquier código moral si con ello logra sus metas. Hace honor al título de la novela. 

El mundo en el que se mueve está poblado por criaturas de la mitología patria, muchas de ellas asturianas. Me pareció interesante usarlas para diferenciarme de otras novelas similares, amén de que son muy interesantes para construir historias. Fue muy entretenido introducirlas en las escabrosas aventuras del prota. De hecho, no descarto volver a usarlas en el futuro. 

Podría haber seguido escribiendo pequeñas novelas de espada y brujería con el mismo personaje, pero al final decidí olvidarme de él. Quizá regrese más adelante, cuando haya escrito novelas de otra índole y me apetezca hacer travesuras de nuevo. Por ahora, prefiero explorar nuevos mundos y posibilidades. Considero, igual que Alan Moore, que crear lo mismo una y otra vez es la muerte del artista. Por si fuese poco, seguro que acabaría aburriéndome, lo cual se traduciría en un descenso pronunciado de calidad. Si me aburro, lo que sale no merece la pena. Supongo que no podría ser un autor profesional, porque necesito mucho tiempo y ganas para hacerlo bien. 

Ahora mismo estoy escribiendo la siguiente novela que, con suerte, tal vez llegue al papel. Depende de dos factores: tiene que gustarle a la editorial y debo estar satisfecho con el resultado. Mi meta es publicar unas pocas obras que sean realmente buenas. No obras maestras, ni mucho menos; pero que diviertan al lector, que cumplan con su cometido. De momento, Ladrón y asesino fue muy entretenida para los que la leyeron. Eso me alegra y me sirve de estímulo. 

A ver si hay suerte y consigo superarme. 

miércoles, 16 de agosto de 2023

Dream Quest, el diseño sobre la apariencia

 


Al grano: Dream Quest es uno de los mejores juegos de cartas que puedes encontrar en PC y móvil, pero sus gráficos echan para atrás a un gran número de personas. Es la creación de un genio que no se preocupó por la estética, aunque algunos encuentren cierto encanto en esas imágenes naifs. El protagonista es, literalmente, un monigote, y los enemigos parecen dibujados por un niño. De hecho, es posible que sea así. Sin embargo, los que sean capaces de superar esa barrera encontrarán un auténtico tesoro. Por algo este juego es el padre de varios títulos exitosos, como Slay The Spire.  

En Dream Quest hay dos aspectos que lo hacen muy especial para cierto tipo de jugadores: la inmensa cantidad de contenido desbloqueable y la enorme dificultad, pues bebe directamente de los roguelikes tradicionales. El juego crece contigo a medida que avanzas: más enemigos, cartas, personajes. Llegar hasta el jefe final es todo un reto, y no digamos matarlo. Para eso hacen falta muchas horas e intentos fallidos. Yo juego desde hace bastante y jamás he conseguido derrotarlo, salvo en una ocasión que estuve cerca. 

Cuando subes de nivel, puedes escoger entre dos beneficios

Sólo hay cuatro personajes al principio, pero terminarán siendo más de diez. La partida cambia de forma radical según el héroe que elijas, porque las cartas que aparecen en las tiendas están relacionadas con la clase: a un monje le saldrán patadas; a un mago, bolas de fuego, etc. Como el juego es, en esencia, un constructor de mazos, se vuelve imprescindible buscar la manera de refinar lo que tienes, eliminar las cartas básicas que te dan al principio. Y aun consiguiéndolo es posible perder, porque en cualquier momento puedes toparte con un enemigo diseñado para contrarrestar esa fabulosa combinación que tanto te ha costado conseguir. Los que asaltan por sorpresa cuando el personaje va de un lado a otro suelen ser especialmente desagradables. 

A la dificultad hay que añadir las más de trescientas cartas y setenta monstruos, los cuales varían en cada partida. Todo eso consigue que cada intento sea diferente al anterior, que se deban tomar decisiones nuevas y complicadas en cada uno. ¿Añado esa carta que tanto me beneficia o elimino ese pobre ataque de un daño? ¿Voy ahora a por el jefe o subo un nivel más de experiencia? Por si fuese poco, cada héroe tiene habilidades únicas que pueden activarse para ayudar en los combates; así que conviene encontrar sinergias con ellas. También hay que pensar bien qué ventaja obtener al pasar de fase, pues te ofrecen varias para escoger: oro, subir un nivel, la posibilidad de huir, más vida, mana... 

Aunque parezca lo contrario, Dream Quest es muy sencillo de aprender, lo cual le da incluso más valor. Es una lástima que los gráficos paupérrimos sean una barrera. El programador, Peter Whalen, habló hace tiempo de una actualización para mejorarlos; pero nunca llegó a hacerla. Quizá su trabajo actual en Blizzard lo tenga demasiado ocupado. A pesar de ello, no puedo dejar de recomendar este título si tienes una alta tolerancia a la frustración —es común perder por un golpe de mala suerte—, y eres capaz de soportar las imágenes. 

domingo, 30 de julio de 2023

La importancia de Ibáñez

 


Igual que muchos, de pequeño sólo leía tebeos: Anacleto, Zipi y Zape, Superlópez... Todos eran muy divertidos, pero ninguno superaba a los inigualables Mortadelo y Filemón. Cada vez que lograba reunir el suficiente dinero, iba al quiosco más cercano y compraba el primer Mortadelo que aún no estuviese en mi humilde colección. Los volúmenes más gruesos, por desgracia, estaban fuera de mi alcance debido a su precio; aunque me regalaron algunos y los releí hasta hacerlos polvo. 

Mi cerebro infantil relacionó, por ende, la lectura con el placer; así que no tardé mucho en dar el salto a los libros. Junto a la alta pila de Mortadelos apareció otra de novelas juveniles, muchas de El barco de vapor. Años después me aficioné a la literatura de terror, la cual me sirvió de entrada al vasto universo literario. También escribía, pero sólo por diversión. ¿Habría hecho el mismo camino sin la influencia de Ibáñez? Lo dudo. Él fue el primer peldaño de una larga y emocionante escalera. 

Si quieres que alguien joven sea un futuro lector, rodéalo de tebeos. Eso es mucho más beneficioso que obligarlo a engullir El Quijote o La Regenta, libros que yo supe apreciar por mi cuenta con la edad adecuada. Y ahí está la inestimable importancia de Ibáñez: es un creador de lectores, uno de los más grandes. Su contribución a la cultura es más grande de lo que muchos imaginan. El problema es que aquí se aúnan dos prejuicios: el desprecio al cómic y al terreno infantil, pues a nadie se le escapa que esas lecturas son consumidas, sobre todo, por niños. 

De todos modos, no creo que necesitase premio alguno, porque él sabía apreciar el más grande que puede tener un autor: el reconocimiento de sus lectores. Creo que eso fue su mayor estímulo para seguir trabajando hasta el final. 

Hace algunos años, por nostalgia, compré un par de Mortadelos para recordar viejos tiempos. Se me cayeron de las manos: los abundantes gags ya no me hacían tanta gracia como antes. Sin embargo, leer todo aquello de pequeño me sirvió para poder apreciar el gran valor del cómic... aunque hubo una época donde lo infravaloré. En mis estanterías pueden encontrarse, diseminados, algunos cómics que releo cuando me apetece. No siempre tengo ganas de enfrentarme a la Fenomenología del espíritu, texto que me deja la cabeza como un portaviones. Es bueno disponer de lecturas variadas para cada ocasión. A veces lo único que deseas es ponerte el traje de superhéroe y darle una tunda a los malos, o maravillarte con las imágenes de algún ilustrador reconocido. 

Por supuesto, también hay cómics con unas narrativas impresionantes. Tengo algunos y pienso ir comprando más. Lástima que tengan precios prohibitivos, aunque en muchos casos lo valgan. 

Ibáñez ha muerto, sí; pero seguirá vivo en su obra, la cual se seguirá leyendo aún durante varias generaciones. Continuará siendo un creador de lectores, igual que varios grandes nombres de la literatura. Cualquiera podrá ir al quiosco o la librería y comprar las aventuras de esos dos agentes al servicio de la TIA, parodia de la CIA

viernes, 16 de junio de 2023

Tom Bombadil

 


Cuando me preguntan cuál es mi personaje favorito del imaginario tolkieniano, siempre digo lo mismo: Bombadil. Esa respuesta suele provocar alzamientos de cejas, miradas torvas, combustiones espontáneas, amenazas a punta de pistola y gritos de terror. De momento, sólo una persona comprendió al instante por qué me atrae ese personaje tan raro; así que voy a explicar mis motivos. 

Suele decirse que la obra de Tolkien es muy maniquea, con personajes extremadamente buenos o malos. Hay uno en concreto, Ungoliant, que va más allá de la maldad: es la forma que tiene Tolkien de representar al mal en su estado más puro. O eso me parece. Es una criatura oscura, temible, una araña inmensa con un apetito tan insaciable que quizá llegó a devorarse a sí misma. Mucho de lo que consideramos malo (el mal y el bien son conceptos humanos; no existirían sin nosotros) tiene que ver con el anhelo de adquirir poder. Arribistas trepando por una montaña de cuerpos exánimes. 

La antítesis de esa idea sería Bombadil, un hombre misterioso y sonriente que vive en paz sin deseos superfluos. A Bombadil le basta con lo que tiene, por eso es incorruptible y ni siquiera el anillo único es capaz de afectarle de alguna manera. Está por encima de él. Podría decirse que es como uno de los filósofos antiguos, como Diógenes o Epicuro. No me extrañaría que Tolkien pensase en ellos al construirlo, igual que tal vez se inspiró en el anillo de Giges para crear al único. 

¿Cómo no interesarse por un personaje así? Cuando lo mencionan en el concilio de Elrond, se explica que podría guardar el anillo; pero no entendería por qué y acabaría por perderlo en algún sitio. En ese aspecto se parece a Momo, de Ende, la niña que se encongió de hombros ante un aluvión de regalos. Ella sabía, igual que el zorro de El principito, que lo esencial es invisible a los ojos. Muchos humanos consumen su vida sin haberse percatado de eso, sin comprenderlo jamás. ¿Poder? ¿Admiración? ¿De qué te sirven?  

Recuerdo a un profesor que en una entrevista aseguró que la felicidad era tomarse una caña por la tarde, acompañado de un amigo. Tiene suerte porque se ha percatado de los detalles verdaderamente importantes. Puedes cambiar ése por otros según la personalidad de cada cual: leer un buen libro, escuchar música... Por supuesto, habrá quien prefiera dominar el mundo; pero eso le hará desgraciado a menos que lo logre, lo cual es un poco difícil. 

Volviendo a Tom, el misterio que lo rodea contribuye a encumbrarlo. Si no recuerdo mal, Tolkien dijo que era un espíritu; pero eso no basta para eliminar los debates sobre su origen. ¿Es uno de los Valar? ¿De los Maiar? ¿O alguien unido a la Tierra Media, un ente que surgió con ella? Sea lo que sea, me gusta su aparición en el libro, y también que no esté en la película; dudo que hubiese funcionado en ella. Supongo que habría sido confuso para algunos espectadores ver a un tipo tan extravagante. ¡Hola, Dol! ¡Feliz Dol! ¡Toca un Don Dilló!

viernes, 5 de mayo de 2023

La princesa prometida

 


He visto fragmentos de la película varias veces en la televisión, escenas que me parecieron cargadas de ingenio y humor; pero no había leído la novela. En consecuencia, me puse a ello. Bastaba con que fuese la mitad de divertida. Al poco rato, descubrí que el argumento era manido e hijo de su época, y también que me lo estaba pasando en grande. Comprendí por qué este libro sigue siendo leído aún hoy. 

Es evidente que William Goldman se propuso darle al lector una explosión de entretenimiento puro, lo cual consiguió de sobra. En La princesa prometida no hay una detallada descripción del mundo o los personajes; todo se enfoca en los diálogos, la acción y una espesa pátina de comedia. Cada momento tiene el noble objetivo de provocar una sonrisa. 

No cualquier autor es capaz de crear personajes extremadamente carismáticos con sólo unas pinceladas, como sucede aquí. «En la esquina más alejada de la gran plaza... en el edificio más alto del reino... en la oscuridad de la sombra más oscura... esperaba el hombre de negro. Sus botas eran negras y de cuero. Sus pantalones eran negros, y negra su camisa. Su máscara era negra, más negra que el plumaje del cuervo. Pero más negro que todo eso eran sus ojos brillantes. Brillantes, crueles y letales». Y ya, listo, con esto te ganas al lector e introduces una promesa subyacente: este tipo le dará muchos quebraderos de cabeza a más de uno. 

Hay un personaje español, Iñigo Montoya, al que se la ha dado una de las frases más célebres de la ficción, ni más ni menos. Aparece en varias series y películas. Puede escucharse, por ejemplo, en un episodio de The Big Bang Theory cuando practican esgrima. 

¿Cuántas veces habrá sido declamada por los fans? 

Qué bien funciona la venganza en el contexto de esta historia, por cierto: engrandece al personaje y potencia a la trama, genera otra promesa con su aparición. Se trata de una excelsa y valiente empresa que se suma al misterio del hombre de negro. No sólo eso: Goldman hace que esos conceptos choquen entre sí como dos trenes, consiguiendo una de las escenas más memorables de la novela: el combate entre Iñigo y el enmascarado, un combate lleno de honor y con sorpresa final. 

Con todo, hay ciertos aspectos que pueden molestar a algunos lectores. No todo el humor ha envejecido igual de bien y algunas ideas se han estirado demasiado. Por muy ingenioso que sea el autor, no es posible hacerle gracia a todo el mundo; así que antes o después te encontrarás con partes que te parecerán sosas, algunas de ellas largas. A mí esto no me parece grave: si algo te aburre un poco, nadie te va a reconvenir si lo lees por encima. Además, La princesa prometida tiene una prosa ágil por la que se puede viajar con velocidad. 

Esto es, sin temor a equivocarme, un clásico que resistirá el paso de los siglos. Me imagino a un viajero del espacio en la holocubierta de la nave, vestido como Iñigo y encarándose a su rival mientras exclama la famosa frase. 

Gran obra. Aunque yo la haría de otra manera, pues soy hijo de mi época, ésta es una de las novelas que me hubiese gustado escribir. No se me ocurre mejor halago. 

lunes, 3 de abril de 2023

El fantasma en la máquina

 

El arte que producen las inteligencias artificiales es rudimentario, pero voy a abordar el tema como si ya lo dominasen. Me parece más interesante así. 

Como suele ocurrir, se han formado dos bandos con una opinión totalmente opuesta. Tesis y antítesis. Intentaré vislumbrar la síntesis, aunque lo más probable es que yerre el tiro porque el objetivo está a mucha distancia. 

Tecnófilos y tecnófobos están ahora frente a frente, formando regimientos y disparando a discreción. Los primeros afirman que se trata de una herramienta maravillosa que cambiará todos los paradigmas, y los segundos quieren destruirla antes de que se acabe el mundo. Hay algo de verdad en esas reacciones viscerales. Lo fácil, por supuesto, es chasquear la lengua y poner tus ideas por encima de las demás; pero es más divertido intentar comprender a cada cual. 

Gracias a la IA, cualquiera podrá ser creador de imágenes, textos o sonidos impresionantes. Quizá eso acabe siendo una herramienta muy útil para todo tipo de artistas, y un buen método que los profanos podrán usar en diferentes ámbitos. Embellecer una página será más fácil que nunca, o buscar ideas de apoyo. La IA en sí no tiene nada de malo, como tampoco lo tendría la aparición repentina de los androides. 

Por otro lado, hay que tener en cuenta el contexto: no estamos en una utopía donde los sestercios han desaparecido, igual que en Star Trek, sino en un entorno capitalista. Es un hecho que hemos nacido en él... y moriremos en él. No parece que se avecinen cambios en el horizonte. Por ende, habrá quien intente aprovecharse de la situación para obtener beneficio. Habrá trabajadores que serán sustituidos por IA. 

Independientemente de que se esté o no de acuerdo con esto, es imparable. Algunos artistas desean que se detenga, pero el leviatán seguirá su marcha sin ni siquiera percatarse de ellos. Quizá aparezcan dos corrientes éticas después de un tiempo: unos preferirán usar arte generado por IA con fines económicos, y otros no. Asimismo cabe la posibilidad de que se valore más el trabajo artesanal, de que la IA se use sólo para elaborar arte genérico. Hay cierto atractivo en consumir algo producido por un humano con sus filias, fobias, errores. La personalidad que eso imprime en las obras las llena de belleza. Como dije hace tiempo, leer a algunos autores es como reencontrarse con un viejo amigo. 

Con todo, esta nueva herramienta no funciona sola: necesita a un humano dando instrucciones. Creo que se comete un error al hablar de arte hecho por IA, ya que más bien es una mezcla de IA y humano. Sin embargo, usar esa herramienta no te convierte en artista. En Star Trek: Voyager cualquiera puede pedir la comida que desee en un replicador, pero no son cocineros por ello: hay un personaje que se encarga de ese rol, de hacer comida con sus manos. 

¿Es arte lo que produce una IA? Rotundamente sí: el arte existe por sí solo, da igual quién o qué sea el creador. Y que la IA se limite a recoger fragmentos de imágenes para formar las suyas es irrelevante: ¿qué humano no produce arte gracias a sus experiencias con el mismo? La definición de la RAE está obsoleta, a mi parecer. 

Un aspecto negativo es la tendencia a depender cada vez más de la tecnología. Yo no veo sentido en usar IA para escribir, porque quiero tener el control absoluto de todo. Además, me gusta el trabajo e ir construyendo una historia poco a poco. Es satisfactorio, como montar una maqueta. ¿Imaginas que se pudiese pulsar un botón para que esa maqueta se hiciese sola? ¿Qué mérito hay en ello? Ninguno, pero sí puede haber varios objetivos que pueden llevar a hacerlo, y algunos son negativos desde un punto de vista ético. 

Será interesante ver cómo evoluciona todo esto. Si las IA comienzan a devorar trabajos, como temen algunos, la productividad irá siendo sustituida por el consumo, lo cual podría generar una ola de nihilismo y depresión. Imagina vivir en un sistema donde tu único propósito es adquirir productos. 

Por supuesto, una sociedad culta, reflexiva, podría gestionar estos avances para que el impacto sea mínimo. Desgraciadamente, no vivimos en esa sociedad.