Reseñas literarias y artículos culturales

viernes, 22 de marzo de 2019

El superviviente


Conservo unos cuantos libros de mi bisabuelo, reliquias de los felices años veinte, y aún pueden leerse sin problemas: las tapas están deslustradas y las hojas, amarillentas; pero los textos se mantienen en perfectas condiciones. Lástima que todo se encuentre en alemán, porque no entiendo prácticamente nada. 

Uno de esos vetustos ejemplares llama mi atención más que el resto. Es religioso, supongo que un breviario, y ha sido editado a finales del siglo diecinueve; el diecinueve, nada menos. Resulta estremecedor tenerlo en las manos mientras imaginas dónde estaría durante las dos guerras mundiales..., ¿oculto en algún cajón? ¿Guardado en una mochila militar? El caso es que se trata de un objeto que ha sido capaz de sobrevivir a esos acontecimientos convulsos.

Si fuese capaz de hablar, diría, con la voz de Elrond, que estuvo ahí cuando ingleses y alemanes decidieron hacer una tregua en navidad, o cuando los aliados desembarcaron en Normandía. Poco le importa que entre uno y otro hecho hayan pasado tres décadas, porque sigue vivo y coleando, y lo que le queda; seguro que aguantará unos cuantos siglos si nadie decide arrojarlo a la basura. Ése, entre otros, es un motivo que me hace ver al libro como uno de los mejores inventos de la humanidad, incluso después de los avances tecnológicos actuales. 

No eran pocos los que preveían su desaparición: «Ahora que ha llegado el todopoderoso libro electrónico, poco le queda al arcaico papel». Yo mismo tengo uno de esos neolibros, ahíto de archivos; pero no veo ese supuesto declive por ningún lado. Además, sigo prefiriendo el papel si quiero hacer una consulta veloz, que da bastante pereza marcar las páginas en un buscador lentorro.

Alguien me dijo recientemente que todo es efímero, hipérbole que señala, imagino, al hipersónico sistema de consumo coetáneo, donde es importantísimo tener el último modelo de móvil y seguir modas hueras. Los libros son perros verdes en un entorno así, incluso los de mala calidad, ya que nos acompañan a lo largo de toda nuestra vida. Por si fuese poco, jamás se cuelgan o llenan de virus; la información siempre estará disponible. Puedes destruirlos, claro; aunque no es fácil: te reto a dejar caer un libro electrónico desde una altura considerable, a ver si aguanta lo mismo que el papel.

¡Retruécanos! Si hasta los que compré de crío —aventuras de Holmes, Stephen King...— siguen en la estantería, recordándome el pasado. La primera vez que me hice con uno de King, It, la librera me escrutó con recelo. ¿Se plantearía impedirme esa adquisición? Pienso en ello cada vez que le echo un vistazo a la arrugada cubierta roja, donde aparece una imagen de Tim Curry como Pennywise.

Apuesto a que el libro clásico seguirá existiendo en un futuro muy, muy lejano. No hay motivo para que desaparezca aun si se halla un buen sustituto, porque puede servir para aquellas pocas obras que de verdad merecen la pena, como la guía de supervivencia zombi. Y los capitanes del espacio tendrán que decorar con algo sus camarotes... 

sábado, 12 de enero de 2019

The Orville y el lado siniestro de internet


Sólo recomendaría este remedo de Star Trek a los más jóvenes, a personas que han tenido poco contacto con la ciencia ficción o a locos como yo, que ven cualquier cosa que tenga naves y planetas inexplorados.

Los primeros episodios son terribles para un espectador aficionado al género: no hay nada novedoso en ellos y su abundante humor es muy básico. Algunos intentan conseguir la profundidad de ciertos guiones de Star Trek, pero se quedan a medio gas. El mensaje feminista que subyace en About a Girl, a pesar de sus buenas intenciones, es flojo; equivale a «la paz es buena», o «matar está mal». Además, hace gala de un aburrido etnocentrismo: nuestra ética está por encima de la otra, la foránea, incluso antes de saber qué la sustenta, y el giro final es predecible. La cultura teológica de If the Stars Should Appear sólo sirve para recordarnos lo mala que puede ser la religión, sin más, lo cual ya ha sido enseñado en multitud de series anteriores. Y Pria cuenta una historia tan manida que puedes anticiparte a casi todos los acontecimientos.

Aun así, diría que la calidad va aumentando a partir del segundo episodio. No mucho, pero puede percibirse que MacFarlane, el guionista, hace un esfuerzo por mejorar y lo consigue. Es el séptimo, Majority Rule, el que me ha traído aquí. Se trata de una crítica tan sobresaliente, audaz y certera que entraría en combustión espontánea si no la comentase.

Imagina una sociedad donde el sistema de votos youtubero está en cada individuo: los ciudadanos deben llevar una chapa con una flecha verde y otra roja para que cualquiera pueda valorar su comportamiento. ¿Suena fatal? Pues eso no es todo: un gran número de votos negativos veta el acceso a determinados lugares públicos, y si se sobrepasa el límite habrá un castigo que consiste en lavar el cerebro. Al ciudadano se le ofrece la oportunidad de disculparse públicamente en la televisión; sin embargo, eso no funciona con mucha frecuencia, porque a la turba le interesa más señalar al «malo» para seguir formando parte de un grupo y mejorar su reputación dentro del mismo. Por supuesto, el criterio que se sigue a la hora de votar es superficial, subjetivo; nadie comprueba la veracidad de lo que ve. Las omnipresentes cámaras de los móviles se convierten en una trampa que podría convertirte en zombi. ¡Los grandes hermanos te vigilan!


Majority Rule, La regla de la mayoría, me hizo reflexionar sobre el impacto que ha tenido internet en la humanidad. A mí, que no lo tuve hasta los veinticinco, me sigue fascinando este universo virtual: desde la comodidad de mi escritorio, puedo charlar con personas que están al otro lado del charco, ver series a la hora que me apetezca, escribir en este blog. Internet es impresionante. Aunque, por desgracia, también tiene su lado siniestro, uno donde la condición humana queda más al descubierto que nunca; detalles que antes se quedaban en las sombras se iluminan ahora por los focos de un escenario inabarcable.

Uno de los requisitos para la felicidad es que no te importe lo que piensen los demás, pero eso tal vez sea complicado para las generaciones que nazcan con Google bajo el brazo. Tantas redes sociales; tanta hambre de aceptación, fama...

MacFarlane estaba inspirado el día que escribió algo tan bueno, y los episodios siguientes —no todos escritos por él— son un relleno aceptable, fácil de digerir, porque hacen avanzar subtramas o dan más trasfondo a los protagonistas. ¿Cómo será la segunda temporada? ¿Habrá otra joya escondida entre la mediocridad? ¿Será un montón de paja con mensajes simplones? ¿Aparecerá Leia-Poppins para destruirlos a todos? 

viernes, 14 de diciembre de 2018

Los artistas aviesos


El pasado que no se conoce o se olvida, no existe, porque el pasado es memoria; así que muchos hechos se quedan en la sombra ad eternum. Nunca podremos saber con seguridad qué circunstancias rodearon algunos actos, o qué clase de vida hay tras los fragmentos que el autor expone públicamente. Terry Pratchett, por ejemplo, parecía muy simpático en la distancia; pero era capaz de ser todo lo contrario en persona. Y sólo Rincewind sabe cómo debía comportarse en el ámbito familiar. 

Como los autores son humanos, poseen, en mayor o menor medida, todos los defectos inmanentes a la especie. Incluso Bradbury reconocía tener envidia de los relatos geniales que escribía Sturgeon, y además la usó para esforzarse, mejorar como escritor. En su caso consiguió sacar provecho de ese sentimiento porque iba dirigido a una técnica, no al éxito. Foster Wallace sí anhelaba el éxito a toda costa... hasta que lo obtuvo y descubrió lo poco que le importaba. Reitero: los autores son humanos, igual que tú, es bastante desaconsejable construir estatuas doradas o reflexiones maniqueas donde la humanidad es un tablero de ajedrez. Cuando veo a alguien con el hábito de señalar a los malos con dedo acusador, a veces tengo la sensación de que en realidad lo que quiere es señalarse a sí mismo como el paradigma de la bondad. 

Si nos ceñimos a artistas de siglos anteriores, no es una buena idea juzgar el pasado con los ojos de hoy, pues uno debería ser consciente del influjo que emite el contexto; si naces en una época concreta, te acompañarán durante toda tu vida las ideas y costumbres de ella. ¿Serías la misma persona si te borrasen la memoria y te trasladasen a la edad de bronce? ¿No acabarías fagocitado por ese atávico imaginario? Los pocos que se adelantan a su época son adulados en el futuro porque han logrado algo difícil. ¿Qué pensarán de nosotros los humanos del año tres mil? Seguro que unos cuantos aspectos de la sociedad actual les parecerán aterradores. 

Pero no estoy aquí para hablar sobre malas actitudes o costumbres, las cuales son meras curiosidades, sino de roturas absolutas de lo que consideramos ético, de lo escabroso, de la escritora Anne Perry matando una señora a ladrillazos, de Céline besando una foto de Hitler... o del propio Hitler, que cualquiera puede aún adquirir Mi lucha, libro perfecto para calzar la pata de una mesa. ¿Debe separarse al autor de la obra en estos casos? La pregunta se las trae, porque solemos imprimir parte de nosotros en lo que escribimos, pintamos, esculpimos. Voy a empezar con un ejemplo explícito: si Lucifer existiese —no creo en él— y escribiese una novela, ésta podría ser desde un bodrio a una obra maestra; la iniquidad del artista no tiene por qué dañar el resultado final. Hasta podría usarla en su beneficio. De hecho, a veces ni siquiera hay rastro de ella. En consecuencia, llegamos al siguiente axioma: cualquiera, independientemente de su condición moral, puede crear una obra de calidad. Eso suena genial, pero no responde a la temible pregunta antes mencionada.

Recuerdo que en Cómo no escribir una novela se hablaba de «la voz de la bestia», donde el autor hace gala de una opinión odiada universalmente; es decir, narra una historia en la que el nazismo no está tan mal. En estos casos, con razón, se rechaza el manuscrito al instante porque es malo por varios motivos. Pero ¿qué pasa si una obra magnífica es realizada por alguien abyecto? ¿Debemos condenarla también al ostracismo? Si pretendemos purificar con fuego cual inquisidores, aparecen dos problemas: como dije al principio, no podemos saber con certeza cómo es el autor; así que no sería posible hacer una criba en condiciones, justa. Y además tendríamos que prohibirle el paso a una cantidad inconmensurable de obras valiosas desde un punto de vista cultural. Nótese que no hablo de obras publicadas, sino de filtros.

Sobre lo que ya está expuesto al mundo, pienso que una obra pertenece al autor hasta que la convierte en producto, momento en que pasa a ser del mercado y el público. Ha de ser este último quien decide qué quiere o no consumir. ¿Quién soy yo para decirle a un adulto que no lea Viaje al fin de la noche, o que no admire un cuadro de Caravaggio? ¿Quién soy yo para obligarle a hacerlo? Que cada cual siga al artista que desee, porque los vástagos no tienen la culpa de lo que hayan hecho sus progenitores. Aunque éstos hayan dejado algo de sí mismos en su arte, no tiene por qué ser su faceta inicua u obsoleta, y si lo es, no tiene por qué tratarse de algo insalubre; un público maduro debería saber con qué quedarse de lo que tiene entre manos. Yo no tengo problemas para leer a quien sea, ya que siempre puedo aprender algo; pero reconozco que preferiría no tener tratos personales con cualquiera que haya bailado claqué sobre nuestro código moral.

¿Y qué pasa si la obra en sí es el trasunto de un tenebroso lado oscuro? Esta es una perspectiva diferente, ya que no tiene por qué haber sido creada por alguien avieso. Se me viene a la cabeza la novela Rabia, autocensurada por King, o juegos como Carmageddon... Esa clase de títulos. Aquí puede darse una respuesta empírica: son completamente inocuos. Todos conocemos algún suceso funesto relacionado con ese tipo de contenidos; sin embargo, son raros, y quien se ha dejado llevar ya tenía dentro sus fantasmas, era una bomba de relojería que hubiese estallado antes o después.

Ojalá pudiese echar un vistazo al futuro para saber qué se acepta allí y qué no. Aunque si se trata de un futuro muy distante, seguro que me verían como un neandertal, un Colombo que esparce las cenizas de su tabaco sobre la valiosa alfombra del salón. 

viernes, 23 de noviembre de 2018

La cárcel dentro de la cárcel


Encontré, mientras paseaba por una librería, el homenaje habitual que se le hace a los autores de verdadero talento cuando fallecen: una enorme y rutilante efigie de Domingo Santos presidiendo montones de sus libros, reeditados en honor a su memoria. Incluso había un androide gaitero con kilt que tocaba una marcha fúnebre. Los compradores, atraídos por la música, acudían en masa para adquirir esa droga llamada ciencia ficción, el género más exitoso de España. 

Afortunadamente, pude conseguir el último ejemplar de La cárcel de acero y huir ileso de aquel caos; así que puedo reseñarla en este blog.

El argumento es sencillo: como la guerra va a destruir el planeta, es menester elegir a un grupo de humanos para que huyan en una nave y colonicen otro. El viaje es largo, lo suficiente para que los padres vean crecer a sus hijos; así que un par de personas deben encargarse de velar por la integridad mental de los tripulantes, pues estar en el espacio durante mucho tiempo puede tener consecuencias psicológicas graves.

Por supuesto, aquí debe introducirse una trama interesante, nadie quiere leer una historia sobre humanos que viajen sin que les pase nada y les vaya todo de maravilla. Los psicólogos no tardan en verse desbordados ante algo sorprendente: religión. A partir del capitán, un tipo imaginativo y dispuesto a creerse aquello que inventa, empieza a propagarse la idea de que son un pueblo castigado por Dios y deben vivir según unos dogmas estrictos. El tercer recinto, donde está la biblioteca, las armas y todo lo que podría reventar los cimientos de la fe, queda prohibido; cualquiera que se atreva a poner un pie en él será condenado a morir.

Sólo le pondría un pero a la novela: me resulta inverosímil que una religión extrema cale tan rápido entre un grupo de humanos de elevada cultura, los cuales se convierten en auténticos fanáticos. Aun si tenemos en cuenta el impacto mental que causa el largo viaje en la «cárcel de acero», el número de creyentes crece a una velocidad difícil de asimilar; habría preferido que fuesen generaciones futuras las que adoptasen esas limitaciones, no los primeros que entraron en la nave. Dicho esto, me alegra que varios escritores hayan sido conscientes de que la religión puede surgir donde menos se la espera. Recuerdo que Silverberg hasta se atrevió a darle una a las máquinas.

Salvo esa debatible tara anterior, lo demás me parece excelente. La estructura, que es lineal, tiene acertadas elipsis y buen ritmo. Eso hace que la lectura sea ágil y resulte sencillo adentrarse en la historia. La personalidad de los personajes, muy marcada porque se divide entre fanáticos y escépticos, encaja perfectamente en el contexto y no cae en el maniqueísmo. La mayoría de las descripciones son breves pero eficaces; Domingo Santos describe a los personajes con pocas pinceladas bien escogidas y da los detalles justos de la nave para que el lector se la imagine con precisión. Por último, el mensaje subyacente es intemporal: un grupo de humanos acorralado por su propio sistema, que es la verdadera cárcel. Todo está, en suma, muy bien construido.

¿Conseguiré más ejemplares de este celebérrimo autor? ¿Podré abrirme camino entre las abrumadoras hordas de fanáticos? Ya veremos. En mi próxima visita a la librería iré armado con lanzallamas, como el prota de La Cosa, y pertrechado con unas cuantas granadas aturdidoras. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

Muerte e inmortalidad


Una vez escuché, probablemente en un debate televisivo, una frase de Montaigne: «Filosofar es aprender a morir». Y otra persona respondió, irradiando llamas, que eso ni de broma, que filosofar es aprender a vivir. Comprendo el enojo ante una postura que parece pesimista; pero lo cierto es que la muerte nos acompaña durante todo el trayecto porque puede presentarse de improviso. Es un error pensar que sólo está al final del camino, saludándonos con la mano mientras se toma un refresco, o peor aún: ignorarla por completo. A ella le da igual que mires para otro lado; seguirá ahí y a veces se hará notar. 

Su compañía es la que, en muchos casos, define nuestra forma de afrontar la realidad. El reloj de arena no es eterno; así que sirve de pulsión para realizar todo tipo de empresas, le da un valor inestimable al tiempo de cada individuo. Borges no se cortó un pelo cuando retrató a los inmortales como trogloditas, criaturas que ya no le dan importancia a la vida y se dedican a ser meras espectadoras. Aunque la inmortalidad tiene ventajas innegables, no podemos saber a ciencia cierta cómo se comportaría un humano que ha perdido de vista a la guadaña. Eso entra dentro del terreno especulativo. Al menos por ahora. 

Antes de adentrarme en el impacto que tienen las religiones sobre la muerte, expondré lo que pienso de ellas para despejar dudas y satisfacer curiosidades. Una vez escribí en este blog una extensa entrada sobre el tema, pero no aclaré con exactitud en qué creo yo. Bueno, pues mi dios es Moloch y sacrifico... —broma—. Realmente, considero que el conocimiento divino es inaccesible; ergo, todas las religiones son para mí fantasías porque han tenido acceso a dicho conocimiento. Fácil, ¿no? Apartados todos esos mitos, me limito a aceptar que no sé qué es en realidad este tinglado tan enorme; es decir, dejo el tema en suspensión. Entiendo y respeto cualquiera de las tres posturas clásicas: creencia, agnosticismo y ateísmo. Si no hay fanáticos de por medio, es posible dialogar.

El pensamiento más habitual es el de que la religión sirve, sobre todo, para atenuar el miedo que produce la inexorable muerte, lo cual es cierto; sin embargo, cumple una función mucho más importante: le da un sentido a la existencia. De repente, lo que hagas servirá para un fin, una prueba que deberás superar. Además, añade un concepto extremo de justicia, porque al dios omnisciente no se le escapa nada. De poco te servirá ser tenido por un santo si luego haces maldades en la intimidad, como beber leche directamente del cartón, o chuparte un dedo para pasar las páginas de un libro. Eso último es peor que la traición y te llevará directo al noveno círculo del infierno. 

Concretemos: las religiones dan un sentido, un madero para mantenerse a flote sobre el absurdo. Pero ¿y si alguien no cree en ninguna? Pues podrá agarrarse a otra cosa, deberá hallar un sentido por sí mismo. Éste puede ser la danza, la música, el dibujo, servir en el imperio galáctico... Hay bastante donde escoger. Por supuesto, el determinismo social limitará esas opciones; alguien que nazca en una tribu indígena tendrá pocas posibilidades de llegar a ser magistrado. Lo principal es que siempre habrá varios caminos. Recordemos a Sartre y su «existencia-esencia». El proyecto personal nunca dejará de tener interés, y la muerte será quien te anime desde las gradas con un matasuegras, una peluca y un bombo.

El embrollo lo sufren aquí los inmortales. A primera vista, parece que tener toda la eternidad ante ti se trata de algo fenomenal. Pero piénsalo por un momento. Cuando tienes hambre, la perspectiva de hincharte a zampar es halagüeña; cuando ya lo has hecho y el abdomen amenaza con reventar, esa perspectiva ya no produce la misma sensación, ¿verdad? Imagina tener disponibles miríadas de siglos para hacer lo que quieras. ¿No comenzarás a posponer y perder interés? ¿No llegará un momento en el que lo hayas hecho todo? ¿Dónde estará el sentido, entonces? Tal vez la vida deje de tenerlo y te abandones a la contemplación perpetua, igual que los trogloditas de Borges. Lo raro, si eres uno de ellos, no es escribir El Quijote; lo raro es no haberlo hecho. ¿Están los humanos preparados para la inmortalidad? ¿Qué consecuencias tendría en el ámbito social?

¿Un humano inmortal sigue siendo humano?

Para terminar, recomiendo las reflexiones de Todd May sobre este tema tan interesante. Todo lo que he escrito aquí es una migaja de lo que aparece en su obra.

jueves, 27 de septiembre de 2018

La sombra carmesí


Recomendé estas novelas una y otra vez desde que las leí en la adolescencia. La palabra clave es «adolescencia». ¿Serán tan buenas como las recordaba?, ¿habré metido la pata al aconsejar su lectura? 

Esas inquietantes preguntas debían tener respuesta; así que al fin, tras varios años posponiéndolo por miedo a lo que podía encontrarme, a estropear una de las mejores experiencias literarias que he tenido, cogí el primer tomo y me puse a leer. El comienzo fue desalentador: el mundo descrito en el prólogo me resultó un poco pobre, simple, y el primer capítulo, áspero, porque no logró meterme en la historia. En ese momento, estuve a punto de claudicar, ya que me temía lo peor; sin embargo, continué. Siempre ha sido una de mis trilogías favoritas del género y no iba a rendirme fácilmente. 

Lo que vino luego, avanzada la trama, pulverizó mis esperanzas: clichés, deus ex machina, combates superfluos y la combinación mortal: un deus ex machina que también es un cliché. Creo que Salvatore debería tener algún logro por eso último, ya que no recuerdo haber leído muchas veces algo así. Y eso no es todo, pues si te pones a buscar incongruencias...

«No se percataron de la marca más significativa que dejaron tras de sí. Pero el mercader sí que la advirtió al día siguiente cuando regresó al cuarto y empezó a aullar y a maldecir al ver que sus objetos más valiosos habían sido robados. En su cólera, cogió el jarrón que Oliver había devuelto a su sitio y lo estrelló contra la pared cercana al escritorio». 

Página siguiente: 

«Oliver había salido con la intención de encontrar un comprador para el jarrón que se había apropiado hace tres días». 


Por si hay dudas, añado que el jarrón está descrito de forma idéntica en ambas páginas: azul con detalles dorados. Las excusas rebuscadas que pueden encontrarse —había un jarrón parecido oculto en algún lado, por ejemplo— no impedirán que quien lo lea se ofusque durante un rato. Y el texto hace hincapié en que el premio gordo, lo primero que el personaje querría vender, era una estatuilla con forma de un hombre alado. Jamás culpo al autor por esa clase de errores, porque uno es humano y ya se sabe; pero digo yo que alguien debería haberlo visto antes de publicar. 

¿Y sabes qué? A pesar de todo, aunque no te lo creas, la novela acabó enganchándome y la disfruté tanto como la primera vez. Eso sí, tuve que reflexionar bastante los motivos de ello, ya que las numerosas taras me arrinconaban contra un precipicio. ¿Cómo es posible que algo tan nefasto me guste más que, por ejemplo, El elfo oscuro, una trilogía más pulida e interesante? Encontré la respuesta al percatarme de que el concepto base de la novela es uno de mis favoritos: Robin Hood. Los protagonistas de La sombra carmesí, un par de ladrones que operan en la zona más próspera de una ciudad, recuerdan fugazmente al mítico proscrito. Además, tienen un carisma que se sale de lo común: uno de ellos es un noble que vivía sin preocupaciones hasta que se dio cuenta de lo mal que se estaban poniendo las cosas a su alrededor; el otro, un halfling que viste con ostentosidad, alguien pragmático y artero que en el fondo tiene buen corazón.

En la balanza, para hacer de contrapeso a lo negativo, hay que añadir una gran fluidez en la prosa y unos cuantos combates espectaculares, incluso los que no aportan nada. Por ende, no está todo perdido: seguiré recomendando estos libros tras dejar claro que están muy por debajo de las grandes obras del género. Su equivalente en el cine sería una buena mala película.

¡Retruécanos! En algunos momentos esta banda sonora quedaría perfecta:

viernes, 7 de septiembre de 2018

Talismán, el juego de la búsqueda mágica


Siglos atrás, cuando Julio César se atrevió a cruzar el Rubicón, fui muy aficionado a los juegos de mesa. Recuerdo con nostalgia El cetro de Yarek, de Cefa, porque fue el primero que cayó en mis manos. No sé cuántos años tendría yo en aquellos tiempos lejanos y neblinosos, tal vez seis o siete. Lo único que conservo de aquel armatoste, pues el tablero era un enorme barco difícil de guardar si no disponías de espacio, es el cetro. Aún me cuesta creer que lo haya encontrado en el fondo de un cajón, dentro de una vieja bolsa de plástico. Ahí estaba, sobreviviendo a todas las vicisitudes, sempiterno. Pienso seguir conservando esa llave que lleva directamente a mi infancia. 

Más tarde descubrí a Games Workshop; es decir, Heroquest, Warhammer, Cruzada estelar, Necromunda... Eran joyas que ofrecían horas interminables de ocio. Mi grupo de amigos se lo pasaba en grande explorando mazmorras y buscando tesoros. También jugábamos a rol en una época donde no estaba bien visto, pero eso es otra historia. 

El caso es que hay uno que nunca llegué a probar: Talismán. Bueno, tenía El rescate del talismán, basado aquel simpático concurso; pero no es lo mismo, me temo. Talismán, el juego de la búsqueda mágica, va de un grupo de héroes que, lejos de colaborar entre sí, compiten para hacerse con la corona central. Conseguir tal hazaña no es fácil, porque hay multitud de monstruos por el camino y es necesario subir los atributos del personaje. Sin olvidar que tus rivales van a querer hacerte la vida imposible robándote objetos, oro, quitándote vidas o, ¡horror!, convirtiéndote en un inmundo sapo. La vida del aventurero es muy dura.


Como no encontré la versión física por ningún lado, probé la que se vende en Steam, que es idéntica a la original, y a los pocos minutos supe por qué Talismán se sigue jugando hoy con tanto entusiasmo. Para empezar, hay un montonazo de personajes diferentes, cada uno con habilidades propias, y eso hace que debas amoldarte al rol que vas a usar: no tiene sentido que juegues con un ladrón que no aproveche su habilidad de robo, o con un mago que ignore los hechizos; así que las decisiones cambian de uno a otro. Un trol, por ejemplo, debería buscar combatir lo que pueda para subir la fuerza; en cambio, alguien con muchos puntos de destino —se usan para repetir tiradas— empezará yendo a la ciudad para probar suerte: si sale una reducción de fuerza o astucia, los atributos iniciales no pueden disminuir, y si quieren convertirlo en sapo, ahí entra el destino salvador. Todo se resume en saber gestionar el azar, porque si algo sobra en este juego es azar, dados y más dados.

Tanta azarosidad hace que reciba críticas, «¡Esto es un juego de la oca!»; pero asimismo genera interminables situaciones divertidas. Uno de mis momentos favoritos es cuando alguien está a punto de ganar, de ponerse la corona de mando con una sonrisa siniestra, y otro jugador le lanza un hechizo para convertirlo en sapo si sale un seis, lo cual va a suceder irremediablemente. Y si tiene puntos de destino, saldrán dos seises. Así de malvados son los dioses del azar.

Talismán es añejo y se nota; sin embargo, no está mal para echar una partida de vez en cuando con el tablero rodeado de refrescos y aperitivos. A veces no hay nada mejor que la sencillez para divertirse, sobre todo después de haberse pasado unas cuantas horas con un duro wargame hexagonal. Además, las numerosas expansiones alargan bastante la vida del juego. Una de ellas, donde la muerte persigue a los jugadores, da un necesario toque de equilibrio añadiendo más criaturas de clase espiritual; así el trol, por ejemplo, ya no lo tendrá tan fácil como antes porque los fantasmas son su debilidad. Incluso un risueño e inofensivo Casper le daría dolores de cabeza.


El juego no es recomendable para todo el mundo, ya que exige una alta tolerancia a las malas tiradas y a la sensación de poco progreso que se produce a veces: hay turnos en los que, simplemente, no se consigue nada útil o sucede algo anodino, como tener la inmensa fortuna de hallar una mísera moneda de oro... que luego será «prestada» al ladrón.

Respecto a la IA del modo solitario, cumple a duras penas: no sabe aprovechar las situaciones tanto como un humano y tiene algunos fallos. Es desesperante que el mago de turno se convierta en sapo a sí mismo, o que alguien repita una tirada que había sido exitosa. Por lo tanto, lo mejor es jugar partidas contra humanos, al menos de momento; parece que aún siguen mejorando la IA y tal vez en el futuro ambos modos sean igual de divertidos. Yo me lo paso bien en ambos; aunque no tanto como un tal Thulsa Doom, imagino que fan de Conan, con más de cinco mil horas de juego en Steam. Qué locura. ¿Cuántas serán online y cuántas en solitario? Lo que está claro es que algo especial ha de tener este juego, ¿no? 

martes, 24 de julio de 2018

Autocrítica


«Sucede raramente, como un arcoíris doble, o que alguien en internet diga: "¿Sabes qué? Me has convencido, me equivocaba"».  Michael, The Good Place. 

Sí, que alguien pronuncie lo anterior es raro... lo veo y subo a viaje introspectivo, una práctica que debería ejercerse más para no vender una imagen parcial de uno mismo. A Schopenhauer le gustaba mucho un viejo refrán nuestro: «Detrás de la cruz está el diablo». 

Cualquiera que visite mi antiguo blog, La vieja calle del panadero, se encontrará con la palabra «misántropo» en la descripción del perfil —ya no, porque preferí quitarla—. No soy el único que la usó, porque durante un tiempo era un palabro chulo que se puso de moda en ciertos ámbitos. En mi caso, desgraciadamente, no estuvo ahí para aparentar ser el más malote del barrio, sino para describir un rasgo característico, el más pronunciado: fue una psicóloga quien, en mi juventud, me lo dijo medio en broma por primera vez después de varias sesiones. Yo no tenía ni idea de qué significaba; pero me sentí identificado cuando me lo explicó, ya que la mayor parte del tiempo he sido un lobo solitario que recela de todo y de todos, incluso de mí mismo. 

Esa desconfianza me vino bien en alguna ocasión, ya que evitó que me estafasen, verbigracia, las temidas y odiadas editoriales pirata. Ahora me río de ellas de vez en cuando, les envío mi terrible primera novela y colecciono todas las propuestas favorables de edición, a cual más llena de ditirambos. En una de ellas se me compara con Ende, y en otra, con Stephen King..., aunque la novela no tenga nada que ver con el terror. Supongo que hay quien ni se molesta en leer por encima lo que les mandan. 

Nunca tuve problemas con nadie por mostrar esa actitud. Más bien todo lo contrario: recibía gestos de aquiescencia —que cada uno saque aquí sus conclusiones—. Sin embargo, no fui consciente de que, poco a poco, ese lado oscuro fue creciendo, apoderándose de todo lo demás, y dejé de ver humanos a mi alrededor: veía ratas chillonas, un mundo ratonil donde cada uno usa a los demás como un medio para sus fines. Evidentemente, esto es una visión distorsionada de la realidad; sólo era capaz de percibir el lado malo de las personas, no el lado bueno. Es posible que ya te hayas dado cuenta de que escribo en pretérito, y es porque hoy ya no podría poner la palabra «misántropo» para describirme.

Uno no puede vivir en ese estado extremo durante mucho tiempo, debe acabar de una u otra manera. Yo, por suerte, he sido capaz de tocar fondo y volver a subir a la superficie. No del todo, porque después de haber estado abajo, de haber visto lo que hay allí, ya nada es lo mismo; pero es mejor esa opción que otras, las cuales también giraron a mi alrededor. 

Lo malo es que durante esa época, debido a la depresión y a la necesidad de sacar lo peor de quienes me rodeaban para reafirmar esas convicciones desafortunadas, me comporté como un capullo. Ésa fue la primera fase: ser un capullo. La segunda fue darme cuenta de que estaba siendo un capullo, así que tomé la misma decisión que el protagonista de El hombre en el laberinto: aislarme para no contaminar a otros con mi pesadumbre y estupidez. Tras unos años así, encerrado, hallé la salida; pero estaba cerrada. Recuerdo que un día comenté algo de eso en el blog de César Mallorquí, y me contestó que la puerta en realidad siempre está abierta. Tenía razón. 

Alguien podrá pensar que después de esto me he convertido en un santo, o un idealista que cree en quimeras. Por «suerte», aún me quedan el nihilismo y el pesimismo. Y no creo que la misantropía pueda desaparecer del todo... Recordemos que esto es una autocrítica, no una redención. Como penitencia, quizá un día haga un sorprendente acto filantrópico. Una palabra interesante, «filántropo»; aunque no se ve tanto como su antónimo. Debe ser que el odio es más fácil y común, una inmensa ballena blanca henchida de máscaras sonrientes.

Vaya, qué seria ha quedado la entrada. Para compensar, aquí está la mejor intro de Spiderman de todos los tiempos:


Este Spiderman podría acabar con Thanos sin ayuda de nadie.