miércoles, 14 de junio de 2017

El poder de las etiquetas en el mundo de las letras

Tú y yo sabíamos que Picard siempre fue un rajabolsas,
y aquí está la prueba irrefutable

Lewis Mumford explica, en Historia de las utopías, algo con lo que coincido plenamente: las palabras que usamos para designar las actividades de cada individuo nos dan una visión parcial del mismo, una imagen estándar que oblitera la concepción del humano como una entidad completa que interactúa en una comunidad completa.

Suena mal, ¿verdad? Y puede empeorar, porque podemos añadir lo que el lúcido Fernando Gil Villa dice en su Introducción a las teorías criminológicas: la etiqueta puede ser usada para recrear un mundo en el que las personas se hacen mejores de lo que son, usada por el lado positivo. Sin embargo, también puede tener un uso siniestro donde abundan los papeles de infelices y amargados, individuos que se ven como fracasados.

Estamos, por lo tanto, ante la posibilidad de que aparezca una mezcla ominosa: la generalización negativa. Pensé en todo esto días atrás, cuando encontré un foro en el que una supuesta chica se degradó mediante una etiqueta. Antes nunca ponía enlaces de esos sitios porque sé lo que pueden molestar, pero me he dado cuenta de que tal vez pierda credibilidad si no lo hago; así que pasa un buen rato. Aunque es posible que sea alguien de una editorial fraudulenta pescando nuevos incautos, me sirve de ejemplo para el tema que trato.

«No. Aclaremos ahora la situación: somos noveles, no nos lee ni dios, salvo amigos, familiares y las cohortes de aduladores del facebook, no somos nadie en el mundo literario. Todo esto y más es rigurosamente cierto y todos somos conscientes de ello, salvo excepciones, claro». La etiqueta autoimpuesta cobra aquí una fuerza impresionante, tanto que, reitero, me hace dudar de que sea una autora real; recordemos que cada autor «novel» que publica en editoriales pirata da una buena cantidad de beneficios a cambio de lo que cueste una tirada diminuta. Por si fuese poco, luego esgrime un argumento a todas luces interesado: como nadie te lee si eres novel, debes darle tus ahorros a la editorial para que te haga el favor de tu vida...

Pero ¿publicar así, en un sitio que ni distribuye ni se preocupa por el autor una vez que paga, no tiene el mismo resultado? Lo único que se consigue es un libro invisible que sólo leerán conocidos. Sería mejor publicarlo en internet, o imprimirlo y distribuirlo uno mismo. Así al menos las pelas no acaban en las plumosas manos de un buitre.

Suponiendo que se trate de una escritora real e impaciente, es digno de lástima que alguien tome prestada una etiqueta del imaginario colectivo para ponérsela en la frente y atacarse a sí mismo. En principio, ésa en concreto no tiene nada de malo; sólo indica que se carece de la experiencia necesaria, que aún faltan detalles por aprender antes de escribir algo publicable. Quizá el drama esté en que algo publicable no tiene por qué publicarse, y es ahí donde muchos acaban desesperándose y cayendo en las redes de los bucaneros que se hacen pasar por altruistas. Parte de la culpa está en la creencia popular de considerar escritor sólo a quien publica —pobre Kafka—, y en las ilusiones rubemprerianas.

Lo grave es cómo usan las editoriales pirata la palabra «novel»: generalización negativa para infundir miedo en un entorno donde los que empiezan a escribir sólo reciben silencios. «Eres un novel, chaval, da gracias a que te publico en papel. ¡Papel!, el material con el que se forjan los sueños». 

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