martes, 24 de enero de 2017

Menzoberranzan


Me temo que, como el asno de Buridán, a veces me resulta imposible decidir qué camino tomar, qué tema va a hacerme volver por aquí... y al final lo más fácil es dedicarme a otros menesteres. Si algún día consigo ordenar el caótico trastero que hay en mi cabeza, habrá un mayor número de entradas. 

Lo que sí ordené y limpié fue mi extensa colección de libros, porque me di cuenta de que el polvo estaba acumulándose demasiado, formando montañas cuyos desprendimientos podrían enterrarme vivo; así que, tras ponerme el traje antirradiación y coger un plumero, me puse manos a la obra. Tardé casi dos horas en adecentar los mil y pico ejemplares de los anaqueles: aquí filosofía, acá historia, allá criminología, allí literatura clásica. Los rostros de los autores decimonónicos parecían mirarme con desprecio mientras les pasaba el trapo, cosas de la época, supongo; muy aristocráticos para la limpieza. Lo interesante llegó cuando encontré un pequeño grupo de novelas que tenía olvidadas en un rincón. Eran de Salvatore e iban de un elfo oscuro, El elfo oscuro. Sin duda, Drizzt es la creación que llevó a ese autor a la fama.

Como había pasado una década entera desde la última vez que las leí, me pareció interesante darles un repaso y descubrir hasta qué punto era fan de ellas; es decir, hasta qué punto fui subjetivo a la hora de comentarlas en blogs y foros, porque en aquel entonces me limitaba a disfrutar de la lectura sin más, no a analizarla para aprender. De todos modos, mi primer intento terminó en fracaso: aunque no le daba importancia a las numerosas y banales grietas que hallé en los textos de Salvatore, fui incapaz de perdonar el insistente reciclaje de conceptos. 

Y ahora, antes de seguir, quiero dejar claro que lo que viene no es una reseña, sino mi opinión, mis impresiones; por lo tanto, destriparé la historia sin piedad. Vete de mis tierras si aún no la has leído.

El primer trabajo de Salvatore sobre Drizzt fue El valle del viento helado, una trilogía donde uno puede percibir que el personaje, a pesar de que le faltan leves retoques para dejarlo pulido, irradia carisma. Podría vender bastante por sí solo, sin necesidad del clásico grupo acompañante. En general, esta parte de la extensa historia me parece correcta, cumple los requisitos necesarios para entretener. Tenemos protagonista aparentemente ambiguo —Drizzt parece regodearse con las muertes de sus enemigos y manifiesta cierta crueldad, rasgo que fue eliminado después—, compañeros de distintas razas, antagonista poderoso y un archienemigo pertinaz que casi está a la altura del héroe. El ritmo es rápido y los combates aparecen con regularidad, lo cual es perfecto para los lectores más jóvenes. Además, se nota que el autor tiene pasión por la fantasía, una pasión vívida que se transmite en cada página. Puede que su obra no esté a la altura de Howard, Sapkowski o Moorcock; pero es divertida. ¿Y no es eso lo que importa?

Lo malo, lo que puede hacer que algunos salgan huyendo, es que no hay nada nuevo en estos libros; cada uno de los elementos que aparece en ellos son topicazos. Wulfgar es un señor de aspecto nórdico que usa un martillo mágico..., un arma que regresa a su mano tras ser lanzada; Cattie-Brie es una mujer que lleva un arco..., ¿o lleva un arco porque es mujer?; Bruenor es el enano tipo, o sea, el enano que puedes encontrarte en multitud de libros y películas, y el hechicero malvado carece de interés porque sabes que morirá pronto, que sólo es un secundario de paso. Sólo se salvan el elfo y Entreri, el asesino; sin embargo, no ayuda que éste termine retando a Drizzt por un motivo que a esa clase de hombres le parecería baladí. Asimismo, los escenarios carecen de ese algo especial que tienen los ofrecidos por otros autores, son demasiado vulgares. Y... ¡Me olvidaba del halfling, claro! Hay un halfling. Es pequeño, es cobarde. Es un halfling.

Con todo, la primera trilogía funcionó en las tiendas y el público quiso saber cuáles eran las raíces de ese elfo tan misterioso. Salvatore tomó nota y escribió El elfo oscuro, la precuela que narra los comienzos de Drizzt. A mi parecer, en ella se encuentra la parte más jugosa, con más enjundia: la trama transcurre en Menzoberranzan, la tenebrosa ciudad subterránea de los elfos oscuros —Drows—. Éstos son pragmáticos, aviesos, traicioneros; no querrías que estuviesen en tu vecindario. Tienen una sociedad matriarcal donde los varones, incluido nuestro protagonista, son prescindibles, y las mujeres se dedican a buscar el favor de la siniestra diosa-araña. Drizzt, que nace en dicha ciudad, se percata de que es diferente a los miembros de su raza porque él posee una inclinación hacia el bien, igual que su padre. En estas páginas se nota que Salvatore ya tiene claro hacia dónde quiere llevar a su personaje estrella: no tendrá ambigüedades morales, sino una bondad superlativa. Será un «monstruo con corazón».

Esto ya es otra cosa, colega; esto sí es fresco e interesante. La fórmula del monstruo bueno en medio de la maldad crea un contraste genial que mantiene tus narices pegadas a los libros hasta que los terminas. No es tan fascinante como Elric de Melniboné, uno de los pocos personajes que son ambiguos de verdad; pero basta para entretener y posee un encanto propio. Drizzt, desde niño, debe aprender a sobrevivir en un mundo del que no forma parte, porque las traiciones acechan en cada esquina y él adolece de ingenuidad. Por suerte, no existe en Menzoberranzan un guerrero que supere a Zaknafein, su padre, el cual desea entrenar a Drizzt hasta convertirlo en un luchador temible. Eso le da a Drizzt la herramienta principal para enfrentarse a las peliagudas situaciones que hallará en su camino hacia la superficie, donde conocerá a su segundo mentor..., y así volverá a repetirse el clásico desarrollo maestro-alumno. Del legendario maestro de armas pasamos al druida Montolio, personaje carismático y bien construido.

Aunque la precuela es, sin duda alguna, lo mejor que ha escrito Salvatore sobre Drizzt, ya pueden observarse en ella dos taras que irán repitiéndose en futuras entregas: reciclaje de ideas anteriores —vuelve, verbigracia, a aparecer una torre mágica, y no será la última vez—, y el uso de combates superfluos para rellenar o detener una línea argumental. Esos detalles onerosos suceden pocas veces, pero suceden. En El elfo oscuro pueden pasar desapercibidos, incluso puede que al lector no le importen; sin embargo, van volviéndose más pesados a medida que se avanza en las siguientes obras.

Tras otro éxito de ventas, el autor no dudó en continuar las aventuras de Drizzt con El legado del Drow, una tetralogía que retoma la trama de El valle del viento helado. No está mal, tiene sus momentos; pero tanto el decorado como los personajes vuelven a ser un montón de clichés. Al leerla se echa de menos la ciudad Drow y las tropelías de sus habitantes. Y Salvatore comete el clásico error que suele aparecer en los guiones televisivos: hacer que alguien se vuelva imbécil para atenuar su final. Eso consigue, amén de cargarse al personaje, que su muerte se pueda predecir. En este caso hablamos de Wulfgar, el bárbaro pavisoso que lleva un Mjolnir a dos manos. Si he de ser sincero, yo agradecí que desapareciese y recé al todopoderoso Mario Bros para que no volviese... Mario me defraudó, porque como dice el lugar común: «Mala hierba nunca muere». Wulfgar regresa en las últimas páginas; regresa innecesariamente. Debo separar el adverbio en sílabas para que quede claro: in-ne-ce-sa-ria-men-te. Habría sido mejor que nuestro amigo vigoréxico se quedase entre bambalinas, porque se convierte en un tipo atormentado que no deja de recordar las torturas que sufrió a manos de los demonios.

Del Legado me gustó, sobre todo, la amena batalla entre las fuerzas del bien —enanos, elfos y humanos— y el ejército de Menzoberranzan. En ella toman parte algunos personajes la mar de pintorescos y simpáticos, como el hechicero que monta a Saltacharcas, un caballo-rana, o el enano camorrista cuya armadura está erizada de pinchos. También me agradó la aparición de Cadderly Bonaduce, el protagonista de la Pentalogía del clérigo. Y el combate final con el balrog demonio Errtu me parece espectacular, muy emocionante. Por desgracia, queda un poco empañado por la reaparición de la torre de cristal, ya que algunas escenas traen recuerdos demasiado recientes del valle para quien no deje pasar largo tiempo entre lecturas. Podría afirmarse, en definitiva, que El legado tiene sus más y sus menos: aunque hay partes forzadas y poco originales, mantiene un nivel aceptable durante unos cuantos capítulos.

Y llegamos a Sendas de tinieblas, lo último de la colección que compré porque fui incapaz de seguir: ¿otra vez Wulfgar y Drizzt se van a combatir solos? ¿Otra vez la torre de cristal? ¿Otro combate entre Drizzt y Entreri? Demasiado reciclaje, y aun así, el encanto de los protagonistas hizo que continuase leyendo hasta llegar a una parte que consideré —y todavía considero— insufrible: de repente hay un quiebro en la trama y se convierte en un culebrón medieval con personajes nuevos y vacuos. Podría ser el guión de una teleserie mediocre, o de una película dirigida por Uwe Boll. ¿Un noble que se enamora de una campesina? Uf. ¿Y la campesina no lo quiere porque está enamorada del joven aldeano por el que todas suspiran? Uf, uf. Recuerdo que todo eso fue lo que logró hacerme dejar la lectura y olvidarme de ella. Esta vez, en cambio, me tapé la nariz y leí esos episodios con la esperanza de que desembocasen en algo mirífico. Y no fue así: mejoran un ápice cuando, al fin, encajan con el camino de Wulfgar; pero no dejan de ser un coñazo, escenas plúmbeas y manidas. Lo peor es cuando el bárbaro recuerda sus torturas por millonésima vez. ¿Cuántas veces debo leer las mismas descripciones?

Lo admito: aún soy incapaz de terminar Sendas de tinieblas. Quizá vuelva a intentarlo dentro de un tiempo.

De esos últimos libros destaco las profundas reflexiones de Drizzt:

«Creemos que comprendemos a aquellos que nos rodean. Las personas a las que conocemos tienen unas pautas de comportamiento, y cómo nuestras expectativas de cómo van a comportarse se cumplen una y otra vez, nos convencemos de que conocemos el corazón y el alma de esas personas.

A mí me parece que es una idea arrogante, ya que uno nunca puede comprender verdaderamente el corazón y el alma de otra persona, uno nunca puede valorar verdaderamente qué piensa o siente otra persona respecto a experiencias que uno ha vivido o que le han contado. Todos buscamos la verdad, sobre todo dentro de nuestro pequeño mundo, del hogar que nos hemos construido y de los amigos con los que lo compartimos. Pero me temo que la verdad no es tan evidente cuando hay seres humanos de por medio, que son muy complejos y cambiantes». 

domingo, 23 de octubre de 2016

Pinball


Siglos atrás, cuando mi mentor me transformó en un pálido inmortal, tuve el arrojo de adentrarme en un recinto llamado Pryca —hoy Carrefour— con la intención de echar unas monedas al magnífico Samurai Shodown. Debes saber, si eres muy joven, que antaño era sencillo encontrar salones recreativos en distintas partes de la ciudad, supermercados incluidos. Y ese juego de lucha ocupaba un lugar de honor entre el resto de títulos que intentaban destacar por aquel entonces, como Metal Slug y compañía. 

Desgraciadamente, no estaba el Samurai porque lo habían sustituido por un extraño juego japonés que no recuerdo, uno táctil; así que me vi obligado a buscar una alternativa para darle un par de bofetadas al tedio. Al final, tras un eterno paseo, me percaté de que ya no quedaba allí ninguna de las recreativas a las que yo solía prestarle atención. Ni Toki, ni Ghosts'n Goblinsni siquiera un «yo contra todos» tipo Knights of the round. Los tiempos estaban cambiando y ya no quedaba espacio para esas reliquias; la moda consistía en tocar las pantallas, una fórmula que hoy se ha trasladado al condenado móvil. Supongo que asistí, en primera fila, al ocaso de las grandes sagas, a los últimos estertores de un negocio moribundo. 

Pero hubo algo que iluminó aquel día y lo hizo inolvidable: un grupo de Pinballs supervivientes que, colocados en un oscuro rincón, aún emitían sus luces y pitidos característicos. Los que se basaban en célebres películas de los años noventa tenían una pinta fenomenal, pero fue Attack from Mars el que logró deslumbrarme. Ojocuidao: aunque parece estar inspirado por Mars Attacks!, no es así. Se trata más bien de un cliché popular transformado en Pinball, o dicho de una manera más clara: un matamarcianos con Flippers. Los cuatro brazos de los alienígenas recuerdan a Burroughs, eso sí. Digamos que la mesa no destila originalidad; sin embargo, el enorme platillo volante del fondo y las figuritas de los marcianos me invitaron a probar. No tardé en descubrir que ambos elementos eran cruciales para conseguir altas puntuaciones: el platillo podía ser derribado..., y los cuatro alienígenas, que a veces temblaban simulando un ataque a la tierra, debían ser eliminados mediante disparos certeros.

Maravilloso.

Gasté unas cuantas monedas en aquella máquina, y regresé unos cuantos días más para superar mi récord... hasta que se la llevaron, a ella y a sus compañeras: en su lugar, sólo quedaba un hueco sombrío. Luego me di cuenta de que yo era el único que visitaba la diminuta «zona pinball», el último loco que se divertía con esas antiguallas. Ojalá las hubiese descubierto antes, porque dan muchísimas horas de entretenimiento y cada una es diferente, tiene sus propios objetivos. En Monster Bash, por ejemplo, un grupo de monstruos clásicos quiere formar una banda musical.

La buena noticia es que hoy podemos recordarlas gracias a un gran simulador: Pinball Arcade. Es caro, pero también es lo más cercano a tener enfrente una mesa real. Por supuesto, Attack from Mars figura entre las muchas opciones disponibles. 

jueves, 30 de junio de 2016

Por qué se escriben novelas


A veces, cuando tengo algo de tiempo, leo artículos que encuentro por ahí, en las profundidades abismales de la red. Suelo tropezar con análisis interesantes sobre la situación actual de la literatura, y he visto una inquietante concomitancia que se repite en muchos de ellos: «Todo aquel que escribe lo hace por una cuestión de ego; desea ser admirado y estar hasta las cejas de billetes». 

Pues bien, como diría Jack el destripador... dejad de tocarme las narices con ese chiste malo y poned otra cosa, carajo. 

Aunque es cierto que entre los humanos existen similitudes ineludibles, tanto física como moralmente hablando, eso no significa que siempre emprendan una acción por el mismo motivo: tú puedes rescatar al clásico gato del árbol porque te da lástima la pequeña dueña que siempre está al lado, y yo porque el gato lleva en el collar la bolsita de diamantes que robé anteayer. No me juzgues, se me da mal esconder los botines. El caso es que ambos hemos realizado lo mismo, pero ¿verdad que hay una leve diferencia? A Montaigne, ese gamberro que hacía pintadas en el techo, le encantaba tratar estos temas. Recomiendo su lectura. 

Desmontada la concomitancia del principio, analicemos ahora por qué un pobre diablo se pone a teclear. Empezaré siendo polémico: hacerlo por dinero es lícito. Hammett escribía por dinero, y no creo que nadie quiera defenestrarlo por ello. Fijaos en quiénes son los que, curiosamente, condenan más ese interés monetario, porque la hipocresía es tan intensa, tan intensa, que va a acabar materializándose en la realidad para forrarse escribiendo basura comercial e insultar después a esos autores advenedizos que desean lo mismo. Las monedas pueden ser un gran incentivo, no el mejor, por supuesto, no el más noble; pero hay a quien le sirve y no tiene ningún problema en decirlo. Claro, podemos hablar de que el arte no debería ensuciarse con el vil metal —escribí hace años sobre ello, y dije que el dinero puede ser la zanahoria que mueve al asno. Saca conclusiones—; sin embargo, lo extraliterario no siempre influye de manera superlativa en el resultado final. El demonio, si se lo propone, podría escribir la obra más hermosa de la historia. Y te lo digo yo, que lo conozco en persona porque trabaja en Vodafone y no deja de llamarme

Piensa esto con detenimiento: ¿quién en su sano juicio escribe hoy por dinero sin ser conocido? Incluso la mayoría de los que publican no ganan casi nada con sus novelas. Así que vayamos pues a la parte más candente: el ego, exceso de autoestima, ansia de ser admirado, aclamado, de caminar sobre alfombras rojas mientras caen pétalos de narciso alrededor. 

Es posible que ese deseo te parezca abyecto, igual que me pasa a mí; no obstante, ¿qué ocurriría si alguien pudiese adentrarse en tu mente y espiar lo que allí se esconde? ¿Podrías atreverte a decirle que nunca has imaginado nada parecido? ¿O peor? Antes de recurrir a las crucifixiones, que es lo que suele hacerse, conviene saber que los santos no existen. Si dentro de dos días llegase el milenarismo —¡el milenarismo va a llegar!—, a muchos se les pondrían los pelos como púas de acero. De todos modos, el autor ha de darse cuenta, antes o después, de que esos sueños son tonterías. A Foster Wallace le gustaba la idea de ser un ídolo, y mira cómo acabó. En mi opinión, no hay nada mejor que tener una vida tranquila y anónima, así que comulgo con las actitudes de Salinger o Pynchon. Las obras son lo interesante, no los autores. Dicho esto, las ansias de ser una estatua dorada también pueden ser otro estímulo válido..., aunque sea un poco estúpido. Lo que ha de quedar claro es que hay más conceptos que espolean a las plumas. No todo es un cúmulo de escritores arribistas con afán de firmar autógrafos hasta quedarse con muñones. 

Que los humanos escriben por enseñarle al mundo lo fabulosos que son es, por lo tanto, una verdad a medias. Se pueden tener motivos diferentes, o hasta ésos mezclados con otros.

Conozco a varias personas que lo hacen sólo por entretenimiento. Supongo que será difícil de creer para algunos, pero es cierto: trabajan en historias que luego guardan en un rincón y se olvidan de ellas. Su meta es la escritura en sí misma, la cual les proporciona un placer inmediato. Esto es raro porque, en general, a los autores veteranos les gusta haber escrito, no el acto en sí. Observa que he puesto el adjetivo «veterano» porque con este arte se da una curiosa paradoja: cuanta más experiencia tiene uno, más difícil se vuelve eso de juntar palabras. Sabrás que alguien es nuevo cuando afirme que escribió su libro en un par de semanas.

Luego están los que quieren hacer denuncia social, introducir sus ideas en interesantes argumentos que enganchen al lector. Esto lo veo como algo positivo —qué voy a decir, si yo mismo lo hago—, aunque debe tenerse cuidado con ciertos pensamientos; estarás de acuerdo conmigo en que sobran las apologías del nazismo, por ejemplo. No se trata de censura, sino de sentido común; esos planteamientos pueden desarrollarse si se hace con cuidado. Lolita, de Nabokov, trata el tema de la pedofilia correctamente, y en ningún momento te imaginas al autor como un depravado. Creo que hacer denuncia social es una de las metas más dignas, pues quien está detrás de esas obras suele enfocar su atención a lo que importa de verdad. Generalizando, dudo que se limiten a pensar en monedas y reputaciones, en caer bien a su público, conseguir aliados y sacar toda la tajada posible.

¿Y qué pasa con los homenajes? Hay escritores que continúan el trabajo de un fallecido, ya que éste poseía un imaginario memorable. ¡Usan el mundo de otro! ¡De otro! Qué horrible debe de ser tragarse así el ego, eh.

¿Y los Fanfics? Los foros de internet están llenos de relatos donde sólo se busca la diversión, nada más. No se obtiene nada con ellos, salvo pasar un buen rato con tus personajes favoritos. Antes escribía fanfics de Warhammer y Star Trek, entre otras frikerías. Eran malísimos, pero yo me lo pasaba en grande y sé que los lectores también. Y bastaba con eso, en serio. Este mismo blog tiene relatos que no aspiran a ganar uno de tantos concursos de popularidad premios literarios que se celebran cada año, listos para dar a conocer autores inéditos...

También es posible que un sentimiento extremo, un paroxismo, se convierta en el brote de una gran historia. Depende de cada individuo. Recordemos que los humanos son, aunque se intente lo contrario mediante la disciplina, heterogéneos; por ende, es un error meternos a todos en el mismo saco. Casi puedo ver a Foucault asintiendo con la cabeza por lo que acabo de decir..., y señalándome la hora porque se me ha hecho tarde.

Nos vemos en la siguiente demencia. 

miércoles, 8 de junio de 2016

Coediciones a montones


Supongo que a estas alturas todo lo que rodea a las sospechosas coediciones es una perogrullada, un asunto archiconocido; pero la enorme cantidad que recibí de ellas me dejó tan asombrado que debo quejarme un poco; no mucho, sólo lo suficiente para no caer en la tentación de subirme a un Sherman y buscar pseudoeditores. 

Unos meses atrás, cuando aún buscaba editoriales pequeñas que se atreviesen conmigo, recibí un mensaje que me dejó el pelo completamente blanco, como el científico de Regreso al futuro. Comenzaba más o menos así: «Querido autor, gracias por confiar en nosotros. Enviaré su texto al comité de lectura y en dos semanas recibirá su respuesta». ¡Dos semanas! Seguro que ese comité está compuesto por androides... o no existe. Aunque yo ya me veía venir el timo y pensé en mandarles cariñosamente al cuerno, opté por esperar. Quién sabe, lo mismo sí que es verdad eso de los androides. 

Dos semanas después, tenía una oferta en la que debía vender ciento cincuenta ejemplares en la presentación. Incluso se tomaron la molestia de enviarme el contrato y todo, es decir, de metérmelo por las narices. Tuve ganas, otra vez, de enviarles una respuesta llena de amabilidad y cariño; sin embargo, preferí ignorarles con la esperanza de que se olvidasen de mí, porque yo para ellos debía de ser otro mindundi al que timar, un tipo sin importancia alguna. Y acerté: no volvieron a contactar conmigo. Desgraciadamente, será difícil olvidar lo que me dijeron sobre esos libros que debía vender: «Así los autores se toman en serio la promoción de sus obras. De otro modo se van de picos pardos y se desentienden». 


Ojalá lo anterior fuese una rareza, la excepción que confirma la norma; pero la realidad es que ese tipo de editoriales ha aumentado durante los últimos años, y es increíble hasta dónde son capaces de llegar para meterse a los incautos en el bolsillo. Aún recuerdo una entrevista que le hicieron al editor de Ediciones Oblicuas, donde el tipo afirma ser un defensor del desgraciado juntaletras bisoño. Pobre juntaletras, cómo abusan de él esas editoriales que no le publican... menos mal que ese editor —por un módico precio, claro— llevará su historia a la inmortalidad del papel. Qué justiciero, qué maravilla, casi se me caen las lágrimas. Necesitamos más superhéroes como él. 

El caso es que estos negocios funcionan, pues se aprovechan de la ingenuidad que domina a muchos autores primerizos. Yo mismo habría caído en la trampa si no fuese extremadamente desconfiado. Tuve suerte porque alguien me enseñó una valiosa lección cuando era muy joven; otros la reciben más tarde y con devastadoras consecuencias. Además de la ingenuidad, tenemos otro factor importante: los lectores. La mayoría ignora lo que se cuece dentro del mundillo, y una gran parte hace gala de un axioma devastador: si no está publicado en papel, no merece la pena. Aún más: si un autor no publica en papel, no es un autor de verdad. Podríamos decir que, para muchos, las páginas impresas son la prueba de fuego, el ritual de iniciación; en consecuencia, hay quien se deja llevar y paga lo que sea para que le editen. Así, lleno de orgullo, podrá elevar la nariz hasta el techo y afirmar que es escritor. Y pocos se lo negarán.

Entretanto, yo he tenido la oportunidad de leer varias novelas inéditas que deberían estar publicadas desde hace años. Lo merecen por su calidad, por el empeño y la experiencia que destilan. Es la necesidad de ventas lo único que las deja en la sombra. O vendes, o mueres. ¡Viva el mal, viva el capital!

martes, 3 de mayo de 2016

La luna se teñirá de sangre...


Ninguneado por la crítica y carcomido por la piratería, Blade vivió poco tiempo, sumiéndose en el silencio de una mala promoción. Sólo unos pocos tuvieron la suerte de ver sus virtudes y disfrutarlo en su momento. Hoy, después de muchos años, es una obra de culto que aún puede hallarse en los discos duros más modernos, instalada por curiosos que quieren descubrir cómo es el padre de Dark Souls.

Lo cierto es que si dejamos a un lado las gigantescas diferencias gráficas, ambos títulos poseen muchas similitudes; pero yo prefiero el clásico por dos motivos: la atmósfera de fantasía pulp y los combates, sobre todo los combates; éstos son pausados, tensos, irradian emoción incluso cuando el jugador se vuelve experimentado. Además, la magnífica banda sonora de Óscar Araujo acompaña perfectamente a las diferentes situaciones, y tiene fragmentos que recuerdan a la insuperable banda sonora de Conan. Supongo que se inspiró en ella para componer.

Este juego español no se merecía acabar tan mal. Es una lástima que la compañía no pudiese seguir con la saga y darnos una segunda parte. Para mí, el motivo de su fracaso está claro: fue un producto que apareció a destiempo, cuando el público no estaba preparado para algo así. Tanta profundidad en la lucha y el ambiente, en detrimento de la historia, confundió a la mayoría. Resulta fácil imaginarse al jugador primerizo estampándose una y otra vez contra el mismo orco —los primeros que encuentras son problemáticos porque tienes poca experiencia—, sufriendo con las clásicas muertes en las trampas o cayéndose por algún acantilado. Esos detalles molestan poco en estos días, incluso se agradecen entre tanta molicie videojueguil; sin embargo, durante aquellos años sirvieron para que se vertiesen multitud de quejas en los foros. «El bárbaro no corre», afirmaba uno que, con toda seguridad, ni siquiera se había tomado la molestia de abrir el manual. Te animo a leer el interesante análisis de Aurelio Saiz para más detalles:

http://www.meristation.com/pc/blade-the-edge-of-darkness/analisis-juego/1513176

Lo más común ante la frustración es el abandono: desinstalando, que es gerundio. Afortunadamente, algunos títulos que se han puesto de moda, como Dark Souls, enseñan que la derrota puede ser una oportunidad de aprendizaje. Lo mismo ocurre con Blade, porque exige que uno mismo descubra cómo disminuir la dificultad; de ti depende el ser un combatiente calculador, oportunista, o alguien que aporrea los botones hasta que la barra de energía se vacíe y el personaje acabe exhausto e indefenso. De todos modos, es posible que el problema estuviese en la edad media de los jugadores por aquel entonces; sólo hace falta echarle un vistazo a la publicidad de antes y pensar a quién estaba dirigida: explosiones, rapidez, estruendos. El público ha ido evolucionando con el tiempo, haciéndose diverso, y los videojuegos con él. Todo se resume en demanda y oferta, creación supeditada al entorno capitalista. Echad un vistazo, verbigracia, a War in the East, ¿por qué ese complejo wargame hace gala de un precio tan prohibitivo? ¿Será porque tiene un público adulto que se lo puede permitir? Lo importante es que esos compradores han hecho posible su existencia y la de futuras entregas similares.

Ojalá Blade hubiese aparecido unos años más tarde, porque podría haber jugado en la misma liga que su hijo. De hecho, ya lo hace en algunos aspectos. Diría que ha envejecido bien y aún puede ofrecer mucha diversión. Sólo le faltó aumentar un poco la variedad de enemigos para ser una obra maestra. Tampoco le habría ido mal, creo, permitirle al jugador tomar rutas diferentes en cada partida y paliar así la sensación de linealidad. No basta con que éste decida en qué orden hacer los escenarios.

Si no me equivoco, ahora mismo Blade no está a la venta... Habrá que ponerse un loro en el hombro y saquear un poquito, lo justo.