jueves, 20 de febrero de 2020

Anatomía del fascismo


«Los fascistas necesitan un enemigo demonizado contra el que movilizar seguidores, pero ese enemigo no tiene por qué ser, claro está, el judío. Cada cultura concreta su enemigo nacional. Aunque en Alemania el extranjero, el impuro, el contagioso y el subversivo se fundían a menudo en una sola imagen demonizada del judío, los gitanos y los eslavos fueron también objetivos. Los fascistas estadounidenses demonizaron a los negros y a veces a los católicos además de a los judíos; los fascistas italianos, a sus vecinos, los eslavos meridionales, y a los socialistas opuestos a la guerra de renovación nacional. Más tarde añadieron sin problema a los etíopes y a los libios».

«Los regímenes fascistas funcionaron como un epoxi: una amalgama de dos agentes muy distintos, el dinamismo fascista y el orden conservador, coaligados por su hostilidad compartida hacia el liberalismo y la izquierda, y por una voluntad compartida de no detenerse ante nada para destruir a sus enemigos comunes».

Este libro no se basa en lo que dijeron los fascistas, sino en lo que hicieron, lo cual le da un interés particular. Describe sus acciones más significativas, cómo se las arreglaron para llegar al poder. Eso es interesante porque su ascenso a la cima fue más complejo de lo que se suele pensar. Prueba de ello son los movimientos fascistas que fracasaron en determinados países, como Francia e Inglaterra.

El tema escogido no es precisamente baladí: podría decirse que el rostro de Hitler es un ícono de la maldad —curiosa manera de pasar a la historia. ¿Conseguirá arrebatarle alguien el puesto?—; la ley de Godwin se cumple un buen número de veces en las redes sociales; la esvástica, símbolo milenario, ha quedado mancillada para siempre; y los nazis siguen siendo algo recurrente en el cine, la narrativa, los juegos... ¿A quién no le gusta disparar a unos cuantos boches de vez en cuando, o repartirse Polonia con los soviéticos en Corazones de hierro?

Hoy es común, en cualquier ideología, tachar de fascismo a algunas situaciones. Lo primero que se me viene a la cabeza es un escrache, por ejemplo. Dejando a un lado si ese tipo de actos es conveniente o no, hay que aclarar que un fascista entiende los escraches de una manera diferente: éste no se limita a las increpaciones, le va más aquello de meter porrazos hasta que tú pienses como él. Y si mueres, no pasa nada: un enemigo menos. Los fascistas, en sus inicios, disputaban con el estado el uso de la violencia, y algunos hasta pensaban que era hermoso regalar palizas. No veo conveniente, por lo tanto, que se use el término «fascista» con tanta ligereza. Si no fuese de forma literal, aún; pero se recurre a él con el objetivo de dar miedo y barrer para casa. Esperanza Aguirre, ínclita humorista española, hizo algo similar cuando hablaba de los amenazadores soviets.

Robert O. Paxton, historiador y politólogo estadounidense, narra con precisión en qué consistió eso del fascismo, contra quiénes luchó, y en qué condiciones cabe la posibilidad de que se produzca. Hay que poner énfasis en la palabra «posibilidad», porque de otra forma podría caerse en el determinismo: una situación histórica similar a lo que se vivió en el periodo de entreguerras no tiene por qué acabar de la misma manera. Además, tanto el ascenso de Hitler como el de Mussolini fueron evitables. Lo grave es que se trata de un acontecimiento histórico humano que podría volver en un distante futuro —esperemos que eso no suceda, aunque no lleguemos a verlo—. Decía Diderot que del fanatismo a la barbarie sólo media un paso, y parece que a los políticos actuales no les importa generar fanáticos y aprovecharse de ellos.

Recomiendo la lectura de este magnífico libro para despejar cualquier duda sobre el asunto, que en internet he notado bastante confusión sobre el mismo. Y el cómic Maus no está mal para conocer la tragedia desde dentro, aunque pueda llegar ser muy descarnado. Lo tengo desde hace años y se deja releer de vez en cuando. 

viernes, 3 de enero de 2020

Solaris, la destrucción del antropocentrismo


Compré esta novela hace siglos porque es un clásico y me interesaba conocerlo, pero luego la dejé olvidada en un estante inferior de acceso complicado. Cada vez que veía la cubierta, esa chica durmiente que aparece en la ilustración superior, me invadía el tedio; pensaba que iba a tratarse de una historia con un ritmo lentísimo, sin emoción, quizá un romance espacial lleno de lugares comunes. Afortunadamente, años atrás me decidí a tirar esos prejuicios y comencé a leer. 

Ahora Solaris está entre mis novelas favoritas. No de la ciencia ficción, sino de la literatura en general. Por eso la recomiendo. Es muy posible, por supuesto, que no te guste tanto como a mí; sin embargo, seguro que te sirve para entretenerte un rato. Su argumento se sale de usual y sólo por eso merece la pena darle un tiento. 

El protagonista se va a trabajar a una estación situada en Solaris, un planeta oceánico en cuyas aguas aparecen fenómenos extraños. Ese comienzo es ya de por sí muy sugestivo, pero hay más: los pocos tripulantes que encuentra tienen un comportamiento inexplicable, son sacos de recelo y nerviosismo, y uno de ellos acaba de espicharla. Tenemos, por lo tanto, varios enigmas que resolver de golpe. Cuando el prota avanza en uno de ellos, sucede algo pavoroso y asombroso. Spock diría «fascinante». Prefiero no explicar de qué se trata, ya que es mejor descubrirlo por uno mismo. Basta decir que rompe por completo la idea de que la humanidad es la medida de todas las cosas —le doy aquí a la frase una interpretación antropocéntrica—. De hecho, los humanos se muestran como algo simple, mejorable, quizá incluso un juguete.

Lem es un buen mecánico literario: la trama avanza a un ritmo preciso; ni hay escenas alargadas hasta el infinito, ni acción a trompicones. Las diferentes personalidades de los personajes están muy bien marcadas por sus decisiones, diálogos y aspectos. Y las descripciones de Solaris son deslumbrantes, sobre todo cuando muestran los fenómenos antes mencionados.

Una escena destacable es cuando el protagonista tiene un momento cartesiano en el que, abrumado por los acontecimientos, se lo cuestiona todo y decide comprobar si puede fiarse de sí mismo. En general, los personajes suelen aceptar lo que ven antes de quedarse anodadados, paralizados o atemorizados; chillan, golpean, huyen, rezan, se convierten en muñecos de cera... Sin embargo, Lem hace que el suyo contemple la posibilidad de haber caído en la locura, lo cual, en mi opinión, sí que da miedo. Recuerdo que yo pasé por lo mismo durante un sueño: el monstruo de turno me daba menos pavor que haber perdido la cordura.

Cuando se llega a la última parte, después de haber visto cómo el protagonista debe lidiar con un embrollo moral —¿lo resolverá?—, hay entre otras cosas una magnífica reflexión sobre lo acontecido. Debo añadir, por si las moscas, que la novela es precisamente eso: reflexiva. Si no te gusta que un personaje se ponga a leer y discurrir, será mejor que no te pases por Solaris. Hace calor y no hay tele por cable.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

De la disciplina al rendimiento


Afirma Byung-Chul Han que la sociedad disciplinaria ha dejado paso a la sociedad del rendimiento. Yo no le daría carpetazo aún a lo que describió Foucault; pero sí pienso que se ha emprendido el camino hacia un sistema donde no es necesario que el amo vaya detrás del trabajador, látigo en mano, porque éste ya se encarga de fustigarse a sí mismo. La disciplina, todavía presente, moldea al futuro humano sumiso que estará siempre formándose y adaptándose a cualquier situación. 

Es superflua la vigilancia, o la posibilidad constante de una reconversión —la presencia imponente de la torre en el panóptico—, cuando una puntuación de excelencia determina la calidad del trabajo: menos puntos, menos horas permitidas. Tampoco es necesaria si se sustituye con una competitividad nefanda: ¿quién se hará con el nuevo puesto? ¿Quién perderá el suyo? Es evidente que estas condiciones llevarán a la depresión y al fracaso. Sobre todo si a eso se suma un crecimiento significativo del narcisismo: los demás dejan de ser un fin para convertirse en medio. Un neoliberalismo prologando podría, además, estragar al imperativo categórico kantiano, la brújula moral interior, lo cual llevaría indiscutiblemente hacia un entorno distópico. 

No ayudan, por desgracia, algunos razonamientos cojos de quienes tienen visibilidad: «Si yo he llegado hasta aquí, cualquiera puede». «Quienes no han llegado a donde estoy yo, no son nadie». Ambas frases las he leído en el ámbito literario. Puede parecer que la primera es positiva, pero es tan insalubre como la segunda. Suelo fiarme de quien, en algún momento, ha tenido el síndrome del impostor: eso indica que posee sentido común. Lo anterior denota una vida en un cuarto muy pequeño con espejos en las paredes, o la creencia pueril de que cualquiera, si se esfuerza, puede lograr lo que se proponga. Supongo que los libros de autoayuda han contribuido a lo último. 

El trabajo constante conduce al cansancio, donde se deja de lado al importante tiempo reflexivo para hundirse en el consumo del ocio banal. Recientemente se ha estrenado una película, Joker, que contiene un momento mágico —es un destripamiento del final, cuidado—: cuando Arthur dispara al presentador, a quien está disparando realmente es al espectador medio, el mismo que disfruta viendo los ahora célebres concursos de talentos. En ellos se permite pasar el filtro a algunas personas que se convierten, sin pretenderlo, en bufones de unos jueces que olvidan algo importante: las ilusiones de alguien que cree tener un talento o habilidad son tan auténticas como las del mayor genio artístico. Quebrarlas públicamente para subir la audiencia es, como mínimo, propio de una época oscura que será vista con desprecio en el futuro... a menos que éste sea aún peor, por supuesto.

Podría decirse que el ciudadano de hoy se mueve entre la disciplina y el rendimiento. Tengo la impresión de que esos dos conceptos están unidos entre sí; uno lleva al otro. Donde sí coincido plenamente con el surcoreano es en su visión de las redes. El debate es casi inexistente. No se argumenta. La verdad no interesa o no se percibe. Lo que se busca es un reconocimiento continuo, la transformación de uno mismo en un producto exitoso. Y el alarmante florecimiento de las shitstorms significa que el respeto se va difuminando. «No se nos ocurre pensar que el otro pueda tener preocupaciones ni dolor. En la comunidad del “me gusta” uno sólo se encuentra a sí mismo y a quienes son como él». 

¿Cómo solucionar esto? Ni idea. Sin meterme a analizar el añoso sistema educativo, lo cual ya se ha hecho bastante, tal vez un primer paso sería tomar un buen número de medidas contra el acoso escolar, porque me temo que tiene más importancia de lo que se cree; afecta incluso a quien no toma parte activa. Nótese que hablo de los cimientos sociales, la educación, porque considero que la actualidad ya no tiene arreglo. Se puede mejorar lo que hay, sin duda; pero será en el futuro. 

martes, 15 de octubre de 2019

Armageddon Empires, una joya en la oscuridad


Después de tener este juego en mi disco duro durante años, resistiendo como ningún otro el temible paso del tiempo, ha llegado la hora de recomendarlo, porque eso es lo único que se puede hacer con un título de este calibre: aconsejar su adquisición. Si te gustan los 4X, ni lo pienses; tal vez estés ante uno de los mejores que se han diseñado hasta el momento. Algo así sólo podía salir de una compañía independiente con libertad absoluta. 

La primera sensación que produce suele ser extrañeza, sobre todo al descubrir que es necesario montar un mazo para jugar; pero una vez que se comprenden los numerosos e intrincados mecanismos, lo que queda es una maravilla. Pasarás horas descubriendo qué cartas tiene cada una de las cuatro facciones: humanos, máquinas, mutantes y alienígenas. Las ilustraciones son muy chulas, con guiños a películas como Mad Max. Una vez incluso me encontré a Humungus y su tribu por el mapa.


Escogida una facción y montado el mazo, comienza lo bueno: se generará un mapa aleatorio donde debemos situar nuestra base y buscar recursos para sacar rápido nuestras cartas, que pueden ser unidades militares, espías, asesinos, minas... Por supuesto, tienen diferentes costes: no es lo mismo un perrillo mutante que un coloso de metal. Y a veces, por muchos recursos que tengas, será imposible pagar el precio de una criatura cara; el orden de iniciativa es aleatorio durante todos los turnos, y la posición determina los puntos que pueden usarse para realizar acciones. ¿Quieres mover ese tanque? Paga. ¿O te apetece sabotear una instalación. Paga también. Las cartas tienen un coste de acción al ser jugadas, y las más valiosas te exigirán quedar el primero o segundo en iniciativa. 

Se pueden usar recursos para mejorar la tirada de iniciativa, pero eso ralentizará la estrategia. Depende de cada jugador hasta qué punto quiere arriesgarse. A mí me parece un sistema muy divertido. Es cierto que la suerte no siempre acompaña; sin embargo, hay que tener en cuenta que a la inteligencia artificial tampoco le va a salir todo bien. Y menos mal, pues estamos ante el punto fuerte del título: una de las mejores IA del género.


Mi primera partida fue rápida: subestimando a la IA, opté por dejar la base sin defensa durante los primeros turnos. ¿Qué podría suceder? Pues que se colase un monstruo y la conquistase en un abrir y cerrar de ojos. Eso sucedió. La segunda partida fue mejor... hasta que un imperio enemigo me atacó en un mismo punto sincronizando dos enormes ejércitos. ¿Una IA haciendo asaltos sistemáticos y sincronizados? Casi no podía creerlo. Por supuesto, no tardé en averiguar que asimismo era capaz de retirarse cuando el asunto no estaba claro, de acosar a tus generales con asesinos, de capturar objetivos y defenderlos... Impresionante. En más de una ocasión pensé que jugaba contra otro humano.

Por desgracia, el juego no es perfecto; tiene un par de problemas que echarán para atrás a más de uno. Primero, carece de multijugador. Aunque las partidas en solitario son muy divertidas, se echa en falta poder jugar por correo u online. Y segundo, los combates son excesivamente lentos. Una batalla grande llevará veinte minutos, más o menos. Depende de cómo sean las tiradas, porque en cada ataque se usan dados: fuerza contra defensa.

No hace mucho apareció una nueva versión en SteamLast Days of Old Earth; pero no ha superado al original. Una pena. Si estás planteándote comprar el clásico, en youtube tienes los vídeos de una partida en español. Y la página del juego es http://www.crypticcomet.com.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Opiniones


Antes de construir este espacio —incluso el anterior, donde llevaba bombín— tenía el hábito de charlar en foros de literatura, series y juegos; pero fui perdiendo el interés por varios motivos. Uno de ellos es la dificultad para hallar a alguien asertivo con quien poder debatir calmadamente, porque hay mucha actitud agresiva que vive en una batalla continua y anhela derrotar al adversario. Lo malo de encontrarse en medio de una guerra es que los numerosos enemigos, muchas veces quiméricos, ocultan el horizonte. 

Supongo que en estos días, con los debates políticos dominando el panorama televisivo, será mucho peor. E imagino que en las redes sociales también habrá un gran deseo de tener razón en todo y obtener la victoria, ser superior al rival. En no pocas ocasiones he observado que esa actitud oculta un gran complejo de inferioridad, lo cual es entristecedor, sobre todo ahora que el conocimiento está al alcance de cualquiera.

El sistema actual, lejos de enseñar mecanismos básicos al ciudadano para defenderse de los engaños, alienta lo antes mencionado: el que muerde al vecino no se preocupa tanto por los que están arriba, en el Olimpo, bastante tiene con lanzarle estocadas a ese maldito progre, facha, machista, vegano, anarcocapitalista, fan de Camela...

También he visto casos en foros donde cada uno da su opinión y desaparece. No hay debate porque se trata de un espacio seguro, una suerte de paraíso relativista. Esto viene del miedo al error, a ser rebatido públicamente y, los dioses no lo quieran, descubrir con espanto que no se está en posesión de la verdad y empezar una vergonzosa huida hacia adelante. Se desconoce un axioma fundamental: quien opina, yerra antes o después. Eludir debates para tener tus opiniones guardadas en una caja fuerte sólo sirve para que los errores crezcan y se enquisten. El «Es mi opinión» se convierte así en «Yo pienso así y no tienes derecho a contradecirme»; en vez de «Aclaro con eso que mis ideas son debatibles».

Existe la creencia en una dicotomía entre la persona y lo que opina; es decir, deben respetarse a las personas, no a sus opiniones. Esto, que parece una solución, en realidad se trata de cobardía o algo peor: una excusa para demoler con impunidad pareceres ajenos. Si bien creo con firmeza en la separación entre una obra y su autor, dudo que pueda aplicarse lo mismo en este caso. Ya Hobbes en El Leviatán dice que hay un nexo sólido entre persona y opinión. Y estoy de acuerdo. Cuando voy al anaquel de las opiniones y escojo una concreta entre todas las que hay, es mi juicio el que lo hace con mayor o menor fortuna. Si resulta que escogí mal, pues rectifico, aprendo y a otra cosa. No pasa nada. No se acaba el mundo. Ni estar equivocado te hace inferior, ni tener razón, superior.

¿Quién es omnisciente? ¿Quién va siempre por el camino correcto? Seguro que hasta el eximio Lao-Tse dijo alguna que otra tontería.

Por supuesto, todo lo que acabo de escribir es una opinión...