lunes, 5 de febrero de 2018

Es una nebulosa



En este relato hay un personaje que, con diferentes formas, suele aparecer en mis historias. Es uno de los más siniestros que pueden usarse. In heaven, everything is fine. 

                                                                                  ***

Ayer se emitió el último capítulo de Aventuras espaciales, una serie que seguí durante años. Pensar en ella me sirve para entretenerme de camino al instituto, o me servía, porque ya no habrá más temporadas, no más capitanes salvando a la humanidad. Como salí más temprano de lo habitual, aún no ha amanecido y las calles están vacías; eso me agrada. Así es fácil imaginarme a mí mismo en la nave, ayudando en el puente: el puesto de científico es genial, aunque el de piloto también tiene su encanto. Creo que voy a echar de menos esa maldita serie. Mierda.

     Nadie, salvo Fran y yo, la ve. Tengo ganas de encontrármelo y charlar sobre el final. Qué final. La verdad es que me gustó una barbaridad, pero habría preferido que la historia continuase. Tenía la costumbre, durante la hora de matemáticas, de dibujar la mejor escena que recordaba del nuevo episodio. ¿Qué haré ahora? ¿Volver a la primera temporada? Imposible. Además, el pasado de esos personajes ya no se siente real porque lo sé de memoria; sé lo que ocurrirá en todo momento. Si pudiese olvidarlo…

      En las escaleras del instituto no está Fran. Es raro porque siempre me espera ahí, fumando y escuchando música. Podría subir al aula, pues la entrada está abierta; pero prefiero sentarme en las escaleras y esperar. Los primeros alumnos aparecen al cabo de unos minutos. De momento no conozco a ninguno porque son de otras clases. El espacio que hay frente a la entrada va llenándose poco a poco de risas, cigarrillos encendidos, inquietudes sobre el siguiente examen. Veo a un pequeño grupo de mi clase que acaba de llegar. Cuando descubren dónde estoy, sonríen y me señalan. Están aún lejos y no tengo idea de qué dirán, ni me importa; yo decido subir al aula. ¿Qué habrá pasado con Fran? ¿Llegará tarde? ¿Estará enfermo?

      Mientras entro en el aula y me siento en la mesa, escucho la sirena de entrada; un sonido desagradable que odio profundamente. Por suerte, los primeros en sentarse cerca de mí son empollones que sólo se preocupan por repasar y repasar; sacan sus libros y agachan la cabeza, murmurando. El grupo de los graciosos es diferente, más molesto; aunque suele entrar justo un segundo antes de que comience la clase.

      Miro el reloj de pared hasta que dan las ocho en punto. Es la hora y la mesa de Fran aún sigue vacía. Supongo que estará enfermo, o puede que no le apeteciese dar las mates de hoy. Los alumnos recorren el aula, se tiran bolas de papel y ríen; una de ellas me da en el brazo, pero prefiero pasar de todo y seguir tranquilo. El profesor no acaba de venir, lo cual me pone nervioso; su presencia calma al instante a todos. Empiezo a sentir un repiqueteo en mi nuca: una cerbatana de mis colegas, quizá dos. No me importa. Con el tiempo he aprendido a ignorarlo, encerrarme en mí mismo.

      Observo, por el rabillo del ojo, a uno de ellos acercarse como un ninja, tijeras en mano; apuesto a que quiere cortarme la otra correa de la mochila. Tuvo que retirarse cuando entró, al fin, el profesor. Pero… algo no va bien. Froto mis ojos porque algo de verdad que no va bien: creo que el profesor lleva el uniforme de los aventureros espaciales. Sí, lo trae puesto, no hay duda. ¿Será también un fan de la serie? Aun así… ¿no debería darle vergüenza venir con eso a dar lecciones? Los adultos suelen preocuparse por mantener intacta su reputación.

      Mis compañeros no parecen darse cuenta de nada, así que dejo de darle importancia tras unos minutos; sólo es una camisa azul con un par de símbolos, sólo eso. Con todo, voy a preguntarle sobre ella cuando termine de enseñar. Y entretanto, como las mates me aburren, pasaré de escucharle. El tiempo va muy rápido si te dejas llevar por la imaginación.

    Cuando acabó la hora, había llenado de garabatos una hoja casi sin darme cuenta. Me levanto deprisa porque el profesor está a punto de marcharse, lo cual provoca algunas risitas. Le pregunto, en voz baja, por qué va con ese uniforme puesto; pero se queda mirándome un rato y luego ordena que vuelva a mi sitio. Supongo que no tiene interés en hablar con un alumno insignificante.

      Alguien colocó un par de chinchetas en mi asiento, la clásica broma; sin embargo, soy lo bastante precavido para no caer en ella. Siempre lo soy. Escucho, tras apartarlas, un suspiro de frustración. Lástima. Quizá un día me siente encima y chille, y así, con suerte, dejará de ponerlas. También han dibujado una esvástica en mi libro de historia, su cubierta. Tendré que borrarla después; no me gustaría que la profesora viese eso, ya que es la única vieja que me agrada. Es gracioso cada vez que se emociona mientras explica la segunda guerra mundial, alzando la voz y apuñalando la pizarra con la tiza para dejar remarcadas las batallas. Seguro que su antepasado fue Patton.

      En cuanto entra en el aula, los ruidos disminuyen. Yo alzo la vista y veo, incrédulo, otro uniforme de Aventuras espaciales. Esta vez es uno de almirante, nada menos, y con todos los complementos, pistola láser incluida. Es genial ver cómo brilla con la luz de los fluorescentes, pues parece que hoy será uno de esos días negros y tormentosos. Me quedo esperando la lógica reacción de mis compañeros, pero nadie le da importancia y ella comienza a dibujar el mapa de Europa en la pizarra; toca el frente del este, divisiones acorazadas avanzando, implacables, sobre un país que pronto se llena de flechas y cicatrices. Después de explicar esa parte se sienta en su mesa, agotada. Y justo en ese instante alguien de atrás se levanta y me pega un chicle en el pelo, llamándome por mi nuevo nombre, el que usaron a los pocos días de conocerme. La profesora lo ve y nos indica que vayamos a su mesa. Dice que somos un desastre y que le hagamos una visita al director, o eso creo, porque me distrae el uniforme que lleva, no puedo dejar de mirarlo.

      Mi «colega» y yo salimos al pasillo; pero no es un pasillo de instituto, sino un corredor de nave espacial. Como me quedo embobado, me toca el brazo para despertarme. Ahora él también lleva uniforme, uno de ingeniería, y dice que no tarde en ir al camarote del capitán, que va a adelantarse para explicarle no sé qué. Yo sonrío y asiento. Cuando se va, me doy cuenta de algo fabuloso: lo tengo puesto, lo tengo puesto y es de oficial, ya no soy el alumno insignificante. El deseo que tenía desde hace años se ha cumplido. Lo ha hecho y no voy a cuestionarlo. No lo haré. No.

      Palpo mi cadera para comprobar si llevo la pistola láser. Sí, ahí está. Voy directo al aseo, o donde antes estaba el aseo, para mirarme en un espejo. Por desgracia, ha sido sustituido por una sala de cultivos hidropónicos. Ni rastro de espejos. Una chica que comprueba datos en una computadora me sonríe y pregunta qué hago allí, pues debería acudir a la llamada del capitán. ¡El capitán! Me despido de ella y salgo pitando hacia el turboascensor. Éste sólo tarda unos pocos segundos en llevarme hasta mi destino.

      Encuentro al capitán charlando animadamente con mi compañero, y ambos se interrumpen para saludarme. En cuanto pregunto qué sucede, me felicita por mi buena actitud durante los momentos de crisis. Luego se levanta y me da una palmada en el hombro, lo cual me produce una sensación reconfortante porque es la primera vez que alguien me lo hace. Mi compañero tiende la mano y pide disculpas: se dejó llevar por los nervios. Es normal, cualquiera podría ponerse histérico en medio de un combate. No todos los días somos abordados por una especie peligrosa de criaturas insectoides. Por supuesto, acepto sus disculpas y el asunto termina sin que quede ningún rastro de rencor. Faltaría más.

      El capitán me ordena que tome un descanso, así que decido dar una vuelta por la nave. Mientras voy al puente, pienso en Fran y en todo lo que se va a perder. Ojalá estuviese aquí.

      En el puente hay una luminosidad tenue que indica horario nocturno, y dos miembros de la tripulación, la piloto y el encargado de comunicaciones, están concentrados en lo suyo: ella mantiene el rumbo hacia un planeta amistoso donde haremos reparaciones, y él intenta descifrar el extraño lenguaje de las criaturas que nos abordaron. Ambos tienen cerca tazas de café humeante, lo cual me intriga porque no se permiten tomar bebidas en este lugar. Cuando se dan cuenta de mi presencia, me miran con algo de desconcierto y yo me siento como un intruso. La piloto pregunta por qué no seguí la orden del capitán. Respondo que sólo doy una vuelta y no tardaré en echarme un rato. Todos parecen saber la orden que debo cumplir; debe ser que el capitán, preocupado por mí, me vigila a través de los demás. Menudo fastidio. Advierto miradas de inquietud antes de salir del puente. Pamplinas: ni que tuviese alguna enfermedad grave, o algo por el estilo.

      Tomo de nuevo el turboascensor y le indico que vaya a la primera sección, pues tengo ganas de ver el célebre observatorio que hay en ella. En ese sitio tuvo lugar el primer contacto con una especie alienígena, y también mataron ahí al médico. Pobre tipo: no pudo escoger un peor momento para admirar las estrellas. Aún recuerdo cuando aquel misterioso ente le obligó a dispararse en la cabeza.

      Paso ante la sala de recreo. No puedo probarla, ya que hay un grupo de jóvenes cadetes jugando al balón. Deberían cancelar sus prácticas y devolverlos a la academia, porque vaya desperdicio: yo la usaría para echar una partida al ajedrez con Lasker, o para tener una interesante charla con Descartes. Cualquier personaje histórico está registrado y tiene varios programas que lo recrean con exactitud.

      El observatorio es tal como lo recuerdo, centímetro a centímetro. Una inmensa ventana ovalada que ha mostrado multitud de maravillas. Aunque…, no, no es tal como lo recuerdo porque ahora hay una ancha línea de color ceniza ante él. Salvo ese detalle, el resto es igual. Dejo de lado esa nimiedad y me acerco a las estrellas. Me acompaña la chica que había visto antes, en la sala de cultivos hidropónicos; está de espaldas y se gira cuando me aproximo. Pensé que se asustaría, pero me guiña un ojo y sonríe. Luego hace una seña para que me acerque. Me pongo nervioso porque las chicas se me dan mal; es decir, me asustan. Soy tímido, supongo. Además me parece guapa y eso empeora las cosas. No sé explicar el motivo, pero esa chica me fascina demasiado. Es raro porque acabo de conocerla.

      Tras acercarme, señala una hermosa mezcla de colores en el espacio. Sé cómo se llama, lo juro, lo tengo en la punta de la lengua; pero no logro recordarlo. Pregunto qué es y ella responde que se trata de una nebulosa. Luego me coge la mano, lo cual hace que tiemble un poco; espero que no se dé cuenta. Noto que la suya es muy fría y pálida, tanto que me recuerda al hielo. Su cabello, en cambio, es negro; negro de una manera especial, como si fuese oscuridad. Aun así, eso no le quita nada a su belleza. Vuelve a sonreírme y logra tranquilizarme por completo.

      Entonces me doy cuenta de algo inquietante: la nebulosa, de repente, avanza hacia nosotros a una velocidad tremenda. No es posible, porque ninguna nave puede ir con esa rapidez sin usar desplazamiento por curvatura. Iba a decírselo a la chica; pero ella me pone un dedo en la boca para silenciarme, luego acaricia mi nuca y vuelve a señalar la nebulosa, una mezcla de azul y ámbar que ahora tiene dos brillantes focos horizontales, redondos y claros. Tengo la sospecha de que soy feliz por primera vez en mucho tiempo, si es que lo fui antes alguna vez; así que espero con impaciencia. Deseo ver más de cerca ese fenómeno del universo. 

jueves, 4 de enero de 2018

Rogue, donde todo empezó


Uno de los mayores méritos que puede atribuirse a un autor es la creación de un género. Allan Poe, verbigracia, le dio vida al primer detective literario, el cual sirvió luego para inspirar a un tal Conan Doyle. Es cierto que la fama, en estos días, se la ha quedado Holmes; pero este personaje quizá no hubiese nacido sin los primeros pasos de su «padre». Rogue, por su parte, es el padre de los roguelike —palabro que quiere decir «como el Rogue»—, porque se trata, nada menos, del primer título en usar una genial y divertidísima mezcla de ideas: mazmorras, muerte permanente, azar, turnos, experiencia y enemigos muy puñeteros variados. 

Aunque la primera versión era en código ASCII, arrobas combatiendo contra letras, con el tiempo han ido apareciendo otras con gráficos. Puedes descargar una aquí mismo. Algunos son defensores a ultranza del código ASCII... Eso se debe, imagino, a la nostalgia. Yo prefiero que tenga imágenes.

Qué gráficos. Esto no lo mueve un i9

El juego consiste en descender un nivel tras otro hasta llegar al veintiséis. Después, si los difíciles enemigos de los últimos pisos nos dejan, debe robarse el amuleto de Yendor y regresar con él al exterior. ¿Suena complicado? Pues es más complicado de lo que parece; jamás conseguí poner un pie en el último piso. Estuve cerca, pero me acorralaron sin misericordia. De todos modos, aún no perdí la esperanza de acabar con el dragón algún día y largarme con el premio gordo.

Rogue es tan divertido que todavía hoy puede jugarse sin problema, y ha sido una gran inspiración para multitud de juegos. Algunos de éstos, los primeros, usan los mismos conceptos de su predecesor y aumentan el contenido; o sea, añaden elementos que pueden encontrarse en la mazmorra, como altares, cofres o fuentes, y una mayor variedad de enemigos. También, a veces, se juega en un mapa exterior que contiene varias mazmorras para explorar. Diría que los máximos exponentes del género, los que más se han desarrollado, son el ADOM y el Nethack. Ambos son dos títulos que pueden dar innumerables horas de diversión. Tengo entendido que Terry Pratchett era fan del segundo.

Por supuesto, no me olvido de Tales of Maj'Eyal; pero éste adolece de encontrarse un poco influenciado por los ARPG. Aunque es un juego espectacular, ha perdido una parte del sabor clásico en aras de ofrecer más dinamismo. Juegos como el Diablo, por cierto, beben del Rogue. Y los Dark Souls. Otro título que hace lo propio, a pesar de tomarse muchas licencias, es el conspicuo y escatológico Binding of Isaac. Su creador no se esperaba el éxito que iba a tener, así que debió alucinar cuando las ventas empezaron a incrementarse exponencialmente, demostrando que la fórmula primigenia aún puede dar frutos si se usa con ingenio. Podría seguir poniendo ejemplos durante horas, como el reciente y genial juego de cartas Slay the Spire, o el añoso Dungeon Hack; larga es la sombra del Rogue. 

Una pregunta que suelen hacerme cuando hablo de este género es por dónde empezar, cuál es el roguelike más compasivo para un profano. Dentro de los clásicos, que aparecen en la imagen de abajo, recomiendo el original porque tiene menos detalles que sus hijos y los comandos son similares. Pero cuidado: la curva de aprendizaje es alta y no será raro morir mucho al principio. Otra opción podría ser el ADOM, ya que han mejorado su interfaz para que resulte más llevadero. Puedes ver un buen tutorial en YouTube. Si lo clásico es demasiado, Darkest Dungeon es un título interesante e intuitivo. No es un rogue acendrado, pero tiene varios de sus elementos y sus gráficos son muy bonicos

Moraleja: las buenas ideas son bastante longevas. Lástima que no siempre se vean apoyadas como se merecen.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Las torres del olvido


—El mundo no puede ser completamente perverso.
—Es peor. Es Estúpido.

Creo que el título original, El mar y el verano, tiene menos garra que Las torres del olvido, que además sintetiza la obra a la perfección; así que me quedaré con este último. Diez puntos para Jordi Gubern, el traductor, o para quien haya sido el responsable de ese cambio. Esto es subjetivo, claro; habrá a quien le guste más el otro.

Turner parece ofrecer lo mismo de siempre: extrema dicotomía social en un futuro no muy lejano. Sin embargo, va más allá, crea un mundo ominoso y turbador que es difícil de digerir porque podría ser el nuestro dentro de un tiempo. No se trata simplemente del clásico combate de boxeo entre ricos y pobres, sino de un sistema enfermo que avanza hacia su destrucción sin que nadie pueda evitarlo.

Las clases se dividen en supra e infra. Los primeros son muy escasos y, por supuesto, gozan de todos los privilegios posibles. Se consideran superiores a los infra; pero viven con un miedo perpetuo que esconden en lo más profundo de su mente, pues en cualquier momento pueden ser sustituidos por máquinas y arrojados al infierno de la miseria. Sus comodidades son, en consecuencia, efímeras: la pobreza acabará alcanzando a todos. Los segundos, en cambio, viven hacinados en inmensas torres, intentando sobrevivir con los pocos recursos que poseen. Alrededor de ellas está la periferia, zona donde habita una clase media depauperada. Muchos supra acaban ahí y eso los destroza; las torres están más cerca, a la vista, llenas de salvajes infra.

Como es una obra coral, no hay un protagonista definido: la trama avanza a través de diferentes puntos de vista. Eso ayuda a comprender mejor los motivos de las dos posiciones, ahondar en las ideas inmanentes a cada conjunto de la sociedad. Todos los personajes poseen el suficiente carisma para no precipitarse en la monotonía, lo cual tiene su mérito; aunque es inevitable que unos fascinen más que otros. Al principio, la novela se centra en una familia de supra que, como tantas otras, cae en la desgracia porque el marido pierde el empleo. El autor muestra así el terrible contraste entre ambos mundos: transición rápida y descripciones descarnadas. Hoy eres un supra que vive cómodamente en su casa moderna y acogedora; mañana, un infra que contempla al mar con recelo, pues éste no deja de avanzar año tras año, espoleado por el efecto invernadero.

Me parece destacable la evolución de los personajes, sobre todo de los más jóvenes, porque juega con la sorpresa: las impresiones que causan al principio difieren mucho con las del final. Asimismo, la atmósfera de fatalidad que irradian las páginas es notable; casi logró que dejase el libro a la mitad porque me abrumaba demasiado. Y eso nunca me había ocurrido, ni siquiera con los tres mosqueteros distópicos —Orwell, Huxley y Bradbury—. Esta entrada es, por lo tanto, más una recomendación que otra cosa; no he visto nada negativo en Las torres..., salvo, quizá, algunas pequeñas partes que podrían podarse sin pudor porque aportan poco.

Excelente novela. 

viernes, 20 de octubre de 2017

Tiempos frívolos


Alguien escribe en twitter que argumentar en contra de un concepto no significa, necesariamente, defender el contrario. Nadie lo entiende. Son incapaces porque su mundo carece de matices, todo es blanco o negro. Es el resultado de vagar por un devastador yermo cultural. Los campos disciplinarios han hecho bien su trabajo: borrar pasiones y curiosidades en vez de fomentarlas. 

El actual presidente de Estados Unidos podría ser el perfecto avatar de nuestra época, donde el raciocinio ha sido nublado por la estulticia inherente al hombre-masa; éste es una fuerza imparable que reacciona por impulsos, intentar frenarlo puede tener efectos catastróficos, como introducir un palo en los radios de una bicicleta en marcha. Es mejor conformarse con redirigir su atención o atenuar su movimiento, algo que los políticos de hoy parecen no comprender, lo cual, teniendo en cuenta que ellos mismos son responsables de muchas situaciones problemáticas, resulta trágico. 

Lejos queda el «Ni rías, ni llores, ni te indignes: comprende» de Spinoza. En cada intercambio de opiniones pueden apreciarse todas las falacias retóricas de quien busca ganar una batalla, tener la razón a cualquier precio. La verdad, su búsqueda, queda así apartada y olvidada; no interesa. Muy pocos son los que se toman la molestia de ir al lado opuesto y meditar sobre los motivos del «enemigo», porque es un enemigo y nada más: se le ataca o se le tacha con una equis roja. Luego se regresa a la comodidad del grupo escogido, uno en el que haya un pensamiento similar. ¿Será esto un remanente heredado del pasado torvo que quedó, o debería quedar, atrás? 

La semana pasada encendí el televisor cuando emitían un debate. Creo que batieron algún récord, porque nunca antes había llegado a contar seis falacias del hombre de paja seguidas. ¿Debo suponer que no era un debate serio? ¿Acaso los tertulianos se han convertido en vacuos mercaderes ideológicos? ¿El público se traga esa basura sin percatarse de nada? Supongo que las tres preguntas pueden responderse afirmativamente, aunque la mayoría pensará que se trataba de una severa y sensata lucha oral. Yo propongo cambiar a los tertulianos por monos..., porque sería divertido verles lanzar excrementos al público; o sustituirlos por inteligencias artificiales, que pueden ser igual de interesantes y menos reiterativas.  

Como se avanza lentamente, por inercia, será necesario un buen número de generaciones para que aparezcan cambios sustanciales. Una vez más, la educación es la clave: un humano mejor creará un entorno mejor. Pero tendrá que ser un sistema educativo, como mínimo, parecido a lo que se puede ver en la Europa septentrional. Y hasta ése puede mejorar bastante. Entretanto, habrá que soportar los dislates que hay en cada átomo del ahora rudimentario nomos y en cada mente ofuscada por él.

De todas formas, no tengo claro que lo anterior sea la solución definitiva a los problemas. No es bueno subestimar a la omnipotente estupidez humana; ésta suele encontrar resquicios por donde colarse. Imagino que sí puede afirmarse que al menos sería un paliativo.  

Contemplamos a las sociedades pasadas, en parte, desde el desprecio, pues grandes son las injusticias que se producían en ellas. ¿Cómo nos verán a nosotros las sociedades futuras?

jueves, 14 de septiembre de 2017

El extraño caso de «Puente a las estrellas»


Es común, por desgracia, que una escritora de ciencia ficción esconda su sexo bajo unas siglas; se trata de un embuste para vender más ejemplares. En general, la mentira se acaba ahí; pero en la cubierta recalcan que es un autor, no vaya ser que alguien piense mal. Además, en esta edición afirman que ha escrito V, la serie que cosechó un éxito tremendo en los ochenta. Yo tenía algunas chapas cuando era un halfling. V, nada menos... lástima que se trate de otra falacia, porque el creador de esa serie es Kenneth Johnson. Lo que sí hizo Ann C. Crispin fue escribir una novela basada en ella. También se atrevió con Star Wars y Star Trek. 

La sinopsis tampoco se salva de la codicia, porque casi la mitad está dedicada a encumbrar al excelso autor de V. 


Hasta yo empiezo a creer que Crispin la ideó

Aunque estoy acostumbrado a ver estas estrategias de venta, debo admitir que nunca había encontrado nada tan sangrante. Es como si los editores no tuviesen ni la más mínima esperanza en la novela, en su capacidad de valerse por sí sola. Quizá no dispusiesen de suficientes medios promocionales, lo cual dudo que excuse tanto cinismo.

Y antes de reseñar Puente a las estrellas, te invito a que busques las diferencias entre la edición española de V y la americana. Hay una que te sorprenderá. 



Los negocios son los negocios. 

Ojalá Puente a las estrellas, después de todo lo anterior, no contuviese más peculiaridades, porque falta una más.

A medida que iba adentrándome en la trama, crecían mis sospechas de que algo fallaba en la protagonista; pero no estaba dispuesto a aceptarlo hasta leer una buena parte. Y se confirmó lo que temía: el personaje principal me recordaba muchísimo a una Mary Sue. Como no estaba seguro del todo, consulté en la Wikipedia y al final del artículo leí, sobre el uso de esa clasificación, una queja que me dejó ojiplático, porque quien la hace es la mismísima Ann C. Crispin. Eso corroboró mi mala opinión de la brillante Mahree, una adolescente desenvuelta, lista, audaz, sabia, bondadosa, comprensiva, tenaz, atractiva aunque no lo sepa, políglota. Pocas situaciones se resuelven sin su ayuda crucial; pocos seres escapan a sus sutiles encantos. Pensemos por un momento en Whil Wheaton y su detestado personaje de La nueva generación

Su compañero de aventuras, un apuesto y joven médico que ama a los gatos, representa uno de los conceptos que más odio en la literatura: el príncipe azul. Sólo está ahí para completar el sueño húmedo de Crispin.

Es una pena que dos de los tres personajes principales —del tercero, que es magnífico y tiene carisma, prefiero no hablar; el lector debe descubrir quién y cómo es— sean mediocres, porque el resto de la novela funciona muy bien: el ritmo es fluido; el tono, perfecto; los diálogos, amenos; las escenas, excelentes. Creo que con la debida difusión sería una gran obra juvenil, una de ésas que podrían introducir en el género a unos cuantos lectores potenciales. Y a pesar de ser autoconclusiva, es la primera de una colección que, si no me equivoco, no ha sido traducida; así que hay una interesante veta sin explotar.

Puente a las estrellas satisfará a los que, como yo, se lo pasan genial imaginándose a los humanos teniendo su primer contacto con una especie alienígena o explorando la galaxia, porque todo se resume en eso: una nave, una tripulación y un inconmensurable e ignoto cosmos.

Y ahora, como estoy loco y todo esto me ha recordado a los ochenta, pongo una canción sin venir a cuento. El tipo de las gafas extravagantes es el mejor: