lunes, 18 de junio de 2018

Las máquinas asesinas de Saberhagen


Después de releer La Odisea —Polifemo tirando piedras siempre es divertido—, me dieron ganas de buscar algo que se alejase del pasado, alguna opereta espacial con un buen argumento, y hallé la magnífica serie Berserker, que está compuesta por un montón de novelas y relatos.  

Uno de mis episodios predilectos de Star Trek es La máquina del juicio final, donde una máquina inmensa con forma de gusano va por ahí zampándose planetas para merendar. Saberhagen usa y exprime una idea parecida: gigantescas fortalezas que, habitadas por todo tipo de máquinas asesinas, pululan por el espacio con el único objetivo de acabar con los vivos. Fueron construidas por una especie desconocida para defenderse... y en cambio sólo consiguió extinguirse antes de dejar todo ese horror metálico como legado. La humanidad, que domina varios planetas, es la que carga con el mayor peso en la guerra contra él, pues sus agradecidos aliados alienígenas no tienen tanta capacidad de lucha. 

El apodo «berserker» le queda como un guante a esas máquinas, porque son armas; no fueron programadas para tener sentimientos, así que combatirán hasta el final. Pueden comunicarse con los humanos, incluso mostrarse amigables hasta cierto punto; pero lo hacen porque quieren investigar nuevos métodos de destrucción. Para ellas la vida es «la mala vida», y lo muerto, «la buena vida». Eso no está abierto a debate.  

Es posible que mientras lees esto te hayas percatado de que hay un elefante en la habitación, uno enorme que ha ido inflándose cada vez más y ahora barrita ensordecedoramente. Ese molesto paquidermo se llama Battlestar Galactica. En efecto, dicha serie tiene la misma base que estos libros, lo cual quizá provoque rechazo en sus numerosos seguidores, hambrientos de desafíos que no recuerden a lo ya conocido. Aunque aún no tuve tiempo de ver todas las aventuras de Adama y compañía, creo que entre ambos universos hay suficientes diferencias y pueden ser visitados sin temor; yo lo estoy haciendo ahora y de momento no hay problema.  

Saberhagen destaca por introducir grandes dosis de acidez en sus pavorosas historias, porque muestra sin reparos la estulticia a la que puede llegar una civilización y sus dirigentes, o el lado más oscuro de un artista en un relato excepcional que se llama Mecenas de las artes. También brilla la atmósfera descarnada que emana de las fortalezas berserker: no es una buena idea dejarse capturar y ser encerrado en una de ellas. La prosa cambia dependiendo de la situación: ritmo vertiginoso en las batallas y riqueza literaria durante las escenas pausadas, estéticas. En general, el autor intenta mantenerse invisible para que la trama se mantenga en primer plano, mantiene a raya su ego; por lo tanto, sus textos son fáciles y adecuados para todo tipo de lector. El punto flaco está en algunas descripciones que se quedan algo cojas por un afán de no interrumpir la acción: «La cosa voladora volvió a atacar».

Los berserker son, en definitiva, muy divertidos. Por desgracia, dudo que aquí se hayan traducido estos libros, salvo la primera recopilación de relatos y alguna novela que he visto por ahí. Ojalá alguien se animase a editarlas todas. Lo malo es que España y la ciencia ficción no se llevan bien, como el gato y el agua. ¿Cambiará eso en el futuro?  

martes, 15 de mayo de 2018

¿El trabajo dignifica? ¿Es positivo?


A un lado del cuadrilátero, vestido con una bata a cuadros y fumando en pipa, Bertrand Russell; al otro, ceñudo y disfrazado de samurái, Tetsuro Watsuji. Ambos ofrecen una visión diferente del deber que tiene un individuo respecto a su comunidad: Russell considera que deberían reducirse las horas laborales y regalar así un valioso tiempo de recreo, amén de generar más puestos; Tetsuro, en cambio, como buen nipón que es, prefiere el sacrificio personal, dar todo lo posible por los demás. Una especie de altruismo kamikaze que le provocaría un montón de sarpullidos a Ayn Rand. 

Mi posición está muy cerca del flemático inglés: la finalidad de un humano no debería ser ir de un lado a otro, moviendo material hasta caer derrengado. Entregar más tiempo de ocio me parece razonable. Empero, no debe olvidarse que el trabajo es un intercambio de servicios, un tiempo que se da a cambio de habitar en ese sitio que Hobbes llamó leviatán. Es imprescindible que alguien tire la basura, o que siegue el césped, o que se encargue de la seguridad; por ende, ¿no crees justo que tú también debas aportar algo? A veces tengo la sensación de que Russell, sobre todo cuando habla de la moral del esclavo, infravalora los trabajos más duros. Quizá me equivoque.

Los humanos son, al mismo tiempo, sociales e individuales; así que ambos aspectos han de satisfacerse sin caer en el exceso. Un pescador no debería ser un pescador —a veces las etiquetas devoran al individuo y lo deshumanizan—, sino alguien que dedica una pequeña parte de su existencia a pescar. Y nadie debería sufrir prejuicios por sus labores, ya que todas tienen relevancia, encajan en el entramado social. He perdido la cuenta de las veces que escuché, por ejemplo, «barrer es un trabajo digno», ¿por qué es necesario señalarlo? ¿Por qué no se dice lo mismo de un abogado, o incluso un político? Tal vez se deba a que el prestigio de una ocupación entronca con la ganancia que dé, lo cual entra dentro de las muchas irracionalidades coetáneas; los presocráticos fueron capaces de pensar dejando los mitos a un lado; hoy el reto es hacer lo propio con lo irracional, que es casi ubicuo.

Por supuesto, pienso que el egoísmo racional de Rand está equivocado: diría que es difícil no servir directa o indirectamente si vives en una civilización. Y dentro de la heterogeneidad humana hay espacio para quienes son felices entregando felicidad a quien lo necesite; el altruismo puede ser una meta tan válida como cualquier otra.

Sobre la pobreza: no es indigno quien no tiene trabajo, sino el sistema que es incapaz de proporcionárselo.

¿Dignifica el trabajo, entonces? Muchos interesados han conseguido enaltecerlo, inculcando la quimera de que es mirífico; pero, como ya mencioné, es sólo un pacto de convivencia para facilitar el día a día. Un exceso del mismo puede generar sujetos que no saben solazarse, que se plantan delante del televisor para que alguien les ponga una mano en el hombro y les señale a dónde deben mirar. ¿Y trabajar es positivo? Para la comunidad sí; para el individuo depende de las circunstancias: si se trata de un medio o un fin; si tiene o no un horario abusivo; si el jefe, en caso de haberlo, es o no un patán... Independientemente de lo que te haya tocado, lo mejor es seguir el consejo que da Charles Bukowsky en Factótum: «No es suficiente con hacer tu trabajo, además tienes que mostrar interés por él, una pasión incluso». 

lunes, 2 de abril de 2018

Las aventuras de Gotrek y Félix


Aunque no suelo acercarme a la fantasía clásica cuando escribo, es uno de los géneros que más me gusta leer: ritmo frenético, duelos apasionantes, diferentes razas, batallas. Por lo tanto, era cuestión de tiempo que acabase leyendo las aventuras de estos dos famosos personajes. Aún recuerdo la primera vez que los vi en mi primer libro del imperio, época donde pensaba en qué ejército de Warhammer podría coleccionar sin dejarme los cuartos, lo cual era una empresa difícil. 

Días atrás, empecé el primer volumen de la serie, Matatrolls. Dejando a un lado que para el autor todo es ominoso, que muchos son aficionados a encogerse de hombros y que siempre hay un hechicero brillante cuando lo necesitas, no está mal. Tiene algunos fallos imperdonables, pero no deja de ser divertido si te van ese tipo de historias. Y como Matatrolls está compuesto por varios relatos en orden cronológico, sería raro que alguno de ellos no te gustase. Ahora bien, unos son indiscutiblemente mejores que otros.

Los dos primeros, Noche de difuntos y Jinetes de lobo, están notablemente ejecutados y le dan al lector lo que busca; aunque éste puede empezar a intuir que la fórmula va a repetirse bastante: viaje, pelea y combate final con villano. Asimismo, puede darse cuenta de que el lacónico enano es un personaje carismático pero limitado: un matador poco va a evolucionar, salvo en las nuevas cicatrices que se vaya haciendo. Félix, por otra parte, sí que ofrece un cambio ostensible a medida que los combates hacen mella en él; el contraste entre los dos —enano que busca redención, morir con honor, y poeta que lo sigue por compromiso— se va diluyendo. Así el cliché se palía un poco, al menos. 

En Tinieblas bajo el mundo se sigue manteniendo el nivel de los dos anteriores. Lo malo es que contiene un par de «casualidades» que lo empañan; en consecuencia, los lectores que le den importancia a esos detalles sufrirán un paro cardíaco. Por suerte, ocurren en medio de un muy buen combate, lo cual le pone un remiendo al asunto. 

No puede decirse lo mismo de La marca de Slaanesh, uno de los peores relatos que he leído nunca. Aquí voy a hacer un destripamiento, lo siento: Willian King nos pone frente a uno de los antagonistas más odiosos que pueden concebirse, alguien con todos los defectos imaginables, y cuando por fin, tras mucha reflexión superflua y paja a montones, llega el esperadísimo momento en que va a recibir lo suyo... ¡elipsis! ¡No hay final! Advertencia: experimentar esto de primera mano puede provocar un ataque epiléptico que derive en posesión demoníaca. 


Por si fuese poco, uno de los motores principales que hacen funcionar a estas historias, la desabrida y alocada personalidad de Gotrek, es anulado del todo gracias a una pedrada en la cabeza y la consecuente amnesia. ¿Adivinas cómo se la cura?

Sangre y tinieblas está muy por encima del anterior, pero es un relato que se amolda demasiado a la fórmula citada: paseo, lucha mientras suena la banda sonora de Y si no, nos enfadamos, y supervillano. No aporta nada más allá de ello. Hay un asedio soso que intenta dar variedad, eso sí. 

Mi relato preferido, con diferencia, es El señor de los mutantes. La trama esconde una sorpresa que pilla desprevenido al lector... Es cierto que se descubre antes de que King la desvele, pero funciona igual. Además, el malo de turno tiene un matiz cómico que lo diferencia de sus predecesores y le da mayor interés. Y aquí los protagonistas lo van a pasar mal de verdad porque se enfrentan a la terrible magia de Tzeentch, el que cambia las cosas, no es otro huero cruce de aceros. Las primeras miniaturas que compré de Warhammer, cuando tenía unos once años, eran de este dios, y aún es mi favorito.  

Y el último, Los hijos de Ulric, tiene un grave problema: no está Gotrek. Sin él la historia se queda coja porque Félix no da la talla si está solo. Y tampoco lo haría el enano; ambos personajes han sido diseñados para complementarse. Si al menos no hubiese situaciones recicladas del anterior... o el final no fuese, de nuevo, segado sin miramientos... Mal relato, aunque sea mejor que La marca. Willian King transmite aquí cansancio, como si buscase acabar lo antes posible.

La mayor parte del tiempo fue una lectura divertida, así que ahora probaré con Mataskavens. Me han dicho que no está construida a base de relatos cortos. ¿Habrá cambiado también el esquema? 

domingo, 25 de febrero de 2018

El propio enemigo


Ahora que Star Trek Discovery, una serie amena que bebe mucho del pasado, acaba de emitir su primera temporada, me parece un buen momento para recordar uno de los episodios que más me sorprendieron de la tripulación original; en él se muestra un concepto interesante que aparece alguna que otra vez a lo largo del vastísimo universo trekkie.

Cuando leí la sinopsis de El propio enemigo, justo antes de colocar el disco en el reproductor, cometí el descuido de prejuzgarlo: «Seguro que es el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal para que se luzca el primero; es decir, aparece un Kirk malo que intentará asesinar al bueno pero fracasará y morirá. Aplausos. Risas. Spock dice "fascinante" y entran los créditos finales». No tardé mucho en percatarme de mi error, porque el guión tiene una profundidad que no me esperaba, pone al descubierto lo que un humano puede averiguar si se atreve a hacer el temido viaje introspectivo. En mi defensa diré que durante los primeros minutos aparece un perro con un disfraz extremadamente cutre, lo cual hace que sea complicado tomarse en serio lo que sucede. Hay que echarle un poco de imaginación para paliar lo mal que envejeció la serie.

El Kirk negativo, que surge por un fallo en el transportador, no tarda en hacer de las suyas: lucha, bebe, tiene una actitud irracional y hasta intenta violar a la primera que se pone a tiro. Entretanto, el positivo descubre que es incapaz de tomar decisiones, sobre todo si hay otras vidas en juego. Lo que le da fuerza a la trama es que no son dos entidades distintas, autónomas, sino un mismo individuo dividido en bondad y malevolencia. Al principio ambos recelan, combaten —el lado nefario hasta el final—; pero luego no les queda más remedio que fusionarse para formar al auténtico capitán, porque separados tienen una languidez progresiva que podría llevarles a la muerte.

Se usa un argumento similar en La piel del mal, episodio de la nueva generación donde una misteriosa raza abandona su maldad en un planeta. Y si nos vamos a lo último que se ha hecho, un personaje de Star Trek Discovery habla de aceptar nuestro lado umbrío para atenuarlo y seguir adelante. El mensaje, que podría ser asimismo el de Cristal oscuro, dice que no es una buena idea intentar deshacerse de un aspecto que te pertenece, que forma parte de ti. Los humanos de Star Trek lo saben, por eso detrás de sus sonrisas sólo anida sinceridad, despreocupación; comprenden su ambigüedad y la admiten. Siempre he pensado que el Abraxas de Hesse, la versión que usa en Demian, podría ser el perfecto dios de la humanidad, pues en él se mezcla lo que entendemos como el mal y el bien. Baltasar Gracián diría serpiente y paloma.

También se usa esa dualidad en el propio universo trekkie, porque en Mirror, Mirror —acá Espejo, espejito— los protagonistas viajan por primera vez a una dimensión donde los humanos siguieron un camino diferente: imperio, esclavitud, tortura, asesinatos legítimos para ascender. Hay episodios dedicados a dicha dimensión en futuras series, incluida la última.

El propio enemigo. Menudo capítulo. Me gustó tanto que no me sorprendió ver a Richard Matheson en los créditos finales. Imaginaba que el guionista debía tratarse de alguien fuera de lo común. Desde luego, en la serie original pueden hallarse auténticas joyas. Una pena su estética trasnochada, aunque aún tenga cierto encanto que sólo los sesenta pueden transmitir.

lunes, 5 de febrero de 2018

Es una nebulosa



En este relato hay un personaje que, con diferentes formas, suele aparecer en mis historias. Es uno de los más siniestros que pueden usarse. In heaven, everything is fine. 

                                                                                  ***

Ayer se emitió el último capítulo de Aventuras espaciales, una serie que seguí durante años. Pensar en ella me sirve para entretenerme de camino al instituto, o me servía, porque ya no habrá más temporadas, no más capitanes salvando a la humanidad. Como salí más temprano de lo habitual, aún no ha amanecido y las calles están vacías; eso me agrada. Así es fácil imaginarme a mí mismo en la nave, ayudando en el puente: el puesto de científico es genial, aunque el de piloto también tiene su encanto. Creo que voy a echar de menos esa maldita serie. Mierda.

     Nadie, salvo Fran y yo, la ve. Tengo ganas de encontrármelo y charlar sobre el final. Qué final. La verdad es que me gustó una barbaridad, pero habría preferido que la historia continuase. Tenía la costumbre, durante la hora de matemáticas, de dibujar la mejor escena que recordaba del nuevo episodio. ¿Qué haré ahora? ¿Volver a la primera temporada? Imposible. Además, el pasado de esos personajes ya no se siente real porque lo sé de memoria; sé lo que ocurrirá en todo momento. Si pudiese olvidarlo…

      En las escaleras del instituto no está Fran. Es raro porque siempre me espera ahí, fumando y escuchando música. Podría subir al aula, pues la entrada está abierta; pero prefiero sentarme en las escaleras y esperar. Los primeros alumnos aparecen al cabo de unos minutos. De momento no conozco a ninguno porque son de otras clases. El espacio que hay frente a la entrada va llenándose poco a poco de risas, cigarrillos encendidos, inquietudes sobre el siguiente examen. Veo a un pequeño grupo de mi clase que acaba de llegar. Cuando descubren dónde estoy, sonríen y me señalan. Están aún lejos y no tengo idea de qué dirán, ni me importa; yo decido subir al aula. ¿Qué habrá pasado con Fran? ¿Llegará tarde? ¿Estará enfermo?

      Mientras entro en el aula y me siento en la mesa, escucho la sirena de entrada; un sonido desagradable que odio profundamente. Por suerte, los primeros en sentarse cerca de mí son empollones que sólo se preocupan por repasar y repasar; sacan sus libros y agachan la cabeza, murmurando. El grupo de los graciosos es diferente, más molesto; aunque suele entrar justo un segundo antes de que comience la clase.

      Miro el reloj de pared hasta que dan las ocho en punto. Es la hora y la mesa de Fran aún sigue vacía. Supongo que estará enfermo, o puede que no le apeteciese dar las mates de hoy. Los alumnos recorren el aula, se tiran bolas de papel y ríen; una de ellas me da en el brazo, pero prefiero pasar de todo y seguir tranquilo. El profesor no acaba de venir, lo cual me pone nervioso; su presencia calma al instante a todos. Empiezo a sentir un repiqueteo en mi nuca: una cerbatana de mis colegas, quizá dos. No me importa. Con el tiempo he aprendido a ignorarlo, encerrarme en mí mismo.

      Observo, por el rabillo del ojo, a uno de ellos acercarse como un ninja, tijeras en mano; apuesto a que quiere cortarme la otra correa de la mochila. Tuvo que retirarse cuando entró, al fin, el profesor. Pero… algo no va bien. Froto mis ojos porque algo de verdad que no va bien: creo que el profesor lleva el uniforme de los aventureros espaciales. Sí, lo trae puesto, no hay duda. ¿Será también un fan de la serie? Aun así… ¿no debería darle vergüenza venir con eso a dar lecciones? Los adultos suelen preocuparse por mantener intacta su reputación.

      Mis compañeros no parecen darse cuenta de nada, así que dejo de darle importancia tras unos minutos; sólo es una camisa azul con un par de símbolos, sólo eso. Con todo, voy a preguntarle sobre ella cuando termine de enseñar. Y entretanto, como las mates me aburren, pasaré de escucharle. El tiempo va muy rápido si te dejas llevar por la imaginación.

    Cuando acabó la hora, había llenado de garabatos una hoja casi sin darme cuenta. Me levanto deprisa porque el profesor está a punto de marcharse, lo cual provoca algunas risitas. Le pregunto, en voz baja, por qué va con ese uniforme puesto; pero se queda mirándome un rato y luego ordena que vuelva a mi sitio. Supongo que no tiene interés en hablar con un alumno insignificante.

      Alguien colocó un par de chinchetas en mi asiento, la clásica broma; sin embargo, soy lo bastante precavido para no caer en ella. Siempre lo soy. Escucho, tras apartarlas, un suspiro de frustración. Lástima. Quizá un día me siente encima y chille, y así, con suerte, dejará de ponerlas. También han dibujado una esvástica en mi libro de historia, su cubierta. Tendré que borrarla después; no me gustaría que la profesora viese eso, ya que es la única vieja que me agrada. Es gracioso cada vez que se emociona mientras explica la segunda guerra mundial, alzando la voz y apuñalando la pizarra con la tiza para dejar remarcadas las batallas. Seguro que su antepasado fue Patton.

      En cuanto entra en el aula, los ruidos disminuyen. Yo alzo la vista y veo, incrédulo, otro uniforme de Aventuras espaciales. Esta vez es uno de almirante, nada menos, y con todos los complementos, pistola láser incluida. Es genial ver cómo brilla con la luz de los fluorescentes, pues parece que hoy será uno de esos días negros y tormentosos. Me quedo esperando la lógica reacción de mis compañeros, pero nadie le da importancia y ella comienza a dibujar el mapa de Europa en la pizarra; toca el frente del este, divisiones acorazadas avanzando, implacables, sobre un país que pronto se llena de flechas y cicatrices. Después de explicar esa parte se sienta en su mesa, agotada. Y justo en ese instante alguien de atrás se levanta y me pega un chicle en el pelo, llamándome por mi nuevo nombre, el que usaron a los pocos días de conocerme. La profesora lo ve y nos indica que vayamos a su mesa. Dice que somos un desastre y que le hagamos una visita al director, o eso creo, porque me distrae el uniforme que lleva, no puedo dejar de mirarlo.

      Mi «colega» y yo salimos al pasillo; pero no es un pasillo de instituto, sino un corredor de nave espacial. Como me quedo embobado, me toca el brazo para despertarme. Ahora él también lleva uniforme, uno de ingeniería, y dice que no tarde en ir al camarote del capitán, que va a adelantarse para explicarle no sé qué. Yo sonrío y asiento. Cuando se va, me doy cuenta de algo fabuloso: lo tengo puesto, lo tengo puesto y es de oficial, ya no soy el alumno insignificante. El deseo que tenía desde hace años se ha cumplido. Lo ha hecho y no voy a cuestionarlo. No lo haré. No.

      Palpo mi cadera para comprobar si llevo la pistola láser. Sí, ahí está. Voy directo al aseo, o donde antes estaba el aseo, para mirarme en un espejo. Por desgracia, ha sido sustituido por una sala de cultivos hidropónicos. Ni rastro de espejos. Una chica que comprueba datos en una computadora me sonríe y pregunta qué hago allí, pues debería acudir a la llamada del capitán. ¡El capitán! Me despido de ella y salgo pitando hacia el turboascensor. Éste sólo tarda unos pocos segundos en llevarme hasta mi destino.

      Encuentro al capitán charlando animadamente con mi compañero, y ambos se interrumpen para saludarme. En cuanto pregunto qué sucede, me felicita por mi buena actitud durante los momentos de crisis. Luego se levanta y me da una palmada en el hombro, lo cual me produce una sensación reconfortante porque es la primera vez que alguien me lo hace. Mi compañero tiende la mano y pide disculpas: se dejó llevar por los nervios. Es normal, cualquiera podría ponerse histérico en medio de un combate. No todos los días somos abordados por una especie peligrosa de criaturas insectoides. Por supuesto, acepto sus disculpas y el asunto termina sin que quede ningún rastro de rencor. Faltaría más.

      El capitán me ordena que tome un descanso, así que decido dar una vuelta por la nave. Mientras voy al puente, pienso en Fran y en todo lo que se va a perder. Ojalá estuviese aquí.

      En el puente hay una luminosidad tenue que indica horario nocturno, y dos miembros de la tripulación, la piloto y el encargado de comunicaciones, están concentrados en lo suyo: ella mantiene el rumbo hacia un planeta amistoso donde haremos reparaciones, y él intenta descifrar el extraño lenguaje de las criaturas que nos abordaron. Ambos tienen cerca tazas de café humeante, lo cual me intriga porque no se permiten tomar bebidas en este lugar. Cuando se dan cuenta de mi presencia, me miran con algo de desconcierto y yo me siento como un intruso. La piloto pregunta por qué no seguí la orden del capitán. Respondo que sólo doy una vuelta y no tardaré en echarme un rato. Todos parecen saber la orden que debo cumplir; debe ser que el capitán, preocupado por mí, me vigila a través de los demás. Menudo fastidio. Advierto miradas de inquietud antes de salir del puente. Pamplinas: ni que tuviese alguna enfermedad grave, o algo por el estilo.

      Tomo de nuevo el turboascensor y le indico que vaya a la primera sección, pues tengo ganas de ver el célebre observatorio que hay en ella. En ese sitio tuvo lugar el primer contacto con una especie alienígena, y también mataron ahí al médico. Pobre tipo: no pudo escoger un peor momento para admirar las estrellas. Aún recuerdo cuando aquel misterioso ente le obligó a dispararse en la cabeza.

      Paso ante la sala de recreo. No puedo probarla, ya que hay un grupo de jóvenes cadetes jugando al balón. Deberían cancelar sus prácticas y devolverlos a la academia, porque vaya desperdicio: yo la usaría para echar una partida al ajedrez con Lasker, o para tener una interesante charla con Descartes. Cualquier personaje histórico está registrado y tiene varios programas que lo recrean con exactitud.

      El observatorio es tal como lo recuerdo, centímetro a centímetro. Una inmensa ventana ovalada que ha mostrado multitud de maravillas. Aunque…, no, no es tal como lo recuerdo porque ahora hay una ancha línea de color ceniza ante él. Salvo ese detalle, el resto es igual. Dejo de lado esa nimiedad y me acerco a las estrellas. Me acompaña la chica que había visto antes, en la sala de cultivos hidropónicos; está de espaldas y se gira cuando me aproximo. Pensé que se asustaría, pero me guiña un ojo y sonríe. Luego hace una seña para que me acerque. Me pongo nervioso porque las chicas se me dan mal; es decir, me asustan. Soy tímido, supongo. Además me parece guapa y eso empeora las cosas. No sé explicar el motivo, pero esa chica me fascina demasiado. Es raro porque acabo de conocerla.

      Tras acercarme, señala una hermosa mezcla de colores en el espacio. Sé cómo se llama, lo juro, lo tengo en la punta de la lengua; pero no logro recordarlo. Pregunto qué es y ella responde que se trata de una nebulosa. Luego me coge la mano, lo cual hace que tiemble un poco; espero que no se dé cuenta. Noto que la suya es muy fría y pálida, tanto que me recuerda al hielo. Su cabello, en cambio, es negro; negro de una manera especial, como si fuese oscuridad. Aun así, eso no le quita nada a su belleza. Vuelve a sonreírme y logra tranquilizarme por completo.

      Entonces me doy cuenta de algo inquietante: la nebulosa, de repente, avanza hacia nosotros a una velocidad tremenda. No es posible, porque ninguna nave puede ir con esa rapidez sin usar desplazamiento por curvatura. Iba a decírselo a la chica; pero ella me pone un dedo en la boca para silenciarme, luego acaricia mi nuca y vuelve a señalar la nebulosa, una mezcla de azul y ámbar que ahora tiene dos brillantes focos horizontales, redondos y claros. Tengo la sospecha de que soy feliz por primera vez en mucho tiempo, si es que lo fui antes alguna vez; así que espero con impaciencia. Deseo ver más de cerca ese fenómeno del universo. 

jueves, 4 de enero de 2018

Rogue, donde todo empezó


Uno de los mayores méritos que puede atribuirse a un autor es la creación de un género. Allan Poe, verbigracia, le dio vida al primer detective literario, el cual sirvió luego para inspirar a un tal Conan Doyle. Es cierto que la fama, en estos días, se la ha quedado Holmes; pero este personaje quizá no hubiese nacido sin los primeros pasos de su «padre». Rogue, por su parte, es el padre de los roguelike —palabro que quiere decir «como el Rogue»—, porque se trata, nada menos, del primer título en usar una genial y divertidísima mezcla de ideas: mazmorras, muerte permanente, azar, turnos, experiencia y enemigos muy puñeteros variados. 

Aunque la primera versión era en código ASCII, arrobas combatiendo contra letras, con el tiempo han ido apareciendo otras con gráficos. Puedes descargar una aquí mismo. Algunos son defensores a ultranza del código ASCII... Eso se debe, imagino, a la nostalgia. Yo prefiero que tenga imágenes.

Qué gráficos. Esto no lo mueve un i9

El juego consiste en descender un nivel tras otro hasta llegar al veintiséis. Después, si los difíciles enemigos de los últimos pisos nos dejan, debe robarse el amuleto de Yendor y regresar con él al exterior. ¿Suena complicado? Pues es más complicado de lo que parece; jamás conseguí poner un pie en el último piso. Estuve cerca, pero me acorralaron sin misericordia. De todos modos, aún no perdí la esperanza de acabar con el dragón algún día y largarme con el premio gordo.

Rogue es tan divertido que todavía hoy puede jugarse sin problema, y ha sido una gran inspiración para multitud de juegos. Algunos de éstos, los primeros, usan los mismos conceptos de su predecesor y aumentan el contenido; o sea, añaden elementos que pueden encontrarse en la mazmorra, como altares, cofres o fuentes, y una mayor variedad de enemigos. También, a veces, se juega en un mapa exterior que contiene varias mazmorras para explorar. Diría que los máximos exponentes del género, los que más se han desarrollado, son el ADOM y el Nethack. Ambos son dos títulos que pueden dar innumerables horas de diversión. Tengo entendido que Terry Pratchett era fan del segundo.

Por supuesto, no me olvido de Tales of Maj'Eyal; pero éste adolece de encontrarse un poco influenciado por los ARPG. Aunque es un juego espectacular, ha perdido una parte del sabor clásico en aras de ofrecer más dinamismo. Juegos como el Diablo, por cierto, beben del Rogue. Y los Dark Souls. Otro título que hace lo propio, a pesar de tomarse muchas licencias, es el conspicuo y escatológico Binding of Isaac. Su creador no se esperaba el éxito que iba a tener, así que debió alucinar cuando las ventas empezaron a incrementarse exponencialmente, demostrando que la fórmula primigenia aún puede dar frutos si se usa con ingenio. Podría seguir poniendo ejemplos durante horas, como el reciente y genial juego de cartas Slay the Spire, o el añoso Dungeon Hack; larga es la sombra del Rogue. 

Una pregunta que suelen hacerme cuando hablo de este género es por dónde empezar, cuál es el roguelike más compasivo para un profano. Dentro de los clásicos, que aparecen en la imagen de abajo, recomiendo el original porque tiene menos detalles que sus hijos y los comandos son similares. Pero cuidado: la curva de aprendizaje es alta y no será raro morir mucho al principio. Otra opción podría ser el ADOM, ya que han mejorado su interfaz para que resulte más llevadero. Puedes ver un buen tutorial en YouTube. Si lo clásico es demasiado, Darkest Dungeon es un título interesante e intuitivo. No es un rogue acendrado, pero tiene varios de sus elementos y sus gráficos son muy bonicos

Moraleja: las buenas ideas son bastante longevas. Lástima que no siempre se vean apoyadas como se merecen.