Un relato del
protagonista de «Ladrón y asesino». Esta pequeña historia sucede meses antes de
los hechos narrados en la novela.
La noche era fría, cerrada y neblinosa. En el linde
de un espeso bosque de ramas retorcidas, ignoto e impenetrable, alguien
encapuchado encendió un fuego mediante un hechizo. Luego se calentó las manos. Si
el búho que lo observaba fuese consciente de lo peligroso que era, saldría volando
hasta perderse en la oscuridad.
—¿Entonces eres un mago? —preguntó el único acompañante del hombre
encapuchado, un joven de larga melena y mirada traviesa.
—No.
Sólo puedo hacer esto una vez al día, durante un instante, y ya has visto que
la llama es ridícula. Es un truco de supervivencia que me enseñaron mis
maestros.
—¿Podrías enseñármelo?
—No.
El
joven chasqueó la lengua y arrojó una piedrecilla al fuego.
—Tampoco iba a servirme de mucho —dijo con un deje de enfado—. Ya es de
noche desde hace un rato. ¿No es el momento de ir a la torre?
—La torre
no se va a ir a ningún sitio y este lugar está abandonado desde hace siglos.
Dudo que encontremos nada en ella, sinceramente. Quizá un nido de asquerosos
trasgos.
—¿Dices
que me han engañado? ¿Que todo lo que pagué por la información no sirvió para
nada? Aquel anciano parecía convincente.
El
hombre se quitó la capucha y dejó ver un rostro lleno de cicatrices, donde
apareció una amplia sonrisa.
—Aquel
anciano era un borracho y no tienes ni idea de quién soy yo. Pero me has
contratado y te acompañaré.
—Sé
quién eres: Skali. Me lo dijiste en la taberna.
—Un
nombre no significa nada.
El
joven, cansado de la conversación, se levantó y se quitó el polvo de sus
pantalones. Después asió la empuñadura de su espada recién comprada mientras
miró, ceñudo, a Skali.
—Yo te
contraté y debes obedecerme —dijo—. Vamos ahora. Ya descansaremos al volver.
Skali se
irguió con parsimonia y observó al joven con sus ojos de hielo.
—Sí,
me has contratado —dijo—; pero nada me impediría rebanarte el cuello. Yo no veo
aquí a nadie que pueda ayudarte. ¿Tú sí, Farnis?
Farnis
estuvo a punto de decir que no necesitaba ayuda, pero algo en aquella mirada
gélida le hizo cambiar de opinión.
—Está
bien, está bien —dijo al tiempo que alzaba las palmas de sus manos—. Calma.
¿Podemos ir ya y acabar con esto?
—Vamos.
Los dos
hombres retomaron el camino. Columbraron la pequeña torre al cabo de unas
horas, perdida en medio de un monte sombrío y cubierta por la vegetación, justo
donde había indicado el anciano. Quizá fuese el hogar de un brujo, en otro
tiempo, o un puesto de guardia; pero ahora pertenecía a las alimañas.
Skali
llevaba una pequeña esfera luminosa, una herramienta de ladrón, para poder
guiarse en la oscuridad. Su atuendo oscuro parecía fundirse con las sombras
mientras daba pasos silenciosos. De vez en cuando lanzaba miradas desaprobatorias
a Farnis porque era demasiado ruidoso. Además, su blanca camisa con volantes le
recordaba a una odiosa duelista que mató algunas semanas atrás.
—¿Por qué no encendemos una antorcha? No
veo nada —rezongó Farnis.
—Nunca
se sabe quién puede esperar en la oscuridad. Y habla más bajo.
—Pero
si esto está abandonado, según tú —dijo con voz queda.
—Sí,
pero es mejor tomar precauciones por si las moscas. Ahora calla.
Se
aproximaron a uno de los muros de la torre, cuyas piedras estaban bajo un manto
musgoso, y caminaron hasta llegar a la entrada. Ésta se hallaba abierta, pues
su puerta de madera era ahora un montón de restos podridos.
Skali
le indicó silencio a Farnis y se quedó a la escucha. Como no oyó nada que
proviniese del interior, comenzó a entrar con cuidado, procurando no pisar nada
que hiciese ruido. Sirvió de poco, porque Farnis tropezó con un viejo tablón y
emitió un gritito de sorpresa.
—Uf,
casi me parto los dientes —dijo.
—Yo sí
que te los partiré como sigas haciendo el bufón, niñato —contestó con una
mirada torva —tienes suerte de que no haya nadie en la torre. O eso parece.
—¿Por
qué crees que lleva abandonada tanto tiempo?
—Superstición, supongo. ¿Qué importa? Venga, acabemos con esta pérdida
de tiempo.
Skali
se introdujo en la torre. Era angosta, y en sus esquinas penumbrosas había
varios ojillos rojos que indicaban presencias maliciosas.
—¿Qué
es eso? ¿Qué nos mira? —inquirió Farnis con una voz trémula.
—Da
igual lo que sea mientras no nos ataque. Parecen grandes arañas. Creo que esto
debió de pertenecer a un conocedor de las artes místicas; hay un bastón de mago
en ese rincón. Me lo llevaré luego para venderlo.
—Buena
idea: podemos repartirnos las ganancias.
Farnis
supo de inmediato, por la expresión de Skali, que no habría ningún reparto.
Ambos
subieron por unas escaleras estrechas y llenas de telarañas. A través de las ventanas
sólo se veía oscuridad. Ese ambiente inquietaba a Farnis, que no dejaba de apretar la empuñadura de su espada.
Cuando
llegaron al último escalón, a la planta superior, encontraron un pequeño
habitáculo. Los muebles, ennegrecidos y desvencijados, parecían estar a punto
de desplomarse en cualquier momento.
—Una
vez me dieron una habitación igual en una posada —dijo Farnis.
Skali
lo ignoró y usó su esfera luminosa para inspeccionar. Se sorprendió al ver un
pequeño cofre sobre una cómoda llena de cristales rotos, tal y como había
detallado el anciano. Eso era la prueba definitiva de que había estado allí.
Por ende, sus advertencias sobre un posible peligro cobraron una importancia
repentina para él. Empuñó su espada y miró en derredor.
Farnis
cogió el cofre y lo abrió. En su interior, brillando con una luz rojiza y
mortecina, halló un amuleto. Lo sostuvo ante sus ojos para examinarlo.
—¡Vaya! Pues mira por dónde salió bien hacerle caso al vejestorio, ¿eh?
Esto me va a hacer ganar el cuádruple de lo que gasté —dijo con alborozo—. Si
es que huelo la riqueza, la huelo.
Inopinadamente, apareció una alta silueta en el umbral, bloqueándoles la
salida. Era una mujer, o eso parecía, porque tenía cuatro brazos, pelaje negro
y colmillos. Sus tres ojos rojos en forma de triángulo se clavaron en Farnis,
que aún sostenía el amuleto.
—Os
observé desde que entrasteis en la casa de mi amo —dijo con una voz rasposa que
denotaba enfado—. Permitiré que os llevéis lo que queráis, menos eso; eso debe
quedarse donde está. Así lo ordenó mi amo.
—¿Dónde está ese amo tuyo? —inquirió Skali.
—Se
fue, pero volverá.
Farnis negó con la cabeza.
—Tu
amo hace tiempo que debe estar muerto, ¿no crees? —dijo antes de ponerse el
amuleto en el cuello y desaparecer.
Skali,
al verlo, hizo un gesto de rabia y se preparó para defenderse con la espada y
un puñal. No entendía qué acababa de suceder, dónde estaba Farnis o si se había
hecho invisible. Lo único que le importaba es que estaba solo ante la criatura. Supuso que aquel niñato acababa de engañarlo y abandonarlo
a su suerte. Quizá sabía más de lo que aparentaba saber.
La
extraña mujer saltó hacia Skali rugiendo y con los brazos extendidos, dispuesta
a hacerlo pedazos con sus garras duras y afiladas.
Skali
detuvo a duras penas esas garras con sus armas, pues se movían a una velocidad
vertiginosa, y fue incapaz de impedir que una lo hiriese en un muslo. Aun así,
soportó el dolor y mantuvo su defensa con firmeza, esperando tener alguna
oportunidad de contraatacar.
Por
desgracia, la esperada oportunidad nunca llegó: jamás se había enfrentado a un
oponente tan rápido. Estaba convencido de que se trataba de algún experimento
nefario, un guardián creado por el brujo que vivió en aquella torre. Él, un
humano corriente, no tendría ninguna oportunidad. En cuanto su defensa
flaquease, seguro que aquella cosa lograría morderle y envenenarle con alguna
clase de veneno.
Estaba
perdido.
Así
que sonrió. Sabía que ese momento llegaría antes o después, igual que a todos
los que seguían la senda de las sombras.
La
mujer monstruosa se detuvo, confusa.
—¿Por
qué te ríes? —preguntó—. Es evidente que ya estás muerto. Y también tu amigo
cuando lo encuentre.
Skali,
agotado, señaló la enorme laceración del muslo.
—Me
río porque sé lo que acabas de decir. Dale recuerdos al niñato de mi parte,
antes de matarlo.
Sucedió entonces algo totalmente inesperado: Farnis se materializó sobre
la mujer y le clavó su espada en la espalda.
En
cuanto la mujer gimió de dolor y se giró, dispuesta a hacer trizas al joven,
Skali apretó los dientes, se lanzó hacia adelante e hizo una gran cantidad de
ataques, los cuales provocaron un montón de heridas de las que salió una sangre
esmeralda, humeante.
—Embusteros, ladrones, cerdos —gruñó la mujer al tiempo que agonizaba—.
Mi amo os castigará por esto…
Su inmenso cuerpo se quedó tendido en el suelo de la habitación, exánime.
Los
hombres se quedaron observándolo un buen rato, asimilando lo que acababa de
suceder.
—¿Dónde te habías metido, embustero? —inquirió Skali.
—Aparecí en el bosque. Al parecer, este amuleto puede llevarte a otros
lugares de inmediato cuando piensas en ellos. Yo deseaba estar lejos de aquí,
entre la seguridad de los árboles, y eso pasó.
—¿Y
por qué decidiste regresar? No lo entiendo.
—No
soy un santo, pero jamás se me ocurriría abandonar a alguien en una situación
así. Por lo tanto, volví para echarte una mano. Me debes una, ¿eh? —dijo
chasqueando los dedos.
—Eres
más estúpido de lo que pensaba —respondió Skali—. El amuleto es muy
interesante, ¿me dejas verlo de cerca?
—Me
subestimas, Skali. Quizá volvamos a vernos algún día.
Farnis
guiñó un ojo y desapareció.
Skali
examinó la herida y se quedó allí sentado, pensativo. Luego bajó al piso
inferior y cogió el valioso bastón. Lo cierto es que aquello no le había salido
tan mal, después de todo: el niñato pagó el doble de lo habitual, y también
sacaría un buen pellizco por el bastón. Sin embargo, le habría encantado
quedarse con el amuleto. Nunca antes había visto de cerca uno de esos objetos
mágicos tan poco comunes.