sábado, 21 de diciembre de 2024

El último unicornio

 


En la reseña de La princesa prometida afirmé que me hubiese gustado escribirla. Es un buen halago: las novelas que me han hecho decirlo son muy pocas, y entre ellas está El último unicornio. Si no la has leído y confías en mi criterio, búscala y dale prioridad. Pienso que es una de las obras más importantes del género. Sé que eso de ser el último de una especie o raza es un cliché, pero no te dejes engañar. Además, ¿qué no es un cliché a estas alturas? Aunque no es difícil escribir una historia que contenga cierta frescura, la originalidad está al alcance de unos pocos. También debe tenerse en cuenta que la novela apareció en el sesenta y ocho. 

Sinceramente, me resulta difícil reseñar algo como esto; temo no ser capaz de transmitir su excelencia. Es uno de esos libros que me recuerdan por qué soy lector. Por supuesto, es posible que no le agrade a algunas personas; pero si logras conectar con él, será una experiencia difícil de olvidar. Ahora bien, no creo que sea una buena entrada al género, porque tiene entrañables referencias a otras obras que conviene conocer. Dicho esto, al lío. 

La protagonista es una unicornio que busca a los miembros de su especie, pues parece que han desaparecido; en consecuencia, teme ser la última de ellos. Por el camino se encontrará con algunos personajes que la acompañarán en el viaje. Y listo: no pienso alargar más la sinopsis. Ya sabes suficiente. 

Lo que más valoro en un autor, por encima de todo lo demás, es su ingenio, su capacidad para generar situaciones que interesen al lector y le inciten a seguir. Cervantes sería el máximo exponente de esto porque su ingenio es difícil de igualar. La prosa de una novela podría ser el equivalente a los gráficos de un videojuego o los efectos especiales de un filme: conviene que tengan la mayor calidad posible, pero no es lo que hacen bueno a un producto cuyo objetivo principal es el entretenimiento. Un filósofo puede aburrir si quiere, o un historiador. Un narrador, en cambio, no puede darse ese lujo. Peter S. Beagle destaca en todo: amén de tener mucha empatía con sus lectores y construirles momentos encantadores, usa una prosa llena de metáforas y analogías precisas que encajan a la perfección, transmiten la imagen que deben transmitir. Y todo eso sin que el ritmo se resienta. Es impresionante. 

Al dominio de la técnica hay que sumarle la belleza de la historia, ensalzada por una trama construida a la perfección: todo ocurre cuando debe, se presenta en el momento exacto para estimular las emociones. Hay humor, dramatismo, misterio, poesía, fascinación, incluso sentido de la maravilla. Los personajes, envueltos por esa variedad de situaciones y una atmósfera perfecta, son difíciles de olvidar. Cada uno es memorable a su manera y está descrito con maestría. Beagle es consciente, asimismo, de que un gran número de ellos puede ser perjudicial; así que mantiene eso bajo control. No tengo ni idea de cuánta experiencia como lector tenía cuando escribió El último unicornio, pero apuesto a que debía ser mucha; alguien que no haya leído lo suficiente lo tiene complicado para llegar a este nivel. 

Me apenó llegar al desenlace y saber que la historia iba a terminar. Un desenlace, por cierto, excelente como todo lo demás, ejecutado a la perfección. Transmite melancolía y esperanza al mismo tiempo. 

El último unicornio no es sólo una de las mejores novelas del género; es una de las mejores de la literatura. Hay una película de animación, pero te aconsejo evitarla hasta que hayas leído el libro. 

domingo, 1 de diciembre de 2024

El extraño caso de «Eternal Champions»

 



Cuando era pequeño, viví la época dorada de los videojuegos, la todopoderosa Nintendo contra la rebelde Sega. No considero que una compañía sea superior a la otra porque ambas poseían un catálogo envidiable, y su competencia sirvió para que el consumidor disfrutase de títulos espectaculares. Había mucho capital en juego y nadie quería ceder ni un ápice de terreno. El lado negativo de esto, por desgracia, es que esa disputa provocó recelos en los consumidores; pocos eran capaces de reconocer el valor del «enemigo». 

Esa historia es larga y no voy a detenerme en ella, pues lo que me trae aquí es algo que aún no llego a explicarme del todo incluso hoy. 

Mi consola fue la Megadrive, conocida en otros lugares como Sega Genesis. Como el dinero no abundaba y los juegos eran caros, llegué a tener alrededor de diez a lo largo de los años. Es un buen número; me consta que otros no pudieron poseer más de cinco. De todos modos, era habitual encontrar videojuegos en los videoclubs y alquilarlos resultaba barato. Probé un montón en aquella época, quizá más de un centenar, y uno de mis favoritos, con diferencia, era Eternal Champions. En mi opinión, es uno de los mejores juegos de lucha de los noventa y argumentaré por qué. 

Lo primero que llama la atención son sus gráficos, los cuales fueron sobresalientes en aquel momento. La intención era superar a Street Fighter 2, así que hicieron lo posible para que tanto imágenes como animaciones estuviesen a la altura. Y lo lograron: enormes personajes se mueven con fluidez en escenarios vivos, llenos de atmósfera, luces y animaciones. Además, el diseño de los luchadores es muy sugestivo y variado. Por si fuese poco, la banda sonora acompaña a la perfección y cuenta con algunos temas impresionantes, inolvidables. Todavía conservo varios de ellos en mi memoria. Esto que acabo de decir no es una opinión, sino un hecho. Puede gustar o no, pero la realidad es la que es. 

Cada combatiente pertenece a una época distinta y son personajes cautivadores: una asesina que lucha en la azotea de un edificio, un brujo y su bastón mágico, un ciborg, incluso un habitante de Atlantis. Yo solía escoger a Larcen, un tipo que trabajaba para la mafia, creo recordar. Tenemos, por ende, buenos gráficos, música y diseño. Pero no se acaba ahí, porque la jugabilidad me parece genial. Hay un inmenso número de diferentes movimientos y ritmo en cada combate. El juego era muy distinto según qué luchador escogieses. No sé cuántas horas le dediqué en total, pero muchas. Conseguí terminarlo con casi todos los personajes. 

Y eso último me lleva al único aspecto negativo de Eternal Champions: el jefe final. La idea era buena, pero se ejecutó de la peor forma posible. No sólo había que enfrentarse a un enemigo extremadamente difícil, además era necesario derrotarlo cuatro veces. El resultado fue una larga agonía en la que el jugador no podía ni pestañear si quería vencer. Sí, el jefe tenía un buen diseño y animaciones, como todo lo demás; pero la horrible jugabilidad empañaba eso. Sin embargo, el juego no dejó de ser una obra maestra del género por algo así; siguió siendo una de las mejores opciones de lucha del extenso catálogo. 

Imaginad, pues, mi sorpresa cuando un compañero de clase me dijo una frase demoledora: «Me regalaron ese juego. Es terrible, muy malo». Yo me quedé enmudecido. Por supuesto, es lógico que no le guste a todo el mundo; pero esa opinión afirmaba que era malo, lo cual es falaz. Te aseguro que la mayoría de los juegos de lucha de aquella época eran muy inferiores, al menos los de Megadrive. Sólo Street Fighter 2 estaba un poco por encima, y no tiene por qué gustarte más. Yo, sin ir más lejos, prefería Eternal Champions. Ése fue el motivo de que no supiese qué decir en ese momento. Empero, no le di importancia: la subjetividad está a la orden del día y nunca llueve a gusto de todos. Quizá a ese chaval, simplemente, le desagradaba el género. 

Sin embargo, con el tiempo me percaté de que era una opinión sostenida por un buen número de personas. Algunas de ellas incluso llegaron a decir que Eternal Champions fue el peor juego de la consola. Si lo anterior me enmudeció, imagina qué pensé al enterarme de eso. Mi confusión se acrecentó. Es evidente que ya no se trata de una cuestión de gustos, sino de emociones irracionales. Pero ¿por qué? ¿Por qué alguien odiaría un título tan excelente? 

La pregunta me hizo pensar en Aladdín, otro de los mejores juegos de Megadrive. La versión de Super Nintendo es correcta pero inferior. Sin embargo, muchos afirman lo contrario por una envidia evidente. ¿Pasará algo similar con Eternal Champions? Pues no, porque son los propios dueños de la consola los que arrojan tierra sobre él para sepultarlo. Quizá haya algunos jugadores de Super Nintendo a los que no les hizo gracia perdérselo y lo critican, pero dudo que sean muchos. No, este caso es diferente. 

He leído, tiempo atrás, que quizá el rechazo se debió a la inflada puntuación que recibió en las revistas, lo cual desembocó en decepciones. Me parece una posibilidad, aunque yo creo que esas puntuaciones estaban justificadas. Es posible que la decepción fuese porque esperaban un trasunto de Street Fighter 2, y lo que recibieron, en cambio, fue una frikada llena de temas metaleros y cubierta por un trasfondo de ciencia fantástica. Una pasada para ciertas personas, pero un desastre para otras. ¿Dónde están mis clichés japoneses y mis fases de bonus? ¿Qué es eso de una sala de entrenamiento? Como dije, en aquella época no podían tenerse muchos juegos; así que quizá se comieron ese título con patatas... y lo odiaron injustificadamente. 

A veces un buen producto no conecta con el público, o con una parte del mismo. Yo tuve suerte y lo disfruté tanto como mis amigos de aquellos años. Y creo que no envejeció mal, porque se libró de esos horribles primeros gráficos poligonales. 

domingo, 10 de noviembre de 2024

Otra vuelta de tuerca

 


Durante el pasado Halloween, tras ver algunos filmes de terror, pensé que era un buen momento para leer algo de fantasmas, y escogí una de las obras que tengo pendientes desde hace un montón de años: Otra vuelta de tuerca. También se traduce, a veces, como La vuelta del torno o La vuelta de tuerca. Yo prefiero la primera opción. 

No sé si se debió a la malísima traducción o al ritmo extremadamente lento, pero la experiencia fue aburrida. En ciento cincuenta páginas, entre numerosas, reiterativas y dilatadas reflexiones en primera persona, sólo hay unas pocas apariciones. Yo considero que la novela no envejeció bien, porque lo que antaño daba miedo ya no lo hace hoy; es muy difícil transmitir una sensación de miedo en el lector o espectador contemporáneo. Antes bastaba con el inquietante sonido de unos pasos en un pasillo, verbigracia. Por eso muchas películas de terror optan por el sobresalto, por incluir un movimiento repentino al tiempo que se eleva el sonido. Aunque eso funciona, sin duda, tiene poco que ver con lo que sentimos durante unos instantes cuando se va la luz. 

Lo que aún hace que esta novela sea interesante es su atmósfera y la ambigüedad. La protagonista es una institutriz que viaja a un casoplón para encargarse de dos niños, en apariencia, muy educados. Todo es usual hasta que sucede lo impensable: ¡hay fantasmas! Éstos no hablan; se limitan a mirar con mucha torvedad. Lo extraño es que no parece que nadie los vea, excepto ella. En consecuencia, los lectores suelen confundirse: no saben si son reales o alucinaciones. Por mi parte, pienso que sí son reales porque en la trama hay detalles sutiles que lo dan a entender así. Te recomiendo que no sigas leyendo si todavía no conoces la historia, ya que voy a dar mi interpretación y, por ende, destriparla. 

Puedo equivocarme, por supuesto; pero mi impresión es que ambos niños están poseídos, uno por cada espíritu. No totalmente, sino en parte, y el objetivo de los espectros es poseerlos del todo. Eso explicaría por qué el niño —son un niño y una niña— es expulsado del colegio: al parecer, fue porque dijo cosas malas, y justo el fantasma que quiere controlarlo era conocido por sus malos modos. La niña es alejada para evitar que la posesión progrese, ya que también dice cosas horribles. La muerte del niño en brazos de la institutriz sucede por un motivo: su conexión con el espectro termina, así que ese fallecimiento es en realidad una salvación. Todo esto es una cábala, porque Henry James no se molestó en explicarlo con detalle. 

Si has leído esta historia y tienes una interpretación distinta, dímelo. Me interesa conocer otras opiniones. Podría afirmarse que la novela se titula así por la de vueltas que vas a darle en cuanto la termines. Como dije al principio, su lectura me aburrió; pero he de admitir que pensar en varias interpretaciones me entretuvo durante un rato. Pienso que la mía es plausible, aunque he leído otras igual de convincentes. 

Como he dicho que mi edición está mal traducida, me parece conveniente señalar que no es la de arriba, la de Siruela, sino otra que se editó en el ochenta y cuatro. Y el traductor no es el mismo. Además, añado que la obra no es mala, porque después de leer esta entrada podría dar esa impresión. Lo que ocurre es que yo buscaba otra cosa en ese momento.  

viernes, 1 de noviembre de 2024

La utilidad del arte

 


Como ya sabrás, Oscar Wilde dijo que todo arte es inútil. La frase es célebre y aparece en muchos lugares. El problema es que está sacada de contexto porque falta lo anterior: «Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil en tanto que no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente». Esto no invalida al fragmento más conocido, pero le da un matiz diferente: lo que merece admiración, lo elevado, es el arte. Yo no estoy de acuerdo, pues lo que Wilde considera útil también es digno y además facilita la existencia. Me parece bien que alguien esté orgulloso, verbigracia, de construir una casa o arreglar el circuito eléctrico. 

Por otro lado, está Nuccio Ordine, el autor de La utilidad de lo inútil. Hace tiempo que leí este texto y no lo recuerdo bien, así que no sé si coincidiré en algo. 

Empezaré por los videojuegos de zombis —sí, has leído bien—. El mero hecho de que haya escrito «videojuegos» hará que algunas personas salgan huyendo, porque son incapaces de tomárselos en serio; sin embargo, son algo que forma parte de la realidad y tienen una relevancia indiscutible. Hay humanos detrás de cada uno; humanos que están influidos por el imaginario colectivo y lo transmiten de alguna manera en sus juegos. Menciono el género de los zombis por un motivo: muchos programadores parecen darse cuenta de lo necesario que es para el superviviente mantener el ánimo alto, lo cual consigue a través de leer cómics, revistas, novelas, etc. Esa acción le traslada a otro mundo y hace que olvide, al menos durante un rato, la tragedia de que ahora los demás quieran su cerebro para cenar. 

Pasa lo mismo en nuestro día a día: los problemas se atenúan con un buen libro cerca. Imagina que estás en el aeropuerto, esperando para tomar un vuelo, ¿no se haría más soportable esa espera si lees un texto? Sé que hoy muchos responderán que prefieren mirar el móvil, pero ¿qué miran? Si se trata de videos musicales, es un consumo de arte. Lo mismo puede decirse de un gameplay, pues ven la experiencia directa de alguien con otra forma artística. Pienso que se puede afirmar que el arte, a su manera, también facilita la existencia, igual que una mesa o un coche. Es útil en ese sentido. Además, puede incluso enriquecernos culturalmente, ayudarnos a comprender mejor el entorno que hemos construido. 

Evidentemente, no es como otros elementos: ropa, techo, comida. Ese tipo de cosas, más que útiles, son necesarias, pues pereceríamos sin ellas. Una vez cubiertas esas necesidades básicas, entra en juego lo que contribuye a hacer que la vida sea más llevadera. Supón que sólo nos dedicásemos al trabajo en una urbe cenicienta en la que no hubiese pelis, libros, series, baloncesto, debates. Seguro que más de uno se haría el sepukku. Hay personas más sensibles que no podrían lidiar con un entorno desprovisto de distracciones; en consecuencia, son muy importantes. Son útiles. Incuso en la antigüedad había juegos para divertirse, como el de Ur. 

No creo que la palabra «útil» rebaje al arte en ningún sentido, más bien todo lo contrario. De todos modos, es comprensible que se le tenga un poco de tirria a ese término: el utilitarismo impersonal se encargó de ello. Es un axioma terrible que los gobernantes, en algunas ocasiones, deben enfrentarse al dilema del tranvía, a un zugzwang. Si se quedan de brazos cruzados, la consecuencia será mucho peor. Por supuesto, la decisión que tomen será injusta y azarosa; pero así es la naturaleza: yo aprendí eso temprano, cuando una profesora me abofeteó por algo que había hecho otro. Esa lección me sirvió para soportar las desventuras a las que todo humano debe hacer frente en algún momento. 

A lo hora de juzgar lo «inútil», los más pragmáticos deberían tener en cuenta estas cuestiones. Una vez más, aclaro que mis palabras no están escritas en piedra: los humanos somos falibles y la sombra de la duda es alargada. 

jueves, 12 de septiembre de 2024

Compre Ubik hoy y recíbalo mañana en su casa

 


La novela más conocida de Philip K. Dick es, con diferencia, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esto se debe a su exitosa y sobresaliente adaptación, una obra maestra del cine que incluso superó al libro. Debido a ello, Ubik se quedó un poco desplazada, opacada por la fama de esa inmensa película. Prueba a preguntar a la gente por ambos títulos y descubrirás que Ubik es sólo conocido por los aficionados al género de ciencia ficción. Generalizando, claro. 

Empero, Ubik es superior. De hecho, leí varias veces que se trata de su mejor obra. Yo no puedo afirmar lo mismo porque aún no caté todas sus novelas, pero sí puedo decir que es una de las mejores que conozco del género. Y me extraña que no se haya adaptado al cine. Quizá sea difícil hacerlo o hubo problemas que desconozco. Imagino que, simplemente, es una historia poco comercial y nadie quiere arriesgarse. 

¿Y de qué va este libro con una cubierta tan extraña? ¿Qué es eso de Ubik? Calma, no habrá destripamientos. No aquí, al menos; te recomiendo que no busques mucha información antes de leer el libro o te comerás un destripe monumental. 

El inicio presenta un escenario distópico: el capitalismo ha llegado a un punto en el que hasta las puertas piden monedas, y dos grupos, telépatas y antitelépatas, combaten entre sí. ¿Sospecha usted que alguien espía sus pensamientos? ¡Contrate nuestros servicios! La trama empieza centrándose en la empresa que se enfrenta los telépatas. Para ello, el jefe le pide consejo a su esposa muerta, pues algunos humanos son mantenidos en una especie de semivida y despertados cada cierto tiempo. Este servicio debe ser pagado, por supuesto, y no es ilimitado: las personas no pueden regresar eternamente. 

Todos los capítulos comienzan con un anuncio de Ubik —«La mejor forma de pedir cerveza es pedir Ubik»—, y en cada uno es un producto diferente. Por lo tanto, no queda claro de qué se trata. Es un misterio que el autor deja en el aire, una efectiva herramienta de enganche. 

También se presentará otro misterio que afectará a la realidad de los personajes, los cuales no sabrán qué está sucediendo a su alrededor. Es un recurso muy sugestivo que produce un montón de cábalas. ¿Conseguirás averiguar lo que sucede antes de que sea revelado? ¿Le ganarás el pulso a Philip? Te adelanto que no será fácil; el autor sabe jugar bien sus cartas e introducir los giros en el momento justo. Y el desenlace, además de sorprender, está bien desarrollado: no hay una trampa deshonesta detrás, no se miente al lector. Todo estaba ahí desde el comienzo. Ahora bien: el último capítulo puede resultar algo críptico, aunque yo lo interpreto de la manera más simple. 

Sólo veo una tara en este título: la presentación de un gran número de personajes en un corto espacio de tiempo. Eso puede generar confusión en algunas personas porque es difícil acordarse de todos. Por suerte, no es necesario para seguir la trama. Un truco, en estos casos, es construir individuos que sean extremadamente diferentes y reducir el número todo lo posible. Así el lector tendrá una imagen vívida de cada uno. Evidentemente, hay géneros donde hacer esto es muchísimo más sencillo, como la fantasía o la space opera. Si uno de los personajes es un duende azul y contrasta con el resto, será difícil de olvidar. 

Ubik es, en definitiva, una obra muy recomendable. No entraría en mi top de novelas favoritas, pero se quedaría muy cerca. Dale una oportunidad si la ves por ahí. Si no me equivoco, estaba en La factoría de ideas y podía conseguirse a muy buen precio antes de que la editorial se desintegrase. Ahora se halla en Minotauro con la cubierta que ves arriba. Ronda los diecisiete euros. 

lunes, 26 de agosto de 2024

La censura

 


La palabra «censura» tiene, como es natural, diferentes acepciones y connotaciones; pero siempre está cubierta por una pátina de negatividad. Eso es lógico, porque eliminar determinados conceptos o materias es una de las clásicas herramientas dictatoriales. A algunos humanos les encantaría borrar cualquier pensamiento ajeno que no sirva a sus propósitos. 

Empero, no todo lo que rodea a ese término es negativo; todos aceptamos ciertas censuras que nos protegen de conceptos perniciosos. Esto suele ser habitual en los dibujos infantiles: imagina un guión donde un niño adquiere superpoderes tras beber una botella de lejía. Evidentemente, algo así jamás debería llegar a ver la luz. Un caso parecido y real se dio en Australia, donde censuraron unas arañas que se mostraban amigables en Peppa Pig, si no recuerdo mal. Impedir que saliesen en televisión fue necesario en un país con arañas muy peligrosas. 

No sólo hay censura aceptada por todos en el terreno de los más pequeños: por razones obvias, un adulto no puede ir públicamente desnudo, o agredir a otros. Para que se cumplan esas normas tenemos a un grupo de humanos entrenados para ello, aunque no son ubicuos e infalibles. 

Estos días, donde cualquiera puede tener un altavoz en internet, se habla de una nueva censura; pero yo la veo más bien como un rechazo: la gente suele olvidarse de que aquí se halla en un púlpito muy visible y eso tiene unas consecuencias inevitables. Si dices algo que provoque un rechazo general, aparecerá un grupo que te hará saber lo mucho que está en contra de tus palabras. Solemos sobrevalorar las opiniones ajenas y dejarnos llevar por las emociones. Importante: no señalo quién posee la razón, sino una situación predecible; una en la que, además, no hay una censura acendrada mientras no se elimine lo dicho por el individuo que se enfrente al grupo. No nos engañemos: cuando hablamos de censura, lo hacemos pensando en la cuarta acepción; es decir, en la supresión.  

Ahora bien, nunca me verás en uno de esos grupos; independientemente de lo que haya dicho un sujeto, no me gusta encontrarme en una turba. Y si se trata de algo realmente perjudicial, será o debería ser eliminado. Es decir, censurado. Aquí es donde mayores discrepancias habrá, porque ¿qué es algo censurable? En cuestiones éticas, como quedó claro en el Eutifrón, de Platón, ni siquiera los dioses se ponen de acuerdo. También debe tenerse en cuenta que la censura es altamente peligrosa, porque puede crecer y desmadrarse hasta llegar a un punto donde será muy difícil de frenar. Se empieza podando una rama y se termina talando todo el bosque. 

En consecuencia, hay que tener mucho cuidado a la hora de poner muros a la libertad de expresión. Si piensas que es mejor que tu oponente ideológico se quede mudo, recuerda que las sociedades cambian y lo que hoy es hegemónico puede no serlo mañana. Soy partidario de mantener una libertad casi absoluta en el terreno de las palabras —el «casi» es porque hay cosas que son intolerables, como las amenazas de muerte—. Ni siquiera condenaría las defensas de ideologías problemáticas, porque la mayoría son anacrónicas, erradas, y tienen un impacto social mínimo. Esto implica un riesgo: la posibilidad de que una de ellas crezca y llegue a calar profundamente. A veces los humanos deben aprender por las malas antes de volver a la realidad. No me gusta Ayn Rand, pero dijo algo con lo que estoy de acuerdo, parafraseo: «Puedes ignorar a la realidad, pero ella no te ignorará a ti». 

¿Estaba la sociedad preparada para la llegada de internet, para verse expuesta a innumerables pensamientos de toda índole? Yo pienso que no, aunque no le ha venido mal del todo. A pesar de que aún prima la inmadurez, sirvió para acercarnos un poco. Se habla de que ahora cada cual construye un palacio lleno de espejos, de gente que es igual a él; sin embargo, por mucho que ignores a los que están fuera de ese palacio, no van a desaparecer. Recordemos la cita del párrafo anterior. 

He tocado este tema sólo superficialmente; pero, como comprenderás, no voy a ponerme a escribir un ensayo con miles de palabras. Debe quedar claro que nada de lo que pongo aquí está escrito en piedra: son mis reflexiones, las cuales pueden estar equivocadas total o parcialmente. Siempre dejo la puerta abierta a la duda y al posible error. 

sábado, 27 de julio de 2024

El amuleto de Yendor

 


Un relato del protagonista de «Ladrón y asesino». Esta pequeña historia sucede meses antes de los hechos narrados en la novela.


La noche era fría, cerrada y neblinosa. En el linde de un espeso bosque de ramas retorcidas, ignoto e impenetrable, alguien encapuchado encendió un fuego mediante un hechizo. Luego se calentó las manos. Si el búho que lo observaba fuese consciente de lo peligroso que era, saldría volando hasta perderse en la oscuridad.

      —¿Entonces eres un mago? —preguntó el único acompañante del hombre encapuchado, un joven de larga melena y mirada traviesa.

      —No. Sólo puedo hacer esto una vez al día, durante un instante, y ya has visto que la llama es ridícula. Es un truco de supervivencia que me enseñaron mis maestros.

      —¿Podrías enseñármelo?

      —No.

      El joven chasqueó la lengua y arrojó una piedrecilla al fuego.

      —Tampoco iba a servirme de mucho —dijo con un deje de enfado—. Ya es de noche desde hace un rato. ¿No es el momento de ir a la torre?

      —La torre no se va a ir a ningún sitio y este lugar está abandonado desde hace siglos. Dudo que encontremos nada en ella, sinceramente. Quizá un nido de asquerosos trasgos.

      —¿Dices que me han engañado? ¿Que todo lo que pagué por la información no sirvió para nada? Aquel anciano parecía convincente.

      El hombre se quitó la capucha y dejó ver un rostro lleno de cicatrices, donde apareció una amplia sonrisa.

      —Aquel anciano era un borracho y no tienes ni idea de quién soy yo. Pero me has contratado y te acompañaré.

      —Sé quién eres: Skali. Me lo dijiste en la taberna.

      —Un nombre no significa nada.

      El joven, cansado de la conversación, se levantó y se quitó el polvo de sus pantalones. Después asió la empuñadura de su espada recién comprada mientras miró, ceñudo, a Skali.

      —Yo te contraté y debes obedecerme —dijo—. Vamos ahora. Ya descansaremos al volver.

      Skali se irguió con parsimonia y observó al joven con sus ojos de hielo.

      —Sí, me has contratado —dijo—; pero nada me impediría rebanarte el cuello. Yo no veo aquí a nadie que pueda ayudarte. ¿Tú sí, Farnis?

      Farnis estuvo a punto de decir que no necesitaba ayuda, pero algo en aquella mirada gélida le hizo cambiar de opinión.

      —Está bien, está bien —dijo al tiempo que alzaba las palmas de sus manos—. Calma. ¿Podemos ir ya y acabar con esto?

      —Vamos.

      Los dos hombres retomaron el camino. Columbraron la pequeña torre al cabo de unas horas, perdida en medio de un monte sombrío y cubierta por la vegetación, justo donde había indicado el anciano. Quizá fuese el hogar de un brujo, en otro tiempo, o un puesto de guardia; pero ahora pertenecía a las alimañas.

      Skali llevaba una pequeña esfera luminosa, una herramienta de ladrón, para poder guiarse en la oscuridad. Su atuendo oscuro parecía fundirse con las sombras mientras daba pasos silenciosos. De vez en cuando lanzaba miradas desaprobatorias a Farnis porque era demasiado ruidoso. Además, su blanca camisa con volantes le recordaba a una odiosa duelista que mató algunas semanas atrás.

      —¿Por qué no encendemos una antorcha? No veo nada —rezongó Farnis.

      —Nunca se sabe quién puede esperar en la oscuridad. Y habla más bajo.

      —Pero si esto está abandonado, según tú —dijo con voz queda.

      —Sí, pero es mejor tomar precauciones por si las moscas. Ahora calla.

      Se aproximaron a uno de los muros de la torre, cuyas piedras estaban bajo un manto musgoso, y caminaron hasta llegar a la entrada. Ésta se hallaba abierta, pues su puerta de madera era ahora un montón de restos podridos.

      Skali le indicó silencio a Farnis y se quedó a la escucha. Como no oyó nada que proviniese del interior, comenzó a entrar con cuidado, procurando no pisar nada que hiciese ruido. Sirvió de poco, porque Farnis tropezó con un viejo tablón y emitió un gritito de sorpresa.

      —Uf, casi me parto los dientes —dijo.

      —Yo sí que te los partiré como sigas haciendo el bufón, niñato —contestó con una mirada torva —tienes suerte de que no haya nadie en la torre. O eso parece.

      —¿Por qué crees que lleva abandonada tanto tiempo?

      —Superstición, supongo. ¿Qué importa? Venga, acabemos con esta pérdida de tiempo.

      Skali se introdujo en la torre. Era angosta, y en sus esquinas penumbrosas había varios ojillos rojos que indicaban presencias maliciosas.

      —¿Qué es eso? ¿Qué nos mira? —inquirió Farnis con una voz trémula.

      —Da igual lo que sea mientras no nos ataque. Parecen grandes arañas. Creo que esto debió de pertenecer a un conocedor de las artes místicas; hay un bastón de mago en ese rincón. Me lo llevaré luego para venderlo.

      —Buena idea: podemos repartirnos las ganancias.

      Farnis supo de inmediato, por la expresión de Skali, que no habría ningún reparto.

      Ambos subieron por unas escaleras estrechas y llenas de telarañas. A través de las ventanas sólo se veía oscuridad. Ese ambiente inquietaba a Farnis, que no dejaba de apretar la empuñadura de su espada.

      Cuando llegaron al último escalón, a la planta superior, encontraron un pequeño habitáculo. Los muebles, ennegrecidos y desvencijados, parecían estar a punto de desplomarse en cualquier momento.

      —Una vez me dieron una habitación igual en una posada —dijo Farnis.

      Skali lo ignoró y usó su esfera luminosa para inspeccionar. Se sorprendió al ver un pequeño cofre sobre una cómoda llena de cristales rotos, tal y como había detallado el anciano. Eso era la prueba definitiva de que había estado allí. Por ende, sus advertencias sobre un posible peligro cobraron una importancia repentina para él. Empuñó su espada y miró en derredor.

      Farnis cogió el cofre y lo abrió. En su interior, brillando con una luz rojiza y mortecina, halló un amuleto. Lo sostuvo ante sus ojos para examinarlo.

      —¡Vaya! Pues mira por dónde salió bien hacerle caso al vejestorio, ¿eh? Esto me va a hacer ganar el cuádruple de lo que gasté —dijo con alborozo—. Si es que huelo la riqueza, la huelo.

      Inopinadamente, apareció una alta silueta en el umbral, bloqueándoles la salida. Era una mujer, o eso parecía, porque tenía cuatro brazos, pelaje negro y colmillos. Sus tres ojos rojos en forma de triángulo se clavaron en Farnis, que aún sostenía el amuleto.

      —Os observé desde que entrasteis en la casa de mi amo —dijo con una voz rasposa que denotaba enfado—. Permitiré que os llevéis lo que queráis, menos eso; eso debe quedarse donde está. Así lo ordenó mi amo.

      —¿Dónde está ese amo tuyo? —inquirió Skali.

      —Se fue, pero volverá.

      Farnis negó con la cabeza.

      —Tu amo hace tiempo que debe estar muerto, ¿no crees? —dijo antes de ponerse el amuleto en el cuello y desaparecer.

      Skali, al verlo, hizo un gesto de rabia y se preparó para defenderse con la espada y un puñal. No entendía qué acababa de suceder, dónde estaba Farnis o si se había hecho invisible. Lo único que le importaba es que estaba solo ante la criatura. Supuso que aquel niñato acababa de engañarlo y abandonarlo a su suerte. Quizá sabía más de lo que aparentaba saber.

      La extraña mujer saltó hacia Skali rugiendo y con los brazos extendidos, dispuesta a hacerlo pedazos con sus garras duras y afiladas.

      Skali detuvo a duras penas esas garras con sus armas, pues se movían a una velocidad vertiginosa, y fue incapaz de impedir que una lo hiriese en un muslo. Aun así, soportó el dolor y mantuvo su defensa con firmeza, esperando tener alguna oportunidad de contraatacar.

      Por desgracia, la esperada oportunidad nunca llegó: jamás se había enfrentado a un oponente tan rápido. Estaba convencido de que se trataba de algún experimento nefario, un guardián creado por el brujo que vivió en aquella torre. Él, un humano corriente, no tendría ninguna oportunidad. En cuanto su defensa flaquease, seguro que aquella cosa lograría morderle y envenenarle con alguna clase de veneno.

      Estaba perdido.

      Así que sonrió. Sabía que ese momento llegaría antes o después, igual que a todos los que seguían la senda de las sombras.

      La mujer monstruosa se detuvo, confusa.

      —¿Por qué te ríes? —preguntó—. Es evidente que ya estás muerto. Y también tu amigo cuando lo encuentre.

      Skali, agotado, señaló la enorme laceración del muslo.

      —Me río porque sé lo que acabas de decir. Dale recuerdos al niñato de mi parte, antes de matarlo.

      Sucedió entonces algo totalmente inesperado: Farnis se materializó sobre la mujer y le clavó su espada en la espalda.

      En cuanto la mujer gimió de dolor y se giró, dispuesta a hacer trizas al joven, Skali apretó los dientes, se lanzó hacia adelante e hizo una gran cantidad de ataques, los cuales provocaron un montón de heridas de las que salió una sangre esmeralda, humeante.

      —Embusteros, ladrones, cerdos —gruñó la mujer al tiempo que agonizaba—. Mi amo os castigará por esto…

      Su inmenso cuerpo se quedó tendido en el suelo de la habitación, exánime.

      Los hombres se quedaron observándolo un buen rato, asimilando lo que acababa de suceder.

      —¿Dónde te habías metido, embustero? —inquirió Skali.

      —Aparecí en el bosque. Al parecer, este amuleto puede llevarte a otros lugares de inmediato cuando piensas en ellos. Yo deseaba estar lejos de aquí, entre la seguridad de los árboles, y eso pasó.

      —¿Y por qué decidiste regresar? No lo entiendo.

      —No soy un santo, pero jamás se me ocurriría abandonar a alguien en una situación así. Por lo tanto, volví para echarte una mano. Me debes una, ¿eh? —dijo chasqueando los dedos.

      —Eres más estúpido de lo que pensaba —respondió Skali—. El amuleto es muy interesante, ¿me dejas verlo de cerca?

      —Me subestimas, Skali. Quizá volvamos a vernos algún día.

      Farnis guiñó un ojo y desapareció.

      Skali examinó la herida y se quedó allí sentado, pensativo. Luego bajó al piso inferior y cogió el valioso bastón. Lo cierto es que aquello no le había salido tan mal, después de todo: el niñato pagó el doble de lo habitual, y también sacaría un buen pellizco por el bastón. Sin embargo, le habría encantado quedarse con el amuleto. Nunca antes había visto de cerca uno de esos objetos mágicos tan poco comunes.  

sábado, 20 de julio de 2024

La aceptación

 


Cuando era joven, pensaba que la sociedad podía cambiar; era un idealista. Luego mi ideología se hizo trizas y me distancié. Volví a echar un vistazo estos días, a ver qué sucede, y confirmé mis sospechas: todo sigue igual de anquilosado. La sociedad del espectáculo está a pleno rendimiento, potenciada por internet. 

Encontré una entrevista de Lemmy, el vocalista de Motörhead, donde se queja precisamente de eso cuando le hablan de un político: «¿Te das cuenta de que todo sigue igual?». Luego dice algo que me parece muy inteligente: «Crean en el Rock; es la única religión que no les va a decepcionar». La palabra «religión» es la clave. Muchas personas tienen una fe ciega en su ideología, pero la verdad es que ninguna de ellas va a solucionar los problemas de la sociedad contemporánea. Por supuesto, unas son mejores que otras desde un punto de vista objetivo, yo prefiero una socialdemocracia al fascismo; pero en todas se presentarán dificultades. 

Por muy impolutas que sean las teorías, los humanos no son así: la picaresca acabará abriéndose camino y todo se irá abajo. ¿Monarquía? ¿Acracia? No importa. Nada conducirá a la esperada utopía que tantos desean. Quizá, con suerte, la humanidad pueda perdonarse a sí misma y llegar a algo cercano en el distante futuro; aunque será un proceso lento. 

Considero que estoy en un sistema fallido. Sólo la existencia de la pobreza me basta para verlo así. Me disgusta profundamente encontrar a personas pidiendo en una esquina, no lo soporto. Alguna vez, ante la mirada atónita de los transeúntes, me acerqué a ellas para preguntarles qué les llevó a esa situación. Te puedo asegurar que tú, lector, o yo mismo, podemos acabar igual en cualquier momento. Aquí recalco la palabra personas, no pobres; las etiquetas a veces fagocitan y deshumanizan. Esas personas también fueron niños, tuvieron ilusiones, y todo eso se resquebrajó en algún instante de sus vidas. 

Al final, tuve que aceptar lo evidente: nací en el capitalismo y moriré en el capitalismo. No está en mi mano cambiar la situación. El leviatán va nadando lentamente, y es tan enorme que ni siquiera se percata de mi presencia o la de otros. Puedes ponerte delante si quieres, algunos lo hicieron en su época, como Giordano Bruno; pero corres el peligro de que te aplaste. 

Conocí a algunas personas que han encontrado la paz al aceptar esto. Yo no puedo decir lo mismo, no puedo estar cómodo en una sociedad disciplinaria que construye robots para insertarlos en trabajos cuyas condiciones son, como mínimo, cuestionables. Una sociedad que está encerrada en su propio imaginario. Si tuviese la oportunidad, haría lo mismo que Bill Watterson: buscaría un lugar apartado para vivir y me quedaría allí. Quizá incluso me aficionaría a la pintura; siempre quise pintar cuadros. 

Por desgracia, me temo que eso va a ser imposible; así que lo mejor, en mi caso, es que me aleje un tiempo de las noticias. Tengo el show muy visto y me aburre. Corrupción por allí, mentiras por allá, terraplanismos, conspiraciones... 

Me compadezco de los que están intentando mejorar las cosas ahora. Tienen mi admiración y comprensión, pero me compadezco. Ahora bien, sé que sin ellos muchos cambios jamás llegarían o se desarrollarían durante más tiempo. Es difícil que haya evolución sin lucha. 

miércoles, 26 de junio de 2024

Sobre el cine de superhéroes

 

Como ya sabrás, a Scorsese no le agradan las películas de superhéroes. Llego a decir, si lo que leí es cierto, que ni siquiera deberían considerarse cine. Esto cobró relevancia porque Scorsese no es cualquiera: dirigió Goodfellas, nada menos, o Taxi Driver. Obras maestras que han tenido mucho peso en la industria. 

Yo no soy muy cinéfilo y las pelis de superhéroes no despiertan mi devoción; sin embargo, me lo pasé muy bien viéndolas. Cumplen con el objetivo básico de entretener, que es de lo que se trata. ¿Por qué, pues, una parte del público siente escalofríos cuando un enmascarado aparece en la pantalla? La respuesta es fácil: subjetividad. Tu gusto no siempre tiene que coincidir con el mayoritario. A mí no me gusta el fútbol, pero aprendí a convivir con su omnipresencia. 

Desde luego, no es el cine más profundo o complejo; pero eso carece de importancia: que algo sea más profundo o complejo no quiere decir que sea mejor. Es más, quizá sea hasta peor si está mal construido. Por otro lado, también existe la creencia pueril de que la violencia equivale a lo adulto, lo cual es falso. Tengo un cómic, La casta de los Metabarones, donde se muestran todos los tabúes imaginables, y no lo considero más adulto que algunas tiras de Calvin y Hobbes

Además, la riqueza está en la variedad. Es bueno que haya obras de todo tipo para que todas las preferencias sean satisfechas. Es un poco egoísta desear que sólo se produzca aquello que te agrade. También es absurdo considerar de mala calidad aquello que te disguste. Lo ideal, por supuesto, es poder disfrutar de todo; pero comprobé que eso no está al alcance de cualquiera. Las idolatrías no suelen dejar espacio para otras visiones. Es frecuente, por ejemplo, que un fan de Star Wars critique e incluso odie Star Trek, o viceversa. 

Pienso que la aparición y el auge de este género era predecible: los efectos especiales contemporáneos permiten reflejar muy bien los superpoderes y sus consecuencias. Si alguien de los setenta viese una película actual, incluso una mala, alucinaría. 

¿Y son buenas estas pelis llenas de mamporros, humor, supervillanos y gente disfrazada? Pues depende. Unas son mejores que otras. No diré cuáles porque creo que es evidente. Lo interesante es que su paso por el cine dejará varias huellas memorables, igual que sucedió con el western. Estoy convencido de que, a pesar de lo que piensan algunos, habrá aficionados a este género dentro de mucho tiempo. Exploradores que encontrarán esas obras y las disfrutarán con una mezcla de curiosidad y fascinación. 

Será interesante descubrir cuál será el próximo género predominante. ¿Algún monstruo clásico? ¿Ucronías? ¿Futuros postapocalípticos? Si el Napoleón de Scott hubiese merecido la pena, quizá habría servido de catapulta para un montón de nuevas películas históricas. De todos modos, no es relevante qué género sea demandado por público, pues bajo esas mareas populares siempre habrá espacio para todo tipo de filmes. Hay joyas que se quedan ocultas en las profundidades abisales. 

sábado, 11 de mayo de 2024

Magic The Gathering: Shandalar

 


Allá por el lejano noventa y siete apareció un videojuego de Magic, el célebre juego de cartas, con un título poco imaginativo: Magic. Según he leído, tuvo éxito en su época y pronto fue bautizado como Shandalar, el nombre del mundo donde se desarrolla la aventura. Como aún hay personas que lo juegan estos días, me dio curiosidad y no pude evitar probarlo. Un título con tanta longevidad debe tener algo bueno, ¿no? 

Pues sí, lo tiene, porque no pude parar de construir mazos hasta conseguir terminarlo. Al principio me pareció muy sencillo, incluso aburrido: caminar, comprar cartas en pueblos y hacer misiones. Demasiado simple. Sin embargo, pronto apareció un aviso: ¡están atacando un pueblo! En ese momento me di cuenta de que tiene más enjundia de lo que pensaba. Además de montar tu mazo y cumplir tareas, tienes que defender Shandalar de los ataques de cinco magos; es decir, de los cinco colores que están representados en el juego clásico. Cada mago tiene su fortaleza y debes derrotarlos antes de que uno de ellos conquiste tres pueblos. 

Cuando entras en una fortaleza, el mapa principal es sustituido por una mazmorra. En ellas hay enemigos, tesoros y el mago. Una vez derrotado, la fortaleza se destruye. Evidentemente, cuantos menos magos queden, más posibilidades hay de que conquisten los pueblos necesarios, ya que el evento sale a cada rato y es aleatorio. Por lo tanto, conviene ir a por los magos cuando ya tienes un mazo consistente. Si te arriesgas a hacerlo antes, con un montón de cartas comunes e inútiles, lo más probable es que te den una paliza. Además, perder un duelo significa perder una carta, porque se apuesta una carta al inicio. Mal asunto. 

Por supuesto, es posible hacer trampa y cargar una partida salvada. Eso ya depende de cada cual. Yo sólo lo hago si la pérdida es grande. Da pereza volver a buscar cartas que costó esfuerzo conseguir, como el Loto Negro o un Mox. Ni siquiera sé si es posible tener más de un Loto Negro, ya que sólo lo encontré en una mazmorra que desaparece cuando la abandonas. 

Uno de los mazos que usé. Se puede
mejorar, pero fue suficiente 

Como el mapa se genera al azar y se da libertad total a la hora de construir el mazo, las partidas son muy diferentes entre sí. Esto explica por qué hay personas que juegan Shandalar desde que apareció en el mercado. Lo cierto es que no hay nada similar, por eso algunos desean que se haga un remake. Podría ser algo espectacular si se hace bien; las posibilidades de mejora son muchas. 

Desgraciadamente, dudo que eso llegue a ocurrir: no creo que algo así le dé muchos beneficios a la compañía, más preocupada en este momento por su juego online. El interés de la mayoría supera al de la minoría, como decía cierto vulcano. 

Si quieres probarlo, hay una versión en Clásicos básicos. Ahí lo conseguí. También recomiendo el que, a mi juicio, sigue siendo el mejor juego de cartas en solitario que puedes encontrar en PC: DreamQuest. Sus gráficos son pésimos, pero el diseño es increíble. Yo lo pongo muy por encima incluso de Shandalar, aunque comprendo que este último tiene un encanto especial, único. 

martes, 16 de abril de 2024

The Ark

 

En general, las críticas que cosechó The Ark fueron demoledoras: presupuesto exiguo, malas actuaciones, ritmo muy acelerado... Cuando empecé a verla por curiosidad, la primera impresión fue terrible; me pareció difícil que una serie pudiese empezar peor y suscribí cada una de esas críticas. 

Pongámonos en situación: la tierra está muy mal y hay que escapar de ella, así que un tipo diseña una nave que puede viajar hasta otro planeta. Varias de esas naves comienzan el viaje, pero una —la de los protas— es impactada por algo que casi la destruye y ahora toca sobrevivir. Es un argumento que puede dar mucho juego a pesar de su poca originalidad. Por desgracia, no se supo aprovechar. O eso pienso yo. 

Un presupuesto pequeño puede paliarse con un buen guion, pero incluso eso falla en The Ark. Casi todos los personajes relevantes son de cartón piedra: tenemos un joven enjuto y con gafas cuya característica principal es... ¿lo adivinas? Sí, la inteligencia. También hay una versión femenina del mismo, una chica que no sabe callarse en los momentos críticos. Ambos personajes sirven para resolver algunos problemas que se van presentando, a veces de manera casual y cogida por los pelos. ¿Falta comida? No hay problema, el joven científico se trajo un montón de tierra y semillas de contrabando sin que se entere nadie. 

La doctora, en un alarde de originalidad que jamás se había visto en la televisión, se vuelve adicta a los medicamentos. Ése es su arco: está agotada y se medica. Al menos supera a otro personaje que aparece mucho y tiene unas cuatro frases en toda la temporada. Tampoco podía faltar el clásico tipo fuerte y guaperas; aunque aquí, sorprendentemente, cobra cierto interés en los capítulos finales. El resto no es mucho mejor. Prefiero no decir nada del antagonista porque ni siquiera es coherente. 

Ah, se me olvidaba: hay una ingeniera muy traumatizada por la pérdida de su pareja, tanto que se queda prendada de otro en la primera temporada. Esto lo compraría si tardase más en desarrollarse... Sí, sucede en la vida real; sin embargo, lo que pasa en la realidad no tiene por qué resultar creíble en la ficción. Depende de cómo se construya. Aquí no me termina de convencer. 

Algunas líneas de diálogo son lugares comunes y predecibles. Recuerdo decir «siempre hay una primera vez» justo antes de que alguien, no recuerdo quién, lo dijese. Y las estructuras de los capítulos se repiten demasiado: presentación de un problema, resolución y cliffhanger. No se complicaron la vida, vaya. En honor a la verdad, he de decir que un par de giros me parecieron sorprendentes y bien integrados, sobre todo el que concierne al guaperas. El problema es que los actores a veces se notan faltos de naturalidad, no te los crees. 

Ninguno de los primeros capítulos se salva: además de lo anterior, el ritmo es tan rápido que no da tiempo a conocer bien a los personajes. En consecuencia, hay una barrera que le impide al espectador llegar a los capítulos donde todo mejora un poco. No digo que la serie se vuelva buena, ojo, sino aceptable. Lo suficiente para que pueda ser disfrutada por aquellos a los que les apasione esa clase de argumentos. A mí me entretuvo e incluso estoy esperando la segunda temporada. Ojalá la parte final no estuviese lastrada por una promesa rota y un antagonista decepcionante. 

Todo esto me hace preguntarme por qué me lo pasé bien con ella. Imagino que se debe a que la situación de supervivencia engancha por sí sola, sin necesidad de grandes ingenios. ¿Café para los muy cafeteros? 

martes, 27 de febrero de 2024

Bosque Mitago

 


Lo mejor de esta novela es su magnífica prosa, la cual no deja de ser fluida a pesar de sus descripciones detalladas. Además, la traducción es muy buena. Eso me sorprende porque en los libros de esa época suelo encontrarme con traducciones mediocres, ya que tienen taras cada pocas páginas y terminan por sacarte de la lectura. No es así en este caso. Sólo recuerdo un par de erratas en todo el libro. 

Dejando a un lado la prosa, lo demás no me ha gustado tanto. Sé que Bosque Mitago es considerado uno de los grandes clásicos del género y creo sinceramente que no es un mal libro, incluso tiene algunos fragmentos que me parecieron sublimes; pero no funcionó conmigo. Quizá voy a ser demasiado subjetivo, pero pienso que la novela tiene un problema que, al menos a mí, me parece grave: el autor te pone un lugar mirífico ante las narices durante un largo período de tiempo sin meterte en él. Lo describe durante cientos de páginas, incluso en el prólogo, y el protagonista se queda al lado, en su casa, acompañado por un personaje que pertenece a ese mundo mágico. Esto provoca una gran frustración porque quieres conocer ese otro lado cuanto antes. 

Podría decirse, si pensamos en el Héroe de las mil caras de Campbell, que se tarda demasiado en cruzar el umbral. Imagina que en Las crónicas de Narnia los protagonistas se pasasen doscientas páginas pensando en si es una buena idea meterse en ese raro armario. Puede que el autor se las ingeniase para no aburrir; sin embargo, sería difícil evitar que el lector sintiese una leve frustración. Es como enseñarle un caramelo a un niño y luego alzar la mano para que no pueda cogerlo. La promesa que se hace en el comienzo —la visita a un bosque mágico— es visible pero inalcanzable. Sólo tras unos cientos de páginas se llega a cumplir... cuando ya queda poco espacio para explorar el bosque. 

Todo esto, por sí solo, ya es un problema considerable; pero hay que añadir algo más: el único personaje femenino es decepcionante: sólo está ahí para que los hombres se enamoren y luchen por él. Existe para que la historia se mueva hacia el desenlace. Aunque esto no me parece tan grave como lo anterior, puede ser un motivo que lleve a alguien a dejar la lectura.  

El final es interesante hasta que el autor decide sabotearse a sí mismo generando más frustración. Un giro está bien; dos... depende. Si con el primero has tomado un camino nuevo y perfecto, uno que entronca con lo narrado, ¿por qué lo destruyes para tomar otro peor? De un final que podría haber tenido cierta originalidad se pasa a lo ordinario. Por suerte, luego hay un tercer giro —sí, otro más— que arregla las cosas hasta cierto punto; pero no sale de lo común. 

Con todo, la novela me parece buena porque tiene sus virtudes. Algunas escenas son espectaculares y están vestidas con una prosa notable. Simplemente, no creo que se trate de una obra maestra, como me la habían vendido. Quizá lo que me ocurrió es que tenía unas expectativas muy altas. No era para menos, porque en la contraportada hay una recomendación de Moorcock: «Para mí, éste es el libro de fantasía más importante de los años ochenta; una obra para leer muchas veces y redescubrir con placer a cada nueva lectura». ¡Traición! ¡Me engañó! 

jueves, 1 de febrero de 2024

El perro de la guerra y el dolor del mundo

 


He leído varias veces que ésta es la mejor novela de Moorcock; así que, llevado por la curiosidad, eché un vistazo en internet para comprarla en papel. Como lleva descatalogada desde hace bastante, los precios eran prohibitivos, muy superiores a su valor real. Y eso sin tener en cuenta lo mala que es la traducción al castellano. Por lo tanto, decidí ponerme un parche en el ojo y un loro en el hombro. Moorcock es el autor que más me ha influido y no estaba dispuesto a dejar escapar su obra magna. 

Soy consciente de que es un escritor con ciertas limitaciones: algunas ideas mal aprovechadas, prosa normalita, ritmo irregular... Sin embargo, nada de eso es lo verdaderamente importante. Hay videojuegos con gráficos terribles que se siguen jugando décadas después porque son muy divertidos, y eso es lo que le pasa a Moorcock: sus historias son divertidísimas. El telos, el objetivo, de una novela es entretener. Si quiero aprender historia, no abro una novela histórica. Por supuesto, una novela también puede enseñar; pero eso es secundario: si lo primero no se cumple, tampoco se cumplirá lo segundo porque el libro será abandonado. Moorcock entendió esto muy bien cuando dijo su famosa frase: «Prefiero ser un mal autor con buenas ideas que un buen autor con malas ideas». 

También hay que tener en cuenta que es mejor leerlo de joven. A menos que tu niño interior siga con vida, lo cual es difícil, no te impactará de la misma manera. 

Dicho esto, vayamos a lo que venimos, a El perro de la guerra y el dolor del mundo. El título me parece fenomenal, pero ¿estará la obra a su altura? 

El argumento es interesante, una versión oscura de los mitos artúricos. Ulrich von Beck, soldado mercenario, ha aprendido a sobrevivir en la convulsa época de la guerra de los treinta años. Ciudades carbonizadas, muertos por doquier, asesinatos, violaciones. En un marco así, es difícil mantenerse en el camino del bien si quieres seguir con vida. Ejemplo: ¿robarás comida o morirás de hambre? No es de extrañar, en consecuencia, que el protagonista sea alguien que ha hecho de todo. Sin embargo, eso no es problema para su señor: nada más y nada menos que Lucifer. Éste le encarga la difícil tarea de conseguir el santo grial; difícil porque Beck no es precisamente alguien con un pasado limpio. 

Los primeros capítulos me preocuparon: a pesar de que se narraban escenas sugestivas, el ritmo me parecía muy lento. Pensaba que no ocurrirían demasiadas cosas en apenas doscientas páginas. Por suerte, Moorcock acelera el ritmo a medida que se acerca el final; así que la novela termina de una manera satisfactoria, muestra la cantidad suficiente de acción. Y el mensaje que quiere transmitir me parece hermoso, no se me ocurre otra palabra para definirlo. Prefiero no explicarlo para no destripar nada. El perro de la guerra y el dolor del mundo, para mí, no es sólo la mejor obra del autor, sino una de las mejores del género. Por supuesto, no es perfecta: hay largos diálogos en contextos donde no debería haberlos, anáforas discutibles o cambios bruscos de un lugar a otro. Pero todo eso palidece al lado de sus virtudes. Quizá la más destacable de ellas sea la atmósfera de sordidez que rodea a los protagonistas. 

Una curiosidad: Moorcock critica abiertamente la obra de Tolkien; pero aquí hay un personaje, Philander Groot, que tiene algunos paralelismos con Bombadil. Apostaría a que éste fue una inspiración, aunque no es posible saber si fue consciente de eso o no. Tampoco es que tenga mucha importancia. 

Creo que éste es uno de esos títulos que nunca deberían estar descatalogados. Si de mí dependiese, tendría una edición a la altura, bien traducida y con ilustraciones. Mi consejo, en caso de que no lo encuentres a buen precio, es que hagas como yo... «Quince hombres sobre el cofre del muerto. ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron!». 

domingo, 14 de enero de 2024

¿Han muerto los blogs?

 


Acabo de borrar la última entrada porque me pareció demasiado escueta y la escribí con desgana, sinceramente. Hay dos motivos: falta de tiempo y desmotivación. Lo primero se debe a haberme dedicado a escribir durante cinco meses, con suma disciplina, para terminar una novela; lo segundo, a la nostalgia de la época dorada de los blogs y foros. No es que tenga mucho interés en llamar la atención y recibir un aluvión de visitas —prueba de ello es que abandoné un blog más exitoso. Res, non verba—; pero a veces parece que no haya nadie al otro lado, excepto el amo y señor de Historias de Iramar, que debe estar tan loco como yo. 

A pesar de todo, sigo pasando por aquí de vez en cuando para escribir alguna cosa. Lo hago por mero entretenimiento. No viene mal tener un espacio íntimo en la red, uno donde se quedan ordenadas tus reseñas, opiniones, etc. Pienso que los blogs que aún sobreviven se debe, entre otros posibles motivos, a eso: hay quien monta puzles, y quien escribe. Cada cual busca su manera de divertirse. Además, es satisfactorio alimentar al blog y ver cómo va creciendo poco a poco. Por desgracia, no parece que los más jóvenes estén muy interesados en eso de juntar letras por estos lares; así que la nada acabará por engullirlos. No descarto estar equivocado, ojo. Nunca descarto esa posibilidad en cualquier tema. Pero es descorazonador ver que ni siquiera el gadget de seguidores funciona ya correctamente, como si fuese una enfermedad terminal. 

En dos mil cinco compré un PC con mi primer sueldo y conocí internet. Recuerdo que por aquel entonces escribía relatos breves, fanfics, y los ponía en foros para leer diferentes opiniones sobre ellos. Todos esos foros han dejado de existir. Fueron desintegrándose a medida que las redes sociales aumentaban su popularidad. Seguro que tú conoces alguno que también fue devorado por el incesante cambio, como el inmenso Clan Dlan, sitio donde podías descargar un sinfín de traducciones hechas por fans. Usé alguna en juegos clásicos. 

Cinco años más tarde, en dos mil diez, empecé un blog que se llamaba La vieja calle del panadero. No tenía ni idea de cuánto iba a durar aquello, pero funcionó durante un lustro, antes de que me mudase aquí. Ya en ese momento intuía lo que estaba sucediendo, así que opté por reducir mi actividad y esconderme un poco. De esa forma, mi posible desaparición no sería muy llamativa, porque abandonar blogger me pasó por la cabeza más de una vez. Y, como dije, los números no me preocupan demasiado. Por eso seguí con mis zarandajas en este pequeño rincón. Sin embargo, una cosa son los números y otra la sensación de soledad que transmite un mundo postapocalíptico. Hay otras razones que me llevaron a dejar mi antiguo blog, pero son personales y no me apetece abordarlas. Haré un resumen. 

¿Has visto la serie Invincible? En ella, si no recuerdo mal, el título se va ensangrentando cada vez más, dando a entender que el idealismo inicial del protagonista se resquebraja. Algo similar me sucedió a mí: la visión que tenía de ciertas cosas fue destruida por completo. Durante años pensé que quizá era una paranoia mía, pero al final descubrí que estaba en lo cierto, lo cual tampoco es que me anime; preferiría haber estado equivocado. 

De momento, imagino que seguiré por aquí, seré uno de los últimos supervivientes. Espero que el desánimo no me derrote por completo. 

Sobre la pregunta que da título a esta entrada, no, no lo están. Seguirán vivos mientras haya alguien manteniendo la llama encendida. Basta con que una única persona siga escribiendo reseñas, enseñando fotos de sus viajes, o lo que sea, para que se vea un poco de luz en la oscuridad. Y cuando llegue el final, no importará: lo nuevo se construye sobre lo viejo.