Reseñas literarias y artículos culturales

miércoles, 25 de febrero de 2026

Luces y sombras

 


Escribí este relato corto hace más de una década. No es de mis favoritos, pero tiene su interés y decidí dejarlo aquí. El único cambio que he hecho es eliminar algo de paja. Dejé lo demás igual, aunque ahora puedo ver con claridad dónde flojea —necesita un cierre más fluido, entre otras cosas—. Supongo que equivale al boceto primerizo de un dibujante que aún está en fase de aprender y experimentar. Podría retocarlo, pero prefiero conservarlo como un recuerdo. Además, me consta que a algunas personas les gusta bastante. 

Un enjambre de mariposas iridiscentes revolaba sobre los junquillos, humedecidos por el rocío. Eran las primeras visitantes del calvero sagrado. Pronto serían acompañadas por el canto de los jilgueros y la danza de las pequeñas hadas, cuya ciudad se hallaba en el árbol milenario; pero antes se esperaba la visita de Arlas, rey de los unicornios, magnífico ejemplar níveo, elegante y fibroso, tan veloz como la brisa del norte. Cuando se adentró en el calvero, las hojas de los árboles acariciaron su hermosa crin. Buscó un lugar apropiado e inclinó la cabeza para alimentarse mientras el sol calentaba sus músculos.

El ambiente se llenó de vida y música. Sentado en una rama, el viejo fauno amenizaba el festejo con su siringa; lo acompañaban las panderetas de los elfos, seres menudos que sólo vivían para divertirse. Esos instrumentos insuflaban felicidad a cualquiera que los escuchase, ya que estaban imbuidos de ese poder. No en vano se trataban de dádivas divinas.

Nadie ajeno al reino de Arlas tenía permiso para entrar en el calvero, ni siquiera los habitantes del bosque más cercano; y ningún intruso había entrado jamás, porque se extraviaban persiguiendo fuegos fatuos o acababan destrozados por las garras nudosas de las dríades, maestras de la emboscada. Esas damas arbóreas desconocían la derrota: los territorios sagrados se mantenían intactos, sin la mácula que dejan las hachas del humano. Por eso Arlas se turbó al intuir que una presencia malévola se acercaba; sus súbditos vieron cómo estiró el cuello y olisqueó, preocupado, hacia el este, y percibieron la zozobra que lo invadía; un sólido marasmo se apoderó de ellos. El alborozo se desvaneció.

Lentamente, atravesando la densa maleza, se adentró en el calvero una figura negruzca, encorvada y harapienta. Apoyaba sus puños en el suelo, como un simio. Irradiaba maldad, tanta que una lluvia de melancolía cayó sobre Arlas y los suyos. Asustados por ser la primera vez que experimentaban ese sentimiento, los elfos se abrazaron entre sí, y las hadas se refugiaron tras el fauno, que dejó caer su siringa.

Arlas se alzó sobre sus patas delanteras, desafiante, y ordenó a todos que se retirasen. Conocía a su enemigo, el precio de una derrota frente a él; mas quizá fuese capaz de vencerlo, de salvaguardar la dulce melodía de las ninfas, la bondad de los gnomos, el estanque de los kappas.

Alrededor del monstruo, que seguía avanzando despacio, deleitándose, la vida vegetal se marchitaba. Los ojos de su semblante porcino brillaban con intensidad; ojos perversos, rojizos; ojos sin alma que habían contemplado el auge y descenso de varias civilizaciones. Una vez que tuvo cerca al unicornio, éste pateó el suelo y mostró sus dientes, asqueado por el hedor. Incluso los árboles parecían estar inquietos ante aquella presencia inusitada.

Dos dríades aparecieron de improviso y atravesaron el calvero en dirección al monstruo, que al verlas sonrió mostrando sus largos colmillos amarillentos. El unicornio quiso acompañarlas en el ataque, embestir con su cuerno. No fue posible: cuatro tentáculos oscuros emergieron del suelo, inmovilizándolo. Tuvo que resignarse y contemplar, impotente, un combate desigual. Aquellas dríades no duraron mucho tiempo antes de ser destrozadas por los fuertes brazos del monstruo; las desgajó poco a poco, saboreando su miedo, sus gritos. Arlas pensó que otras debieron sufrir el mismo destino, y las lágrimas emborronaron su visión. Con la esperanza de ser escuchado, imploró ayuda a Naranna, la diosa de los bosques; su cuerno brilló intensamente y los tentáculos desaparecieron. El monstruo, cegado por el resplandor, se protegió la cara con los brazos.

Arlas supo que era una oportunidad inigualable y cargó hacia su antagonista. Si lograse herirlo con el cuerno, quizá…

Sintió las manos del monstruo en su cuerno, aferrándose a él, frenándolo. Sintió los colmillos hincándose en su cuello. Le succionaron la esencia; y con ella, la del reino.  Una conexión primigenia unía a todo rey con su reino, y la de Arlas se inundó de hiel. Los lamentos de sus súbditos, que sintieron un profundo estremecimiento, se escucharon más allá del bosque. Sabían cuál iba a ser su destino.

El monstruo, satisfecho con su obra, dejó atrás el cuerpo exangüe del unicornio y continuó su camino.

Un enjambre de murciélagos revolaba sobre los hongos luminosos, mordisqueados por las ratas. Eran los primeros visitantes del calvero maldito. Pronto serían acompañados por el graznido de los cuervos y la danza de los crueles trasgos, cuya ciudad se hallaba en el árbol muerto; pero antes se esperaba la visita de Arlas, cacique de los unicornios, magnífico ejemplar negro, poderoso y terrible, tan veloz como las ánimas del pantano. Cuando se adentró en el calvero, las ramas secas de los árboles arañaron su cuerpo. Buscó un trasgo y le succionó la sangre mientras la luna se escondía entre las nubes. 

martes, 3 de febrero de 2026

Peter Pan

 


Llevaba tiempo sin reseñar uno de los grandes clásicos que se han quedado insertados en nuestro imaginario, así que escogí éste. Espero estar a la altura, porque la obra es inmortal y aparece en multitud de ficciones. En la reciente serie Alien: planeta Tierra, sin ir más lejos, hay un guiño a Peter Pan. 

Antes de leer Peter Pan y Wendy, la historia que todos conocemos, es recomendable adentrarse en Los jardines de Kensington, ya que ahí se describen los primeros pasos de Peter Pan. Es decir, Barrie explica cómo llegó a ser tan especial ese personaje. La historia es ingeniosa y divertida, pero hay un deje de melancolía tras muchas escenas. Y el arco de Peter muestra un momento especialmente luctuoso. No sabría decir si es una lectura aconsejable para alguien joven, porque el ritmo inicial es lento, muy descriptivo, y algunos términos de ciertas traducciones son problemáticos; sin embargo, sí que me parece fabulosa para un adulto. 

Reconozco que a mí me dejó perplejo: de repente, recordé lo que significa ser un niño, los tiempos donde no se necesita mucho para vivir una aventura. El narrador muestra a la perfección una perspectiva infantil: el jardín es un lugar inmenso y lleno de rincones entrañables, mágicos. Una sencilla cuesta se transforma en una pendiente emocionante para realizar carreras; un estanque se vuelve el sitio perfecto para que viajen pequeñas embarcaciones. Si un niño regresase a ese jardín siendo adulto, llevado por la nostalgia, quizá se percataría de que todo es diferente: él ha crecido mientras lo demás ha empequeñecido. Y la magia se esfumó. Barrie era un genio: genera en ti esos pensamientos sin ser explícito. 

Pero el título que nos interesa de verdad es Peter Pan y Wendy. Hace mucho que no veo las versiones cinematográficas, pero imagino que habrán suavizado la parte oscura de la novela: Peter Pan es en ella una especie de diosecillo feérico y amoral, alguien despreocupado que puede incluso olvidarse de sus compañeros. También Campanilla, el hada, tiene su lado sombrío, porque es capaz de realizar actos perversos. La infancia eterna es hermosa pero amenazante. 

Peter, Wendy y sus hermanos viajan a Nunca Jamás, una isla imaginaria que será el escenario central. En ella, entre aventura y aventura, se narra cómo vive allí un grupo de niños. Los niños perdidos. 

Barrie introduce en la isla elementos que están relacionados con el universo infantil: indios, piratas y criaturas mitológicas. Los enemigos son los piratas, cuyo gerifalte es el conocido Garfio. No es un mundo muy amplio, pero basta para cubrir lo que pretende el autor: mostrar la ambigüedad que envuelve al hecho de ser un niño ad eternum. No crecer jamás tiene, evidentemente, su atractivo; pero también su parte negativa. Los niños simulan que Wendy es su madre porque carecen de ella. Y si alguno crece, Peter es capaz de eliminarlo. 

El mundo adulto aquí es rechazado y temido. Los adultos viven en otra dimensión, son aburridos, no entienden nada. Por si eso no bastase, están más cerca del final; tienen más pasado que futuro, los sueños se disuelven y sólo quedan recuerdos. Antes de que alguien se deprima por lo anterior, me apresuro a añadir que el adulto posee algo inestimable: mayor intelección. Eso no es cualquier cosa. El niño vive, en muchas ocasiones, en el ensueño. Y los de esta obra deben pagar un precio muy elevado para mantenerse así. Cada fase tiene sus pros y sus contras. 

Después de varias aventuras, las cuales están narradas con un ingenio fuera de lo común, Barrie monta un desenlace que conecta magistralmente con los cimientos de la obra, un giro cargado de significado que desemboca en una catarsis llena de acción. Todo se siente muy preciso y en su sitio, muy meditado. El cocodrilo que va tras Garfio, emitiendo el ominoso tic-tac, pasa a ser una alegoría de lo inexorable. La sola idea de un cocodrilo que tiene un reloj en el interior me parece genial. El libro está henchido de ideas geniales, realmente, por eso sigue manteniendo tanta frescura. 

Y el último capítulo es hermoso y melancólico. Perfecto. Peter Pan es, al menos en mi opinión, una obra maestra atemporal. Seguirá leyéndose durante los siguientes siglos. No lo dudes. Y seguirá apareciendo de refilón en diferentes medios.