lunes, 19 de agosto de 2019

El príncipe de la túnica escarlata


En principio, las historias de Corum no ofrecen nada novedoso porque se trata del clásico viaje del héroe, el monomito: salida del hogar, ayuda de alguien importante, adquisición de poder, retos... No falta nada; incluso está el clásico hechicero loco que otorga regalos inestimables, o el dios que echa una mano en los momentos de mayor necesidad. Cualquier novela de fantasía clásica contiene estos elementos. ¿Por qué, entonces, se siguen leyendo las aventuras de este personaje? 

Aunque Elric es el mayor logro de Moorcock, Corum ofrece una perspectiva diferente. El primero es alguien ambiguo con una continua lucha interior; el segundo, un héroe sumamente trágico cuya raza es víctima del orgullo. Amén de tener que enfrentarse al hecho de que los suyos han sido asesinados, pues ya no recuerdan cómo se combate, no tarda en ser mutilado con crueldad por un grupo de bárbaros, los mismos que se han divertido torturando a su familia. Corum, al verse a sí mismo como el último de su raza —sí, esto es otro concepto usadísimo—, tuerto y manco, no puede evitar consumirse en las llamas del odio.

Esto no es, desde luego, un risueño cuento de hadas donde los buenos salen indemnes de casi todo y los malos desaparecen sin más. Los mundos de Moorcock fueron una de las inspiraciones de Warhammer, el juego de mesa con un universo despiadado donde la violencia es el pan de cada día. Corum debe aprender que sólo es una pieza de los dioses, porque la Ley y el Caos se enfrentan para dominar la mayor cantidad posible de planos del multiverso.


Los libros de Corum plantean varios dilemas, entre ellos el uso del mal para lograr un fin noble. El protagonista, siempre con renuencia, hace uso de poderes oscuros para librarse de los problemas de mayor gravedad, ya que de otra forma morirían él y su causa. Esta brujería viene de las sustituciones de sus miembros quitados: el ojo de Rhynn y la mano de Kwll, restos dejados por los dioses perdidos. La mano tiene fuerza sobrehumana y actúa por su cuenta; es decir, que matará sin misericordia a quien considere un enemigo, sea quien sea. El ojo es incluso más útil, porque invoca ejércitos de no muertos que piden un tributo para liberarse —víctimas, vaya—, y una vez liberados, aquellos que hayan eliminado serán los siguientes en ser invocados. Un círculo vicioso.

Uno de los puntos flacos de estas historias es precisamente el ojo: Moorcock abusa demasiado de ese recurso para sacar a Corum de los diferentes obstáculos. ¿Quién necesita un deus ex machina cuando tiene algo tan práctico a mano? A veces resulta frustrante que no acabe con el monstruo de turno por sí mismo, ingeniándoselas de alguna forma. 

Asimismo hay otro detalle que me incomoda: Corum llora. Llora todo el tiempo. Las lágrimas afloran en cada capítulo, casi. Una parte de ellas son justificadas, porque tiene que enfrentarse a hechos muy luctuosos; pero otras son superfluas y empañan su carisma. Un par de lagrimeos bien colocados valen más que todos los que usó Moorcock, porque su abuso hace que al final pasen desapercibidos para el lector. Que el protagonista llore termina siendo tan importante como que camine. 


Lo que Moorcock tiene a su favor es una gran imaginación combinada con un buen sentido del ritmo. Su prosa no es la mejor del género; sin embargo, como él mismo dijo: «Me veo a mí mismo como un mal escritor con grandes ideas, pero lo prefiero a ser un gran escritor con malas ideas». Estoy de acuerdo: sus ideas son fenomenales, irradian épica por los cuatro costados. Se nota que disfruta escribiéndolas y eso se transmite a los afortunados lectores que se acercan a ellas. La trilogía de las espadas, a pesar de contar con unas quinientas páginas, es tan divertida que puede leerse de una sentada. Y el final es memorable. 

Las crónicas de Corum, una trilogía que continúa la historia, también me parece interesante. No considero, como muchos, que sea inferior —no tan inferior, al menos—, sino diferente: el ritmo pasa a ser más pausado, porque Corum se halla solo durante un buen rato y eso conlleva más descripciones, reflexiones, partes donde se echa en falta al usual compañero del héroe; aunque lo último acaba solucionándose. Los diálogos también son más lentos, ya que se explica la situación a través de ellos. Esto se traduce en muchas menos escenas por libro. Por supuesto, Corum sigue llorando y hay bastantes redundancias aderezadas con clichés; pero eso es marca de la casa. Mi parte favorita es un fragmento del segundo tomo, El roble y el carnero, en el que la palabra «viento»se repite unas veinte veces. Veinte.

El viento suspiraba como un cazador satisfecho de las presas obtenidas. El viento gemía como un amante saciado. El viento gruñía como una bestia hambrienta. El viento gritaba como un conquistador y siseaba como una serpiente que se dispone a atacar. [...] El viento construía castillos y los derribaba. El viento susurraba promesas y rugía amenazas. El viento jugaba con ellos. El viento...

Por suerte, a Moorcock no se le va tanto olla en otras partes. Si algún fan defiende lo anterior, porque suelen defender los desmanes de sus autores favoritos, bien por él. Yo admiro a este escritor, que es una de mis mayores influencias, y eso no me impide ver lo que hay. Además, pienso que las imperfecciones tienen su belleza; son humanas, hacen la prosa más personal. Y quiero percibir al autor tras cada línea, no leer un texto robótico o henchido de florituras vacuas. De esa forma, empezar un nuevo libro de alguien conocido significa reencontrarse con un viejo amigo.

La trilogía de las espadas me parece imprescindible a pesar de sus defectos; Las crónicas... sólo las recomendaría a aquellos que tengan curiosidad por saber cómo siguen las aventuras de Corum, o a los que les guste un sabor más tradicional. 

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