viernes, 3 de enero de 2020

Solaris, la destrucción del antropocentrismo


Compré esta novela hace siglos porque es un clásico y me interesaba conocerlo, pero luego la dejé olvidada en un estante inferior de acceso complicado. Cada vez que veía la cubierta, esa chica durmiente que aparece en la ilustración superior, me invadía el tedio; pensaba que iba a tratarse de una historia con un ritmo lentísimo, sin emoción, quizá un romance espacial lleno de lugares comunes. Afortunadamente, años atrás me decidí a tirar esos prejuicios y comencé a leer. 

Ahora Solaris está entre mis novelas favoritas. No de la ciencia ficción, sino de la literatura en general. Por eso la recomiendo. Es muy posible, por supuesto, que no te guste tanto como a mí; sin embargo, seguro que te sirve para entretenerte un rato. Su argumento se sale de usual y sólo por eso merece la pena darle un tiento. 

El protagonista se va a trabajar a una estación situada en Solaris, un planeta oceánico en cuyas aguas aparecen fenómenos extraños. Ese comienzo es ya de por sí muy sugestivo, pero hay más: los pocos tripulantes que encuentra tienen un comportamiento inexplicable, son sacos de recelo y nerviosismo, y uno de ellos acaba de espicharla. Tenemos, por lo tanto, varios enigmas que resolver de golpe. Cuando el prota avanza en uno de ellos, sucede algo pavoroso y asombroso. Spock diría «fascinante». Prefiero no explicar de qué se trata, ya que es mejor descubrirlo por uno mismo. Basta decir que rompe por completo la idea de que la humanidad es la medida de todas las cosas —le doy aquí a la frase una interpretación antropocéntrica—. De hecho, los humanos se muestran como algo simple, mejorable, quizá incluso un juguete.

Lem es un buen mecánico literario: la trama avanza a un ritmo preciso; ni hay escenas alargadas hasta el infinito, ni acción a trompicones. Las diferentes personalidades de los personajes están muy bien marcadas por sus decisiones, diálogos y aspectos. Y las descripciones de Solaris son deslumbrantes, sobre todo cuando muestran los fenómenos antes mencionados.

Una escena destacable es cuando el protagonista tiene un momento cartesiano en el que, abrumado por los acontecimientos, se lo cuestiona todo y decide comprobar si puede fiarse de sí mismo. En general, los personajes suelen aceptar lo que ven antes de quedarse anodadados, paralizados o atemorizados; chillan, golpean, huyen, rezan, se convierten en muñecos de cera... Sin embargo, Lem hace que el suyo contemple la posibilidad de haber caído en la locura, lo cual, en mi opinión, sí que da miedo. Recuerdo que yo pasé por lo mismo durante un sueño: el monstruo de turno me daba menos pavor que haber perdido la cordura.

Cuando se llega a la última parte, después de haber visto cómo el protagonista debe lidiar con un embrollo moral —¿lo resolverá?—, hay entre otras cosas una magnífica reflexión sobre lo acontecido. Debo añadir, por si las moscas, que la novela es precisamente eso: reflexiva. Si no te gusta que un personaje se ponga a leer y discurrir, será mejor que no te pases por Solaris. Hace calor y no hay tele por cable.

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